[Publicado originalmente en Marabunta, el 10 de junio de 2018 en http://www.revistamarabunta.com/2018/06/10/el-amarillo/ [consultado el 30 de junio de 2018]
Puedes preguntarle a cualquier chico de la cuadra, nadie se mete con
el Amarillo. Ese tipo está zafado, completamente ajeno a ti o a mí; no
dice absolutamente nada, no titubea, sólo se mueve rápido como un rayo y
¡pum! te tumba, directito al suelo o al hospital o a la morgue, depende
de qué tan bravo esté ese día o de qué le hayas hecho. Acá ya se ha
echado, al menos, a cuatro; todos indigentes, drogadictos que quisieron
bajarle unas monedas.
¿El Amarillo? Sí, lo conozco, ¡quién no! El hijo de la chingada es un
cabrón en serio. Eso sí, respeta a los vecinos, ¡faltaba más! Nunca se
ha metido con nadie de acá, no es que el muchacho busque problemas, pero
sabe defenderse (como todos, pues).
Una vez, el Amarillo bajó a un asaltante de un camión. Dice que se
levantó de su asiento, lo topó de frente, le quitó la pistola y lo bajó
de la micro a punta de cachazos. Ahora, siempre carga la fusca a todos
lados por si las dudas. La vecindad lo ve como una especie de héroe,
pero a mí me da miedo. La otra vez cachó a su hermanita escondida con un
compañero de la escuela, atrás de las bombas, seguro se estaban dando
sus arrumacos. El tipo, todo tranquilo agarró al chavito del pescuezo y
lo sacó de allí. El morro intentó decir algo para defenderse, aclarar
que sí quería a la Rosita, pero el Amarillo lo calló al momento. Sacó la
pistola, cortó cartucho y apuntó al chamaco. El pobre Santiago hasta se
orinó de miedo, desde entonces le decimos el Chistorra.
No me gustaría vivir en el mismo edificio que ese chaval, ni siquiera
en la misma vecindad, ¿sabes? Es un escuincle, pero es de cuidado. Lo
puedes ver en los ojos. Tiene ojos malos, con una furia escondida detrás
de esa indiferencia. Son túneles cuya única luz al final es la de una
explosión y ¡aguas! porque ese fuego sí te alcanza. Yo no sé a qué se
dedica, pero siempre trae cosas bonitas, ¿entiendes? Se ve que va de
aquí para allá, peinado, bañado y arregladito, pero no lo ves de traje,
no lo ves salir temprano, ni regresar tarde. Siempre se ve con la misma
pinche cara de maldito. ¿Usted qué hace buscando a ese señor? Mejor no
se meta en problemas, ¿sí?
¡Ni me menciones a ese hijo de puta! El pendejo se piensa que puede
venir a chingar la madre cada que quiere, pero está muy equivocado. Un
día de estos lo van a bajar, igualito que él hace con los nuestros. Se
la está buscando y la va a encontrar.
El Amarillo. Lo odio.
Blog personal de Gilberto Nava, "Gablot". Aquí puedes encontrar textos literarios, ensayos, críticas y básicamente cualquier cosa que habita en esa cabeza y se escapa entre los dedos.
Mostrando las entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
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30/6/18
27/4/18
Entrevista de trabajo
Llena
la solicitud. El perfil preciso no es relevante, sólo importa cuán capaz es de
poder variarse en un mismo entorno, de encajar en la zona asignada, de estar
completamente seguro de la logística para la movilidad del cuerpo junto con
todos aquellos armatostes que deban ser trasladados. Sin embargo, si llegas a
contrariar el platonismo lacónico del arquetipo solicitado posiblemente
termines en las calderas como leña –de ser así tu familia recibirá tu sueldo,
incluso aquella paga vacacional, hasta que piel, cabello, órganos y huesos no
sean más que energía, humo, cenizas y recuerdos– pero aún es pronto para
concientizar acerca del tema: no error, no hoguera, ¿entiendes?
¿Qué
pasa? Veo temor en tus pupilas. ¡No tiembles! Yo no me encargo de corregir los
desperfectos, sólo recluto personal, informo a los interesados de las políticas
de trabajo, firmo algunos documentos, puro papeleo. ¿Qué ves? ¡Oh! ¡El látigo!
