Mostrando las entradas con la etiqueta Erotismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Erotismo. Mostrar todas las entradas

26/6/17

Ámbar nocturna


     I
Tu cuerpo crepuscular es un abismo
Cada poro tuyo es un precipicio amenazante

Infinita
Infinitos adentros
Insondables huecos exquisitos
Inmortal

     II
Tu silueta mis manos difumina
sacrílegas al tacto de impúdico cristal
que te muestra y que te esconde

Lejana
Ajena
Líquidamente salvaje
Cósmicamente letal

     III
Tu nombre es la calumnia predilecta al borde de mis labios
un vocablo impronunciable para injuriarte/para alabarte
para arrastrar mi cuerpo en los fangos de la culpa y de la dicha
para negarte en cada espasmo
de mis tendones al borde del delirio

     IV
Gitana
Hechicera
Mujer mineral
Ante tus ojos ciegos el idilio de mi sangre se yergue
y busca inútilmente socavarte

Felina
Fugitiva
Fantasmal
Tu noctámbulo insomnio despedaza
con sus garras sombrías mi piel vesperal



     V
Acábame
en cada recoveco de tus cuevas penumbrales
Fulmina con la flama entre tus labios
el incienso de mi dermis
Recúbreme
y mantenme apartado de las manos del tiempo
mientras me desintegro lentamente
y mi esqueleto inasible
sea visible a contraluz dentro de ti

Sepúltame
en tus bálsamos de falsa eternidad
Cumple tu destino de estrella moribunda
y tras la sublime explosión de supernova
no me dejes escapar.

23/6/15

Fuerza centrípeta

You can check-out any time you like, but you can never leave
“Hotel California”, The Eagles







El plan era sencillo: una sesión de sexo salvaje en la casa de él para dejarlo rendido y obediente a cualquier destino; ella se vestiría lejos de su alcance, le soltaría la frase definitiva justo antes de cerrar la puerta del cuarto y abandonar su casa por la entrada principal, triunfante y con la cabeza erguida. Abandonaba una relación demasiado inestable y demasiado insípida (una nunca busca al ex gratuitamente, ¿o sí?).
Sara no contaba con que ese día Oliver tuviera un apetito casi insaciable ysacara una pantera nebulosa al acecho de cualquier movimiento de su cuerpo para devorarlo; jamás pensó que la culpa se le agolparía en las entrañas a cada embestida. Aún así, siguió paso a paso el manual. Terminada la sesión, se levantó de la cama para vestirse a una distancia prudente. Lo observaba temerosa, como si en cualquier momento fuera a levantarse para arrancarle la ropa y seguir, pero sólo la observaba serio.
Entendió que únicamente esperaba pues ya sabía de qué iba el asunto. Por supuesto: ella le había platicado cómo aplicaba su método a los demás.
«Los dos ya sabemos, ¿no? Esto no puede continuar. Hasta aquí se queda. Chau».
Cerró la puerta casi al mismo tiempo que saliódel cuarto, caminó hacia la entrada principal, abrió la puerta,atravesó el quicio. Se percató del error cuando escuchó el click del picaporte: para salir de esa casa, debía atravesar otra puerta metálica que sólo abriría con la llave. Estaba atrapada en un pasillo entre dos puertas.
Cinco minutos después, él salió por ella. Sonreía.

Caminaban juntos por la calle; él la acompañaba.Se sentía incómoda: él ya no debería estar ahí, debería estar en su cama, pensándola, masturbándose con el recuerdo de lo recién ocurrido, sumido en melancolía; sin embargo, allí estaba con una sonrisa enorme en la cara, como si no lo hubiera mandado al carajo ya.
Ella le advirtió a dónde iría: «Me encontraré con Pato, ¿sí? ¿A eso quieres venir? ¿A llevarme de la manita con ese tipo? Te sentirías mejor si lo haces, ¿verdad, machito taimado? No soy un maldito objeto ni me estás “entregando” voluntariamente. Entiende de una vez que te estoy dejando».
Él no replicó, no bajó la cabeza ni borró la sonrisa de su cara. Le informó que sabía muy bien todo eso, que él no la consideraba un objeto y que sólo quería acompañarla porque se le pegaba la gana; en otras palabras, que no había intenciones ocultas detrás de ese gesto.
Llegaron a un café en el centro de la ciudad. Supo que Pato se encontraba allí al ver su motocicleta aparcada frente al local. Anticipó que ellos dos se encontrarían frente a frente, quizá iniciarían una riña donde los dos idiotas pelearían estúpidamente sin hacerse demasiado daño pero quedando en ridículo (y, por supuesto, la avergonzarían en público). Quiso convencerlo de que nada ganaría ya.
«Tan sólo quiero un café» él dijo sonriente.

