Mostrando las entradas con la etiqueta narración. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta narración. Mostrar todas las entradas

10/10/25

Disscessum reginae

In memoriam I.P.V. 


1.

Entré a tu habitación recordándote de hace ocho días, ya con la voz casi apagada y esa lágrima contenida al escuchar la voz de Julio Jaramillo. Te puse una playlist que encontré por casualidad pero cada canción nos asestó golpes críticos. Los dos lloramos así, a una sola lágrima acompasada por el bolero; yo recordando cualquier otro mal de amores y tú extrañando entrañablemente a mi abuelo.

Me lo confesaste sin decirlo realmente. Me pediste esas canciones y me dijiste que te acordabas de tu viejo. Y entonces mi dolor cambió. Entró por la puerta grande la memoria de tu esposo, del padre que le tomé prestado a mi madre. Y también contuve una lágrima por él mientras te sostenía la mano.

Después de nuestra justa dosis de nostalgia, nos recluimos al silencio y al tranquilo azar de la casa de mi tía, a la llegada (por fin) de una televisión y a la eterna lucha del ser humano contra las antenas de recepción de señal, para que pudieras distraerte un poco de la vida (que se escapaba) con un show dedicado a esa otra madre a la cual eras tan devota.


2.

Mi madre me llamó en la noche. Ese día me había dormido una buena parte de la tarde, porque sentí un cansancio que me era ajeno pero que me apremiaba a adelantar mi sueño.

Entré a verte. Parecía que en una semana te había recorrido un siglo el cuerpo entero. La vejez aparente, que habías repelido con tanta gracia, se aprovechó de que tenías la guardia baja y se asentó en tus pómulos, en tu boca abierta con la que tratabas de jalar todo el aire que te fuera posible, en tus manos que sentí frágiles por primera vez en mi vida.

Estabas ahí pero casi ya no estabas. Aún pedías agua por ratitos pero tus ojos miraban más allá del techo descarapelado. Aún quitabas la mano cuando te hartabas de la sensación o la sacabas de la cobija cuando te acalorabas, pero era más instinto por buscar una posición menos incómoda que una decisión de estar a gusto.

Le dije a la doctora que de pronto sentí cómo tus manos se pusieron muy frías. Ella no quería alejarse de ti, pero tenía que hacerlo. Sólo pudo meter tu mano bajo la cobija (y aún así la volviste a sacar). Escuché cómo tu respiración agitada se volvía un acompasado batallar por retener oxígeno. Incluso sentí que te habías ido cuando sólo estaba yo contigo un par de veces.

Recuerdo que pedí a mi niña blanca que no me dejara estar solo cuando partieras; sin embargo, al ver tu dolor, le pedí que se apurara, que te recogiera ya para que ese sufrimiento cesara. Creo que te resististe lo más que pudiste, para darle tiempo a tu hijo de recorrer todos esos kilómetros o quizá no querías irte sin tener la certeza de que verías nuevamente a tu viejo.

No te fuiste sola, pero si te fuiste mientras te sostenía para tratar de limpiarte la boca una última vez. Te fuiste mientras tus hijas intentaban sostenerte y acicalarte, como si termináramos de ponerte guapa para el último viaje que ya emprendías.


3.

Mi tío no alcanzó a llegar a verte. Su viaje estaba programado para salir una hora después de la hora de tu muerte. Quizá por algo suceden así las casualidades. Quizá despedirse y verte fallecer hubiera sido demasiado doloroso para él.

Te fuiste y amaneció un solazo de verano precioso, a diferencia de los torrentes que cayeron los dos días anteriores; como si el cielo  también se quebrara con tus dolores y las penas que nunca nadie te conoció. Te fuiste y, ocho horas después, tembló, como si la tierra de antemano se abriera para acogerte y cobijarte.

Te fuiste a las cuatro horas con veintiséis minutos del dos de agosto, el día de Nuestra Señora de los Ángeles y todos los santos, la advocación de la Virgen que se le presentó a San Francisco de Asís. Tu marido se fue un cuatro de octubre, también cerca de las cuatro de la mañana hace siete años, el mero día de ese mismo santo. Tal vez Lupita y Paquito le dieron permiso a mi abuelo de venir a recogerte.

No podemos reprocharte nada. Entraste con el carnicero a que te arrancara un pedazo de tus entrañas con la cual pagar una prórroga para la renta de tus huesos en este mundo. Pero, como siempre, el casero egoísta e idiota no cumplió su parte del trato o la cumplió mal.

No podemos reprocharte nada. Diste todo lo que podías a tu familia, a tus padres, a tu esposo, a tus hijos, a tus nietos, a tus hermanos. A tu manera, medio tosca, sí, pero con todo el amor de tu ser.

Al menos ya nada te duele. Al menos ya no te cuesta jalar aire. Al menos todas tus hijas y tus nietos estuvimos sosteniéndote mientras terminabas de irte.


4.

Quizá no fue la mejor, pero fue una de los nuestros. Quizá no fue la esposa ideal de telenovelas y películas. Pero fue una gran madre, una gran esposa, una gran mujer, una gran señora.

