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25/9/19

Simulacros: la pasividad


Las señales del fin del mundo siempre se presentan de manera clara y latente, resulta fácil identificarlas en la menor desviación de las costumbres y rutinas; en cambio, las señales de esperanza casi nunca se aprecian, pasan inadvertidas como regularidades o, peor, como lo que en realidad debiera ser. Nunca he sido una persona francamente optimista (o tal vez, sí, pero de clóset, me avergüenza enunciar el advenimiento de buenas nuevas como si creyera en algún mesías o en la salvación definitiva), más bien me reconozco en el ala fatalista de las reuniones, soy el que declara la muerte de la esperanza, incluso convertí un momento crucial en mi vida en un performance de esa creencia absoluta (y me desdije hacia el final, por mera misericordia).
Hace unos meses se me planteó otra encrucijada para definir un poquito el rumbo de mi vida y, honestamente, no supe muy bien qué hacer, porque esto de convertirse en adulto (de ser un adulto) me parece excesivamente complicado. En retrospectiva, la cosa era simple /las cosas siempre son simples en retrospectiva/, bastaba un sí y un no; la revisión de los eventos resulta en esquemas dicotómicos, unos y ceros que se agrupan de cierta manera, puertas que se abren y puertas que permanecen cerradas. Todo el asunto se resumía en eso: elegir una puerta.
Muchas veces he tomado esas decisiones basado en un factor: la cantidad de sufrimiento; según mi estado de ánimo me acerco o me alejo de ello. Otro aspecto es la huida, escapar de algo que me disgusta o de algo que me gusta. Creo que puedo contar con los dedos de mis manos todos los momentos en los que en vez de huir, perseguí algo; pues, resulta inexplicablemente cómodo seguir la corriente, únicamente ver el sendero y seguir los pasos que ya se han trazado para mí. Abrir ruta es lo difícil y lo evitaba como la peste.
En estos días me encuentro en otro escenario y he optado por una solución igualmente cobarde, el estatismo. Quedarse quieto es otra forma de escapar. Aguardar a que llegue un río que ni siquiera se oye o una ventolera que tampoco se anticipa de manera alguna. Permanecer inmóvil también es otro método de esta alienación de la agentividad propia. Sin embargo, la quietud también se relaciona con la estabilidad, con el hecho de estar relativamente bien; si lo contrasto con la montaña rusa en la que a veces se transforma mi vida cuando me abandono a la vanidad de pasiones propias y ajenas, bien puede caber esa acepción, mas lo dudo. En la reacción al estímulo se atisba un deseo (de ser o de no-ser), pero hay movimiento; en la quietud y su resignación obediente, hay una sensación de vacuidad absoluta. Este tipo de existencia no es agotador ni fascinante, resulta trivial y monótono; me gusta pero no me llena.
Regreso al teclado como una resistencia ante este sopor que se ha instalado en mí.
/Al menos eso quiero creerme/

31/8/17

Malas rachas

Hace varias semanas me arrojé al cubo de basura un rato. Un comentario ácido y certero para fulminar a quien no debía; esa absurda necesidad de sentir que había dejado claro un punto y de que (estúpidamente) había ganado. Minutos después (siglos después) me di cuenta de la estupidez que había hecho. No debí haber dicho nada o debí decirlo de la mejor forma posible; a veces olvido que las personas que menos merecen mi brutalidad imbécil son las que más la suelen recibir.

Todo derivó en una batalla de horas para arrancarse mutuamente del olvido. No era la primera gran pelea, pero era inmensa. Me dejó mal parado varios días. Volví justo a esas costumbres que mi psicóloga una vez me recomendó abandonar. Una vez le comenté que cuando me ponía mal, buscaba canciones para hincar más el dedo en la herida, para hundirme porque sólo vaciándome lograba seguir. Ella soltó la verdad que me ocultaba: ¿En serio es por eso o únicamente para sentirte peor y continunar peor y no salir? Como buen adicto, reincidí. Las herramientas digitales de la posmodernidad sirven para nutrir cualquier demonio. Si no tienes un mono en la espalda, te lo genera.

Elegí  a Spotify por verdugo, pero fue una pifia. Recordé esos mensajes que dejó hacia final de año en Estados Unidos para personas tristes y traté de buscar playlists que tuvieran palabras similares. Todas fueron un asco; luego, seguí con el estereotipo: emo, dark, sad. Como sirvió para dos cosas, me fui con palabras directas: suicide, suicidal. Me dieron risa las canciones que aparecían como principales opciones. Algunas más bien parecían enfocadas a transmitir el mensaje de: "no lo hagas, por lo que sea, no te cortes, no te mates". Si los jóvenes de ahora se deprimen con eso, son más patéticos que la Gen X y los Millenials juntos: ¿qué clase de attention hore quiere suicidarse únicamente para que le digan no lo haga? Si es una especie de campaña de ayuda a jóvenes desesperados, es risible, aunque medianamente funcional: si a uno le despiertan el sarcasmo, es difícil querer morirse. Después de ese desconsierto me fui con algo menos "fuerte" pero igual de evidente: depression, depressed, depressive. Así llegué a una lista que no sólo sirve para hundirse un rato en la propia miseria, sino que tiene también una gran variedad de rock; (des)afortunadamente no tardé tanto tiempo buscando como para que se me pasara el bache emocional y una canción de allí me rompió las entrañas, después de Portishead y Bunbury como antesala al golpe definitivo, esuché Melpomene de Kashmir. Y de ahí todo fue cuesta abajo.

