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10/10/25

Disscessum reginae

In memoriam I.P.V. 


1.

Entré a tu habitación recordándote de hace ocho días, ya con la voz casi apagada y esa lágrima contenida al escuchar la voz de Julio Jaramillo. Te puse una playlist que encontré por casualidad pero cada canción nos asestó golpes críticos. Los dos lloramos así, a una sola lágrima acompasada por el bolero; yo recordando cualquier otro mal de amores y tú extrañando entrañablemente a mi abuelo.

Me lo confesaste sin decirlo realmente. Me pediste esas canciones y me dijiste que te acordabas de tu viejo. Y entonces mi dolor cambió. Entró por la puerta grande la memoria de tu esposo, del padre que le tomé prestado a mi madre. Y también contuve una lágrima por él mientras te sostenía la mano.

Después de nuestra justa dosis de nostalgia, nos recluimos al silencio y al tranquilo azar de la casa de mi tía, a la llegada (por fin) de una televisión y a la eterna lucha del ser humano contra las antenas de recepción de señal, para que pudieras distraerte un poco de la vida (que se escapaba) con un show dedicado a esa otra madre a la cual eras tan devota.


2.

Mi madre me llamó en la noche. Ese día me había dormido una buena parte de la tarde, porque sentí un cansancio que me era ajeno pero que me apremiaba a adelantar mi sueño.

Entré a verte. Parecía que en una semana te había recorrido un siglo el cuerpo entero. La vejez aparente, que habías repelido con tanta gracia, se aprovechó de que tenías la guardia baja y se asentó en tus pómulos, en tu boca abierta con la que tratabas de jalar todo el aire que te fuera posible, en tus manos que sentí frágiles por primera vez en mi vida.

Estabas ahí pero casi ya no estabas. Aún pedías agua por ratitos pero tus ojos miraban más allá del techo descarapelado. Aún quitabas la mano cuando te hartabas de la sensación o la sacabas de la cobija cuando te acalorabas, pero era más instinto por buscar una posición menos incómoda que una decisión de estar a gusto.

Le dije a la doctora que de pronto sentí cómo tus manos se pusieron muy frías. Ella no quería alejarse de ti, pero tenía que hacerlo. Sólo pudo meter tu mano bajo la cobija (y aún así la volviste a sacar). Escuché cómo tu respiración agitada se volvía un acompasado batallar por retener oxígeno. Incluso sentí que te habías ido cuando sólo estaba yo contigo un par de veces.

Recuerdo que pedí a mi niña blanca que no me dejara estar solo cuando partieras; sin embargo, al ver tu dolor, le pedí que se apurara, que te recogiera ya para que ese sufrimiento cesara. Creo que te resististe lo más que pudiste, para darle tiempo a tu hijo de recorrer todos esos kilómetros o quizá no querías irte sin tener la certeza de que verías nuevamente a tu viejo.

No te fuiste sola, pero si te fuiste mientras te sostenía para tratar de limpiarte la boca una última vez. Te fuiste mientras tus hijas intentaban sostenerte y acicalarte, como si termináramos de ponerte guapa para el último viaje que ya emprendías.


3.

Mi tío no alcanzó a llegar a verte. Su viaje estaba programado para salir una hora después de la hora de tu muerte. Quizá por algo suceden así las casualidades. Quizá despedirse y verte fallecer hubiera sido demasiado doloroso para él.

Te fuiste y amaneció un solazo de verano precioso, a diferencia de los torrentes que cayeron los dos días anteriores; como si el cielo  también se quebrara con tus dolores y las penas que nunca nadie te conoció. Te fuiste y, ocho horas después, tembló, como si la tierra de antemano se abriera para acogerte y cobijarte.

Te fuiste a las cuatro horas con veintiséis minutos del dos de agosto, el día de Nuestra Señora de los Ángeles y todos los santos, la advocación de la Virgen que se le presentó a San Francisco de Asís. Tu marido se fue un cuatro de octubre, también cerca de las cuatro de la mañana hace siete años, el mero día de ese mismo santo. Tal vez Lupita y Paquito le dieron permiso a mi abuelo de venir a recogerte.