Ella era de pocas palabras, algo bruscas y a veces altisonantes, pero siempre honradas y precisas. Tenía una mirada endurecida con los años que sabía poner en una balanza estricta el corazón de a quienes trataba; aunque su juicio fuera duro, su alma siempre se mostró amable para los que la necesitaron.

Tengo memorias fragmentadas de verla platicar con sus vecinas, de las consultas a la baraja y las limpias de hierbas con las que ayudaba a otras mujeres (y con las que se granjeaba lo faltante del gasto), de verla sentada en el sillón bajo la ventana con el pie en alto, sobre uno de los bancos del comedor, porque ya tenía problemas de circulación.

Ella me contó las primeras leyendas mexicanas que escuché y me enseñó los rezos indispensables y necesarios para cualquier niño católico; me llevaba al catecismo y se alegraba de ver cómo poco a poco cumplía el listado de sacramentos (quizá le rompí un poco la ilusión cuando me decanté al ateísmo, pero percibí un resquicio en su mirada que delataba que ya sabía el desenlace de ese camino).

Sin proponérselo, ella también me enseñó mis primeros hechizos y rituales. Ella me despertó la magia, el gusto por la adivinación y la rudimentaria elaboración de protecciones y antimaleficios. Miré muchas veces su forma de limpiar con un huevo y hacer las lecturas correspondientes. Siempre me dio curiosidad su baraja española, que guardaba bajo llave y que ya nunca volvió a utilizar. Como buena hechicera, guardaste el secreto de tus mejores trucos y te negaste a enseñarme el arte de entrometerse en el destino de los demás. Lamento decirte que otra vez te desobedecí: lo aprendí por mi cuenta.

A la distancia pienso en su silencio. En que, cuando llegaba de la escuela, sólo sonaba el radio y la olla exprés. Hablábamos poco y escuchábamos mucho. Sin decirme nada, me cedió poco a poco el control de la programación diaria de entretenimiento; me dejaba poner las caricaturas toda la tarde, me dejaba poner mis discos compactos y me dejaba bailar en la sala, mientras ella preparaba el hígado encebollado y me decía que era bistec.

Alguna vez me regañó por gritar en la casa mientras jugaba o por recargarme peligrosamente en la ventana de ese segundo piso o por asustarla porque no me encontraba pues yo estaba escondido debajo de la mesa. Pero me dejaba hurgar en los cajones del clóset y en los de la máquina de coser; creo que sólo se sorprendió la vez que, sin querer, encontré la pistola que mi abuelo había escondido entre los trajes.

No supimos mucho de su infancia, hasta que se decidió a viajar al extranjero. El trámite del pasaporte obligó a remover la tierra echada sobre una historia resguardada por ese silencio incólume. La vi derramar lágrimas involuntarias al recordar un atisbo de su infancia, al develar su secreto más celosamente guardado. Una historia que ella misma se empeñó en reescribir para dejar atrás dolores aciagos y poner sobre ello nuevas letras con su preciosísima letra cursiva.

Quizá no fue la mejor pero ella era muy fuerte. Tuvo seis hijos, cuidó a tres nietos, procuró devotamente a su marido y resistió la vorágine de la aceleración del tiempo.


5.

El sueño nos venció a casi todos pasadas las 4 de la mañana. Mi primo se ha mantenido en vela, incluso se paró frente a tu ataúd a verte fijamente. No percibí si lloraba pero su tristeza solitaria abarcó casi todo el lugar. 

Yo dormí cerca de dos horas. Desperté con el canto dolorido de mis tías que te dedicaban “Hermoso cariño”, la versión de tu adorado Chente.

No te mentiré. Esta vez estuve más entero que cuando se fue tu marido. Tal vez, después de todo, sí puedo aprender algunas cosas; quizá haya sido que el tarot me advirtió el golpe (aunque fui medio miope en la interpretación del presagio).

Tus hijos repiten una y otra vez que se han quedado solos. Sólo atino a decirles que están huérfanos, pero que aún se tienen los unos a los otros. En parte los comprendo. También sentí el mazazo al percatarme de cómo se habían recorrido los escalones del edificio de la estirpe: mi madre y mis tíos ya no son hijos y yo ya no soy nieto.


6.

Fuiste mi instructora y mi guardián. Me enseñaste a andar en el mercado y a no remilgar la comida. Me inculcaste el temor de dios como brújula moral y a vigilar mis cartas en el burro castigado. Me dejaste convertir tu departamento en mi universo de juegos, siempre que hiciera mi tarea y mantuviera las cosas en su lugar. Me dejaste usar cualquier cama cuando empecé a devorar libros y, ahora lo sé, fuiste mi vigía cuando salía al patio a jugar.

Extrañaré tu comida. El arroz rojo y el espagueti blanco, la mortadela y los rollos de jamón con piña, el ejote con huevo, las albóndigas y todo lo que preparabas con salsa y que mi frágil paladar nunca supo bien apreciar.

No tienes idea de lo agradecido que estoy de que haber podido ser tu nieto y de que hayas sido mi abuelita.