Los tres se encontraban sentados en la misma mesa. Pato no sabía bien qué hacer pues ella le había dicho que lo botaría en su casa y se encontrarían allí para reanudar una (no tan) vieja historia; en cambio, allí estaban juntos, como si se tratara de una reunión de viejos amigos. Buscaba la mirada de ella sin éxito; se encontraba absorta en la ventana, movía los pies y se mordía las uñas. Entendió que no era su decisión. Lo miró a él sumergido en el café y con esa sonrisa idiota y cínica.
El bullicio del café no penetraba el silencio que se instaló entre ellos. Ella pateó los pies de Pato, un claro gesto para hacerlo decir algo que largara al apéndice que no quiso quedarse en su cuarto. Nada. Intentó correr a Oliver con la mirada, con golpecitos de su tacón en la espinilla. Nada.
Cuando notaron que él se había terminado su taza de café, sonrieron. Pato abrió la boca pero él llamó a un mesero para pedir un sándwich y otro café. Fue el colmo.
«¿Qué demonios haces aquí?» dijo Pato furioso.
«Como un bocadillo y bebo café, ¿algún problema?»
«Sí, que sobras en la mesa» increpó ella.
«Lo siento» Oliver no se movió «platiquen si quieren, hagan como si no existiera, incluso pueden irse si gustan, aunque sería de mala educación dejarme comer solo».
Ella no le daría la satisfacción. Ella lo había abandonado, no al revés, no dejaría que le ganara ésta: «Pues no nos vamos, ¿cómo ves?»
«¿Qué?» Pato quedó atónito.

Oliver levantó la mirada justo cuando ella lo observaba rabiosa. Reconoció los ojos de pantera nebulosa al acecho de su cuerpo. Un súbito golpe eléctrico le recorrió el cuerpo entero. Él la miraba mientras comía. Su boca mordiendo el emparedado, los labios separados que dejan descubiertos los dientes; incisivos y colmillos afilados encajándose en el pan, perforándolo lentamente hasta juntarse y arrancar un pedazo; ese leve arrugar la nariz con que concluía el movimiento y unos ojos famélicos clavados en los suyos. Reconoció la sonrisa previa al mordisco. Cada bocado que Oliver arrancaba del emparedado se reduplicaba en las piernas de Sara; revivía la sensación de sus pantorrillas heridas por las dentelladas furiosas que le encajaba aleatoriamente en el oleaje de su cuerpo hasta hacerla gritar que parara, aunque su mente suplicaba porque el diente se encajara y la hiciera sangrar. La lengua relamiéndose los labios para quitarse las moronas de pan o los residuos del café, el mismo gesto que hacía antes de atacar su vulva, de recorrerla y barnizarla con saliva como preámbulo del latigueosin piedad a su clítoris. Su cuerpo la traicionaba. Incluso la espuma del capuccino que le quedaba en las comisuras de los labios y la manera de ocupar los dedos para limpiarse y llevárselos a la boca le remitieron a la manera en que vulgarmente se quitó sus fluidos de ese mismo lugar para chuparlos de la yema de sus dedos.
Sintió humedad en las bragas.
Pato notó esa mirada, el terror y la ansiedad en el cuerpo de ella; entonces, percibió el olor a sexo; ambos olían a sexo. Pasaban las horas y el cuerpo de los dos olía más intensamente, seguramente se habían acostado antes de llegar con él. Pato sabía de las costumbres sádicos que tenía ella a la hora de abandonar a su pareja en turno (él mismo había pasado por el protocolo) pero siempre había una discreción al respecto, una ducha, una disculpa, perfume, lo que fuera. Comprendió que esa pantomima en el café era un juego, una burla hacia él, que ambos se la estaban pasando fantástico con su cara de idiota.
Oliver notó cómo lo miraba ella; supo de inmediato hacia dónde se había ido su memoria y por eso sonreía. Miró a Pato sólo por mirar, sin nada en la cabeza, con la mente lo más en paz y en blanco posible.

