Cuando una persona se dedica a escribir, el ocultamiento del "yo" resulta (muchas veces) innecesario. Alguna vez leí que la autoficción es un recurso fácil, pero pienso que todos los escritores hacen (hacemos) autoficción en cierta medida, ¿de qué vamos a hablar si no es de nosotros mismos? Una vez me comentaron que escribimos por ese primigenio temor a abandonar la carne y saber que no se deja una huella atrás, ningún impacto en el mundo //Supongo que por eso los suicidas se avientan a las vías del metro, su mejor huella es causar al resto de los pasajeros un retraso de, al menos, media hora//.
A pesar de la crítica, la autoficción no es sencilla. El escritor termina por exponerse a sí mismo y a todos los que sean necesarios con tal de que el texto avance; a muchas personas les molesta aparecer en los textos (a veces, de forma recurrente; ni modo, para qué se involucran con un maniaco del pretérito si no querían), a otras tantas les molesta que se la pase viendo constatemente al pasado para elaborar sus textos (repetir aquí paréntesis anterior). El autoficcionalista sabe que a más de uno le tocará una piedra y que tal vez todos salvo el aludido sientan que tienen una diana pintada entre los ojos. En fin.
Desde que inició "El Conde" he intentado no mezclar al pibe que mueve las manos sobre el teclado con el personaje que se supone es el autor, pero llega un punto (una edad) en la que ya es inevitable, en la que los propios textos lo señalan a uno como el autor por mucho que uno diga que quien escribe el "el otro". (Quizá a eso le llaman crecer, yo le digo resignación).
O tal vez la cosa es que recientemente fue mi cumpleaños y envejecer no es tan cool como uno pensaba cuando niño
Blog personal de Gilberto Nava, "Gablot". Aquí puedes encontrar textos literarios, ensayos, críticas y básicamente cualquier cosa que habita en esa cabeza y se escapa entre los dedos.
7/11/16
22/8/16
De la tesis y otros demonios
El asno que tocó la flauta o De cómo
EPN hizo la tesis
En todas
las instituciones académicas y educativas, el plagio se castiga con el exilio.
El plagiador queda marcado toda su vida y se dudará de la autoría y veracidad
de todo lo que diga o haga. Desde el momento en que se descubre al culpable, su
palabra (que tal vez ni le pertenezca de origen) será considerada como algo
válido. Una persona que ha perdido la palabra, ha perdido toda posibilidad de
ejercer un poder directo sobre sus semejantes o sobre el mundo, cualquier
vocablo que profiera será considerado algo impropio.
Ninguna
universidad que presuma prestigio quiere tener entre sus filas a un plagiario
porque ello la demeritaría: sus mejores estudiantes, los egresados y titulados
son incapaces de generar una idea propia. Nadie quiere estudiar una
licenciatura sólo para obtener un papelito que diga “Supuestamente sabe hacer
esto pero quién sabe”.
Uno de los
requisitos que piden las instituciones educativas de nivel superior para
obtener un grado (licenciatura, maestría, doctorado) es la presentación de un
trabajo de investigación que muestre originalidad y que demuestre que el
egresado es capaz de cumplir con un protocolo académico. En otras palabras, la
tesis demuestra honorabilidad, creatividad y disciplina. Si un estudiante
plagia una tesis está demostrando su incapacidad para todo lo anterior, ergo se
declara desmerecedor de ese y cualquier grado académico (por extensión, se le
debe tomar como una persona poco seria, nada confiable, sin sentido de ética ni
moral).
Chimal
dice que el plagiario tiene algo de sociópata pues intenta borrar con su fama y
prestigio al otro autor menos nombrado, un asesinato metafórico; eso se puede
afirmar de figuras como Bryce o Alatriste, sin embargo también está el
plagiario con complejo de inferioridad: ese muchacho que debido a la
desesperación o la ignorancia roba ideas a diestra y siniestra, pues piensa que
el león es de su condición y nadie (ni él) se preocupará por revisar
detalladamente el contenido de su trabajo. No me parece que el plagio de EPN
sea un acto de arrogancia sino de insignificancia: lo que diga, lo que haga, no
será tomado en cuenta nunca.