30/6/18

El amarillo

[Publicado originalmente en Marabunta, el 10 de junio de 2018 en http://www.revistamarabunta.com/2018/06/10/el-amarillo/ [consultado el 30 de junio de 2018]

Puedes preguntarle a cualquier chico de la cuadra, nadie se mete con el Amarillo. Ese tipo está zafado, completamente ajeno a ti o a mí; no dice absolutamente nada, no titubea, sólo se mueve rápido como un rayo y ¡pum! te tumba, directito al suelo o al hospital o a la morgue, depende de qué tan bravo esté ese día o de qué le hayas hecho. Acá ya se ha echado, al menos, a cuatro; todos indigentes, drogadictos que quisieron bajarle unas monedas.

¿El Amarillo? Sí, lo conozco, ¡quién no! El hijo de la chingada es un cabrón en serio. Eso sí, respeta a los vecinos, ¡faltaba más! Nunca se ha metido con nadie de acá, no es que el muchacho busque problemas, pero sabe defenderse (como todos, pues).

Una vez, el Amarillo bajó a un asaltante de un camión. Dice que se levantó de su asiento, lo topó de frente, le quitó la pistola y lo bajó de la micro a punta de cachazos. Ahora, siempre carga la fusca a todos lados por si las dudas. La vecindad lo ve como una especie de héroe, pero a mí me da miedo. La otra vez cachó a su hermanita escondida con un compañero de la escuela, atrás de las bombas, seguro se estaban dando sus arrumacos. El tipo, todo tranquilo agarró al chavito del pescuezo y lo sacó de allí. El morro intentó decir algo para defenderse, aclarar que sí quería a la Rosita, pero el Amarillo lo calló al momento. Sacó la pistola, cortó cartucho y apuntó al chamaco. El pobre Santiago hasta se orinó de miedo, desde entonces le decimos el Chistorra.

No me gustaría vivir en el mismo edificio que ese chaval, ni siquiera en la misma vecindad, ¿sabes? Es un escuincle, pero es de cuidado. Lo puedes ver en los ojos. Tiene ojos malos, con una furia escondida detrás de esa indiferencia. Son túneles cuya única luz al final es la de una explosión y ¡aguas! porque ese fuego sí te alcanza. Yo no sé a qué se dedica, pero siempre trae cosas bonitas, ¿entiendes? Se ve que va de aquí para allá, peinado, bañado y arregladito, pero no lo ves de traje, no lo ves salir temprano, ni regresar tarde. Siempre se ve con la misma pinche cara de maldito. ¿Usted qué hace buscando a ese señor? Mejor no se meta en problemas, ¿sí?

¡Ni me menciones a ese hijo de puta! El pendejo se piensa que puede venir a chingar la madre cada que quiere, pero está muy equivocado. Un día de estos lo van a bajar, igualito que él hace con los nuestros. Se la está buscando y la va a encontrar.

El Amarillo. Lo odio.

12/12/16

Betrayal Revelation (I'm not a hero Pt. 4)

Cuento publicado en la revista Lee+, núm 95, año 8, abril 2017. Disponible en: Cuento inédito: I'm (not) a hero pt. 4. Betrayal revelation

Puedes consultar la publicación completa aquí.

Hoy se me acaban las ganas de salvar al mundo. Después de un breve vistazo a los titulares y a los noticiaros, no puede quedar otra resolución. La raza humana se resiste a ser salvada, es incapaz de mover un dedo en defensa propia. Tantos años, mucha gente ha pensado que cualquier escenario desfavorable tiene arreglo, que siempre se puede dar la vuelta al marcador contra el destino y ganarle, porque lo bueno de que no haya un partido de vuelta es que hay un ganador definitivo y que ese podemos ser nosotros. Pero no. Ahora entiendo a Rorschach: la mierda les llegara hasta las gargantas antes de que se den cuenta, antes de que acepten la mano que uno les tiende ahora y, sí, ahora coincido con él; al unísono susurraremos una negativa tajante.


Hace un par de días intenté salvar una abeja a toda costa; la pobre había volado hasta allí en busca de alimento, lo único que quedaba en mi jardín era una nochebuena que ya amenazaba con marchitarse. Esa abeja se movía pero no emprendía el vuelo. Le di una gota de agua e intenté trasladarla hacia la flor. Fue difícil. El miedo instintivo le decía que mis movimientos eran peligrosos e intentaba escapar a toda costa. Se cayó muchas veces al suelo, las mismas que la levanté. Cuando por fin pude guiarla hacia los pétalos rojos, había muerto.
Pocos días después encontré a una señora que se disponía a aplastar a otra abeja despiadadamente. La detuve. Traté de explicarle la situación, que las abejas estaban en peligro, que sin ellas la especie humana se va por el retrete. No le importó. Su justificación: “no quiero que me pique”. Sencillo, gorda estúpida, quítate de su camino y ¡puf! Creo que mi respuesta no le gustó. No lo sé, sus ojos se quedaron fijos en odio.
Comprendí que ella no estaba sola, que su pie no era el único que se levantaba para aplastar un ser indefenso, necesario para su supervivencia, por el simple temor de que el diminuto insecto la atacase, aun cuando el karma instantáneo posiblemente haría que con el aguijón también se le fuera la vida a la abeja. En cambio, nosotros éramos islas a la deriva. Por cada persona que intentaba detener el pie, había otras cien que dejaban caer la suela contra el objetivo y contra el defensor.