No podemos reprocharte nada. Entraste con el carnicero a que te arrancara un pedazo de tus entrañas con la cual pagar una prórroga para la renta de tus huesos en este mundo. Pero, como siempre, el casero egoísta e idiota no cumplió su parte del trato o la cumplió mal.

No podemos reprocharte nada. Diste todo lo que podías a tu familia, a tus padres, a tu esposo, a tus hijos, a tus nietos, a tus hermanos. A tu manera, medio tosca, sí, pero con todo el amor de tu ser.

Al menos ya nada te duele. Al menos ya no te cuesta jalar aire. Al menos todas tus hijas y tus nietos estuvimos sosteniéndote mientras terminabas de irte.


4.

Quizá no fue la mejor, pero fue una de los nuestros. Quizá no fue la esposa ideal de telenovelas y películas. Pero fue una gran madre, una gran esposa, una gran mujer, una gran señora.

Ella era de pocas palabras, algo bruscas y a veces altisonantes, pero siempre honradas y precisas. Tenía una mirada endurecida con los años que sabía poner en una balanza estricta el corazón de a quienes trataba; aunque su juicio fuera duro, su alma siempre se mostró amable para los que la necesitaron.

Tengo memorias fragmentadas de verla platicar con sus vecinas, de las consultas a la baraja y las limpias de hierbas con las que ayudaba a otras mujeres (y con las que se granjeaba lo faltante del gasto), de verla sentada en el sillón bajo la ventana con el pie en alto, sobre uno de los bancos del comedor, porque ya tenía problemas de circulación.

Ella me contó las primeras leyendas mexicanas que escuché y me enseñó los rezos indispensables y necesarios para cualquier niño católico; me llevaba al catecismo y se alegraba de ver cómo poco a poco cumplía el listado de sacramentos (quizá le rompí un poco la ilusión cuando me decanté al ateísmo, pero percibí un resquicio en su mirada que delataba que ya sabía el desenlace de ese camino).

Sin proponérselo, ella también me enseñó mis primeros hechizos y rituales. Ella me despertó la magia, el gusto por la adivinación y la rudimentaria elaboración de protecciones y antimaleficios. Miré muchas veces su forma de limpiar con un huevo y hacer las lecturas correspondientes. Siempre me dio curiosidad su baraja española, que guardaba bajo llave y que ya nunca volvió a utilizar. Como buena hechicera, guardaste el secreto de tus mejores trucos y te negaste a enseñarme el arte de entrometerse en el destino de los demás. Lamento decirte que otra vez te desobedecí: lo aprendí por mi cuenta.

A la distancia pienso en su silencio. En que, cuando llegaba de la escuela, sólo sonaba el radio y la olla exprés. Hablábamos poco y escuchábamos mucho. Sin decirme nada, me cedió poco a poco el control de la programación diaria de entretenimiento; me dejaba poner las caricaturas toda la tarde, me dejaba poner mis discos compactos y me dejaba bailar en la sala, mientras ella preparaba el hígado encebollado y me decía que era bistec.

Alguna vez me regañó por gritar en la casa mientras jugaba o por recargarme peligrosamente en la ventana de ese segundo piso o por asustarla porque no me encontraba pues yo estaba escondido debajo de la mesa. Pero me dejaba hurgar en los cajones del clóset y en los de la máquina de coser; creo que sólo se sorprendió la vez que, sin querer, encontré la pistola que mi abuelo había escondido entre los trajes.

No supimos mucho de su infancia, hasta que se decidió a viajar al extranjero. El trámite del pasaporte obligó a remover la tierra echada sobre una historia resguardada por ese silencio incólume. La vi derramar lágrimas involuntarias al recordar un atisbo de su infancia, al develar su secreto más celosamente guardado. Una historia que ella misma se empeñó en reescribir para dejar atrás dolores aciagos y poner sobre ello nuevas letras con su preciosísima letra cursiva.