«Después de esto, estamos condenados, niña» le había dicho una vez; cuando ellapreguntó por qué, él respondió «Ahora estamos calcados con fuego en el otro, ¿no lo ves?». Ella estaba segura de que blufeaba, que se le había subido el ego por el concierto de gemidos que le arrancó en el cuarto de hotel, que se le había subido lo machito y lo poeta a la cabeza porque le había dejado hacer y deshacer ese día. Pero entendió, en el café, sentada con Pato y con él, lo que había querido decir. Tenía todos los gestos de él asociados a una acción en el coito, cualquier pequeña seña le marcaba una petición, una exigencia o una anticipación al placer, al dolor o a ambos. Después de tantas veces juntos, (semi)desnudos y penetrados habían desarrollado un lenguaje particular.
«Pero esto no es amor, ¿eh? No te confundas» trató de devolverlo a la realidad esa vez.
«Lo sé, pero también sé que estamos condenados» ella pensó que le había dado una crisis anticipatoria de la ruptura sumada al éxtasis del orgasmo, pero no era así. Él se había dedicado a entrenarla en ese otro sistema de símbolos intercambiables que culminaban invariablemente con ella suplicándole o exigiéndole penetrarla o lamerla o cualquier otro contacto que le hiciera sentirse atada a él. Su braga estaba más mojada y notó también que olían a sexo.
Pato notó un par de ademanes raros que Oliver hacía al comer o beber, pero no entendía, también se percató de que ese horrible aroma se intensificaba, sin embargodominaba una esencia de sexo femenino, ¿el sexo de ella? ¿Se estaba excitando? ¿Por qué? Dejó de mirarla para observar a Oliver: sonreía.

Él accedió a la propuesta de Pato: salir a caminar. Ya llevaban hora y media en el café y los últimos veinte minutos habían sido un cínico coqueteo entre ella y él. Pato se sintió excluido, pensó que era una infantil venganza de Oliver hacia los dos y le dejó desahogarse; la experiencia le decía que después del berrinche vendría la calma y una disculpa formal.
Recorrieron el centro sin quererlo; recorrían calles que ni Sara ni Pato habrían elegido para pasear, pero era ridículo que él marcara la marcha si se encontraba detrás de ambos. Llegaron a una zona de sex shops y entraron. Observaban calladamente los artículos en exhibición mientras él los agarraba para inspeccionarlos, preguntaba por precios y miraba hacia donde se encontraban ella y Pato.
Pato notó que ella movía las piernas insistentemente, apretaba sus muslos una y otra vez cada que él tomaba un nuevo utensilio. Ella rememoraba la vez que le cubrió los ojos y la ató a la cama; sin tocarla le insertó varios artefactos prismáticos en su vagina y en su ano. Esa vez él no hizo un solo ruido. Ella se esforzó infructuosamente por quedarse en silencio, falló en la primer penetración doble; se forzó a no llegar al orgasmo, pero lo alcanzó: Oliver le susurró «Te dije que te metería el infinito entre las piernas» mientras tenía un caleidoscopio penetrándola y le descubrió los ojos; su cuerpo estaba al borde de un apocalipsis: el espejo en el techo le permitió verse empapada en sudor y temblando; entonces, él le ordenó “Orínate”. Sin dudarlo vació su vejiga entre las manos de él.