Al carajo. Ellos quieren que el mundo se los cargue, que así sea.

Opté por la indiferencia. Mi carcajada se unía a la de Blake cuando veía las catástrofes y sólo esgrimía una broma. Me llamaron cruel. Me dijeron que ensuciaba el uniforme. Me gritaron que no merecía el título de héroe. ¿Quién chingados quiere un puto héroe? Son ustedes los que necesitan un mundo que quiera ser salvado, para su desgracia ese mundo que tanto anhelan proteger los rechaza. Así siempre ha sido, así siempre será. Me expulsaron del grupo. Comenzaron una cacería cada noche y cada día. Emboscadas. Guerra de guerrillas en cada rincón de la ciudad. Súbitamente me convertí en el mayor peligro potencial para quienes fueron mis compañeros. Demasiado poderoso para odiar a la humanidad, demasiado peligroso para seguir vivo. Por eso Manhattan se fue a Marte, entendió que de quedarse desataría el apocalipsis. Viedt quiso la salvación al inventarse un enemigo común y Osterman aceptó el trato de ser el villano para que el mundo girara en paz.
Me rehúso. Es mi último pedazo de dignidad. El mundo ya me ha arrebatado mi identidad y mi vida, no le dejaré que me arrebate la diminuta pizca de libertad que me queda.

Esto no es salvar a la humanidad a través de la destrucción de la misma. Les grito desde lo alto del edificio, bajo la lluvia y la tormenta eléctrica. Esto es el epítome de su propio credo. Es un deseo egoísta que un individuo cumple por capricho. No pueden creerlo. Los veo en sus caras desencajadas, en las mandíbulas completamente abiertas. Puedo sentir sus latidos apresurados. Emocionados por el combate que está a punto de librarse, porque al fin, después de tantos años de contenerse para no causar un cataclismo, deberán liberarse de sus propias ataduras si quieren salvarse. Pero no. Esto no es un acto de enseñanza para ellos. No soy un nivel de tutorial ni el jefe final del videojuego. No soy el mentor que se sacrifica para que sus pupilos adquieran la dureza necesaria. No soy el ejemplo a seguir. Sólo soy un suicida cuyo impacto de daño destruirá un pedazo del planeta.

Sé que la raza humana tal vez seguirá existiendo después de esto. Sé que tal vez uno o dos de ellos sobrevivirán. Sé que mi nombre será acomodado junto al de otros villanos, a otras personas non-gratas de la historia. Sé que mi rostro estará al lado de Lucifer, que los predicadores de todas las religiones exclamarán que mi cuerpo sufre el mismo castigo de Judas o su equivalente.

Exhibo ante ellos, los cadáveres de todos los niños que pude asesinar en trece días. Cuerpos desnudos, mutilados, acomodados en nuevas fisiologías, estructuras que emulan moluscos devorándose unos a otros. He aquí mi tributo a su esperanza. Soy un monstruo, lo sé. Simbolismos aparte, sólo quiero que se enfurezcan y pierdan la perspectiva, quiero que en sus entrañas pulse la necesidad de desintegrar mi cuerpo, que toda su energía se una a mi estallido para tener aún más daños colaterales en el combate. Soy Nitro a punto de desatar la última guerra civil en el mundo. No quiero volver al punto cero, no quiero un reset de la partida. Esto sólo es el cinemático previo a un Game Over definitivo. El Joker estaría orgulloso.
La mueca de sorpresa horrorizada ha dado paso a las mandíbulas apretadas, a puños listos para golpear con toda su fuerza, al cuerpo flexionado, inclinado hacia delante, en espera de la señal para iniciar un ataque coordinado. Bien.

Detrás del odio y la ira puedo notar su alegría. Gozan tratando de destruirme. Disfrutan esa libertad que les he dado: pueden descargar sobre mí toda su furia, pueden despedazar la ciudad entera intentando derrotarme y tienen la certeza de que el mundo se los agradecerá; que serán recibidos sobre los escombros con un gran aplauso.
Tengo un par de costillas rotas, pero todo va según lo planeado. Individualmente, sus habilidades son nulas. Los guío hacia el punto donde se puede causar la mayor cantidad de daño. Las explosiones sincronizadas deben causar una destrucción irreversible al mundo, deben acelerar un poco más la extinción.
Son demasiado tercos, aún cautelosos. Saben que un ataque coordinado devastará varios cientos de miles de kilómetros a la redonda. No importa. La esperanza de vencerme se les agota. Ya se han dado cuenta de que si no lo hacen así, serán derrotados.
Llegamos.
Ellos frente a mí, formados. Utilizarán su último recurso.
Perfecto.
Se han dado cuenta de la localización.
No importa. Ya no.

Soy la bomba del Zar soy la última visión a kilómetros a la redonda soy el último ángel del Apocalipsis soy una supernova soy el Amén soy el Omega sin la promesa del Alfa soy la última deidad a la que rezan soy todas las confesiones honestas de último minuto soy el beso de despedida que no se concreta soy el par de manos que se quedan a medio camino soy la sonrisa resignada soy un agujero negro soy la gravedad aplastando todo lo que entra en mí soy el tiempo detenido soy el ruido sordo del silencio.