No te preocupes. Es mero fetiche coleccionista: vale millones acá arriba. Sí,
es ese mismo látigo que piensas. No tengas miedo. No somos tan primitivos. No
lastimamos inocentes. Se han empezado a mover las cadenas de tu silla. Será
mejor que calmes tu ritmo cardiaco, esa cosa es como un animal, percibe las
emociones que destrozan tus nervios; las deglute como bocadillo, luego te
despoja de todo recuerdo y, nuevamente, sólo quedan piel, cabello, órganos y
huesos, que van a parar al fuego para quedar reducidos en... bueno, ya sabes
–por cierto, no hay paga si no has firmado el contrato; por el color de tu
cara, además del ligero goteo de tu sangre sobre el suelo debido a la
contracción de los eslabones, te recomendaría que, aunque fuese con la boca,
hagas algún garabato sobre el papel; eso o calmarte– .
Bien,
comienzas hoy mismo, si la silla te suelta. Por cierto, te recomendaría
apresurarte, porque al jefe no le gustan los holgazanes ni los pretextos, por eso él
mismo aplica los correctivos, da las pláticas motivacionales, todas aquellas
pantomimas útiles para mantenerlos trabajando felices.
16/8/16
Mascotas (fragmento)
Vi a un señor que cargaba un perro aparentemente enfermo. El animal temblaba como la Mañaña, esa gata con manchitas nebulosas, cuando no despertaba completamente de la anestesia el día que la llevamos al veterinario porque tal vez la habían envenenado, como al Pachón una semana atrás.
Ese
mes, el dinero se nos fue en operaciones y taxis. El primer síntoma que notaste
fue que ese gato vainilla ya no comía regularmente y se quedaba quieto en un
solo rincón, como cansado, rendido. Cuando lo llevamos al médico, éste nos dijo
que algo tenía; tal vez una enfermedad, tal vez algo más. Mandó medicina y
alimentarlo con un poco de miel para elevarle la temperatura. Nos dijo que si
seguía igual al día siguiente, lo lleváramos de vuelta.
Tuvimos
que ir nuevamente con el doctor para que diagnosticara al pobre felino. Tras
revisarlo otra vez, dictaminó que lo habían envenenado y que ya era demasiado
tarde; que su sistema lentamente dejaría de funcionar.
Nos
sentamos frente a la mesa de auscultación mientras el veterinario preparaba la
jeringa. No recuerdo si tomé tu mano o si te abracé siquiera, tan sólo veo la
aguja entrar en el bote y llenarse de líquido mortal; veo a Pachón tendido
sobre la mesa metálica, sin maullar, sin oponer resistencia, como si no
anticipara lo que realmente vendría, como si esa aguja sólo le trajera alivió
tras un punzante y breve dolor.
Y
así fue.
Cerró
sus ojos lentamente y se quedó dormido. Su vientre que se inflaba y desinflaba
al compás de su respiración permaneció estático. Así de rápido y sencillo.
Tenías semblante serio y dijiste (una vez en voz alta y muchas otras veces en
tu cabeza para tratar de convencerte) que había sido lo mejor, que no sufriera.
No
sé cómo regresamos a tu casa. La siguiente escena que tengo es de nosotros dos
en tu pedazo de jardín; yo, arrodillado, cavaba una fosa para meter su
elástico, elegante y tierno cadáver. El sol me lastimaba los ojos. La tierra se
metía en mi nariz y me impedía respirar. Dos días atrás, eran los pelos de ese
gato los que me causaban alergia y alegría; ese día la tierra me impedía
llorar; me obligó a sacar fuerzas que no tenía y un talante que no quedaba para
poder resquebrajarla y hacer un hueco.
Alimentamos
al polvo siete vidas y le echamos cal.
La
semana siguiente, la Mañaña empezó igual. No exagero si digo que con ella fue
peor. Pachón se resignó, la Mañaña luchó con arañazos y mordidas para tratar de
arrebatarse a sí misma de la muerte. No lo consiguió.