Quizá no fue la mejor pero ella era muy fuerte. Tuvo seis hijos, cuidó a tres nietos, procuró devotamente a su marido y resistió la vorágine de la aceleración del tiempo.


5.

El sueño nos venció a casi todos pasadas las 4 de la mañana. Mi primo se ha mantenido en vela, incluso se paró frente a tu ataúd a verte fijamente. No percibí si lloraba pero su tristeza solitaria abarcó casi todo el lugar. 

Yo dormí cerca de dos horas. Desperté con el canto dolorido de mis tías que te dedicaban “Hermoso cariño”, la versión de tu adorado Chente.

No te mentiré. Esta vez estuve más entero que cuando se fue tu marido. Tal vez, después de todo, sí puedo aprender algunas cosas; quizá haya sido que el tarot me advirtió el golpe (aunque fui medio miope en la interpretación del presagio).

Tus hijos repiten una y otra vez que se han quedado solos. Sólo atino a decirles que están huérfanos, pero que aún se tienen los unos a los otros. En parte los comprendo. También sentí el mazazo al percatarme de cómo se habían recorrido los escalones del edificio de la estirpe: mi madre y mis tíos ya no son hijos y yo ya no soy nieto.


6.

Fuiste mi instructora y mi guardián. Me enseñaste a andar en el mercado y a no remilgar la comida. Me inculcaste el temor de dios como brújula moral y a vigilar mis cartas en el burro castigado. Me dejaste convertir tu departamento en mi universo de juegos, siempre que hiciera mi tarea y mantuviera las cosas en su lugar. Me dejaste usar cualquier cama cuando empecé a devorar libros y, ahora lo sé, fuiste mi vigía cuando salía al patio a jugar.

Extrañaré tu comida. El arroz rojo y el espagueti blanco, la mortadela y los rollos de jamón con piña, el ejote con huevo, las albóndigas y todo lo que preparabas con salsa y que mi frágil paladar nunca supo bien apreciar.

No tienes idea de lo agradecido que estoy de que haber podido ser tu nieto y de que hayas sido mi abuelita.


30/6/18

El amarillo

[Publicado originalmente en Marabunta, el 10 de junio de 2018 en http://www.revistamarabunta.com/2018/06/10/el-amarillo/ [consultado el 30 de junio de 2018]

Puedes preguntarle a cualquier chico de la cuadra, nadie se mete con el Amarillo. Ese tipo está zafado, completamente ajeno a ti o a mí; no dice absolutamente nada, no titubea, sólo se mueve rápido como un rayo y ¡pum! te tumba, directito al suelo o al hospital o a la morgue, depende de qué tan bravo esté ese día o de qué le hayas hecho. Acá ya se ha echado, al menos, a cuatro; todos indigentes, drogadictos que quisieron bajarle unas monedas.

¿El Amarillo? Sí, lo conozco, ¡quién no! El hijo de la chingada es un cabrón en serio. Eso sí, respeta a los vecinos, ¡faltaba más! Nunca se ha metido con nadie de acá, no es que el muchacho busque problemas, pero sabe defenderse (como todos, pues).

Una vez, el Amarillo bajó a un asaltante de un camión. Dice que se levantó de su asiento, lo topó de frente, le quitó la pistola y lo bajó de la micro a punta de cachazos. Ahora, siempre carga la fusca a todos lados por si las dudas. La vecindad lo ve como una especie de héroe, pero a mí me da miedo. La otra vez cachó a su hermanita escondida con un compañero de la escuela, atrás de las bombas, seguro se estaban dando sus arrumacos. El tipo, todo tranquilo agarró al chavito del pescuezo y lo sacó de allí. El morro intentó decir algo para defenderse, aclarar que sí quería a la Rosita, pero el Amarillo lo calló al momento. Sacó la pistola, cortó cartucho y apuntó al chamaco. El pobre Santiago hasta se orinó de miedo, desde entonces le decimos el Chistorra.

