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16/8/16

Mascotas (fragmento)



Vi a un señor que cargaba un perro aparentemente enfermo. El animal temblaba como la Mañaña, esa gata con manchitas nebulosas, cuando no despertaba completamente de la anestesia el día que la llevamos al veterinario porque tal vez la habían envenenado, como al Pachón una semana atrás.
Ese mes, el dinero se nos fue en operaciones y taxis. El primer síntoma que notaste fue que ese gato vainilla ya no comía regularmente y se quedaba quieto en un solo rincón, como cansado, rendido. Cuando lo llevamos al médico, éste nos dijo que algo tenía; tal vez una enfermedad, tal vez algo más. Mandó medicina y alimentarlo con un poco de miel para elevarle la temperatura. Nos dijo que si seguía igual al día siguiente, lo lleváramos de vuelta.
Tuvimos que ir nuevamente con el doctor para que diagnosticara al pobre felino. Tras revisarlo otra vez, dictaminó que lo habían envenenado y que ya era demasiado tarde; que su sistema lentamente dejaría de funcionar.
Nos sentamos frente a la mesa de auscultación mientras el veterinario preparaba la jeringa. No recuerdo si tomé tu mano o si te abracé siquiera, tan sólo veo la aguja entrar en el bote y llenarse de líquido mortal; veo a Pachón tendido sobre la mesa metálica, sin maullar, sin oponer resistencia, como si no anticipara lo que realmente vendría, como si esa aguja sólo le trajera alivió tras un punzante y breve dolor.
Y así fue.
Cerró sus ojos lentamente y se quedó dormido. Su vientre que se inflaba y desinflaba al compás de su respiración permaneció estático. Así de rápido y sencillo. Tenías semblante serio y dijiste (una vez en voz alta y muchas otras veces en tu cabeza para tratar de convencerte) que había sido lo mejor, que no sufriera.
No sé cómo regresamos a tu casa. La siguiente escena que tengo es de nosotros dos en tu pedazo de jardín; yo, arrodillado, cavaba una fosa para meter su elástico, elegante y tierno cadáver. El sol me lastimaba los ojos. La tierra se metía en mi nariz y me impedía respirar. Dos días atrás, eran los pelos de ese gato los que me causaban alergia y alegría; ese día la tierra me impedía llorar; me obligó a sacar fuerzas que no tenía y un talante que no quedaba para poder resquebrajarla y hacer un hueco.
Alimentamos al polvo siete vidas y le echamos cal.

La semana siguiente, la Mañaña empezó igual. No exagero si digo que con ella fue peor. Pachón se resignó, la Mañaña luchó con arañazos y mordidas para tratar de arrebatarse a sí misma de la muerte. No lo consiguió.
Cuando notaste que le pasaba lo mismo que al otro gato, cumplimos el mismo ritual e, incluso, pensamos que habría esperanza porque ya habíamos aprendido y porque lo detectaste a tiempo. La abrieron en canal para apretar sus intestinos y que así lograra expulsar la materia fecal atorada; de ese modo, tal vez se salvaría.
Cuando abrió los ojos, aún no había despertado del sedante: estaba sonámbula. Recuerdo sus pupilas enteramente dilatadas, como si en nosotros dos o en cada rincón viera una amenaza latente, un pedazo de lo que se avecinaba. Se arrastró por el suelo, porque las patas no le respondían, para escapar de nosotros. Temblaba horriblemente para elevar su temperatura. Nos arañó, nos mordió, nos obligó a dejarla sola. Sé que estabas triste y yo, desesperado porque, de nuevo, no podía hacer sino empezar a cavar otra tumba. No podía resistirlo. No podía ayudarte sino a enterrarla decentemente. Por fortuna (y por desgracia) correspondió a tu hermano hacer los honores.