Cuando
notaste que le pasaba lo mismo que al otro gato, cumplimos el mismo ritual e,
incluso, pensamos que habría esperanza porque ya habíamos aprendido y porque lo
detectaste a tiempo. La abrieron en canal para apretar sus intestinos y que así
lograra expulsar la materia fecal atorada; de ese modo, tal vez se salvaría.
Cuando abrió
los ojos, aún no había despertado del sedante: estaba sonámbula. Recuerdo sus
pupilas enteramente dilatadas, como si en nosotros dos o en cada rincón viera
una amenaza latente, un pedazo de lo que se avecinaba. Se arrastró por el
suelo, porque las patas no le respondían, para escapar de nosotros. Temblaba
horriblemente para elevar su temperatura. Nos arañó, nos mordió, nos obligó a
dejarla sola. Sé que estabas triste y yo, desesperado porque, de nuevo, no
podía hacer sino empezar a cavar otra tumba. No podía resistirlo. No podía
ayudarte sino a enterrarla decentemente. Por fortuna (y por desgracia)
correspondió a tu hermano hacer los honores.
Apenas
ahora, varios años después, puedo llorar la muerte de esos dos mientras
viajamos en el subte y me abrazas discretamente. Una pena compartida que nos
debíamos porque en aquel instante no pudimos desahogarnos. La teoría del caos
indica que un evento jamás pasa dos veces, porque sería exactamente el mismo y
el tiempo (al menos en esta dimensión) no se bifurca sobre sí para repetirse:
no hay la opción de replay a las
jugadas; en este sentido, cualquier evento se ancla a la historia porque es
único o se pierde en la incesante repetición de otros similares.
Ahora lo entiendo. No
nos lamentamos en el sepelio de Pachón porque jamás repetiríamos ese abrazo ni
esa pena. No estábamos en condiciones decentes de acicalarnos la tristeza;
tenían que pasar varios años para aceptar esa pérdida porque, aunque entendemos
la muerte (de distinta manera, pero la entendemos), no la habríamos padecido
sino como dos niños que se negaban a decir adiós a su gato.
23/6/15
Fuerza centrípeta
You
can check-out any time you like, but you can never leave
“Hotel California”, The Eagles
El plan era sencillo: una sesión de sexo salvaje en la casa
de él para dejarlo rendido y obediente a cualquier destino; ella se vestiría
lejos de su alcance, le soltaría la frase definitiva justo antes de cerrar la
puerta del cuarto y abandonar su casa por la entrada principal, triunfante y
con la cabeza erguida. Abandonaba una relación demasiado inestable y demasiado
insípida (una nunca busca al ex gratuitamente, ¿o sí?).
Sara
no contaba con que ese día Oliver tuviera un apetito casi insaciable ysacara una
pantera nebulosa al acecho de cualquier movimiento de su cuerpo para devorarlo;
jamás pensó que la culpa se le agolparía en las entrañas a cada embestida. Aún
así, siguió paso a paso el manual. Terminada la sesión, se levantó de la cama
para vestirse a una distancia prudente. Lo observaba temerosa, como si en
cualquier momento fuera a levantarse para arrancarle la ropa y seguir, pero
sólo la observaba serio.
Entendió
que únicamente esperaba pues ya sabía de qué iba el asunto. Por supuesto: ella
le había platicado cómo aplicaba su método a los demás.
«Los
dos ya sabemos, ¿no? Esto no puede continuar. Hasta aquí se queda. Chau».
Cerró
la puerta casi al mismo tiempo que saliódel cuarto, caminó hacia la entrada
principal, abrió la puerta,atravesó el quicio. Se percató del error cuando
escuchó el click del picaporte: para salir de esa casa, debía atravesar otra
puerta metálica que sólo abriría con la llave. Estaba
atrapada en un pasillo entre dos puertas.
Cinco
minutos después, él salió por ella. Sonreía.
Caminaban juntos por la calle; él la acompañaba.Se sentía incómoda:
él ya no debería estar ahí, debería estar en su cama, pensándola, masturbándose
con el recuerdo de lo recién ocurrido, sumido en melancolía; sin embargo, allí estaba
con una sonrisa enorme en la cara, como si no lo hubiera mandado al carajo ya.