Pato se acercó a Oliver para decirle que se sentía incómodo allí, que quería irse. Él accedió. Deambularon otro rato por calles aleatorias. El clima húmedo los obligó a buscar agua y un sitio fresco. Entraron a un minisúper para aprovechar el aire acondicionado y conseguir bebidas.
Él se acercó a Pato; lo miró como la vez que se habían conocido en una biblioteca con un tablero de ajedrez de por medio. Oliver lo recibió con una mirada cálida y amenazante. Pato sabía que todos los animales adoptan una postura agresiva cuando se sienten amenazados. Él le propuso una partida rápida. Accedió.
Había algo raro en sus movimientos. Parecía que perdía piezas importantes a propósito. Primero cedió un alfil que amenazaba con jaque, luego una torre, luego un caballo. A la reina la defendía como si de eso dependiera su vida. Incluso dejó descubierto al rey cuando se lanzaba al ataque; eso lo obligaba a defender y le daba un movimiento para recomponer la defensa, pero aún así era demasiado arriesgado.
Hacia el final de la partida, los dos estaban demasiado arrinconados, a un solo error. Entonces él hizo un movimiento que sacó a Pato de concentración: Ella llegó a la mesa donde jugaban y él le lanzó una sonrisa de penumbra y ceniza. Entonces acomodó una pieza con la que obviamente atacaría al rey y dejó descubierta a la reina. Pato, temeroso de que la reina le pudiera dar el juego a su adversario, mordió el anzuelo: capturó a la reina y olvidó proteger al rey.
Oliver le anunció que ya debía irse, que tomaría un bus en una calle cercana y se largaba. Pato agradeció en silencio.
Lo acompañaron a la parada del autobús. Se despidieron de él educadamente. Ella sentía que había logrado su cometido al orillarlo a aceptar que lo acompañaran a esa esquina para abandonarlo allí como una mascota inútil.
Pato tan sólo sentía alivio de que eso hubiera acabado. Irían a un hotel, se ducharían y reanudarían la historia dejada recientemente en stand by.

Notaron que él los miraba a la distancia. «Si quiere torturarse allá, él». Entraron a un hotel, pagaron el cuarto y se apresuraron. Se desnudaron torpemente y con prisa. Pato no se preocupó de que el cuerpo de ella oliera aún a sexo y de que su humedad, que comenzaba a secarse un poco, hubiera sido provocada por alguien más: la necesitaba ya.
«Vamos a jugar un poco» propuso Sara. Le pidió a Pato que la amarrara o que, mínimo le cubriera los ojos con algo, que no fuera inmediatamente a penetrarla. Él intentó complacerla. Improvisó una atadura con su cinturón, pero no encontró con qué cubrirle los ojos. Ella notó que la erección de Pato variaba, entre la concentración por no herirla y la tentación de disponer de un cuerpo vulnerable que acrecentaba su ansiedad por entrar en ella, el cuerpo de su amante vacilaba frustrantemente.
«Ahórcame» le pidió a Pato cuando comenzó a penetrarla.Accedió temeroso. Era inútil, no apretaba lo suficiente su cuello, no le cortaba la respiración de forma adecuada y perdía el ritmo al momento de hacerlo. Tenía la necesidad de sentirse al borde de la muerte, para ello requería quien la guiara perfectamentea esa frontera, que no la dejara en el otro lado pero que no la guardara mucho en éste.
Media hora más tarde, abrió los ojos todo lo que pudo, se le notaban acuosos y desesperados. «No puedo. No lo siento. No».

Empujó a Pato y corrió al baño a llorar. Abrió la ducha y se puso en cuclillas bajo el chorro de agua. Después de probar el gozo del abismo, lo demás devenía insípido.


23/12/13

Trenes



               Para Sophia


Una llamada desde la estación del tren. Ella me llama y la imagino en un andén grande y férrico; paredes color ópalo y una corriente de aire atravesando las vías.
“Quería compartirlo contigo”.
“¿No has pensado que las estaciones de trenes son como portales?”.
“Sí, lo he pensado algunas veces”.