Apenas ahora, varios años después, puedo llorar la muerte de esos dos mientras viajamos en el subte y me abrazas discretamente. Una pena compartida que nos debíamos porque en aquel instante no pudimos desahogarnos. La teoría del caos indica que un evento jamás pasa dos veces, porque sería exactamente el mismo y el tiempo (al menos en esta dimensión) no se bifurca sobre sí para repetirse: no hay la opción de replay a las jugadas; en este sentido, cualquier evento se ancla a la historia porque es único o se pierde en la incesante repetición de otros similares.
Ahora lo entiendo. No nos lamentamos en el sepelio de Pachón porque jamás repetiríamos ese abrazo ni esa pena. No estábamos en condiciones decentes de acicalarnos la tristeza; tenían que pasar varios años para aceptar esa pérdida porque, aunque entendemos la muerte (de distinta manera, pero la entendemos), no la habríamos padecido sino como dos niños que se negaban a decir adiós a su gato.

14/1/13

Tiempo(s) extra


I
Peseros jugando a las carreritas. Interior de uno de los vehículos que se cae a pedazos en cada enfrenón. Asientos de adelante ocupados por ancianos, dos jovencitas cuchicheando en el largo asiento de atrás, otra chica de la misma edad, en el extremo opuesto de ese asiento, mira por la ventana. Sujeto de veintitantos años toma asiento cerca de la estrecha puerta (abierta) plegable. El viento le golpea la cabellera, se la arroja de lleno a la cara. Mira hacia el suelo, hace calor pero no le importa, usa una chamarra negra y algo gruesa. Sus labios murmuran una canción “eternidad/que a este demonio no deja salir/encadenado en oscura prisión/y condenado por siempre a morir”.

II
Parque en Eduardo Molina. Dos niños sentados a la mitad de la cancha de basquetbol. Los dos tienen un azul profundo e inmenso en las pupilas. Sonríen.

III
Pareja joven en autobús. Viajan por Calzada de Guadalupe hacia la Villa. Suena la voz de Búnbury en alguna radio entrometida. «La peor canción que te pueden dedicar es la “Chispa adecuada”». Él hizo caso de la advertencia, pero no entendió a qué se refería (hasta después). No dijo nada. Años más tarde escucharía esa canción por accidente.

IV
Pasillo de escuela. Él se encuentra sentado afuera del aula que le corresponde a ella, la espera. Ella llega jugando y riendo con Kruguer. Él cierra los puños con todas sus fuerzas, hace tiempo que ella no juega así con él, que ella no ríe así con él.
Mismo salón. Noche. Ambos charlan. Ella pide que no la espere al salir, que se vaya solo ese día y los que vengan, que necesita espacio y tiempo. Él rompe en llanto, aún así le dice que si eso necesita, está bien, lo hace. Y lo hace.
Al día siguiente él buscó un pretexto para verla. La charla le resulta una grata sorpresa. Soledad pospuesta.

V
Medio día. Cancha de futbol rápido. Sólo un individuo entra al campo. Deja botar el balón un par de veces para probar la cantidad de aire en el esférico. Patea desde medio campo en dirección a portería. Falla. Corre a recoger el bólido. Conecta otro golpe de primera. La pelota describe una sutil curva y se incrusta en el ángulo. Ha hecho el tiro de su vida en balde: un gol de práctica y que sólo él ha visto.

VI
Una pareja caminando por un entramado de jardincitos, cerca de la casa de ella. Sueltan un “te amo” al mismo tiempo. Ella rompe en entusiasmo: coincidieron.

VII
Dos niños jugando a ser grandes rememoran sus años de la primer infancia. En los labios de él se puede leer “Dragon Ball GT”. Ambos hacen una mueca de disgusto. Él levanta el dedo índice y menciona algo sobre la canción de intro. Ambos sonríen.
Él la abraza por la espalda y le canta en susurro “voy a amarte para toda la vida, no me importa si aún no te intereso, ven toma mi mano para huir de esta infinita oscuridad”

VIII
Cita en el lugar de siempre. Día soleado. Él se encuentra recargado en una columna afuera de la clínica veintiseis. Fuma un Zamba. Revisa su reloj, indica que ella llegará tarde (como siempre). No nota el carro negro pasar en frente de él. Se asoma a lo largo de la calle. La ve caminar con un costal de libros, no viene sola. Finge no verlos. Sostiene trémulo una bolsa con apenas un par de libros y algunas películas que nunca vió. Cumplen el protocolo del saludo y del inventario. Su cara lo dice todo: no sabe cómo llevará ese costal inmenso en un transporte público a casa.
Se despiden. (//Una voz rasposa// “Llegó un extraño y se llevó mi corazón prendido a tu cuerpo; vete con él, sé feliz, no sufras más...”//le ayuda a mentirse//“Tu recuerdo a mí me bastará”)
Cruza San Juan de Aragón por el puente casi nuevo. Lleva el costal y una sarta de maldiciones a cuestas. Pedirá un taxi para recorrer unos miserables quinientos metros a casa.

