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30/6/18

El amarillo

[Publicado originalmente en Marabunta, el 10 de junio de 2018 en http://www.revistamarabunta.com/2018/06/10/el-amarillo/ [consultado el 30 de junio de 2018]

Puedes preguntarle a cualquier chico de la cuadra, nadie se mete con el Amarillo. Ese tipo está zafado, completamente ajeno a ti o a mí; no dice absolutamente nada, no titubea, sólo se mueve rápido como un rayo y ¡pum! te tumba, directito al suelo o al hospital o a la morgue, depende de qué tan bravo esté ese día o de qué le hayas hecho. Acá ya se ha echado, al menos, a cuatro; todos indigentes, drogadictos que quisieron bajarle unas monedas.

¿El Amarillo? Sí, lo conozco, ¡quién no! El hijo de la chingada es un cabrón en serio. Eso sí, respeta a los vecinos, ¡faltaba más! Nunca se ha metido con nadie de acá, no es que el muchacho busque problemas, pero sabe defenderse (como todos, pues).

Una vez, el Amarillo bajó a un asaltante de un camión. Dice que se levantó de su asiento, lo topó de frente, le quitó la pistola y lo bajó de la micro a punta de cachazos. Ahora, siempre carga la fusca a todos lados por si las dudas. La vecindad lo ve como una especie de héroe, pero a mí me da miedo. La otra vez cachó a su hermanita escondida con un compañero de la escuela, atrás de las bombas, seguro se estaban dando sus arrumacos. El tipo, todo tranquilo agarró al chavito del pescuezo y lo sacó de allí. El morro intentó decir algo para defenderse, aclarar que sí quería a la Rosita, pero el Amarillo lo calló al momento. Sacó la pistola, cortó cartucho y apuntó al chamaco. El pobre Santiago hasta se orinó de miedo, desde entonces le decimos el Chistorra.

No me gustaría vivir en el mismo edificio que ese chaval, ni siquiera en la misma vecindad, ¿sabes? Es un escuincle, pero es de cuidado. Lo puedes ver en los ojos. Tiene ojos malos, con una furia escondida detrás de esa indiferencia. Son túneles cuya única luz al final es la de una explosión y ¡aguas! porque ese fuego sí te alcanza. Yo no sé a qué se dedica, pero siempre trae cosas bonitas, ¿entiendes? Se ve que va de aquí para allá, peinado, bañado y arregladito, pero no lo ves de traje, no lo ves salir temprano, ni regresar tarde. Siempre se ve con la misma pinche cara de maldito. ¿Usted qué hace buscando a ese señor? Mejor no se meta en problemas, ¿sí?

¡Ni me menciones a ese hijo de puta! El pendejo se piensa que puede venir a chingar la madre cada que quiere, pero está muy equivocado. Un día de estos lo van a bajar, igualito que él hace con los nuestros. Se la está buscando y la va a encontrar.

El Amarillo. Lo odio.

27/4/18

Entrevista de trabajo


Llena la solicitud. El perfil preciso no es relevante, sólo importa cuán capaz es de poder variarse en un mismo entorno, de encajar en la zona asignada, de estar completamente seguro de la logística para la movilidad del cuerpo junto con todos aquellos armatostes que deban ser trasladados. Sin embargo, si llegas a contrariar el platonismo lacónico del arquetipo solicitado posiblemente termines en las calderas como leña –de ser así tu familia recibirá tu sueldo, incluso aquella paga vacacional, hasta que piel, cabello, órganos y huesos no sean más que energía, humo, cenizas y recuerdos– pero aún es pronto para concientizar acerca del tema: no error, no hoguera, ¿entiendes?
¿Qué pasa? Veo temor en tus pupilas. ¡No tiembles! Yo no me encargo de corregir los desperfectos, sólo recluto personal, informo a los interesados de las políticas de trabajo, firmo algunos documentos, puro papeleo. ¿Qué ves? ¡Oh! ¡El látigo! No te preocupes. Es mero fetiche coleccionista: vale millones acá arriba. Sí, es ese mismo látigo que piensas. No tengas miedo. No somos tan primitivos. No lastimamos inocentes. Se han empezado a mover las cadenas de tu silla. Será mejor que calmes tu ritmo cardiaco, esa cosa es como un animal, percibe las emociones que destrozan tus nervios; las deglute como bocadillo, luego te despoja de todo recuerdo y, nuevamente, sólo quedan piel, cabello, órganos y huesos, que van a parar al fuego para quedar reducidos en... bueno, ya sabes –por cierto, no hay paga si no has firmado el contrato; por el color de tu cara, además del ligero goteo de tu sangre sobre el suelo debido a la contracción de los eslabones, te recomendaría que, aunque fuese con la boca, hagas algún garabato sobre el papel; eso o calmarte– .