Desde el principio de año, en el trabajo me ha tocado apagar incendios propios y ajenos. Ya perdí la cuenta. Esto sumado a la infinidad de videos y artículos de Gen X y Boomers que dicen todo el tiempo que los millenials somos basura y que hacen una labor social al contratarnos; estos parásitos generacionales se sienten los salvadores del mundo, cuando fue su "gran idea" del progreso desenfrenado lo que tiene el mundo en el fondo de un pozo de mierda. Me exigen estar más motivado y con más propuestas, que gustosamente quieren sólo para desecharlas al instante, aunque meses después, y una auditoría de por medio, me den la razón. Lo siento, sólo tengo memes para eso.

Hace varios meses me hicieron un doble cargo en la tarjeta por culpa de una mala conexión de Wi-Fi. Si no hubiera necesitado el carro ese finde, lo hubiera dejado ahí hasta que les apareciera en su pantalla de Windows 95 el dinero que me habían cobrado, pero soy víctima del espíritu de mi época. Debo admitir que la fiesta a la que fui mereció la mitad de la pena. Los compromisos familiares rara vez son una satisfacción.

Me vi en la necesidad de vender tres posesiones preciadas para medio solventar el imprevisto. Dudo volver a verlas.

No he podido escribir nada decente, por eso me confieso.

Para colmo, la gripe como cereza del pastel.

7/11/16

La punta del aguijón

Cuando una persona se dedica a escribir, el ocultamiento del "yo" resulta (muchas veces) innecesario. Alguna vez leí que la autoficción es un recurso fácil, pero pienso que todos los escritores hacen (hacemos) autoficción en cierta medida, ¿de qué vamos a hablar si no es de nosotros mismos? Una vez me comentaron que escribimos por ese primigenio temor a abandonar la carne y saber que no se deja una huella atrás, ningún impacto en el mundo //Supongo que por eso los suicidas se avientan a las vías del metro, su mejor huella es causar al resto de los pasajeros un retraso de, al menos, media hora//.

A pesar de la crítica, la autoficción no es sencilla. El escritor termina por exponerse a sí mismo y a todos los que sean necesarios con tal de que el texto avance; a muchas personas les molesta aparecer en los textos (a veces, de forma recurrente; ni modo, para qué se involucran con un maniaco del pretérito si no querían), a otras tantas les molesta que se la pase viendo constatemente al pasado para elaborar sus textos (repetir aquí paréntesis anterior). El autoficcionalista sabe que a más de uno le tocará una piedra y que tal vez todos salvo el aludido sientan que tienen una diana pintada entre los ojos. En fin.

Desde que inició "El Conde" he intentado no mezclar al pibe que mueve las manos sobre el teclado con el personaje que se supone es el autor, pero llega un punto (una edad) en la que ya es inevitable, en la que los propios textos lo señalan a uno como el autor por mucho que uno diga que quien escribe el "el otro". (Quizá a eso le llaman crecer, yo le digo resignación).

O tal vez la cosa es que recientemente fue mi cumpleaños y envejecer no es tan cool como uno pensaba cuando niño

5/5/16

Mulligan

Ya he perdido la costumbre de escribir directo en el editor de texto; las últimas veces redacté todo en un Word, le busqué una fuente decente, un interlineado que consideré amigable a la vista y lo pegué con un descarado (Ctrl+C)+(Ctrl+V). Ahora, tras dos meses de sequía (en muchos sentidos) regreso al Infernáculo para verlo convertirse en mi pequeño Infierno, Inferullo (al carajo si la morfología latina es correcta, así me gusta cómo suena).

El propósito consistía en publicar una entrada por mes: he fallado. Esto de la vida adulta es capaz de corromper todo, hasta la rutina autoimpuesta para mantener el ejercicio de la pluma (o el teclado). Jamás había tenido tanta carga de trabajo, jamás había fallado tantas veces (equivocaciones idiotas, siempre por el protocolo técnico que me rehuso a seguir), jamás no hubo consecuencias graves (sigo en el mismo puesto, en el mismo escritorio, con la camiseta del equipo; el mundo no implosionó; nada valioso se perdió en mi silencio involuntario). He dejado de leer tanto, cortesía del adiós al transporte público (recuerdo que ese fue uno de los motivos por los que tomé una decisión gigantesca hace años). El contexto para desenvolverse en este muladar que llaman el ombligo del mundo no mejora (los humanistas no tienen cabida en un país tan inhumano). Esa frase que me caga de Fuentes cobra tanto sentido ("Aquí nos tocó nacer").