Quizá Peña
Nieto no quería ser presidente, no quería ese cúmulo de responsabilidades; de
haberlo deseado, se hubiera preparado mejor o atendería más a las críticas que
le hicieron durante su campaña electoral. Quizá Enrique sólo sacó el título de
licenciatura en la Universidad Panamericana porque era lo que su padre quería
para él (obligado como muchos otros a estudiar el oficio de abogado porque es
donde está el dinero). Tuvo la maldición de la belleza y el carisma. Un rostro
guapo, jovial, suficiente para ser electo presidente en temporadas electorales
posmodernas donde la pantalla y la imagen son poder absoluto.
Tal vez,
EPN ni siquiera supo qué estaba haciendo al robarse descaradamente las palabras
de otro y atribuírselas a sí mismo, pensó que, como no hay nada nuevo bajo el
sol (todo lo hicieron los griegos, los chinos o los Simpson), poco importaba
fusilarse 197 párrafos, porque las ideas, como no se pueden tocar, no valen
nada; ergo, no puede afectar a nadie. Plagiario por accidente, que no entiende
la naturaleza de su acto. Ello debe preocupar aún más pues una Universidad como
la Panamericana aceptó a alguien que no debía ni aprobar la prueba
psicométrica.
La respuesta oficial
El grupo
de Aristegui Noticias encontró que un 30% de la tesis del presidente de México,
Enrique Peña Nieto, es un plagio descarado. Hizo un análisis de los párrafos que
conforman dicha trabajo y expuso los resultados en el siguiente cuadro:
Allí
claramente se clasifican los fallos técnicos entre errores de citación (las
citas robadas bien pueden considerarse una cita mal hecha) y los párrafos
plagiados.
“Sólo me
enviaron un cuadro”. Aparentemente, para ser vocero del gobierno de México sólo
se necesita ser analfabeta funcional pues recibió un cuadro con información
detallada sobre los contenidos textuales de la tesis de Enrique Peña Nieto y no
supo interpretar adecuadamente esa información: sólo identificó que de 682
párrafos, 197 eran plagio sin comprender las implicaciones de este hecho.
El cierre
de la respuesta demuestra el despotismo de quienes “ostentan” el poder: “Por lo
visto errores de estilo como citas sin entrecomillar o falta de referencia a
autores que incluyó en la bibliografía son, dos décadas después, materia de
interés periodístico”. Errores de estilo se pueden considerar las comas
faltantes en ese fragmento, pero plagio es plagio; además, considerarlo como un
tema menor revela el verdadero pensamiento de un gobierno que a lo largo y
ancho del país ha dicho apoyar las ideas
de los jóvenes emprendedores porque ellos son los que mantienen en movimiento a
la patria. Si cualquier hijo de puta puede robarse una idea y no sufrir
consecuencias legales, entonces más valdría patentar todo en otra nación.
Ahora,
quizá el vocero no comprendió otra implicatura de su propio discurso: esas
citas “mal hechas” son un mero error de estilo, esto quiere decir que el Peña
Nieto no tiene ni idea de lo que hizo, ni siquiera sabe lo que es un plagio.
Cuando la capacidad cognitiva del perpetrador es mínima al grado de no tener
conciencia del crimen cometido es difícil reprocharle algo. En otras palabras,
el mismo vocero no baja de pendejo al presidente.
La última
parte de esa respuesta también merece atención “Bienvenida la crítica y el
debate”, no hay actitud más prepotente que sentirse intocable por la voz
popular de quienes sí saben, mínimo, cómo citar adecuadamente en un trabajo y
de aquellos que entienden la gravedad de que un presidente ostente, al menos,
un título que no merece.
Es justo y necesario
Ahora, es
responsabilidad de la Universidad Panamericana el retirar a Enrique Peña Nieto
el título de licenciatura para salvaguardar el honor y el prestigio que tiene
dicha institución, para demostrar que, en efecto, trabajan para cumplir su
misión de “Educar personas que busquen la verdad y se comprometan con ella”,
que en efecto poseen la visión de “Ser la universidad cuyos egresados con responsabilidad
social aspiren a la plenitud profesional y de vida” (el que omito se puede
lograr con un buen publicista y los escándalos de su egresado más famoso ya la
coloca en el plano internacional, aunque mal parada). Desestimar el robo de una
idea implica desvalorizar el trabajo intelectual, ninguna universidad quiere
dejar esa enseñanza como legado, ¿o sí?