Bien, comienzas hoy mismo, si la silla te suelta. Por cierto, te recomendaría apresurarte, porque al jefe no le gustan los holgazanes ni los pretextos, por eso él mismo aplica los correctivos, da las pláticas motivacionales, todas aquellas pantomimas útiles para mantenerlos trabajando felices.

16/8/16

Mascotas (fragmento)



Vi a un señor que cargaba un perro aparentemente enfermo. El animal temblaba como la Mañaña, esa gata con manchitas nebulosas, cuando no despertaba completamente de la anestesia el día que la llevamos al veterinario porque tal vez la habían envenenado, como al Pachón una semana atrás.
Ese mes, el dinero se nos fue en operaciones y taxis. El primer síntoma que notaste fue que ese gato vainilla ya no comía regularmente y se quedaba quieto en un solo rincón, como cansado, rendido. Cuando lo llevamos al médico, éste nos dijo que algo tenía; tal vez una enfermedad, tal vez algo más. Mandó medicina y alimentarlo con un poco de miel para elevarle la temperatura. Nos dijo que si seguía igual al día siguiente, lo lleváramos de vuelta.
Tuvimos que ir nuevamente con el doctor para que diagnosticara al pobre felino. Tras revisarlo otra vez, dictaminó que lo habían envenenado y que ya era demasiado tarde; que su sistema lentamente dejaría de funcionar.
Nos sentamos frente a la mesa de auscultación mientras el veterinario preparaba la jeringa. No recuerdo si tomé tu mano o si te abracé siquiera, tan sólo veo la aguja entrar en el bote y llenarse de líquido mortal; veo a Pachón tendido sobre la mesa metálica, sin maullar, sin oponer resistencia, como si no anticipara lo que realmente vendría, como si esa aguja sólo le trajera alivió tras un punzante y breve dolor.
Y así fue.
Cerró sus ojos lentamente y se quedó dormido. Su vientre que se inflaba y desinflaba al compás de su respiración permaneció estático. Así de rápido y sencillo. Tenías semblante serio y dijiste (una vez en voz alta y muchas otras veces en tu cabeza para tratar de convencerte) que había sido lo mejor, que no sufriera.
No sé cómo regresamos a tu casa. La siguiente escena que tengo es de nosotros dos en tu pedazo de jardín; yo, arrodillado, cavaba una fosa para meter su elástico, elegante y tierno cadáver. El sol me lastimaba los ojos. La tierra se metía en mi nariz y me impedía respirar. Dos días atrás, eran los pelos de ese gato los que me causaban alergia y alegría; ese día la tierra me impedía llorar; me obligó a sacar fuerzas que no tenía y un talante que no quedaba para poder resquebrajarla y hacer un hueco.
Alimentamos al polvo siete vidas y le echamos cal.