Me resisto. Me resisto por obligación y por decencia. Me resisto como la única plegaria que conozco: "No". Repito el monosílabo antes de dormir como un Padre Nuestro, lo repito en mi cabeza como un Ave María desde que entro al elevador y presiono el botón para llegar a mi escritorio. Lo murmuro cuando me levanto y entro a la ducha. Insisto en la negativa con todas sus formas y posibles variaciones: No en escala Kelvin. Ahora, intento devolver la mano de mierda que me aventó a la cara mi librería. No es la primera vez y ya estoy acostumbrado a que me falte una tierra o que el rayo necesario no salga nunca.

Alguna vez, la loquera me dijo que yo tenía complejo de Superman; años atrás intentaba salvar a la humanidad a cualquier precio. Un año después, cambié de símbolo: colgué la capa roja y el estúpido traje azul por otro más oscuro. Ya no quise ser el salvador de la tierra sino la mano ejecutora del karma. Quise ser la Noche y ese Comediante, parodia de la humadidad misma; quise ser ese adicto a los enigmas que revelaba verdades (demasiado obvias en retrospectiva) a los ingenuos: quise ser el hombre que declaraba la muerte de Dios y reventaba la linterna al final. Por desgracia, siempre me he quedado corto.

Alguna vez, quise ser Superman; ahora entiendo que, de haberlo logrado, esto sería Tierra Uno.


6/1/16

Casilla 4



El resumen del año siempre es un trámite obligado pero útil. Cuatro años y parece que uno no crece, se hace más viejo pero no crece. Está bien así, por ahora. Madurar es de frutas.

La producción ha decaído, cumplí la meta de un texto mensual, pero me la pasé reciclando viejas cosas debido a otras responsabilidades y otros proyectos. Supongo que no debo subir la cuota de cantidad sino de calidad, al menos así quise cerrar el año: creo que eso no lo logré.

Hubo logros, sí, pero no los suficientes (nunca los suficientes). Sigo trabajando en otros proyectos que aún no quiero quemar en este espacio, al menos hasta que estén terminados.

A seguir saltando.

31/7/15

No soy una entrada de blog, soy una nota suelta



Teoría del caos. Si algo aprendí con Cortázar es que Dios sí juega a los dados, pero pocas veces pierde (o eso quiere hacernos creer: por eso inventó al Diablo, para culpar a alguien cuando necesita un número alto y obtiene snake eyes). Es comprensible, a pocas personas (y ficciones) les gusta admitir sus errores.
Naca como un encuentro fortuito para recordar en qué casilla vas y de qué lado metes gol. Me bastó ver unas ojeras sonrientes y una charla-amenaza para saber (recordar) que no estoy donde debiera sino donde necesito. La moraleja es la misma cancioncita con la voz de Yager, la archisabida frase con la que inició Dr. House: “You can’t always get what you want”. Lo bueno es que, al menos ahora si obtengo lo que preciso.
Para salir del Déjà Vu perpetuo basta que una cabra te impacte los ojos contra la cara.
Autoevaluación exprés.
El azar no perdona. Tampoco es justo. Sólo es.
Uno debe jugar la mano que le toca, más si ya se fue a mulligan a cinco.
Interstellar se quedó corto: no es el amor sino la nostalgia lo único capaz de atravesar dimensiones. Elizondo lo probó con Farabeuf: no sólo el cuerpo debe cercenarse en mil pedazos, también la memoria. Todo debe reducirse a unos y ceros para disfrutar doloridamente que cambiar un dígito trastorna todo el universo.
Quizás debí doblar en otra esquina para encontrar mi muerte o debí quedarme en la silla porque era seguro que esa mina había de volver. Tal vez no debí abordar ese bus o sí tenía que subir a ese colectivo que me deja en la acera con su rugido de smog.
Ni idea.
Pero no. No es abandonarse (ablandarse) a un hado imbécil. Lo sé porque he resistido y fallado, pero supe encajar (algunas de) esas derrotas: una pata de conejo bajo los postes; aunque, sigo sin entender por qué siempre robo tierra en momentos decisivos.
C’est la vie.
No lo acepto del todo porque la aceptación también es una forma de resignarse, pero es imposible jugar sin mano: ni dios juega a los milagros, además no es mi estilo.
La casualidad es un instinto pero no un recurso renovable: pasa, se va y tal vez no regresa nunca: la colilla del cigarro cae siempre en el recuadro tres pero no cae exactamente en el mismo punto y los únicos que mueren como perros son los incautos que ni se enteran de lo sucedido.
Porque me quejo y no, corazón coraza. Rencor ronquido ahogado bajo la almohada que amanece húmeda y triste todas las mañanas y todos los insomnios.