Asimismo,
la comunidad estudiantil debe hacer lo propio si quieren que de ellos no se
dude. Desgraciadamente, el estigma de uno los alcanzará a todos si guardan
silencio, porque ello confirmaría que cualquier egresado de la Universidad
Panamericana ha incurrido en lo mismo que su ejemplar más preciado (un
presidente) y, por lo tanto, añadirlo a las filas laborales consistiría en un
tiro en el pie. Se puede vivir con el prejuicio de salir de la misma casa de un
tirano, pero salir de la misma casa que un ladrón imbécil es distinto.
El acto de
Peña Nieto a la Universidad Panamericana y a todos sus estudiantes consiste en
un insulto no sólo a la inteligencia de la academia, sino en desdeñar absolutamente
la profesión que dice haber estudiado y, por su cargo actual, cualquier carrera
universitaria; de modo que, cualquier persona que haya aspirado a tener un
grado de licenciatura o un posgrado, los aspirantes rechazados de esa y
cualquier universidad, los abogados y todas aquellas personas que hayan
realizado una tesis para titularse deben exigir y retirar el grado del que goza
y que ostenta indebidamente ese egresado.
16/8/16
Mascotas (fragmento)
Vi a un señor que cargaba un perro aparentemente enfermo. El animal temblaba como la Mañaña, esa gata con manchitas nebulosas, cuando no despertaba completamente de la anestesia el día que la llevamos al veterinario porque tal vez la habían envenenado, como al Pachón una semana atrás.
Ese
mes, el dinero se nos fue en operaciones y taxis. El primer síntoma que notaste
fue que ese gato vainilla ya no comía regularmente y se quedaba quieto en un
solo rincón, como cansado, rendido. Cuando lo llevamos al médico, éste nos dijo
que algo tenía; tal vez una enfermedad, tal vez algo más. Mandó medicina y
alimentarlo con un poco de miel para elevarle la temperatura. Nos dijo que si
seguía igual al día siguiente, lo lleváramos de vuelta.
Tuvimos
que ir nuevamente con el doctor para que diagnosticara al pobre felino. Tras
revisarlo otra vez, dictaminó que lo habían envenenado y que ya era demasiado
tarde; que su sistema lentamente dejaría de funcionar.
Nos
sentamos frente a la mesa de auscultación mientras el veterinario preparaba la
jeringa. No recuerdo si tomé tu mano o si te abracé siquiera, tan sólo veo la
aguja entrar en el bote y llenarse de líquido mortal; veo a Pachón tendido
sobre la mesa metálica, sin maullar, sin oponer resistencia, como si no
anticipara lo que realmente vendría, como si esa aguja sólo le trajera alivió
tras un punzante y breve dolor.
Y
así fue.
Cerró
sus ojos lentamente y se quedó dormido. Su vientre que se inflaba y desinflaba
al compás de su respiración permaneció estático. Así de rápido y sencillo.
Tenías semblante serio y dijiste (una vez en voz alta y muchas otras veces en
tu cabeza para tratar de convencerte) que había sido lo mejor, que no sufriera.
No
sé cómo regresamos a tu casa. La siguiente escena que tengo es de nosotros dos
en tu pedazo de jardín; yo, arrodillado, cavaba una fosa para meter su
elástico, elegante y tierno cadáver. El sol me lastimaba los ojos. La tierra se
metía en mi nariz y me impedía respirar. Dos días atrás, eran los pelos de ese
gato los que me causaban alergia y alegría; ese día la tierra me impedía
llorar; me obligó a sacar fuerzas que no tenía y un talante que no quedaba para
poder resquebrajarla y hacer un hueco.
Alimentamos
al polvo siete vidas y le echamos cal.
La
semana siguiente, la Mañaña empezó igual. No exagero si digo que con ella fue
peor. Pachón se resignó, la Mañaña luchó con arañazos y mordidas para tratar de
arrebatarse a sí misma de la muerte. No lo consiguió.
Cuando
notaste que le pasaba lo mismo que al otro gato, cumplimos el mismo ritual e,
incluso, pensamos que habría esperanza porque ya habíamos aprendido y porque lo
detectaste a tiempo. La abrieron en canal para apretar sus intestinos y que así
lograra expulsar la materia fecal atorada; de ese modo, tal vez se salvaría.