La semana siguiente, la Mañaña empezó igual. No exagero si digo que con ella fue peor. Pachón se resignó, la Mañaña luchó con arañazos y mordidas para tratar de arrebatarse a sí misma de la muerte. No lo consiguió.
Cuando notaste que le pasaba lo mismo que al otro gato, cumplimos el mismo ritual e, incluso, pensamos que habría esperanza porque ya habíamos aprendido y porque lo detectaste a tiempo. La abrieron en canal para apretar sus intestinos y que así lograra expulsar la materia fecal atorada; de ese modo, tal vez se salvaría.
Cuando abrió los ojos, aún no había despertado del sedante: estaba sonámbula. Recuerdo sus pupilas enteramente dilatadas, como si en nosotros dos o en cada rincón viera una amenaza latente, un pedazo de lo que se avecinaba. Se arrastró por el suelo, porque las patas no le respondían, para escapar de nosotros. Temblaba horriblemente para elevar su temperatura. Nos arañó, nos mordió, nos obligó a dejarla sola. Sé que estabas triste y yo, desesperado porque, de nuevo, no podía hacer sino empezar a cavar otra tumba. No podía resistirlo. No podía ayudarte sino a enterrarla decentemente. Por fortuna (y por desgracia) correspondió a tu hermano hacer los honores.

Apenas ahora, varios años después, puedo llorar la muerte de esos dos mientras viajamos en el subte y me abrazas discretamente. Una pena compartida que nos debíamos porque en aquel instante no pudimos desahogarnos. La teoría del caos indica que un evento jamás pasa dos veces, porque sería exactamente el mismo y el tiempo (al menos en esta dimensión) no se bifurca sobre sí para repetirse: no hay la opción de replay a las jugadas; en este sentido, cualquier evento se ancla a la historia porque es único o se pierde en la incesante repetición de otros similares.
Ahora lo entiendo. No nos lamentamos en el sepelio de Pachón porque jamás repetiríamos ese abrazo ni esa pena. No estábamos en condiciones decentes de acicalarnos la tristeza; tenían que pasar varios años para aceptar esa pérdida porque, aunque entendemos la muerte (de distinta manera, pero la entendemos), no la habríamos padecido sino como dos niños que se negaban a decir adiós a su gato.

23/6/15

Fuerza centrípeta

You can check-out any time you like, but you can never leave
“Hotel California”, The Eagles







El plan era sencillo: una sesión de sexo salvaje en la casa de él para dejarlo rendido y obediente a cualquier destino; ella se vestiría lejos de su alcance, le soltaría la frase definitiva justo antes de cerrar la puerta del cuarto y abandonar su casa por la entrada principal, triunfante y con la cabeza erguida. Abandonaba una relación demasiado inestable y demasiado insípida (una nunca busca al ex gratuitamente, ¿o sí?).
Sara no contaba con que ese día Oliver tuviera un apetito casi insaciable ysacara una pantera nebulosa al acecho de cualquier movimiento de su cuerpo para devorarlo; jamás pensó que la culpa se le agolparía en las entrañas a cada embestida. Aún así, siguió paso a paso el manual. Terminada la sesión, se levantó de la cama para vestirse a una distancia prudente. Lo observaba temerosa, como si en cualquier momento fuera a levantarse para arrancarle la ropa y seguir, pero sólo la observaba serio.
Entendió que únicamente esperaba pues ya sabía de qué iba el asunto. Por supuesto: ella le había platicado cómo aplicaba su método a los demás.
«Los dos ya sabemos, ¿no? Esto no puede continuar. Hasta aquí se queda. Chau».
Cerró la puerta casi al mismo tiempo que saliódel cuarto, caminó hacia la entrada principal, abrió la puerta,atravesó el quicio. Se percató del error cuando escuchó el click del picaporte: para salir de esa casa, debía atravesar otra puerta metálica que sólo abriría con la llave. Estaba atrapada en un pasillo entre dos puertas.
Cinco minutos después, él salió por ella. Sonreía.