25/3/12

X ENELL


Décimo encuentro nacional de estudiantes de lengua y literatura. Será realizado en Tijuana, México. Tijuana. Ciudad fronteriza que colinda con el norte. Ciudad con mala reputación en estas fechas (Marzo de 2012). Hace un par de años se declaró la guerra contra el narcotráfico en este país; una guerra que ya ha dejado más de 50,000 muertos (y esta cifra sólo es simbólica, es como decir los 300 conejos o los 700 samurais: en realidad quiere decir “un chingo, un putemadral, cantidad incontabilizada e incontable). Gran parte de esos cadáveres que a nadie interesan eran jóvenes, estudiantes o trabajadores; algunos culpables (no lo dudo), otros inocentes que corrieron con la mala fortuna de estar en el momento y lugar menos adecuados.

Un congreso de estudiantes parece más un letrero de “comida gratis para lobos aquí”. Lo sé. Cada congreso en cada lugar de la república tiene ese matiz de espectacular trampa, de meterse uno mismo estúpidamente en la jaula para ser devorado.

Pero, los puntos extra: Tijuana, ciudad fronteriza, ciudad al norte, ciudad conocida por los índices de violencia; perteneciente a la región donde uno ubica los pleitos más graves entre los carteles de la droga y el régimen que despilfarra su violencia mal administrada. Dicen que hay seguridad buena para el congreso (ajá, ¿y los hoteles, hostales y demás?): nunca faltan las crónicas de aquellos que duermen bajo la cama y con el colchón cubriéndoles por si alguna bala perdida encuentra rumbo por la ventana, nunca faltan las denuncias por violaciones, por secuestro, por trata de blancas, por esclavización, por... por la hydra ansiosa de plata, de violencia y de sexo.

Conozco a una poeta que va a la frontera a alfabetizar: ella sabe mejor que yo de lo que hablo. Pero también, ella es una estúpida: ¡arriesgarse así!

Una conejita linda quiere ir para allá. Seguramente todos le dirán que será una gran experiencia. Of course, if she's back alive. Yo soy un cobarde. Sí. Lo soy. No iría a TJ sin mi arma (soy un buen latinoamericano y necesito mi arma para afrontar los peligros): lástima que en el avión y en el bus a uno le impidan subir su arsenal (porque eso sí, somos legales, no tenemos otro medio que jodernos a la desprotección, la interperie del Dios Azar y que no nos toque chingarnos).


Yo fui a Mérida hace tiempo, igualmente un congreso. Poco después me enteré que la propaganda turística era para no perder ese mercado internacional, aunque la cosa estaba bien pinche fea. Aún sin saberlo, no caminaba por las calles confiado, no me sentía a salvo, me sentía peor aún: exhibido como un fuereño (con mi ropa, mi acento o su ausencia según me han dicho varias veces); la presa fácil, la perpetua presa fácil.

Un sujeto, durante un recorrido hacia Progreso, se nos pegó en el camino. Nunca entendimos muy bien de qué hablaba; al parecer sólo buscaba la terminal. Lo encaminamos por no-sé-qué-motivo. Yo me quedé charlando con él durante el recorrido. Frases ininteligibles. Seguramente no hablaba español o su dicción era pésima. Soltó una frase; mi “buena fe” me hace dudar de lo dicho, pero lo que captó mi cebero tensó todo mi cuerpo. “Soy Zeta”.

Quizá quiso decir otra cosa. Espero que hubiera querido decir otra cosa. Que esa frase fuera sólo parte de mi imaginación, de mi maldita paranoia. Tensé mis manos, mi primer instinto era golpearlo hasta la muerte, hacerlo desertar a fuerza de chingadasos, hacerlo añicos y hacerle un bien a la sociedad: otro idiota menos. Estoy consciente que la gente de escasísimos/nulos recursos se ve en la necesidad de adquirir para la comida de cualquier forma, que por eso el crimen organizado tiene tanta fuerza: un país sin oportunidades orilla su población a la ilegalidad. Sin embargo, el lavado cerebral funciona. Sin embargo, uno no piensa eso. La otredad es secundaria cuando uno siente en peligro su vida, sus intereses, a los suyos.

Me contuve: tampoco tenía la certeza de ganarle en una pelea ni de que realmente hubiesen sido esas dos palabras las que su boca profirió. Llegamos a la terminal, nos deshicimos de él con ciertas dificultades (una especie de insistencia para aferrarse a nosotros) y rechazamos un dinero que sólo él sabe cómo quedó empanizado de arena.