No me gustaría vivir en el mismo edificio que ese chaval, ni siquiera en la misma vecindad, ¿sabes? Es un escuincle, pero es de cuidado. Lo puedes ver en los ojos. Tiene ojos malos, con una furia escondida detrás de esa indiferencia. Son túneles cuya única luz al final es la de una explosión y ¡aguas! porque ese fuego sí te alcanza. Yo no sé a qué se dedica, pero siempre trae cosas bonitas, ¿entiendes? Se ve que va de aquí para allá, peinado, bañado y arregladito, pero no lo ves de traje, no lo ves salir temprano, ni regresar tarde. Siempre se ve con la misma pinche cara de maldito. ¿Usted qué hace buscando a ese señor? Mejor no se meta en problemas, ¿sí?

¡Ni me menciones a ese hijo de puta! El pendejo se piensa que puede venir a chingar la madre cada que quiere, pero está muy equivocado. Un día de estos lo van a bajar, igualito que él hace con los nuestros. Se la está buscando y la va a encontrar.

El Amarillo. Lo odio.

17/10/17

El (último) vuelo del halcón


Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas
por eso es que este hachazo nos sacude 
Jaime Sabines










In memoriam G.R.S.

1.
Anoche tuve una pesadilla. No la recuerdo bien, tan sólo tengo presente la atmósfera azul y un sentimiento de persecución. Desperté agitado. No me quise mover. No fue necesario levantarme para mojarme el rostro y tranquilizarme, como durante mi niñez. Volví a dormir. Un par de horas más tarde recibí la llamada de una de mis tías informándome que mi abuelo había fallecido.

Siguiendo la costumbre del barrio, hago el cartel que anuncia discretamente el deceso. Él y yo tenemos el mismo nombre. Se siente raro trazar las letras sabiendo que no hago autorreferencia. Escribo dónde será su velorio. Por un segundo, antes de colocar su apellido, se siente como una invitación a mi sepelio. Tal vez, porque también me estoy muriendo de a poquito con todo esto.


2.
Quizá no fue el mejor pero fue uno de los nuestros. Quizá no fue el padre modelo de revistas y TV, ni el marido ideal de las películas, pero fue un gran padre, un gran marido y un gran mentor.

Por años escuché anécdotas de la infancia de mis tías y de mi madre, cómo jugaban y cómo mis abuelos (sus padres) se enojaban con ellas. La manera en que mi abuelo les exigía un buen comportamiento y la forma en que les retribuía con cariño. También las historias exageradas, como la del perro que salvó a mi abuelo de un asalto.

3.
No conocí de la juventud de mi abuelo más que sus historias, pero vi de cerca sus triunfos y derrotas de la madurez. Vi cómo convirtió a un grupito de pillos de barriada en un equipo campeón de fútbol. Lo vi sonreír con los logros de sus hijos y nietos, aunque no siempre estuvo de acuerdo con ellos y lo vi enojarse cuando perdía y fingir modestia cuando ganaba en el ajedrez.
Vi lo que podía hacer y lo vi abrazar sus vicios también como compañeros. Él siempre fue una persona equilibrada con la vida, al menos dentro de sus términos, aunque de lejos se antojaba un caos. No fue un santo, nunca quiso serlo; fue un hombre, el mejor que pudo.

Vivió como quiso, cuando quiso y cuanto quiso. Tenía la fuerza de mil siglos y un espíritu de recién nacido. Muchas veces también lo vi entrar a hospitales y salir como si el insertarse una prótesis fuera un simple chequeo de rutina. Hacía deporte y fumaba como chacoaco. Bebía y no. Terco, desobediente de las órdenes del médico y perfectamente sano.

4.
Quizá, si hubiera pasado más tiempo con él y si mi madre le hubiera permitido enseñarme levantar los puños, jamás habría recibido un golpe. Pero qué bueno que no fue así, porque justamente todos esos madrazos encajados en mi cuerpo me enseñan a resistir este gancho al alma.