Caminaban juntos por la calle; él la acompañaba.Se sentía incómoda: él ya no debería estar ahí, debería estar en su cama, pensándola, masturbándose con el recuerdo de lo recién ocurrido, sumido en melancolía; sin embargo, allí estaba con una sonrisa enorme en la cara, como si no lo hubiera mandado al carajo ya.
Ella le advirtió a dónde iría: «Me encontraré con Pato, ¿sí? ¿A eso quieres venir? ¿A llevarme de la manita con ese tipo? Te sentirías mejor si lo haces, ¿verdad, machito taimado? No soy un maldito objeto ni me estás “entregando” voluntariamente. Entiende de una vez que te estoy dejando».
Él no replicó, no bajó la cabeza ni borró la sonrisa de su cara. Le informó que sabía muy bien todo eso, que él no la consideraba un objeto y que sólo quería acompañarla porque se le pegaba la gana; en otras palabras, que no había intenciones ocultas detrás de ese gesto.
Llegaron a un café en el centro de la ciudad. Supo que Pato se encontraba allí al ver su motocicleta aparcada frente al local. Anticipó que ellos dos se encontrarían frente a frente, quizá iniciarían una riña donde los dos idiotas pelearían estúpidamente sin hacerse demasiado daño pero quedando en ridículo (y, por supuesto, la avergonzarían en público). Quiso convencerlo de que nada ganaría ya.
«Tan sólo quiero un café» él dijo sonriente.

Los tres se encontraban sentados en la misma mesa. Pato no sabía bien qué hacer pues ella le había dicho que lo botaría en su casa y se encontrarían allí para reanudar una (no tan) vieja historia; en cambio, allí estaban juntos, como si se tratara de una reunión de viejos amigos. Buscaba la mirada de ella sin éxito; se encontraba absorta en la ventana, movía los pies y se mordía las uñas. Entendió que no era su decisión. Lo miró a él sumergido en el café y con esa sonrisa idiota y cínica.
El bullicio del café no penetraba el silencio que se instaló entre ellos. Ella pateó los pies de Pato, un claro gesto para hacerlo decir algo que largara al apéndice que no quiso quedarse en su cuarto. Nada. Intentó correr a Oliver con la mirada, con golpecitos de su tacón en la espinilla. Nada.
Cuando notaron que él se había terminado su taza de café, sonrieron. Pato abrió la boca pero él llamó a un mesero para pedir un sándwich y otro café. Fue el colmo.
«¿Qué demonios haces aquí?» dijo Pato furioso.
«Como un bocadillo y bebo café, ¿algún problema?»
«Sí, que sobras en la mesa» increpó ella.
«Lo siento» Oliver no se movió «platiquen si quieren, hagan como si no existiera, incluso pueden irse si gustan, aunque sería de mala educación dejarme comer solo».
Ella no le daría la satisfacción. Ella lo había abandonado, no al revés, no dejaría que le ganara ésta: «Pues no nos vamos, ¿cómo ves?»
«¿Qué?» Pato quedó atónito.

Oliver levantó la mirada justo cuando ella lo observaba rabiosa. Reconoció los ojos de pantera nebulosa al acecho de su cuerpo. Un súbito golpe eléctrico le recorrió el cuerpo entero. Él la miraba mientras comía. Su boca mordiendo el emparedado, los labios separados que dejan descubiertos los dientes; incisivos y colmillos afilados encajándose en el pan, perforándolo lentamente hasta juntarse y arrancar un pedazo; ese leve arrugar la nariz con que concluía el movimiento y unos ojos famélicos clavados en los suyos. Reconoció la sonrisa previa al mordisco. Cada bocado que Oliver arrancaba del emparedado se reduplicaba en las piernas de Sara; revivía la sensación de sus pantorrillas heridas por las dentelladas furiosas que le encajaba aleatoriamente en el oleaje de su cuerpo hasta hacerla gritar que parara, aunque su mente suplicaba porque el diente se encajara y la hiciera sangrar. La lengua relamiéndose los labios para quitarse las moronas de pan o los residuos del café, el mismo gesto que hacía antes de atacar su vulva, de recorrerla y barnizarla con saliva como preámbulo del latigueosin piedad a su clítoris. Su cuerpo la traicionaba. Incluso la espuma del capuccino que le quedaba en las comisuras de los labios y la manera de ocupar los dedos para limpiarse y llevárselos a la boca le remitieron a la manera en que vulgarmente se quitó sus fluidos de ese mismo lugar para chuparlos de la yema de sus dedos.
Sintió humedad en las bragas.
Pato notó esa mirada, el terror y la ansiedad en el cuerpo de ella; entonces, percibió el olor a sexo; ambos olían a sexo. Pasaban las horas y el cuerpo de los dos olía más intensamente, seguramente se habían acostado antes de llegar con él. Pato sabía de las costumbres sádicos que tenía ella a la hora de abandonar a su pareja en turno (él mismo había pasado por el protocolo) pero siempre había una discreción al respecto, una ducha, una disculpa, perfume, lo que fuera. Comprendió que esa pantomima en el café era un juego, una burla hacia él, que ambos se la estaban pasando fantástico con su cara de idiota.
Oliver notó cómo lo miraba ella; supo de inmediato hacia dónde se había ido su memoria y por eso sonreía. Miró a Pato sólo por mirar, sin nada en la cabeza, con la mente lo más en paz y en blanco posible.