Cierta conejita tierna quiere ir para Tijuana. No puedo detenerla. Si quiere dar ese salto, lo dará. Pero lloro de angustia. Por primera vez en mucho tiempo siento pánico. Miedo aberrante, sí, a no volver a verla, a descubrir pocos días después que ha desaparecido, a que no conteste su celular durante un día y pensar ya lo peor. Tiene sus tours turísticos acomodados con cada amigo en el interior de la república. ¡Genial! ¡Yo quisiera ser tan sociable! Pero si saldré a un viaje con la certeza de que existe un 70% de probabilidad es de morir... ¡Perfecto! Soy suicida, pero eso mismo “suicida”, carajo: no pienso morir a manos de otro imbécil; además, no me certifican que realmente moriré y no terminaré en otra vida peor.

Pues eso mismo le digo: hay cosas peores que regresar sin un brazo, sin una pierna o en el ataud. Hay cosas por mucho peores que esa (más, cuando se trata de violentos apoderados de ideología ultramachista).

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Imagen tomada de http://codinghorror.typepad.com/.a/6a0120a85dcdae970b0120a86dd099970b-pi

13/3/12

Bitácora aérea

Vista desde arriba, la ciudad parece un microchip. A mayor altura, las partes oscuras se tornan un lago poblado de pequeñas islas-microchip. Uno pensaría que desde más alto se pueden ver mejor las estrellas. No es cierto.

Viajo hacia el sur.
Estoy seguro que si las turbinas no hicieran ruido podría escuchar el bullicio citadino, como Superman orbitando la tierra. But I'm not a hero.

Sé que voy a cientos de kilómetros por hora. Quiero ir más rápido, viajar a velocidad supersónica, luego ir más rápido. Llegar a velocidad luz, entonces ir más rápido. Atravesar las eras que faltan en un segundo, después ir más rápido... Los dispositivos de presión, el material del vehículo, impiden que uno sienta la velocidad.
Recuerdo que una vez me subí a una Caribe, me abuelo pisó el pedal hasta llegar a noventa por hora; yo me sujeté del asiento temeroso por la velocidad. Hoy puedo conducir un auto a ciento veinte y no hay problema, puedo viajar en un avión a más de trescientos y no hay problema, puedo dirigir una nave a velocidad interestelar y no hay problema. No siento la velocidad y quiero/necesito sentirla para que en verdad no haya ningún problema.
Aprieto repetidamente el shuffle. Suena "Aces High" cover de Iron Maiden por Arch Enemy

Esto de viajar por las noches solo es muy curioso. Después de cierto tiempo uno deja de ver las luces; el único universo que existe reside dentro del avión. Afuera es un limbo, una negrura indefinible. Las luces parpadeantes de las alas forman la única frontera que delimita el aeroplano.

Me ofrecen algo de tomar. No sé si tenga que pagarlo después, no me han dado carta de precios ni me han pedido guita. Si no pago, será la primera cerveza que me invita una desconocida.

Una pantalla me indica que volamos sobre el Golfo de México, esa necesidad de saber dónde estamos e ignorar nuestro aquí y ahora. Me pregunto si seré el único que ha visto la nada a través de las ventanas y se siente en una adaptación del Infierno sartreano. Pongo "Ave Fénix" de Saratoga.

La pantalla muestra que la trayectoria del vuelo consiste en una simple línea recta. Así de fácil. Hasta las estaciones del metro tienen al menos una curva. Esa sensación de que a uno le mienten/Eso demuestra que las vías subterráneas del de efe son otra cosa, otro cosmos. Suena "Assassin" de Muse. El sujeto a mi lado juega en su tablet un shooter en primera persona. Se inclina hacia adelante: el asunto va en serio. Es un gamer, sin duda. Apenas logro hacer la relación entre la Roma de Muse y el sujeto: he's an assassin.

Mi novia fue a despedirme al aeropuerto. Ella lloraba, yo lloré. Las despedidas en vivo aún conservan todo su aplastamiento; la vida todavía no tiene su botón de reset ni disco para la reinstalación del sistema operativo. No es bueno ni malo, tiene sus pros y sus contras, sólo es.
Doy un trago, el olor de su sexo sigue pegado a mis manos. Lo disfruto. Dejo la mano pegada a mi nariz aun mientras escribo esto. Doy otro trago, el dolor de cabeza empieza a desaparecer. Pienso en si será mi primera vez que consumo alcohol en martes. Lo es. Hace siete años consumí licor en lunes e hice un examen perfecto; pero, era lunes, hoy es martes.

¿Habrá Wi-Fi en el infierno?

El epilogo: "Don't stop me now" de Queen. Tengo un buen presentimiento.