Un tren es un puente arcoíris que sale de Asgard.
Un tren es un gusano revivido con shocks eléctricos y suficiente presupuesto.
Un tren es todo eso y otra cosa.
Un tren es un tren es un tren.

“Deberíamos viajar en tren y pronto”.
“Deberíamos”.

Los trenes también pueden ser hoteles de paso (en todos los sentidos). Tres parejas por vagón, todas copulando al ritmo de las vías. Dos mirones por pareja y un depresivo que escucha los sonidos aleatorios de las vías y los gemidos. La mitad de los mirones lleva un rosario colgando del sexo; la otra mitad disfruta el espectáculo en vivo. Una de cada tres parejas se entera de que los espían.
No importa.

La mitad de los enterados hacen entrar en el juego al que mira y se lucen y se exhiben. La otra mitad no se detiene pero intenta cubrir púdicamente los resquicios por donde se cuelan visiones de la piel, sudores, olores y gemidos (sobre todo gemidos).
Por desgracia, ninguna vía es cíclica. Siempre hay un punto de partida y de llegada. Sería tan lindo que todos los pasajeros llegasen (aún los que tienen el rosario colgando de su sexo), pero quizá (si bien va) sólo la mitad llegue; tal vez menos.

26/8/13

Dañando a terceros


¿Encontraría a la Maga? Tantas veces había bastado asomarme viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua.
[…]
Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba.
(Rayuela, Julio Cortázar)

I

La primera cita fue una curiosa alegoría de metáforas y simbolismos que les bailaban en la cara. Ellos estaban un poco nerviosos, porque no sabían si entendían o si eran simples alucinaciones producidas por las fuerzas cósmicas de sus cuerpos. Consistió en una película rápida, elegida como se elige el bus o el tranvía, boletos apresurados y una carrera a la sala del cine; asientos cómodos, buena música, simbolismos versus realidad, sentimiento versus sentimiento; dicotomía buscada, ¿amor? ¿Esa palabra?

En el filme veían reflejos de sí mismos y de sus ancestros-doppelgänger. Él no pudo evitar susurrarle algo al oído y hacerle cosquillas. Ella no pudo evitar estremecerse y caer en su regazo. Él la abrazó. Ella lo miró directo a los ojos, iluminados por el azul de los veinticuatro cuadros proyectados cada dulce segundo.

El filme-espejo quedó olvidado junto con los doppelgängers, que seguían moviéndose, pegándose, hablándose en francés, mientras que los dos únicos miembros de la audiencia estaban muy ocupados en probar los labios del otro, en recorrerse las manos como si fuesen todo el cuerpo, como si quisieran aprenderse de memoria las líneas que surcaban la palma, como si esas líneas fuesen el camino directo al alma amada. Se perdieron en esos senderos entrelazados mientras duraron las luces apagadas y, los diálogos y la música sonando. El tiempo continuó deteniéndose entre respiros ahogados e interrumpidos del beso casual (y causal).

La siguiente cita (y la siguiente a esa y la siguiente a esa, y...) fue una bella replica e improvisación de la primera. Siempre un cine después de un café, siempre el beso buscado, la dicotomía fundida; siempre la caricia infiltrada que los guiaba al momento (memento) cenit, crucial, al nirvana absoluto, a un paraíso escondido entre miradas furtivas, fugitivas y fugaces.

Todo transcurrió como una novela, tertulias, disputas, la sala, el jugueteo previo al abrazo previo a la caricia previa al beso previo al tortuoso final del día en la puerta de la casa de ella y, como un lindo epílogo, el viaje de quince minutos (o menos dependiendo del tráfico) hasta el departamento de él.


II

– Terminaremos locos, che.– Mira que hablar conmigo frente del espejo.– Locos y perdidos, como ese monólogo, o como ese libro que...– Ya cállate, deja de decir pavadas, eres una verdadera molestia cuando te pones así.– ... terminamos en dos semanas, ¿te acordás? – ¡Cómo olvidarlo!
– La lógica no es buen arma para ti, mira que ponerme a responderte en frente del espejo.– Pero si terminaremos locos, ¿qué no lo ves?– ¡Claro que lo veo! Ese es el problema, sé el desenlace y aún así te concedo la prórroga de existencia.– Ahora me das muerte civil.– Ahora, mañana, al rato... el tiempo no importa, el asunto es matarte, tirarte a uno de esos ríos o lagos donde los cadáveres se hunden y no salen nunca.