Ella
le advirtió a dónde iría: «Me encontraré con Pato, ¿sí? ¿A eso quieres venir?
¿A llevarme de la manita con ese tipo? Te sentirías mejor si lo haces, ¿verdad,
machito taimado? No soy un maldito objeto ni me estás “entregando”
voluntariamente. Entiende de una vez que te estoy dejando».
Él
no replicó, no bajó la cabeza ni borró la sonrisa de su cara. Le informó que
sabía muy bien todo eso, que él no la consideraba un objeto y que sólo quería
acompañarla porque se le pegaba la gana; en otras palabras, que no había
intenciones ocultas detrás de ese gesto.
Llegaron
a un café en el centro de la ciudad. Supo que Pato se encontraba allí al ver su
motocicleta aparcada frente al local. Anticipó que ellos dos se encontrarían
frente a frente, quizá iniciarían una riña donde los dos idiotas pelearían
estúpidamente sin hacerse demasiado daño pero quedando en ridículo (y, por
supuesto, la avergonzarían en público). Quiso convencerlo de que nada ganaría
ya.
«Tan
sólo quiero un café» él dijo sonriente.
Los tres se encontraban sentados en la misma mesa. Pato no sabía bien
qué hacer pues ella le había dicho que lo botaría en su casa y se encontrarían
allí para reanudar una (no tan) vieja historia; en cambio, allí estaban juntos,
como si se tratara de una reunión de viejos amigos. Buscaba la mirada de ella
sin éxito; se encontraba absorta en la ventana, movía los pies y se mordía las
uñas. Entendió que no era su decisión. Lo miró a él sumergido en el café y con
esa sonrisa idiota y cínica.
El
bullicio del café no penetraba el silencio que se instaló entre ellos. Ella
pateó los pies de Pato, un claro gesto para hacerlo decir algo que largara al apéndice
que no quiso quedarse en su cuarto. Nada. Intentó correr a Oliver con la
mirada, con golpecitos de su tacón en la espinilla. Nada.
Cuando
notaron que él se había terminado su taza de café, sonrieron. Pato abrió la
boca pero él llamó a un mesero para pedir un sándwich y otro café. Fue el
colmo.
«¿Qué
demonios haces aquí?» dijo Pato furioso.
«Como
un bocadillo y bebo café, ¿algún problema?»
«Sí,
que sobras en la mesa» increpó ella.
«Lo
siento» Oliver no se movió «platiquen si quieren, hagan como si no existiera,
incluso pueden irse si gustan, aunque sería de mala educación dejarme comer
solo».
Ella
no le daría la satisfacción. Ella lo había abandonado, no al revés, no dejaría
que le ganara ésta: «Pues no nos vamos, ¿cómo ves?»
«¿Qué?»
Pato quedó atónito.
Oliver levantó la mirada justo cuando ella lo observaba
rabiosa. Reconoció los ojos de pantera nebulosa al acecho de su cuerpo. Un
súbito golpe eléctrico le recorrió el cuerpo entero. Él la miraba mientras
comía. Su boca mordiendo el emparedado, los labios separados que dejan
descubiertos los dientes; incisivos y colmillos afilados encajándose en el pan,
perforándolo lentamente hasta juntarse y arrancar un pedazo; ese leve arrugar
la nariz con que concluía el movimiento y unos ojos famélicos clavados en los
suyos. Reconoció la sonrisa previa al mordisco. Cada bocado que Oliver
arrancaba del emparedado se reduplicaba en las piernas de Sara; revivía la
sensación de sus pantorrillas heridas por las dentelladas furiosas que le
encajaba aleatoriamente en el oleaje de su cuerpo hasta hacerla gritar que
parara, aunque su mente suplicaba porque el diente se encajara y la hiciera
sangrar. La lengua relamiéndose los labios para quitarse las moronas de pan o
los residuos del café, el mismo gesto que hacía antes de atacar su vulva, de
recorrerla y barnizarla con saliva como preámbulo del latigueosin piedad a su
clítoris. Su cuerpo la traicionaba. Incluso la espuma del capuccino que le
quedaba en las comisuras de los labios y la manera de ocupar los dedos para
limpiarse y llevárselos a la boca le remitieron a la manera en que vulgarmente
se quitó sus fluidos de ese mismo lugar para chuparlos de la yema de sus dedos.