«Después de esto, estamos condenados, niña» le había dicho una vez; cuando ellapreguntó por qué, él respondió «Ahora estamos calcados con fuego en el otro, ¿no lo ves?». Ella estaba segura de que blufeaba, que se le había subido el ego por el concierto de gemidos que le arrancó en el cuarto de hotel, que se le había subido lo machito y lo poeta a la cabeza porque le había dejado hacer y deshacer ese día. Pero entendió, en el café, sentada con Pato y con él, lo que había querido decir. Tenía todos los gestos de él asociados a una acción en el coito, cualquier pequeña seña le marcaba una petición, una exigencia o una anticipación al placer, al dolor o a ambos. Después de tantas veces juntos, (semi)desnudos y penetrados habían desarrollado un lenguaje particular.
«Pero esto no es amor, ¿eh? No te confundas» trató de devolverlo a la realidad esa vez.
«Lo sé, pero también sé que estamos condenados» ella pensó que le había dado una crisis anticipatoria de la ruptura sumada al éxtasis del orgasmo, pero no era así. Él se había dedicado a entrenarla en ese otro sistema de símbolos intercambiables que culminaban invariablemente con ella suplicándole o exigiéndole penetrarla o lamerla o cualquier otro contacto que le hiciera sentirse atada a él. Su braga estaba más mojada y notó también que olían a sexo.
Pato notó un par de ademanes raros que Oliver hacía al comer o beber, pero no entendía, también se percató de que ese horrible aroma se intensificaba, sin embargodominaba una esencia de sexo femenino, ¿el sexo de ella? ¿Se estaba excitando? ¿Por qué? Dejó de mirarla para observar a Oliver: sonreía.

Él accedió a la propuesta de Pato: salir a caminar. Ya llevaban hora y media en el café y los últimos veinte minutos habían sido un cínico coqueteo entre ella y él. Pato se sintió excluido, pensó que era una infantil venganza de Oliver hacia los dos y le dejó desahogarse; la experiencia le decía que después del berrinche vendría la calma y una disculpa formal.
Recorrieron el centro sin quererlo; recorrían calles que ni Sara ni Pato habrían elegido para pasear, pero era ridículo que él marcara la marcha si se encontraba detrás de ambos. Llegaron a una zona de sex shops y entraron. Observaban calladamente los artículos en exhibición mientras él los agarraba para inspeccionarlos, preguntaba por precios y miraba hacia donde se encontraban ella y Pato.
Pato notó que ella movía las piernas insistentemente, apretaba sus muslos una y otra vez cada que él tomaba un nuevo utensilio. Ella rememoraba la vez que le cubrió los ojos y la ató a la cama; sin tocarla le insertó varios artefactos prismáticos en su vagina y en su ano. Esa vez él no hizo un solo ruido. Ella se esforzó infructuosamente por quedarse en silencio, falló en la primer penetración doble; se forzó a no llegar al orgasmo, pero lo alcanzó: Oliver le susurró «Te dije que te metería el infinito entre las piernas» mientras tenía un caleidoscopio penetrándola y le descubrió los ojos; su cuerpo estaba al borde de un apocalipsis: el espejo en el techo le permitió verse empapada en sudor y temblando; entonces, él le ordenó “Orínate”. Sin dudarlo vació su vejiga entre las manos de él.