5.
Llevo tu nombre, al igual que tu hijo. Sin planearlo, también fuiste en parte mi padre. Para mí, eres el primero de mi estirpe, por fortuna no estás atado a un árbol, pero tu partida sí se siente como si nos estuvieran comiendo las hormigas.

Nunca había llorado en un funeral.

Ahora entiendo por qué se reza el rosario. No se puede articular ese dolor, pero es necesario expresarlo y es más fácil hacerlo cuando algo o alguien nos pone las palabras en la boca. Sólo las repetimos con la entonación precisa para exponer la herida recién abierta. La oración convierte al doliente en un instrumento que afina su sufrimiento.

Observo los rostros de mis tías. Por ratos se calman. La melodía del murmullo es tranquilizante y majestuosa en estos primeros momentos; permite una catarsis inconsciente: enuncia lo inombrable al tiempo que no dice nada. Días más tarde me parecerá ingrata y excesiva, me parecerá insuficiente para sanarme siquiera un poco, porque esas palabras para mí no representan ya nada. Las escucharé y querré gritar a todo el mundo que estás muerto, que estás bien muerto y que ese Dios a quien le rezan le vale un pito que tu carne ahora sea cenizas. Me encabronaré con el sacerdote que no me dejó despedirme y que en medio de los llantos, además de cobrar la misa, pidió "sagrada" limosna. Me emputaré con todo el mundo por no haberte hecho cambiar de opinión. Y terminaré admirando la forma en que te fuiste, porque te despediste de todos, porque alcanzaste a ver a tu familia entera reunida, como yo nunca pensé que podría ser posible, de nuevo. Incluso en los albores de tu partida, lograste una última proesa.

6.
Al día siguiente todos somos animales somnolientos. Memoria feral que sólo busca un hueco cómodo para cerrar los ojos un rato. Apenas pienso que no quiero ver cerrado el ataúd, que seguramente me desplomaré al escuchar los seguros ponerse.

7.
Hubo un tiempo en el que realmente pensé que mis palabras dichas a la carrera harían algún bien. Mi familia es creyente, yo no. Ellos pueden llevar bien la idea de que ahora has trascendido. Yo no me puedo quitar de la cabeza la idea de que estamos a horas de que te conviertas en polvo, en nada. Entrarás al horno a convertirte en cenizas, porque la familia prefirió tenerte cerca a abandonar la tumba en un cementerio lejos de casa. Esto sólo es la negación prolongada. La resistencia a dejarte ir de la mano de la muerte, aunque tú mismo te entregaste de forma voluntaria, sin reproches ni deudas. Son ellos//somos nosotros// los que no quieren//queremos que te vayas.

8.
Quiero pensar en tu ausencia y me bloqueo. El ánimo se colapsa cuando pienso en que un día llegaré a casa de mi abuela y ya no será necesario entrar hasta la última habitación para agacharme a saludarte y preguntarte si el Cruz Azul va perdiendo otra vez. 

9.
Estamos destrozados. Estamos rotos. Somos muñecos deshilachados que se quieren guardar definitivamente en un desván. Tu nieto más joven dice que no le afectó en nada, que lo que pasa es natural. Repite lo que seguramente leyó en un libro de la escuela. Pero no puede dormir bien. Pobre, le tocó soportar dos terremotos y tu sepelio, casi todo junto.

Mamá no quiere levantarse, aunque tratamos de que se aferre a tus palabras que le advertían que los jefes pueden ser unos culeros a quienes no les importa si estás enfermo o hecho pedacitos: te corren porque no sirves.

Tú siempre trabajaste. Estoy seguro de que la jubilación fue la que te mató. Esa pinche asesina de ancianos y ociosos. El retiro y la jubilación, perros desvergonzados, hijos de la chingada. Y nosotros, pendejos, porque jamás se nos ocurrió una buena forma de mantenerte entretenido, más cerca de nosotros. Confiamos en que lo solucionarías a tu manera y lo estabas haciendo, accidentándote de vez en vez en el Chevy o jugando Dominó con tus compadres.