Tres años después se le había hecho costumbre insultar a un (otro) doppelgänger inventado, hablarse de metafísica, patafísica y otrasfísicas; o simplemente tirarle dardos de goma al espejo que ya llevaba varios trozos quebrados y tenía algunas telarañas que surcaban el cristal.

De súbito una canción sonó. “Y justamente ahora, irrumpes en mi vida”... – En efecto, che, con todo esto nos rompe los esquemas, los paradigmas, la madre.– “con tu cuerpo exacto y ojos de asesina”...– Ojos de hada, cuerpo de sílfide, voz de...– Ahí vas con los lugares comunes, ¿no te hartas?– “tarde, como siempre, nos llega la fortuna”... – La fortuna, el amor, la ternura, todo llega demasiado tarde y de a muy poco; nunca basta, nunca es suficiente. Hasta el recuerdo, que inunda de felicidad el alma, dura una nimiedad en comparación con el dolor que deja en... en...– .

Al final de la canción él ya estaba colgado de la bocina del teléfono apretando los mismos dígitos una y otra vez sin obtener otra respuesta que la grabadora de aquella, que años atrás había sido su musa (platónica) y escaramuza (con la realidad).

III

Valiéndose de las enseñanzas concedidas en el mundo matemático (mundo donde los teoremas son credo y religión – un simple acto de fe con demostraciones incluidas – , donde todo es terriblemente cínico y lleno de vacíos legales útiles) fue a buscarla un día, a pesar de que ya había otra sirena que lo atraía con su canto. Llegó a su casa recorriendo el camino que solía tomar años atrás. Miró el número del viejo letrero clavado a la pared. Se decidió a golpear la puerta y esperar a recibir alguna respuesta.
Cerró el puño y dio con los nudillos tres golpes secos en la madera. Antes de obtener respuesta echó a correr. Después de tres cuadras, chocó con una mujer joven de piel nácar, ojos traviesos y un aroma inconfundible. Los dos cayeron al suelo. Ella sólo grito “¡Idiota!”, él no supo qué hacer excepto echarse para atrás y, así, no caer sobre ella. Cuando se miraron quedaron anonadados.
– Tú...
– Vos…

Se reconocieron en seguida, no pudieron evitar soltar una carcajada, que hizo salir una multitud de cabezas curiosas por las ventanas de las casas aledañas. Rieron como locos, se levantaron ayudándose mutuamente y tropezaron sin querer con el otro, volviendo a caer; solamente que esta vez ella quedo encima de él, con su cabello cubriendo ambos rostros. Se miraron fijamente, escondidos tras ese velo castaño. Sonrieron y se quedaron así unos minutos.
Cuando por fin lograron ponerse en pie entraron a la casa, se sirvieron vodka y pusieron discos de jazz, tango y algunos boleros olvidados para seguir con su lúdica pretensión de intelectualidad. Charlaron de los años transcurridos, de los estudios prolongados y los planes que habían ideado y seguido. Los sueños sin cumplir, las despedidas y todos los tragos amargos se habían quedado fuera de la casa; les cerraron la puerta en las narices sin avisarles y sólo se quedaron aquellas atmósferas cálidas, que siempre les habían acompañado desde su primera locura, a la que les gustaba llamar “Balbuena”.
Media botella más tarde los formalismos habían quedado olvidados, el protocolo se fue al infierno y, sin pensarlo, se abandonaron a sí mismos una vez más, como en los tiempos de antaño, cuando era más sensato un viaje de tres horas en el metro, sólo para no llegar al mismo tiempo, que admitir algo.