Pato se acercó a Oliver para decirle que se sentía incómodo allí, que quería irse. Él accedió. Deambularon otro rato por calles aleatorias. El clima húmedo los obligó a buscar agua y un sitio fresco. Entraron a un minisúper para aprovechar el aire acondicionado y conseguir bebidas.
Él se acercó a Pato; lo miró como la vez que se habían conocido en una biblioteca con un tablero de ajedrez de por medio. Oliver lo recibió con una mirada cálida y amenazante. Pato sabía que todos los animales adoptan una postura agresiva cuando se sienten amenazados. Él le propuso una partida rápida. Accedió.
Había algo raro en sus movimientos. Parecía que perdía piezas importantes a propósito. Primero cedió un alfil que amenazaba con jaque, luego una torre, luego un caballo. A la reina la defendía como si de eso dependiera su vida. Incluso dejó descubierto al rey cuando se lanzaba al ataque; eso lo obligaba a defender y le daba un movimiento para recomponer la defensa, pero aún así era demasiado arriesgado.
Hacia el final de la partida, los dos estaban demasiado arrinconados, a un solo error. Entonces él hizo un movimiento que sacó a Pato de concentración: Ella llegó a la mesa donde jugaban y él le lanzó una sonrisa de penumbra y ceniza. Entonces acomodó una pieza con la que obviamente atacaría al rey y dejó descubierta a la reina. Pato, temeroso de que la reina le pudiera dar el juego a su adversario, mordió el anzuelo: capturó a la reina y olvidó proteger al rey.
Oliver le anunció que ya debía irse, que tomaría un bus en una calle cercana y se largaba. Pato agradeció en silencio.
Lo acompañaron a la parada del autobús. Se despidieron de él educadamente. Ella sentía que había logrado su cometido al orillarlo a aceptar que lo acompañaran a esa esquina para abandonarlo allí como una mascota inútil.
Pato tan sólo sentía alivio de que eso hubiera acabado. Irían a un hotel, se ducharían y reanudarían la historia dejada recientemente en stand by.

Notaron que él los miraba a la distancia. «Si quiere torturarse allá, él». Entraron a un hotel, pagaron el cuarto y se apresuraron. Se desnudaron torpemente y con prisa. Pato no se preocupó de que el cuerpo de ella oliera aún a sexo y de que su humedad, que comenzaba a secarse un poco, hubiera sido provocada por alguien más: la necesitaba ya.
«Vamos a jugar un poco» propuso Sara. Le pidió a Pato que la amarrara o que, mínimo le cubriera los ojos con algo, que no fuera inmediatamente a penetrarla. Él intentó complacerla. Improvisó una atadura con su cinturón, pero no encontró con qué cubrirle los ojos. Ella notó que la erección de Pato variaba, entre la concentración por no herirla y la tentación de disponer de un cuerpo vulnerable que acrecentaba su ansiedad por entrar en ella, el cuerpo de su amante vacilaba frustrantemente.
«Ahórcame» le pidió a Pato cuando comenzó a penetrarla.Accedió temeroso. Era inútil, no apretaba lo suficiente su cuello, no le cortaba la respiración de forma adecuada y perdía el ritmo al momento de hacerlo. Tenía la necesidad de sentirse al borde de la muerte, para ello requería quien la guiara perfectamentea esa frontera, que no la dejara en el otro lado pero que no la guardara mucho en éste.
Media hora más tarde, abrió los ojos todo lo que pudo, se le notaban acuosos y desesperados. «No puedo. No lo siento. No».

Empujó a Pato y corrió al baño a llorar. Abrió la ducha y se puso en cuclillas bajo el chorro de agua. Después de probar el gozo del abismo, lo demás devenía insípido.