13/2/12

T. M. F. T. V.* (ft. One Pretext)

Una dulce conejita me dijo que veo demasiada televisión. Quizá sea cierto. Pero algo bueno debe salir de todo ésto, ¿no? Digo, pasar horas frente a las imágenes que transmite una cajita brillante (cajita o prolongación de la pared ––unas cuantas pulgadas, apenas, según se ve en esos comerciales–– ) debe tener algún fin productivo, quizá no en el sentido estricto de la palabra, pero al menos debe permitirnos aportar algo a la enciclopedia individual (en honor a todas esas neuronas que mueren a causa de quedarse estático frente al televisor).
Un librito de un estudio casi serio sobre Dr. House (a.k.a. Hugh Laurie) traía de subtítulo justamente algo al respecto, indicaba las bondades de ver más televisión. Coincido; resulta indispensable ver televisión. No sólo como medio de entretenimiento, sino como distribuidor de cultura. Wilde ya opinaba sobre periódicos estúpidos que mantienen a los intelectuales informados de lo que opinan los idiotas; algo parecido sucede con el televisor, aunque no siempre es lo mismo (pues se puede encontrar contenido bueno, disfrutable y que enseñe algo: para mí, House fue un parteaguas una noche de insomnio hace más de tres años, cuando yo me resistía a ver series gringas porque eran malas malísimas ––y nunca había visto una serie gringa, pero seguía con religiosidad el prototipo de comentario “culto”: si viene del vecino del norte, mejor deséchalo, no eres su jardín trasero–– pero ese doctorcillo me dio una bofetada con aquella frase promocional de canal cinco: “¿Prefieres un doctor que tome tu mano mientras mueres o uno que te ignora mientras sanas?”).
Un (otro) ejemplo destacable: The Simpsons. Una de las primeras críticas animadas que vi (antes de quedarme paralizado ante la irreverencia de South Park, recordar por qué no entendía Daria y ver desde otro horizonte Ren y Stimpy). Ahora veo algunos capítulos que alcancé a visualizar cuando más pueril, pero que, igualmente, entendía nada. Mi paradigma ahora es el episodio respecto a los 90's con Homero Cobain tocando en Sadgasm. Por primera vez en mi vida quise escuchar en serio a Nirvana. Bart me hizo interesarme un poco en los Pistols (debo admitirlo, siguen sin gustarme, ya alguien dirá que tengo un pésimo gusto musical).
Otra cosa que una vez discutí con una amiga fue el cambio de cosmovisión infantil con la (oh, gran) saga Dragon Ball (desde su alfa hasta su... final antes de GT). Allí uno aprendió otra cultura sin querer, aprendió a reírse del diablo de otra forma menos mexicana (Ox Satan y Mr. Satan, personajes completamente risibles), la estética de la perversión lúdica (gracias, Roshi-sensei) y que los niños no provenían de lechugas azarosas (como los sobrinos de generación espontánea de los Looney Toons): ¡Goku tuvo descendencia! ¡Las personas podían tener hijos! ¡Las personas tenían hijos! (como infante uno llega a creer que los dibujos animados son tan reales como el codazo en el ojo que te dió “accidentalmente” tu bully personal).
Ciertamente, a la caja idiota le debo mucho. Sueños de ser entrenador pokemon, ganas de practicar artes marciales, oníricas jugadas futboleras al más puro estilo de Tsubasa (Oliver) Atom. Especialmente le debo también los videojuegos (sólo piensen, ¿dónde mierdas veríamos los gráficos de no ser en una tevé?).
Así que sí: He visto un putemadral de televisión y no pienso detenerme; aunque, como el rock ––ya me decía cierto Doc–– parece morir poco a poco: últimamente me sorprendo agradecido por la transmisión de repeticiones y repeticiónes de un buen capítulo. Las nuevas series sencillamente no llaman la atención suficiente. Quizá sea mi costumbre de arraigo a lo conocido, ni puta idea.
La tecnología nos atrapa en ese círculo de repeticiones infinitas.

Hace tiempo hubo en la FFyL un evento: Telecápita. Hoy, el profesor que guiaba (y que, creo, todavía guía este proyecto) esperaba una visión crítica sobre las tecnologías nuevas, pero aún seguimos pasmados por los teclados touch y la posibilidad de tener un trasero bien pateado por algún oriental que juegue on-line con nosotros. El futuro nos alcanzó, lo que creíamos posible hasta el año 2000 (en los 90's) y que prolongamos a un futuro (indeterminado cuantitativamente, pero un futuro) nos llegó antes de lo planeado y nos sorprende (por poco tiempo, en lo que logramos dominar las funciones básicas, familiarizarnos ––familiarizar, allí está el meollo, uno integra a la res tecnológica como otro miembro familiar–– con los mandos y comandos), pero no basta. La tercera dimensión ya es insuficiente, queremos vivir realidades virtuales con sensaciones reales (es mi sueño de gamer desde que jugué Zelda en un Nintendo 64). Y no observamos que ese futuro de ensueño de a poco se nos materializa y queremos más, más, más... más tecnología, ¡más!