Sintió
humedad en las bragas.
Pato
notó esa mirada, el terror y la ansiedad en el cuerpo de ella; entonces,
percibió el olor a sexo; ambos olían a sexo. Pasaban las horas y el cuerpo de
los dos olía más intensamente, seguramente se habían acostado antes de llegar
con él. Pato sabía de las costumbres sádicos que tenía ella a la hora de
abandonar a su pareja en turno (él mismo había pasado por el protocolo) pero
siempre había una discreción al respecto, una ducha, una disculpa, perfume, lo
que fuera. Comprendió que esa pantomima en el café era un juego, una burla
hacia él, que ambos se la estaban pasando fantástico con su cara de idiota.
Oliver
notó cómo lo miraba ella; supo de inmediato hacia dónde se había ido su memoria
y por eso sonreía. Miró a Pato sólo por mirar, sin nada en la cabeza, con la
mente lo más en paz y en blanco posible.
«Después de esto, estamos condenados, niña» le había dicho una vez; cuando
ellapreguntó por qué, él respondió «Ahora
estamos calcados con fuego en el otro, ¿no lo ves?». Ella estaba segura de que blufeaba, que se le había
subido el ego por el concierto de gemidos que le arrancó en el cuarto de hotel,
que se le había subido lo machito y lo poeta a la cabeza porque le había dejado
hacer y deshacer ese día. Pero entendió, en el café, sentada con Pato y con él,
lo que había querido decir. Tenía todos los gestos de él asociados a una acción
en el coito, cualquier pequeña seña le marcaba una petición, una exigencia o una
anticipación al placer, al dolor o a ambos. Después de tantas veces juntos,
(semi)desnudos y penetrados habían desarrollado un lenguaje particular.
«Pero
esto no es amor, ¿eh? No te confundas» trató de devolverlo a la realidad esa
vez.
«Lo
sé, pero también sé que estamos condenados» ella pensó que le había dado una
crisis anticipatoria de la ruptura sumada al éxtasis del orgasmo, pero no era
así. Él se había dedicado a entrenarla en ese otro sistema de símbolos
intercambiables que culminaban invariablemente con ella suplicándole o
exigiéndole penetrarla o lamerla o cualquier otro contacto que le hiciera
sentirse atada a él. Su braga estaba más mojada y notó también que olían a
sexo.
Pato
notó un par de ademanes raros que Oliver hacía al comer o beber, pero no
entendía, también se percató de que ese horrible aroma se intensificaba, sin
embargodominaba una esencia de sexo femenino, ¿el sexo de ella? ¿Se estaba excitando?
¿Por qué? Dejó de mirarla para observar a Oliver: sonreía.
Él accedió a la propuesta de Pato: salir a caminar. Ya llevaban hora y
media en el café y los últimos veinte minutos habían sido un cínico coqueteo
entre ella y él. Pato se sintió excluido, pensó que era una infantil venganza
de Oliver hacia los dos y le dejó desahogarse; la experiencia le decía que
después del berrinche vendría la calma y una disculpa formal.
Recorrieron
el centro sin quererlo; recorrían calles que ni Sara ni Pato habrían elegido
para pasear, pero era ridículo que él marcara la marcha si se encontraba detrás
de ambos. Llegaron a una zona de sex
shops y entraron. Observaban calladamente los artículos en exhibición
mientras él los agarraba para inspeccionarlos, preguntaba por precios y miraba
hacia donde se encontraban ella y Pato.
Pato
notó que ella movía las piernas insistentemente, apretaba sus muslos una y otra
vez cada que él tomaba un nuevo utensilio. Ella rememoraba la vez que le cubrió
los ojos y la ató a la cama; sin tocarla le insertó varios artefactos
prismáticos en su vagina y en su ano. Esa vez él no hizo un solo ruido. Ella se
esforzó infructuosamente por quedarse en silencio, falló en la primer
penetración doble; se forzó a no llegar al orgasmo, pero lo alcanzó: Oliver le
susurró «Te dije que te metería el infinito entre las piernas» mientras tenía
un caleidoscopio penetrándola y le descubrió los ojos; su cuerpo estaba al
borde de un apocalipsis: el espejo en el techo le permitió verse empapada en
sudor y temblando; entonces, él le ordenó “Orínate”. Sin dudarlo vació su
vejiga entre las manos de él.