7/2/15

Plataforma




El error está en pensar. No hay que pensar demasiado. Simplemente se debe ver hacia el frente, simular que hay suelo y dar un paso.
Si uno se pone a pensar en la caída, pasan muchas cosas; por ejemplo, se piensa en la gravedad, en el aire golpeando el cuerpo, el golpe seco a la hora de caer, y todo esto es irrelevante. Lo que en realidad importa es el acto en sí mismo, la caída, el abandono total a la consecuencia.
Se sabe que se caerá, que es estúpido arrojarse, que tal vez no valga la pena; sin embargo, también se sabe que no hay muerte en la caída: el cuerpo será recibido por un gran volumen de agua; no hay más peligro que el de abrir las piernas y recibir un golpe seco en los genitales (quizá abrir la boca al caer y tragar agua, dificultando así emerger a la superficie), pero la mente divaga en la posibilidad de ahogarse (toda posibilidad existe, la probabilidad de que acontezca es otro asunto). Se ignora el hecho de que, el agua, arroja al cuerpo a la superficie segundos después de entrar en ella).
Lo único que importa es caer y tocar fondo. Muchos de los que saltan buscan eso mismo, el fondo, llegar a Él. Impregnan en su descenso una fuerza terrible, de manera que al menos sus pies puedan acariciar el azulejo de la alberca. Tratan de separar el agua con la inercia, por un instante se convierten en cuchillas increíblemente sólidas lanzadas al abismo.
Observas cómo varias personas suben, miran hacia abajo, toman impulso y saltan. Sobre todo los pequeños, no temen caer, les agrada la idea y saltan; se mofan de los cinco idiotas que han pasado diez minutos mirando y pretenden saltar pero siguen sin atreverse.
¿Por qué es tan temible la idea? No es gran cosa en realidad, sólo es caer. Y se cae todo el tiempo, a veces sin esperarlo: se tropieza con una grieta, no se levantan suficientemente los pies al ascender en la escalera, se pisan las agujetas de los zapatos; incluso a veces se olvida amortiguar la caída con las manos y el golpe en la cara es inminente (¡plaf!).
Aquí se debe caer en vertical, horizontalmente sería bastante doloroso. No es tan difícil mantener esa posición, incluso uno puede lanzarse de cabeza o saltar y pegar las rodillas al pecho para hacer la caída más interesante.

Sigues de pie arriba, sin ver otra cosa que el azul turquesa del agua. Ahora ya ignoras a los que suben y brincan sin prejuicios. Los temores están allí. La gravedad, el dolor, la posibilidad de desviarse unos centímetros al frente y chocar (dolorosa y) horizontalmente.
Las escaleras están allí. No hay más que bajarlas para olvidar todo eso –ya es casi media hora de indecisión– pero el rechazo se siente. Los escalones gritan que no permitirán bajar a nadie, se convertirán en un tobogán que dará varias vueltas y le regresarán a la cima, a que salte. No hay más qué hacer. Sólo pegarse al barandal para tomar algo de impulso. Dar un paso largo. Otro más.
Mal momento para dudar.
Los pies no se detienen.
El cuerpo y la mente se separan por un segundo para poder caer.
Saltas
Por un momento el cuerpo se eleva y vuela como un halcón que asciende con fiereza, pero es apenas un instante que ni siquiera se disfruta.
Comienza la caída.
El viento azota tu cuerpo resignado y erguido.
La   mancha   azul   crece.
Sueltas un grito antes del impacto y cierras los ojos al atravesar la superficie.