IV

De pronto es más sencillo así, besarte en plena oscuridad y romper con el pragmatismo utilizado. Es más sencillo decirte nada a decirte te amo, mucho más fácil omitir mi voz y concentrarme en tus gemidos. Romper la luz con tus párpados cerrados y tus labios curveados en una gran sonrisa. Fingir que no hay nada más, excepto vos y yo. Pretender que las consecuencias son subjetivas, imaginar que esos momentos serán eternidad, creer que no se puede destrozar un alma marchita.

De pronto es más sencillo así, matar a la quimera mientras la creamos, destrozar la piedra filosofal después de haberla encontrado y, por simple enfado, convertir el oro en plomo. Entonces comenzar a llorar por todos lados.

Mucho más fácil aventurarse, que seguir el camino bifurcado. Mucho más fácil amarte después de haber volado, mucho más fácil morir sin vos que morir a tu lado.

De pronto es más sencillo (simple) así. Es más simple (sencillo) que irnos a París o que volar hasta Buenos Aires sin un peso en los bolsillos, que correr tres pisos o brincar de un puente a otro. Es más sencillo (simple) la demencia de la lógica, que la sensatez de nuestra locura. Es más simple (sencillo) decir “te ame”, que “aún te amo”. Es más simple todo eso, y ponerse a escribir, mirar tu retrato, recordar la-ventura y besar tus labios.

V

Cuando el ritual terminó Ella lo miró con sus ojos traviesos, los mismos con los que le había incitado el primer viaje. Él sintió el vértigo de aquella vez, el aproximarse lentamente al destino (a Balbuena), una historia concretada con un abrazo que habría de perderse. Ella le dijo “haz lo correcto”. Él bajó la cabeza y susurró el nombre de aquella estación del tranvía. Ella negó delicadamente y repitió esa frase (tan innecesaria). Ya los dos sabían qué jugadas hacer, qué sacrificios realizar, cómo dar el jaque mate preciso, perfecto y poético. Esa era la solución, lo correcto. Aunque le partiese el corazón, ella había preferido morir a traicionar definitivamente. Él no quería dejar heridos, pero algo había que hacerse.

Lo correcto.
No era sencillo, pero era simple.
Lo correcto.
Era sensato, lógico y
correcto.

Partió de su casa al día siguiente. Al llegar a su apartamento hizo un par de llamadas a algunos amigos que habían dejado mensajes en su contestadora. Por último la llamó a Ella, una vez más ocurría lo que meses atrás: sólo estaba la voz grabada pidiendo que dejase un mensaje. Colgó la bocina y susurró “Voy a por vos”.

Salió con una valija a la calle, cogió un bus hacia la casa de su nueva musa, aquella por la cual había que hacer lo correcto. Cuando llegó al edificio gris su musa lo recibió. Él no se pudo andar con rodeos. La última vez había temido herirla, pero en esta ocasión el tiempo apremiaba. Ya era bastante tarde para andarse preocupando por detalles mínimos. Simplemente dijo tres frases, sin importarle el pasado compartido (por las dos, por los dos y por los tres). La ex-musa lo miró con ira, de sus ojos se desprendía un fulgor asesino y de dolor, y las lagrimas contenidas se le agolparon en los párpados sin resignarse a caer. Él, sin bajar la mirada dijo por última vez “lo siento” y se marchó.

Se fue directo a casa de Ella, llamó a la puerta sin obtener respuesta. Se sentó en la acera a esperar.
Ya era la media noche cuando un auto aparcó cerca de donde él estaba dormido.
– ¿Qué haces aquí? – le preguntó una voz dulce.
– Te esperaba.

Después de que ella lo abofeteó entraron a su casa, repitieron e improvisaron lo ocurrido la última vez.

Días más tarde todos se preguntaban dónde andaban esos dos. Los viejos amigos que tenían en común se habían reunido para buscarles, pero nadie tenía noticias nuevas. El único rastro que habían dejado eran unas notas garabateadas con prisa, en la que se leían:

“No hubo otro remedio, chicos, lo sentimos.
PD. ¿Sabían que Roma está en París?”.


México, 2009