Pato se acercó a Oliver para decirle que se sentía incómodo
allí, que quería irse. Él accedió. Deambularon otro rato por calles aleatorias.
El clima húmedo los obligó a buscar agua y un sitio fresco. Entraron a un
minisúper para aprovechar el aire acondicionado y conseguir bebidas.
Él
se acercó a Pato; lo miró como la vez que se habían conocido en una biblioteca
con un tablero de ajedrez de por medio. Oliver lo recibió con una mirada cálida
y amenazante. Pato sabía que todos los animales adoptan una postura agresiva cuando se sienten
amenazados. Él le propuso una partida rápida. Accedió.
Había
algo raro en sus movimientos. Parecía que perdía piezas importantes a propósito.
Primero cedió un alfil que amenazaba con jaque, luego una torre, luego un
caballo. A la reina la defendía como si de eso dependiera su vida. Incluso dejó
descubierto al rey cuando se lanzaba al ataque; eso lo obligaba a defender y le
daba un movimiento para recomponer la defensa, pero aún así era demasiado
arriesgado.
Hacia
el final de la partida, los dos estaban demasiado arrinconados, a un solo
error. Entonces él hizo un movimiento que sacó a Pato de concentración: Ella
llegó a la mesa donde jugaban y él le lanzó una sonrisa de penumbra y ceniza.
Entonces acomodó una pieza con la que obviamente atacaría al rey y dejó
descubierta a la reina. Pato, temeroso de que la reina le pudiera dar el juego
a su adversario, mordió el anzuelo: capturó a la reina y olvidó proteger al
rey.
Oliver
le anunció que ya debía irse, que tomaría un bus en una calle cercana y se
largaba. Pato agradeció en silencio.
Lo
acompañaron a la parada del autobús. Se despidieron de él educadamente. Ella
sentía que había logrado su cometido al orillarlo a aceptar que lo acompañaran
a esa esquina para abandonarlo allí como una mascota inútil.
Pato
tan sólo sentía alivio de que eso hubiera acabado. Irían a un hotel, se
ducharían y reanudarían la historia dejada recientemente en stand by.
Notaron que él los miraba a la distancia. «Si quiere torturarse allá, él».
Entraron a un hotel, pagaron el cuarto y se apresuraron. Se desnudaron
torpemente y con prisa. Pato no se preocupó de que el cuerpo de ella oliera aún
a sexo y de que su humedad, que comenzaba a secarse un poco, hubiera sido
provocada por alguien más: la necesitaba ya.
«Vamos
a jugar un poco» propuso Sara. Le pidió a Pato que la amarrara o que, mínimo le
cubriera los ojos con algo, que no fuera inmediatamente a penetrarla. Él intentó
complacerla. Improvisó una atadura con su cinturón, pero no encontró con qué
cubrirle los ojos. Ella notó que la erección de Pato variaba, entre la
concentración por no herirla y la tentación de disponer de un cuerpo vulnerable
que acrecentaba su ansiedad por entrar en ella, el cuerpo de su amante vacilaba
frustrantemente.
«Ahórcame»
le pidió a Pato cuando comenzó a penetrarla.Accedió temeroso. Era inútil, no
apretaba lo suficiente su cuello, no le cortaba la respiración de forma
adecuada y perdía el ritmo al momento de hacerlo. Tenía la necesidad de sentirse
al borde de la muerte, para ello requería quien la guiara perfectamentea esa
frontera, que no la dejara en el otro lado pero que no la guardara mucho en
éste.
Media
hora más tarde, abrió los ojos todo lo que pudo, se le notaban acuosos y
desesperados. «No puedo. No lo siento. No».
7/2/15
Plataforma
El error está en pensar. No hay que
pensar demasiado. Simplemente se debe ver hacia el frente, simular que hay
suelo y dar un paso.