10.
Setenta y dos años: siete y dos nueve. Puro número cabalístico. Te fuiste casi en fiesta grande, junto con los tambores de la procesión de San Francisco. Te fuiste y nuevamente se movió la tierra. Te fuiste y esa noche hubo una luna llena preciosa de octubre. Te fuiste y salió el sol en un día nublado. Te fuiste y parecía que todo el universo te recibía de cierta forma. Moriste en un día muy bonito para pasear y para encerrarse en una funeraria. Nos entregaron tus cenizas a las seis de la tarde: tardaron tres horas en la cremación. Cifras y cifras simbólicas. En ningún momento faltaron. Toda tu muerte estuvo rodeada de elementos místicos y mágicos; incluso las veladoras que te prendieron, se acabaron despacio y parejitas, con una llama tan quieta que parecían mentira. Todo consistió en una especie de certeza de que estabas bien y en paz.

11.
Honestamente, es lo único que me tranquiliza, lo que me permite bloquear las lágrimas cuando se amotinan en mis ojos: te fuiste tranquilo y a tu paso. Sufriste, sí, porque la muerte debe sufrirse; porque cuando el cuerpo se apaga algo nos duele, a ti y a todos. Pero te fuiste sin asuntos pendientes, al menos eso dijiste (y te creo).

Me miraste a los ojos cuando te pregunté si estabas bien con ello, y respondiste un rotundo "Sí". Desde ese momento respeté tu decisión y abogué para que te dejaran en paz. Ahora, por fin descansas y ya nada te duele. Ahora, por fin podrás comer lo que te gusta (y con un montón de chile o salsa) y echarte tus tragos sin preocuparte. Ahora esos diagnósticos infinitamente inútiles te los pasas por el arco del triunfo mientras prendes un Boots o un Malboro y echas el humo en medio de una sonrisa.

Si me equivoco, en medio siglo (poco más, poco menos) nos estaremos viendo.

16/8/16

Mascotas (fragmento)



Vi a un señor que cargaba un perro aparentemente enfermo. El animal temblaba como la Mañaña, esa gata con manchitas nebulosas, cuando no despertaba completamente de la anestesia el día que la llevamos al veterinario porque tal vez la habían envenenado, como al Pachón una semana atrás.
Ese mes, el dinero se nos fue en operaciones y taxis. El primer síntoma que notaste fue que ese gato vainilla ya no comía regularmente y se quedaba quieto en un solo rincón, como cansado, rendido. Cuando lo llevamos al médico, éste nos dijo que algo tenía; tal vez una enfermedad, tal vez algo más. Mandó medicina y alimentarlo con un poco de miel para elevarle la temperatura. Nos dijo que si seguía igual al día siguiente, lo lleváramos de vuelta.
Tuvimos que ir nuevamente con el doctor para que diagnosticara al pobre felino. Tras revisarlo otra vez, dictaminó que lo habían envenenado y que ya era demasiado tarde; que su sistema lentamente dejaría de funcionar.
Nos sentamos frente a la mesa de auscultación mientras el veterinario preparaba la jeringa. No recuerdo si tomé tu mano o si te abracé siquiera, tan sólo veo la aguja entrar en el bote y llenarse de líquido mortal; veo a Pachón tendido sobre la mesa metálica, sin maullar, sin oponer resistencia, como si no anticipara lo que realmente vendría, como si esa aguja sólo le trajera alivió tras un punzante y breve dolor.
Y así fue.
Cerró sus ojos lentamente y se quedó dormido. Su vientre que se inflaba y desinflaba al compás de su respiración permaneció estático. Así de rápido y sencillo. Tenías semblante serio y dijiste (una vez en voz alta y muchas otras veces en tu cabeza para tratar de convencerte) que había sido lo mejor, que no sufriera.
No sé cómo regresamos a tu casa. La siguiente escena que tengo es de nosotros dos en tu pedazo de jardín; yo, arrodillado, cavaba una fosa para meter su elástico, elegante y tierno cadáver. El sol me lastimaba los ojos. La tierra se metía en mi nariz y me impedía respirar. Dos días atrás, eran los pelos de ese gato los que me causaban alergia y alegría; ese día la tierra me impedía llorar; me obligó a sacar fuerzas que no tenía y un talante que no quedaba para poder resquebrajarla y hacer un hueco.
Alimentamos al polvo siete vidas y le echamos cal.