31/12/15

Bitácora aérea II

Para Nashielli Manzanilla y Mikel Deltoya




Mi hogar es movimiento, nómada perpetuo en una época de civilizaciones trasnochadas. Soy parte de ese grupo que habita la velocidad y los viajes. Vuelo nuevamente hacia el sur, el único lugar que me parece seguro y sensato; lástima (y lastima) que no atraviese la frontera: me faltan kilómetros y un par de documentos para lograrlo.

Recuerdo por qué prefiero la carretera: en pleno vuelo es imposible ver nada salvo cielo: ese espejo de mar inamovible; supongo que en eso se parecen el capitán de barco y el de vuelo: tienen que navegar a ciegas (con un radar, pero deben sobreponerse al hecho de no ver nada entre travesías).

Último vistazo a una ciudad que apesta, llena de gente que odio sin conocer, que últimamente sólo me ha estorbado para trasladarme de A a B; casas que se alzan caóticamente y que se mantienen en pie a fuerza de resentimiento y resignación.

Me esperan horas de mar, me espera un lugar tranquilo, un stand by de esto que pasa (que dicen que es la vida): un quicksave para cerrar los ojos y dormir un rato: Bowser, Zelda, el Dr. Willy... Todos pueden esperar: siempre esperan.

Una hora no es suficiente para una película; en la pantalla transmiten comerciales. Ese es el precio de estar a la vanguardia en este país, en este planeta: fumarte los eslóganes y los spots de publicistas mediocres.

El avión acelera: se siente como estar en casa: el cuerpo pegado al asiento, los oídos tapados y el paisaje moviéndose como en cinta automática. El avión acelera para que el aire lo eleve hacia ese cielo nublado que el sol no puede acribillar. Posición diagonal para ascender. Si baja la velocidad, nos caemos.

El avión acelera. Leo en las alas "Do not walk outside this area". Hasta el payaso equilibrista del avión tiene restricciones. Últimamente la vida ha sido así: do not walk outside this area. Pero, lo siento, me gusta pasear por el lado salvaje del camino, hacia la carretera camino al infierno.

Creo que esta vez no me encontraré con poetas ni literatos: vacaciones light.

Un whisky para el camino y unos doritos para no olvidar la realidad. Un libro que me obliga a mover cuerdas que hace años no tocaba y que deberían permanecer inmóviles.

Avisan el descenso. Un vuelo con turbulencia que dura muy poco. Debo apurar mi trago.

Por cierto, Mikel, si estás leyendo esto un 23 de diciembre: Feliz cumpleaños.

11/9/15

Zex



Primero, un caso de priapismo con eyaculaciones cada diez minutos sin que el miembro volviera a su flacidez. En el hospital, nadie se explicaba el síntoma. Después, al otro lado del mundo, una mujer casi fallece por múltiples orgasmos consecutivos. Posteriormente, un incremento exponencial de casos.
Psiquiátras y psicólogos reconocidos descartaron trastornos comunes y parafilias raras. Los religiosos tuvieron que callarse cuando sus predicadores y monjas presentaron las molestias; incluso los miembros más puritanos del mundo se encerraron para ahogar los gemidos de placer o la prominente y dolorosa erección.
Los sexos encendidos e insaciables desataron una violencia atroz. En medio de pujidos, alaridos, esperma y fluidos de distintas composiciones, las personas se destrozaban entre sí y a sí mismas. En arrebatos de lujuria, las mordidas no se limitaban sólo a marcar la piel sino a arrancarla; apareció una enfermedad que los especialistas denominaron “la avaricia erotizante” que provocaba orgasmos con por el simple contacto con el papel moneda y se incrementaron las noticias de grupos de personas que se arrancaban los ojos mientras tenían sexo rudo en plena calle.
Un exdirector de películas porno amateur (desde sexo convencional hasta orgías sadiconecrocoprozoofílicas) ofreció una conferencia para intentar explicar lo que sucedía, pero a la mitad del discurso no pudo contenerse y se unió al bacanal que había iniciado un miembro de la audiencia.