Si uno se pone a
pensar en la caída, pasan muchas cosas; por ejemplo, se piensa en la gravedad,
en el aire golpeando el cuerpo, el golpe seco a la hora de caer, y todo esto es
irrelevante. Lo que en realidad importa es el acto en sí mismo, la caída, el
abandono total a la consecuencia.
Se sabe que se caerá,
que es estúpido arrojarse, que tal vez no valga la pena; sin embargo, también
se sabe que no hay muerte en la caída: el cuerpo será recibido por un gran
volumen de agua; no hay más peligro que el de abrir las piernas y recibir un
golpe seco en los genitales (quizá abrir la boca al caer y tragar agua,
dificultando así emerger a la superficie), pero la mente divaga en la
posibilidad de ahogarse (toda posibilidad existe, la probabilidad de que
acontezca es otro asunto). Se ignora el hecho de que, el agua, arroja al cuerpo
a la superficie segundos después de entrar en ella).
Lo único que importa
es caer y tocar fondo. Muchos de los que saltan buscan eso mismo, el fondo,
llegar a Él. Impregnan en su descenso una fuerza terrible, de manera que al
menos sus pies puedan acariciar el azulejo de la alberca. Tratan de separar el
agua con la inercia, por un instante se convierten en cuchillas increíblemente
sólidas lanzadas al abismo.
Observas cómo varias
personas suben, miran hacia abajo, toman impulso y saltan. Sobre todo los
pequeños, no temen caer, les agrada la idea y saltan; se mofan de los cinco
idiotas que han pasado diez minutos mirando y pretenden saltar pero siguen sin
atreverse.
¿Por qué es tan
temible la idea? No es gran cosa en realidad, sólo es caer. Y se cae todo el
tiempo, a veces sin esperarlo: se tropieza con una grieta, no se levantan
suficientemente los pies al ascender en la escalera, se pisan las agujetas de
los zapatos; incluso a veces se olvida amortiguar la caída con las manos y el
golpe en la cara es inminente (¡plaf!).
Aquí se debe caer en
vertical, horizontalmente sería bastante doloroso. No es tan difícil mantener
esa posición, incluso uno puede lanzarse de cabeza o saltar y pegar las
rodillas al pecho para hacer la caída más interesante.
Sigues de pie arriba,
sin ver otra cosa que el azul turquesa del agua. Ahora ya ignoras a los que
suben y brincan sin prejuicios. Los temores están allí. La gravedad, el dolor,
la posibilidad de desviarse unos centímetros al frente y chocar (dolorosa y)
horizontalmente.
Las escaleras están
allí. No hay más que bajarlas para olvidar todo eso –ya es casi media hora de
indecisión– pero el rechazo se siente. Los escalones gritan que no permitirán
bajar a nadie, se convertirán en un tobogán que dará varias vueltas y le
regresarán a la cima, a que salte. No hay más qué hacer. Sólo pegarse al
barandal para tomar algo de impulso. Dar un paso largo. Otro más.
Mal momento para
dudar.
Los pies no se
detienen.
El cuerpo y la mente
se separan por un segundo para poder caer.
Saltas
Por un momento el
cuerpo se eleva y vuela como un halcón que asciende con fiereza, pero es apenas
un instante que ni siquiera se disfruta.
Comienza la caída.
El viento azota tu
cuerpo resignado y erguido.
La mancha azul crece.
Sueltas un grito
antes del impacto y cierras los ojos al atravesar la superficie.
19/11/14
Cotidiano
Me despierto medianamente temprano por la luz que se filtra a través de las cortinas y me encuentro enredado entre sábanas y cobijas. Es la época fría del año. Como puedo, me desenvuelvo y pongo los pies en el suelo; está helado, pero poco importa. Enciendo la computadora para enterarme del resumen de sucesos del día anterior y los que transcurren actualmente. Veo rostros jóvenes, sonrientes y serios, en carteles con leyendas y consignas en las que se exige justicia. Reviso notificaciones, correo electrónico, activo el reproductor para escuchar algo de música y preparo un poco de café.