Simplemente basta preguntar ¿quién no ha querido poder descansar los ojos y aún así seguir viendo la televisión o seguir jugando con la consola en turno (desde un Atari hasta el XBox 360, PS3 o Nintendo Wii)? Yo me declaro culpable.

__________
*Too Much Fuckin' T. V.
Imágenes de:
1. Simpsons fusion House http://www.10puntos.com/wp-content/uploads/2008/07/house_m_d__simpsonified_by_mikkegallardo.jpg
2. Telecápita: http://www.telecapita.com/image/fotos/10.jpg

18/1/12

Bio-loop

Las reincidencias constantes de objetos precisos (cosas que no se pueden ignorar ni a fuerza de Alzheimer) causan pánico. Freud ya lo había dicho. Un número repetido, un sueño reiterado, un algoritmo de iteraciones, si están formados a base de impactos aplastantes, resultan terroríficos.

No se necesita mucho para ver los pretextos usuales plantados frente a la nariz que parecen ilusiones nacidas de un espectrograma, espejos contrapuestos o un mal chiste (uno de humor negro) con los tragos suficientes encima (y ya sin cigarrillos).

Por ejemplo, ese nombre de una ciudad que se te muestra primero en un libro y luego en una estación de metro. Sin saberlo, ya ha marcado un camino. Ese nombre de ciudad te persigue sin que te enterés, porque en esa estación de metro besaste a una chica que tiempo después botarías frente al colegio sin saber que eso era lo que ella deseaba, que ya le dijeras adiós; y en esa misma estación te encaminaste una vez hacia un patíbulo rodante, una camioneta donde sonaba el Himno Nacional Mexicano de fondo, tu novia (de esa entonces) dirigía a la orquesta y te humillaban con el regaño por la hora, la tardanza, la promesa del castigo, etcétera, etcétera, etcétera. Curiosamente, no sólo el nombre te lo topás, sino el libro también y de nuevo te marcan: sos la vaca del rebaño que ese pinche nombre tiene. Sustantivo Propio.

Y lo querés mandar a la chingada francamente, pero sólo hoy. Mañana [al rato, en unas horas quizá, te reconciliés con él y le ofrezcás –como siempre– tus servicios para enaltecer su leyenda y afirmar que todos los que hemos sido abrazados (cambiá la zeta por ese a placer, al fin acá las dos se dicen exactamente igual) por sus sílabas hemos tenido harta suerte].

Ya, lo del nombre de ciudad por un lado. Luego, el nombre de ese otro libro que tantos problemas te ha dado. En realidad no es el título de un libro, sino el que llevaría pero, en su lugar colocaron algo más occidental, menos oriental y al camino de la tierra al cielo le quitaron la mandala. El nombre se te repite como no tenés idea. En la sopa, en los anuncios, en el suelo ves pequeños cuadros pintados con gis, en el centro su respectivo número. Vos saltás cada que los ves. Es más, te gusta eso, que aparezca y se reproduzca. Vos le colocás los espejos para que salgan más y el salto en sí mismo se multiplique hasta la náusea, hasta el cuello, hasta el copete, hasta la madre. Esa aparición constante (una al lado de la otra) nunca te había sido molesta hasta el día en que apareció con (no como) el nombre de ciudad.

Supiste, desde que bajaste del andén de la línea del metro que tiene ese nombre de ciudad tan descarado, que saliste del STC para encontrarte al destino (propio o ajeno, no importaba, destino al fin); con una mujer a la que hace años no ves, con un amigo que ya extrañas, con un balazo en la cabeza. Esperabas algo físico, algo tangible (preferiblemente una de esas minas que no ves hace rato). Pero, como siempre (y como nunca) te tocó lo abstracto en lo más concreto del pecho. Y los nombres se te multiplicaron; con ellos los sucesos. Piedra, tras piedra, tras piedra, chocando aplastante. Un pequeño sepulcro metafísico en el que te guardaban.

Caminaste como loco por las calles mientras observabas todos los demás signitos que te habían bailado en el culo años atrás, pero vos sólo te rascabas: primate ignorante de que “Dios no juega a los dados” (y sí, che, te entiendo, Dios y vos tienen una relación rara de deicida y víctima, de amor-odio según nos dice cierto ex-médico). Te lo encontraste todo. El colmo fue no haberte dado cuenta antes. No entendías; quizá ahora sólo sobreinterpretás. Ni puta idea; aunque, vaya que te ensartaron.

Sin embargo, la repetición tiene su cura en el exceso (ojalá). Ahora, en estas épocas posmodernas, todo nos parece tan gastado, tan de olvido, que cuando llega la muerte de visita incluso pensamos que ya ni eso vale la pena. ¿Hasta dónde hemos llegado, si es que un día realmente nos movimos?