La semana siguiente, la Mañaña empezó igual. No exagero si digo que con ella fue peor. Pachón se resignó, la Mañaña luchó con arañazos y mordidas para tratar de arrebatarse a sí misma de la muerte. No lo consiguió.
Cuando notaste que le pasaba lo mismo que al otro gato, cumplimos el mismo ritual e, incluso, pensamos que habría esperanza porque ya habíamos aprendido y porque lo detectaste a tiempo. La abrieron en canal para apretar sus intestinos y que así lograra expulsar la materia fecal atorada; de ese modo, tal vez se salvaría.
Cuando abrió los ojos, aún no había despertado del sedante: estaba sonámbula. Recuerdo sus pupilas enteramente dilatadas, como si en nosotros dos o en cada rincón viera una amenaza latente, un pedazo de lo que se avecinaba. Se arrastró por el suelo, porque las patas no le respondían, para escapar de nosotros. Temblaba horriblemente para elevar su temperatura. Nos arañó, nos mordió, nos obligó a dejarla sola. Sé que estabas triste y yo, desesperado porque, de nuevo, no podía hacer sino empezar a cavar otra tumba. No podía resistirlo. No podía ayudarte sino a enterrarla decentemente. Por fortuna (y por desgracia) correspondió a tu hermano hacer los honores.

Apenas ahora, varios años después, puedo llorar la muerte de esos dos mientras viajamos en el subte y me abrazas discretamente. Una pena compartida que nos debíamos porque en aquel instante no pudimos desahogarnos. La teoría del caos indica que un evento jamás pasa dos veces, porque sería exactamente el mismo y el tiempo (al menos en esta dimensión) no se bifurca sobre sí para repetirse: no hay la opción de replay a las jugadas; en este sentido, cualquier evento se ancla a la historia porque es único o se pierde en la incesante repetición de otros similares.
Ahora lo entiendo. No nos lamentamos en el sepelio de Pachón porque jamás repetiríamos ese abrazo ni esa pena. No estábamos en condiciones decentes de acicalarnos la tristeza; tenían que pasar varios años para aceptar esa pérdida porque, aunque entendemos la muerte (de distinta manera, pero la entendemos), no la habríamos padecido sino como dos niños que se negaban a decir adiós a su gato.

31/12/15

Bitácora aérea II

Para Nashielli Manzanilla y Mikel Deltoya




Mi hogar es movimiento, nómada perpetuo en una época de civilizaciones trasnochadas. Soy parte de ese grupo que habita la velocidad y los viajes. Vuelo nuevamente hacia el sur, el único lugar que me parece seguro y sensato; lástima (y lastima) que no atraviese la frontera: me faltan kilómetros y un par de documentos para lograrlo.

Recuerdo por qué prefiero la carretera: en pleno vuelo es imposible ver nada salvo cielo: ese espejo de mar inamovible; supongo que en eso se parecen el capitán de barco y el de vuelo: tienen que navegar a ciegas (con un radar, pero deben sobreponerse al hecho de no ver nada entre travesías).

Último vistazo a una ciudad que apesta, llena de gente que odio sin conocer, que últimamente sólo me ha estorbado para trasladarme de A a B; casas que se alzan caóticamente y que se mantienen en pie a fuerza de resentimiento y resignación.

Me esperan horas de mar, me espera un lugar tranquilo, un stand by de esto que pasa (que dicen que es la vida): un quicksave para cerrar los ojos y dormir un rato: Bowser, Zelda, el Dr. Willy... Todos pueden esperar: siempre esperan.