Mi madre ya se ha ido de casa, pero me deja un sandwich (a pesar de mi insistencia en que no lo haga, de cierta forma sigue sin creer que yo puedo atenderme o lo hace como un gesto de costumbre; de cualquier forma, hoy lo agradezco más que otros días porque no tenía la más mínima intención de preparar algo). Desayuno lentamente, mastico con pereza y trago sin hacer ruido.
Preparo las cosas del día: ropa, mochila con las fichas de trabajo, los cuadernos de las clases, plumas, un lápiz, un par de libros por si el camino lo permite. Lo acomodo descuidadamente en la mochila y entro a la ducha.
Salgo del baño, que he dejado lleno de vapor y humedad. Procuro vestirme lo más rápido posible. Una serie de estornudos me indica que me puedo resfriar pronto. Tanteo el clima e imagino que lloverá, que hará frío, mucho. Meto un paraguas a una mochila ya excesivamente pesada y tomo una chamarra gruesa; la examino un poco: está rota, quizá no sobreviva un aguacero.
Enciendo una vez más el monitor: caras distintas con las mismas consignas. Un escalofrío me recorre, no puedo ignorarlo. Miro mi habitación una última vez, la ropa en el suelo, los zapatos desordenados, la cama sin hacer. Agacho la cabeza, cierro los ojos y camino hacia la puerta de la casa.
Abro sutilmente, me asomo por una rendija que dejo: calle soleada y vacía.
Salgo con la intención de quitarme la chamarra, pero una ráfaga de aire congelado me obliga a cambiar de opinión.
Escondo las manos en los bolsillos, calculo mentalmente el gasto del pasaje y la comida, resto esa cantidad al dinero que traigo en la cartera; sonrío: es suficiente, incluso puedo darme el lujo de un café bueno hoy.
El sonido de los autos incrementa conforme avanzo hacia la avenida, el frío también. Buscó monedas para el pesero.
Un vehículo me rebasa y frena en seco. Lo ignoro para proseguir mi camino, pero él no me ignora a mí. Escupe a dos individuos altos, con botas y chalecos antibalas. Se acercan hacia mí mientras ordenan que me suba. No puedo más que detenerme y preguntar por qué. Se molestan conmigo, dicen que si no me subo me van a partir la madre, que haga lo que más me conviene si no quiero problemas.
Digo que se equivocan, que yo no he hecho nada malo, que ni siquiera voy a marchas ni plantones, que sólo me dedico a mis asuntos. Uno desenfunda su pistola mientras el otro me exige la mochila. Quita el seguro al arma y corta cartucho. Entrego mis cosas. Abren el cierre, revisan el interior: una sombrilla, cuadernos desgastados, plumas lápices, fichas de trabajo y dos libros. Los sacan, los examinan minuciosamente, el título, el autor. Me miran con franco odio y una sonrisa de satisfacción.
Ya sacamos, murmura uno. Llama por teléfono y, con los libros en mano, tiene una conversación con alguien que debió decirle algo muy divertido porque no dejaba de sonreír. Meten los libros a la mochila y la arrojan a la patrulla. Me ordenan subir nuevamente, esta vez a punta de pistola.
No me muevo. Tengo miedo, estoy paralizado. Con la cacha me da un golpe en la cabeza, todo se nubla. Repite la orden, sigo sin moverme. Un puntapié, un cachazo, un gancho al hígado. Más bulto que persona, entro al vehículo.
Lloro. Silenciosamente lloro. Impotentemente lloro. En mi cabeza grito por mi madre, por mi padre, por mis abuelos. Pienso que ya no llegaré al examen (a este y a ningún otro), que dejé mi cuarto desordenado. Quiero pedirles que me dejen regresar a casa para limpiar un poco y que después me llevan. Sé cuán inútil sería.
Hablan en claves. Me insultan. Me regañan por andar cargando esas cosas que no debería. Me dicen que por pendejo y por revoltoso me tocó suelo. Les digo que nunca he estado en una marcha, que nunca he estado en una asamblea, que nunca he ido a una toma de alguna facultad o escuela, que nunca voy a los mítinies, que jamás he gritado consignas en contra de nada ni de nadie. Les digo que yo nunca busco problemas, que busquen en mi historial, que tengo buen promedio y una beca.
Pero no importa.
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