19/11/14

Cotidiano

Me despierto medianamente temprano por la luz que se filtra a través de las cortinas y me encuentro enredado entre sábanas y cobijas. Es la época fría del año. Como puedo, me desenvuelvo y pongo los pies en el suelo; está helado, pero poco importa. Enciendo la computadora para enterarme del resumen de sucesos del día anterior y los que transcurren actualmente. Veo rostros jóvenes, sonrientes y serios, en carteles con leyendas y consignas en las que se exige justicia. Reviso notificaciones, correo electrónico, activo el reproductor para escuchar algo de música y preparo un poco de café.
   Mi madre ya se ha ido de casa, pero me deja un sandwich (a pesar de mi insistencia en que no lo haga, de cierta forma sigue sin creer que yo puedo atenderme o lo hace como un gesto de costumbre; de cualquier forma, hoy lo agradezco más que otros días porque no tenía la más mínima intención de preparar algo). Desayuno lentamente, mastico con pereza y trago sin hacer ruido.
   Preparo las cosas del día: ropa, mochila con las fichas de trabajo, los cuadernos de las clases, plumas, un lápiz, un par de libros por si el camino lo permite. Lo acomodo descuidadamente en la mochila y entro a la ducha.
    Salgo del baño, que he dejado lleno de vapor y humedad. Procuro vestirme lo más rápido posible. Una serie de estornudos me indica que me puedo resfriar pronto. Tanteo el clima e imagino que lloverá, que hará frío, mucho. Meto un paraguas a una mochila ya excesivamente pesada y tomo una chamarra gruesa; la examino un poco: está rota, quizá no sobreviva un aguacero.
   Enciendo una vez más el monitor: caras distintas con las mismas consignas. Un escalofrío me recorre, no puedo ignorarlo. Miro mi habitación una última vez, la ropa en el suelo, los zapatos desordenados, la cama sin hacer. Agacho la cabeza, cierro los ojos y camino hacia la puerta de la casa.
    Abro sutilmente, me asomo por una rendija que dejo: calle soleada y vacía.
   Salgo con la intención de quitarme la chamarra, pero una ráfaga de aire congelado me obliga a cambiar de opinión.
   Escondo las manos en los bolsillos, calculo mentalmente el gasto del pasaje y la comida, resto esa cantidad al dinero que traigo en la cartera; sonrío: es suficiente, incluso puedo darme el lujo de un café bueno hoy.
   El sonido de los autos incrementa conforme avanzo hacia la avenida, el frío también. Buscó monedas para el pesero.
   Un vehículo me rebasa y frena en seco. Lo ignoro para proseguir mi camino, pero él no me ignora a mí. Escupe a dos individuos altos, con botas y chalecos antibalas. Se acercan hacia mí mientras ordenan que me suba. No puedo más que detenerme y preguntar por qué. Se molestan conmigo, dicen que si no me subo me van a partir la madre, que haga lo que más me conviene si no quiero problemas.
   Digo que se equivocan, que yo no he hecho nada malo, que ni siquiera voy a marchas ni plantones, que sólo me dedico a mis asuntos. Uno desenfunda su pistola mientras el otro me exige la mochila. Quita el seguro al arma y corta cartucho. Entrego mis cosas. Abren el cierre, revisan el interior: una sombrilla, cuadernos desgastados, plumas lápices, fichas de trabajo y dos libros. Los sacan, los examinan minuciosamente, el título, el autor. Me miran con franco odio y una sonrisa de satisfacción.
    Ya sacamos, murmura uno. Llama por teléfono y, con los libros en mano, tiene una conversación con alguien que debió decirle algo muy divertido porque no dejaba de sonreír. Meten los libros a la mochila y la arrojan a la patrulla. Me ordenan subir nuevamente, esta vez a punta de pistola.
     No me muevo. Tengo miedo, estoy paralizado. Con la cacha me da un golpe en la cabeza, todo se nubla. Repite la orden, sigo sin moverme. Un puntapié, un cachazo, un gancho al hígado. Más bulto que persona, entro al vehículo.
     Lloro. Silenciosamente lloro. Impotentemente lloro. En mi cabeza grito por mi madre, por mi padre, por mis abuelos. Pienso que ya no llegaré al examen (a este y a ningún otro), que dejé mi cuarto desordenado. Quiero pedirles que me dejen regresar a casa para limpiar un poco y que después me llevan. Sé cuán inútil sería.
     Hablan en claves. Me insultan. Me regañan por andar cargando esas cosas que no debería. Me dicen que por pendejo y por revoltoso me tocó suelo. Les digo que nunca he estado en una marcha, que nunca he estado en una asamblea, que nunca he ido a una toma de alguna facultad o escuela, que nunca voy a los mítinies, que jamás he gritado consignas en contra de nada ni de nadie. Les digo que yo nunca busco problemas, que busquen en mi historial, que tengo buen promedio y una beca.
      Pero no importa.