31/7/15

No soy una entrada de blog, soy una nota suelta



Teoría del caos. Si algo aprendí con Cortázar es que Dios sí juega a los dados, pero pocas veces pierde (o eso quiere hacernos creer: por eso inventó al Diablo, para culpar a alguien cuando necesita un número alto y obtiene snake eyes). Es comprensible, a pocas personas (y ficciones) les gusta admitir sus errores.
Naca como un encuentro fortuito para recordar en qué casilla vas y de qué lado metes gol. Me bastó ver unas ojeras sonrientes y una charla-amenaza para saber (recordar) que no estoy donde debiera sino donde necesito. La moraleja es la misma cancioncita con la voz de Yager, la archisabida frase con la que inició Dr. House: “You can’t always get what you want”. Lo bueno es que, al menos ahora si obtengo lo que preciso.
Para salir del Déjà Vu perpetuo basta que una cabra te impacte los ojos contra la cara.
Autoevaluación exprés.
El azar no perdona. Tampoco es justo. Sólo es.
Uno debe jugar la mano que le toca, más si ya se fue a mulligan a cinco.
Interstellar se quedó corto: no es el amor sino la nostalgia lo único capaz de atravesar dimensiones. Elizondo lo probó con Farabeuf: no sólo el cuerpo debe cercenarse en mil pedazos, también la memoria. Todo debe reducirse a unos y ceros para disfrutar doloridamente que cambiar un dígito trastorna todo el universo.
Quizás debí doblar en otra esquina para encontrar mi muerte o debí quedarme en la silla porque era seguro que esa mina había de volver. Tal vez no debí abordar ese bus o sí tenía que subir a ese colectivo que me deja en la acera con su rugido de smog.
Ni idea.
Pero no. No es abandonarse (ablandarse) a un hado imbécil. Lo sé porque he resistido y fallado, pero supe encajar (algunas de) esas derrotas: una pata de conejo bajo los postes; aunque, sigo sin entender por qué siempre robo tierra en momentos decisivos.
C’est la vie.
No lo acepto del todo porque la aceptación también es una forma de resignarse, pero es imposible jugar sin mano: ni dios juega a los milagros, además no es mi estilo.
La casualidad es un instinto pero no un recurso renovable: pasa, se va y tal vez no regresa nunca: la colilla del cigarro cae siempre en el recuadro tres pero no cae exactamente en el mismo punto y los únicos que mueren como perros son los incautos que ni se enteran de lo sucedido.
Porque me quejo y no, corazón coraza. Rencor ronquido ahogado bajo la almohada que amanece húmeda y triste todas las mañanas y todos los insomnios.

23/6/15

Fuerza centrípeta

You can check-out any time you like, but you can never leave
“Hotel California”, The Eagles







El plan era sencillo: una sesión de sexo salvaje en la casa de él para dejarlo rendido y obediente a cualquier destino; ella se vestiría lejos de su alcance, le soltaría la frase definitiva justo antes de cerrar la puerta del cuarto y abandonar su casa por la entrada principal, triunfante y con la cabeza erguida. Abandonaba una relación demasiado inestable y demasiado insípida (una nunca busca al ex gratuitamente, ¿o sí?).
Sara no contaba con que ese día Oliver tuviera un apetito casi insaciable ysacara una pantera nebulosa al acecho de cualquier movimiento de su cuerpo para devorarlo; jamás pensó que la culpa se le agolparía en las entrañas a cada embestida. Aún así, siguió paso a paso el manual. Terminada la sesión, se levantó de la cama para vestirse a una distancia prudente. Lo observaba temerosa, como si en cualquier momento fuera a levantarse para arrancarle la ropa y seguir, pero sólo la observaba serio.
Entendió que únicamente esperaba pues ya sabía de qué iba el asunto. Por supuesto: ella le había platicado cómo aplicaba su método a los demás.
«Los dos ya sabemos, ¿no? Esto no puede continuar. Hasta aquí se queda. Chau».
Cerró la puerta casi al mismo tiempo que saliódel cuarto, caminó hacia la entrada principal, abrió la puerta,atravesó el quicio. Se percató del error cuando escuchó el click del picaporte: para salir de esa casa, debía atravesar otra puerta metálica que sólo abriría con la llave. Estaba atrapada en un pasillo entre dos puertas.
Cinco minutos después, él salió por ella. Sonreía.

Caminaban juntos por la calle; él la acompañaba.Se sentía incómoda: él ya no debería estar ahí, debería estar en su cama, pensándola, masturbándose con el recuerdo de lo recién ocurrido, sumido en melancolía; sin embargo, allí estaba con una sonrisa enorme en la cara, como si no lo hubiera mandado al carajo ya.
Ella le advirtió a dónde iría: «Me encontraré con Pato, ¿sí? ¿A eso quieres venir? ¿A llevarme de la manita con ese tipo? Te sentirías mejor si lo haces, ¿verdad, machito taimado? No soy un maldito objeto ni me estás “entregando” voluntariamente. Entiende de una vez que te estoy dejando».
Él no replicó, no bajó la cabeza ni borró la sonrisa de su cara. Le informó que sabía muy bien todo eso, que él no la consideraba un objeto y que sólo quería acompañarla porque se le pegaba la gana; en otras palabras, que no había intenciones ocultas detrás de ese gesto.
Llegaron a un café en el centro de la ciudad. Supo que Pato se encontraba allí al ver su motocicleta aparcada frente al local. Anticipó que ellos dos se encontrarían frente a frente, quizá iniciarían una riña donde los dos idiotas pelearían estúpidamente sin hacerse demasiado daño pero quedando en ridículo (y, por supuesto, la avergonzarían en público). Quiso convencerlo de que nada ganaría ya.
«Tan sólo quiero un café» él dijo sonriente.