11/1/12

Soy La trucha de Schubert que escucha Jack

I –Geometría analítica: segmentos para-lelos

“Cada quien en su línea está bien”. Esas fueron sus palabras y me sentí como un pésimo equilibrista sobre una cuerda floja tendida entre dos edificios considerablemente grandes. “Yo saldré a buscarte” (hizo eco una película sobre un cuarentón – o-algo-así – que teme a su vejez y que le dice a ella unos versitos de Huidobro «si tu murieras/ las estrellas a pesar de su lámpara encendida/perderían el camino/¿qué sería del universo?»), eso hubiera sido perfecto, literatura pura, pura tura; escucharlo o decirlo, no importaba: parecía necesario en el instante. Pero, nadie saldría a buscar a nadie, nos quedaríamos parados sobre nuestras respectivas líneas (siempre euclidianamente paralelas, con la certidumbre de no tocarse a menos que tendieran a infinito y, aún así, sería mera posibilidad; nada probable, sólo la consciencia de un escenario plausible, pero no más realista que los demás). Dos universos que sólo convergen sobre el otro para saludarse, ver una película mala, tomar café enlatado y despedirse.


II –Invierno de Vivaldi (Ft. Subliminal Verses)

¿#Esemomentoraro en que te sentís expuesto, che? ¿O debés interpretar que lo pregunta porque no sabe? Sabés que esas dudas arremeten contra todo, pibe, es uno de tus grandísimos defectos.

“Cuz' I know”. El estatus cultural se mantiene, pero la consecuencia no cambia: I feel cheap. Puedo interpretar mil cosas esta noche; interpretar, por ejemplo el reclamo territorial sobre esta patria de piel tan apátrida, el llamado de atención, la migaja de pan que sigo y sigo y como ¡y cómo!


III –Back to Basics

“Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo” (Borges). Uno gasta la frase tantas veces a tantos rostros y tantos nombres como el sentido cuadre sin darse cuenta que el peso se desvanece como los granos de arena de un extremo del reloj al otro; pero aquí no hay giros que enmienden, el reloj detiene su curso y calla y muere.

Como siempre, “El nombre de una mujer me delata/me duele una mujer en todo el cuerpo” (ídem), pero ahora, ¿qué nombre?


IV –¿Oh, qué será?

“Anda suspirando por las alcobas”, suspira vahos terribles, tremendos; va por los suelos, se arrastra de cabeza a pubis y visceversa. Toca mi boca, con la punta de un dedo toca el borde de mi boca mientras su voz horrenda escupe “Why so serious, son?”. Pero ni yo lo sé. «Usted ha recibido un correo nuevo» (interpretación unívoca del dibujo de la carta en la ventana de messenger con un uno en frente). Dos pluck que me anuncian dos diálogos en facebook.

... Algunas integrales deben ser calculadas con dos funciones en el rango AB donde A y B son dos puntos de ambas funciones en los cuales éstas pueden intersectarse o no. En este ejercicio, ambos puntos se conectan. El siguiente paso es generar un sólido de revolución.

“Vive en las ideas de esos amantes”, ¿esos acartonados? ¿esos de fórmula directa? ¿los sin ingenio? ¿los adictos a la imitatio cum variatione? Y no. Otros tantos tópicos gastados hasta la náusea, hasta ver ese bosque de vergas que pican las aves para hacer fluir semen y sangre.

... Los sólidos de revolución se generan al girar las funciones dadas al rededor del eje de las equis, no importa, son los puntos de las integrales definidas se intersectan o no.

“Ningún aviso lo podrá evitar”. No importa cuánto grafiqués, cuántas variables considerés, siempre habrá un resultado que sólo pronostica la curva de la campana. Caerás en el túnel de gusano inevitablemente y bajarás escaleras por costumbre.

... Continuar con los ejercicios siguientes, si hay problemas revisar el complemento de libro (ver el ejercicio 19a V, p. 62).

“Y tampoco los besos puedan desafiar”. No kiss. “I was [not] made for lovin' ya, baby”. No kiss, no snapshots, no memories, no mementos, nothing but a letter.

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Imágenes:

I.-http://t2.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcTkyz1cVV_BGFNY4mEBF_n4Izdt6BIgafAATwzVST2MWbvOHn8V0w

II.-http://t3.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcSvkrXjUgjWWWFHQJLg1g_MsY8kMSR7y7Gz1SErmsBsibkg1UTl

III.-http://t3.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcQ0u5tHLU-rjLmk11p53klPUhbWQjKF0ImB5S4uXy_gKcdfV90xKW09cwwNkg

IV.-http://t3.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcQVArpV9h6-vCMNKFYR0oOWpH_D9O1uw_k7cwVJOLfwx7u-IoVpVQ