IX
Él teoriza ternuras en su oído. El bolero como sino: Pacheco con sus Batallas y ellos mismos con los Panchos. Él le canta “no hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo...”. A ella poco le importan las palabras en esa ocasión: la melodía de la voz basta y, en efecto, no hace falta que le diga, porque tampoco ella necesita decírselo: los dos lo sabían de antemano.

X
Cancha de futbol rápido. Medio día. Situación rara: hay retas. Diez jugadores entran al campo y cierran las puertas. Se juega a dos goles. Esta modalidad resulta masoquista: el equipo ganador no puede obtener un descanso, vieja y vigente muestra de la ideología del súper-hombre: el ganador debe vencer infinitas veces a sus contrincantes, no se cansa, no pide tiempo, no falla.

Hay un portero que alinea, pero nadie lo sabe. El portero es un suicida y el delantero un asesino. Él juega ambas posiciones; tiene un once tatuado en la espalda sin ser zurdo, aún así la banda izquierda le resulta comodísima.

Baja hasta el área a defender. Recupera el balón, toque al primer compañero que ve. Corre al centro. Recibe de vuelta. Pase a la banda. Rebasa por la espalda. Nuevamente tiene el balón //Primer jugada que arma desde hace seis años// Imprime velocidad, mano a mano con el portero por un par de segundos. Otro chico le muerde los talones y presiona para tirar mal. Disparo cruzado con toda la fuerza de su empeine. El portero contrario, con un simple gesto firme de la mano, desvía y salva.

Una hora después, nadie puede sacar a esos cinco chavales del campo. Por fin han descubierto que hay un portero entre ellos.
Tiro de esquina. Partido empatado uno a uno. //Sol y cansancio ya merman físico// El portero emprende una carrera hasta el área enemiga. Todo el equipo lo mira azorado. Brinca, vuela, impacta el balón con la cabeza. Su némesis lo ve impactado: hay nueve espectadores en el pasto sintético. La pelota choca en la parte inferior del arguero. No entra.
Despeje largo a la portería huérfana.
No le importa al resto del equipo perder, ya querían un descanso. Felicitan al suicida por la hazaña (fallida). Premio de consolación

XI
Un correo trae recuerdos, diciembre trae recuerdos, el frío trae recuerdos, las rolas traen recuerdos. Bien visto, muchas cosas parecen un estúpido Delorean.

XII
Ella canta “Yo soy María de Buenos Aires”. Él apenas y entiende la letra, pero Piazzolla le sabe hermoso en su voz.
“Tengo atorada tanta ternura”.

XIII
El sujeto de cabello largo en la micro murmura “No hay esperanzas en tu corazón, ya no existe el camino al perdón...”.
Baja súbitamente del vehículo. Camina por la avenida. Enciende un cigarrillo. Saca el humo por la boca mientras mueve los labios “... pero sé y entiendo que amor necesitas tú y el valor para pelear en mí lo hallarás...” otra fumada “voy a...”

XIV
Mujer caminando por la Alameda. El sol cae de lleno sobre edificios, árboles, asfalto, tierra, autos, personas. El viento juega con su cabello.
Sujeto con mochila al hombro caminando por Bellas Artes. Parece perdido, en realidad no tiene idea de a dónde dirigirse. Mira hacia Madero, le parece estúpido intentar cruzar la marabunta humana; mira hacia la Torre Latinoamericana, piensa que un museo sería mejor opción. Revisa cuánta guita trae encima: poca, ya gastó en un boleto de cine.
La mujer lo observa, parece reconocerlo. Se acerca a una distancia prudente, como si él fuera un animal nervioso que escapase ante la presencia sorpresiva de alguien en su entorno. Se saludan, charlan sobre sirenas, se despiden.