Los tres se encontraban sentados en la misma mesa. Pato no sabía bien qué hacer pues ella le había dicho que lo botaría en su casa y se encontrarían allí para reanudar una (no tan) vieja historia; en cambio, allí estaban juntos, como si se tratara de una reunión de viejos amigos. Buscaba la mirada de ella sin éxito; se encontraba absorta en la ventana, movía los pies y se mordía las uñas. Entendió que no era su decisión. Lo miró a él sumergido en el café y con esa sonrisa idiota y cínica.
El bullicio del café no penetraba el silencio que se instaló entre ellos. Ella pateó los pies de Pato, un claro gesto para hacerlo decir algo que largara al apéndice que no quiso quedarse en su cuarto. Nada. Intentó correr a Oliver con la mirada, con golpecitos de su tacón en la espinilla. Nada.
Cuando notaron que él se había terminado su taza de café, sonrieron. Pato abrió la boca pero él llamó a un mesero para pedir un sándwich y otro café. Fue el colmo.
«¿Qué demonios haces aquí?» dijo Pato furioso.
«Como un bocadillo y bebo café, ¿algún problema?»
«Sí, que sobras en la mesa» increpó ella.
«Lo siento» Oliver no se movió «platiquen si quieren, hagan como si no existiera, incluso pueden irse si gustan, aunque sería de mala educación dejarme comer solo».
Ella no le daría la satisfacción. Ella lo había abandonado, no al revés, no dejaría que le ganara ésta: «Pues no nos vamos, ¿cómo ves?»
«¿Qué?» Pato quedó atónito.

Oliver levantó la mirada justo cuando ella lo observaba rabiosa. Reconoció los ojos de pantera nebulosa al acecho de su cuerpo. Un súbito golpe eléctrico le recorrió el cuerpo entero. Él la miraba mientras comía. Su boca mordiendo el emparedado, los labios separados que dejan descubiertos los dientes; incisivos y colmillos afilados encajándose en el pan, perforándolo lentamente hasta juntarse y arrancar un pedazo; ese leve arrugar la nariz con que concluía el movimiento y unos ojos famélicos clavados en los suyos. Reconoció la sonrisa previa al mordisco. Cada bocado que Oliver arrancaba del emparedado se reduplicaba en las piernas de Sara; revivía la sensación de sus pantorrillas heridas por las dentelladas furiosas que le encajaba aleatoriamente en el oleaje de su cuerpo hasta hacerla gritar que parara, aunque su mente suplicaba porque el diente se encajara y la hiciera sangrar. La lengua relamiéndose los labios para quitarse las moronas de pan o los residuos del café, el mismo gesto que hacía antes de atacar su vulva, de recorrerla y barnizarla con saliva como preámbulo del latigueosin piedad a su clítoris. Su cuerpo la traicionaba. Incluso la espuma del capuccino que le quedaba en las comisuras de los labios y la manera de ocupar los dedos para limpiarse y llevárselos a la boca le remitieron a la manera en que vulgarmente se quitó sus fluidos de ese mismo lugar para chuparlos de la yema de sus dedos.
Sintió humedad en las bragas.
Pato notó esa mirada, el terror y la ansiedad en el cuerpo de ella; entonces, percibió el olor a sexo; ambos olían a sexo. Pasaban las horas y el cuerpo de los dos olía más intensamente, seguramente se habían acostado antes de llegar con él. Pato sabía de las costumbres sádicos que tenía ella a la hora de abandonar a su pareja en turno (él mismo había pasado por el protocolo) pero siempre había una discreción al respecto, una ducha, una disculpa, perfume, lo que fuera. Comprendió que esa pantomima en el café era un juego, una burla hacia él, que ambos se la estaban pasando fantástico con su cara de idiota.
Oliver notó cómo lo miraba ella; supo de inmediato hacia dónde se había ido su memoria y por eso sonreía. Miró a Pato sólo por mirar, sin nada en la cabeza, con la mente lo más en paz y en blanco posible.

«Después de esto, estamos condenados, niña» le había dicho una vez; cuando ellapreguntó por qué, él respondió «Ahora estamos calcados con fuego en el otro, ¿no lo ves?». Ella estaba segura de que blufeaba, que se le había subido el ego por el concierto de gemidos que le arrancó en el cuarto de hotel, que se le había subido lo machito y lo poeta a la cabeza porque le había dejado hacer y deshacer ese día. Pero entendió, en el café, sentada con Pato y con él, lo que había querido decir. Tenía todos los gestos de él asociados a una acción en el coito, cualquier pequeña seña le marcaba una petición, una exigencia o una anticipación al placer, al dolor o a ambos. Después de tantas veces juntos, (semi)desnudos y penetrados habían desarrollado un lenguaje particular.
«Pero esto no es amor, ¿eh? No te confundas» trató de devolverlo a la realidad esa vez.
«Lo sé, pero también sé que estamos condenados» ella pensó que le había dado una crisis anticipatoria de la ruptura sumada al éxtasis del orgasmo, pero no era así. Él se había dedicado a entrenarla en ese otro sistema de símbolos intercambiables que culminaban invariablemente con ella suplicándole o exigiéndole penetrarla o lamerla o cualquier otro contacto que le hiciera sentirse atada a él. Su braga estaba más mojada y notó también que olían a sexo.
Pato notó un par de ademanes raros que Oliver hacía al comer o beber, pero no entendía, también se percató de que ese horrible aroma se intensificaba, sin embargodominaba una esencia de sexo femenino, ¿el sexo de ella? ¿Se estaba excitando? ¿Por qué? Dejó de mirarla para observar a Oliver: sonreía.