Cuando abrió
los ojos, aún no había despertado del sedante: estaba sonámbula. Recuerdo sus
pupilas enteramente dilatadas, como si en nosotros dos o en cada rincón viera
una amenaza latente, un pedazo de lo que se avecinaba. Se arrastró por el
suelo, porque las patas no le respondían, para escapar de nosotros. Temblaba
horriblemente para elevar su temperatura. Nos arañó, nos mordió, nos obligó a
dejarla sola. Sé que estabas triste y yo, desesperado porque, de nuevo, no
podía hacer sino empezar a cavar otra tumba. No podía resistirlo. No podía
ayudarte sino a enterrarla decentemente. Por fortuna (y por desgracia)
correspondió a tu hermano hacer los honores.
Apenas
ahora, varios años después, puedo llorar la muerte de esos dos mientras
viajamos en el subte y me abrazas discretamente. Una pena compartida que nos
debíamos porque en aquel instante no pudimos desahogarnos. La teoría del caos
indica que un evento jamás pasa dos veces, porque sería exactamente el mismo y
el tiempo (al menos en esta dimensión) no se bifurca sobre sí para repetirse:
no hay la opción de replay a las
jugadas; en este sentido, cualquier evento se ancla a la historia porque es
único o se pierde en la incesante repetición de otros similares.
Ahora lo entiendo. No
nos lamentamos en el sepelio de Pachón porque jamás repetiríamos ese abrazo ni
esa pena. No estábamos en condiciones decentes de acicalarnos la tristeza;
tenían que pasar varios años para aceptar esa pérdida porque, aunque entendemos
la muerte (de distinta manera, pero la entendemos), no la habríamos padecido
sino como dos niños que se negaban a decir adiós a su gato.
16/5/16
Bitácora aérea III
Dos vuelos con turbulencia. Bastante turbulencia. Escribo mientras la gravedad mueve mis brazos como una marioneta en caída libre. Ahora no tengo pantallas que me indiquen mi posición en el planeta. Viajo adelante del ala pero lo suficientemente cerca para escuchar el rugido de las turbinas. Ese ruido es lo único que me permite tener una reminiscencia de la velocidad a la que viajo.
Mi lugar favorito está entre las nubes, entre esos pechos madreperla donde habitan colibríes. Mi lugar favorito es el simulacro de la caída libre de mi cuerpo mientras la voz de Tom Yorke dice que quemen a la bruja.
La visión más vívida de Monterrey visto desde arriba es ¿una refinería? Dos torres que escupen fuego. Vistas a través de esta nube parecen la fábrica de orcos, de Saruman.
Mucha turbulencia. Demasiada. Protejo mi trago (una Cuba libre; es lo más libre que esa isla estará nunca, en un vaso con hielitos diluyendo el alcohol).
He perdido la noción de las distancias. Si hago una hora de la capital a Monterrey, es lo mismo que ir de casa al trabajo, es incluso menos. Es lo mismo que viajar la línea 3 del metro, completa.
Me juré nunca viajar al norte y aquí estoy, de vuelta al sur para volver a casa.
Apenas anuncian la zona de turbulencia, un poco tarde (como siempre). El planeta gira más rápido de lo que pueden responder, el mundo siempre nos ha dejado atrás. El universo entero nos recuerda ya como una fotografía a punto de borrarse en Marte, pero apenas nos damos cuenta.
Ahora entiendo Fight Club. Una salida de emergencia a putecientosmil pies de altura sirve para un pito. Si uno se quiere bajar de esta montaña rusa, sorry baby, te chingas. Pasa en los aviones, pasa en la vida real.
La turbulencia prolongada amerita otro trago, pero no; todo indica que no.
Así no puedo jugar Hyrule Warriors; estoy seguro de que vomitaría en un par de minutos. Es más fácil (más correcto) seguir escuchando el último disco de Radiohead con lo que queda de un ron barato (lo que quedaba de un ron barato).
Creo que ahora entiendo un poco más esa cancioncita. Alto total/tonto absoluto. La imposibilidad de detenerse (el autocorrector me juega chueco y pone "detenerla", así no se puede; eso es jugar sucio, a traición (y pone "tradición") hashtag noesdedios). Uno no puede bajarse de un avión en turbulencia solo porque se siente mal; uno debe apechugar, resignarse a llegar después de medianoche, mediodormir y largarse al trabajo (de buena gana falto, que me descuenten el día).
Pero no (tal vez).
[A la mañana siguiente]
Y cuando despertó, la oficina ya estaba ahí.
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