Él accedió a la propuesta de Pato: salir a caminar. Ya llevaban hora y media en el café y los últimos veinte minutos habían sido un cínico coqueteo entre ella y él. Pato se sintió excluido, pensó que era una infantil venganza de Oliver hacia los dos y le dejó desahogarse; la experiencia le decía que después del berrinche vendría la calma y una disculpa formal.
Recorrieron el centro sin quererlo; recorrían calles que ni Sara ni Pato habrían elegido para pasear, pero era ridículo que él marcara la marcha si se encontraba detrás de ambos. Llegaron a una zona de sex shops y entraron. Observaban calladamente los artículos en exhibición mientras él los agarraba para inspeccionarlos, preguntaba por precios y miraba hacia donde se encontraban ella y Pato.
Pato notó que ella movía las piernas insistentemente, apretaba sus muslos una y otra vez cada que él tomaba un nuevo utensilio. Ella rememoraba la vez que le cubrió los ojos y la ató a la cama; sin tocarla le insertó varios artefactos prismáticos en su vagina y en su ano. Esa vez él no hizo un solo ruido. Ella se esforzó infructuosamente por quedarse en silencio, falló en la primer penetración doble; se forzó a no llegar al orgasmo, pero lo alcanzó: Oliver le susurró «Te dije que te metería el infinito entre las piernas» mientras tenía un caleidoscopio penetrándola y le descubrió los ojos; su cuerpo estaba al borde de un apocalipsis: el espejo en el techo le permitió verse empapada en sudor y temblando; entonces, él le ordenó “Orínate”. Sin dudarlo vació su vejiga entre las manos de él.

Pato se acercó a Oliver para decirle que se sentía incómodo allí, que quería irse. Él accedió. Deambularon otro rato por calles aleatorias. El clima húmedo los obligó a buscar agua y un sitio fresco. Entraron a un minisúper para aprovechar el aire acondicionado y conseguir bebidas.
Él se acercó a Pato; lo miró como la vez que se habían conocido en una biblioteca con un tablero de ajedrez de por medio. Oliver lo recibió con una mirada cálida y amenazante. Pato sabía que todos los animales adoptan una postura agresiva cuando se sienten amenazados. Él le propuso una partida rápida. Accedió.
Había algo raro en sus movimientos. Parecía que perdía piezas importantes a propósito. Primero cedió un alfil que amenazaba con jaque, luego una torre, luego un caballo. A la reina la defendía como si de eso dependiera su vida. Incluso dejó descubierto al rey cuando se lanzaba al ataque; eso lo obligaba a defender y le daba un movimiento para recomponer la defensa, pero aún así era demasiado arriesgado.
Hacia el final de la partida, los dos estaban demasiado arrinconados, a un solo error. Entonces él hizo un movimiento que sacó a Pato de concentración: Ella llegó a la mesa donde jugaban y él le lanzó una sonrisa de penumbra y ceniza. Entonces acomodó una pieza con la que obviamente atacaría al rey y dejó descubierta a la reina. Pato, temeroso de que la reina le pudiera dar el juego a su adversario, mordió el anzuelo: capturó a la reina y olvidó proteger al rey.
Oliver le anunció que ya debía irse, que tomaría un bus en una calle cercana y se largaba. Pato agradeció en silencio.
Lo acompañaron a la parada del autobús. Se despidieron de él educadamente. Ella sentía que había logrado su cometido al orillarlo a aceptar que lo acompañaran a esa esquina para abandonarlo allí como una mascota inútil.
Pato tan sólo sentía alivio de que eso hubiera acabado. Irían a un hotel, se ducharían y reanudarían la historia dejada recientemente en stand by.

Notaron que él los miraba a la distancia. «Si quiere torturarse allá, él». Entraron a un hotel, pagaron el cuarto y se apresuraron. Se desnudaron torpemente y con prisa. Pato no se preocupó de que el cuerpo de ella oliera aún a sexo y de que su humedad, que comenzaba a secarse un poco, hubiera sido provocada por alguien más: la necesitaba ya.
«Vamos a jugar un poco» propuso Sara. Le pidió a Pato que la amarrara o que, mínimo le cubriera los ojos con algo, que no fuera inmediatamente a penetrarla. Él intentó complacerla. Improvisó una atadura con su cinturón, pero no encontró con qué cubrirle los ojos. Ella notó que la erección de Pato variaba, entre la concentración por no herirla y la tentación de disponer de un cuerpo vulnerable que acrecentaba su ansiedad por entrar en ella, el cuerpo de su amante vacilaba frustrantemente.
«Ahórcame» le pidió a Pato cuando comenzó a penetrarla.Accedió temeroso. Era inútil, no apretaba lo suficiente su cuello, no le cortaba la respiración de forma adecuada y perdía el ritmo al momento de hacerlo. Tenía la necesidad de sentirse al borde de la muerte, para ello requería quien la guiara perfectamentea esa frontera, que no la dejara en el otro lado pero que no la guardara mucho en éste.
Media hora más tarde, abrió los ojos todo lo que pudo, se le notaban acuosos y desesperados. «No puedo. No lo siento. No».

Empujó a Pato y corrió al baño a llorar. Abrió la ducha y se puso en cuclillas bajo el chorro de agua. Después de probar el gozo del abismo, lo demás devenía insípido.