Una hora no es suficiente para una película; en la pantalla transmiten comerciales. Ese es el precio de estar a la vanguardia en este país, en este planeta: fumarte los eslóganes y los spots de publicistas mediocres.

El avión acelera: se siente como estar en casa: el cuerpo pegado al asiento, los oídos tapados y el paisaje moviéndose como en cinta automática. El avión acelera para que el aire lo eleve hacia ese cielo nublado que el sol no puede acribillar. Posición diagonal para ascender. Si baja la velocidad, nos caemos.

El avión acelera. Leo en las alas "Do not walk outside this area". Hasta el payaso equilibrista del avión tiene restricciones. Últimamente la vida ha sido así: do not walk outside this area. Pero, lo siento, me gusta pasear por el lado salvaje del camino, hacia la carretera camino al infierno.

Creo que esta vez no me encontraré con poetas ni literatos: vacaciones light.

Un whisky para el camino y unos doritos para no olvidar la realidad. Un libro que me obliga a mover cuerdas que hace años no tocaba y que deberían permanecer inmóviles.

Avisan el descenso. Un vuelo con turbulencia que dura muy poco. Debo apurar mi trago.

Por cierto, Mikel, si estás leyendo esto un 23 de diciembre: Feliz cumpleaños.

11/9/15

Zex



Primero, un caso de priapismo con eyaculaciones cada diez minutos sin que el miembro volviera a su flacidez. En el hospital, nadie se explicaba el síntoma. Después, al otro lado del mundo, una mujer casi fallece por múltiples orgasmos consecutivos. Posteriormente, un incremento exponencial de casos.
Psiquiátras y psicólogos reconocidos descartaron trastornos comunes y parafilias raras. Los religiosos tuvieron que callarse cuando sus predicadores y monjas presentaron las molestias; incluso los miembros más puritanos del mundo se encerraron para ahogar los gemidos de placer o la prominente y dolorosa erección.
Los sexos encendidos e insaciables desataron una violencia atroz. En medio de pujidos, alaridos, esperma y fluidos de distintas composiciones, las personas se destrozaban entre sí y a sí mismas. En arrebatos de lujuria, las mordidas no se limitaban sólo a marcar la piel sino a arrancarla; apareció una enfermedad que los especialistas denominaron “la avaricia erotizante” que provocaba orgasmos con por el simple contacto con el papel moneda y se incrementaron las noticias de grupos de personas que se arrancaban los ojos mientras tenían sexo rudo en plena calle.
Un exdirector de películas porno amateur (desde sexo convencional hasta orgías sadiconecrocoprozoofílicas) ofreció una conferencia para intentar explicar lo que sucedía, pero a la mitad del discurso no pudo contenerse y se unió al bacanal que había iniciado un miembro de la audiencia.

31/7/15

No soy una entrada de blog, soy una nota suelta



Teoría del caos. Si algo aprendí con Cortázar es que Dios sí juega a los dados, pero pocas veces pierde (o eso quiere hacernos creer: por eso inventó al Diablo, para culpar a alguien cuando necesita un número alto y obtiene snake eyes). Es comprensible, a pocas personas (y ficciones) les gusta admitir sus errores.
Naca como un encuentro fortuito para recordar en qué casilla vas y de qué lado metes gol. Me bastó ver unas ojeras sonrientes y una charla-amenaza para saber (recordar) que no estoy donde debiera sino donde necesito. La moraleja es la misma cancioncita con la voz de Yager, la archisabida frase con la que inició Dr. House: “You can’t always get what you want”. Lo bueno es que, al menos ahora si obtengo lo que preciso.
Para salir del Déjà Vu perpetuo basta que una cabra te impacte los ojos contra la cara.
Autoevaluación exprés.
El azar no perdona. Tampoco es justo. Sólo es.
Uno debe jugar la mano que le toca, más si ya se fue a mulligan a cinco.
Interstellar se quedó corto: no es el amor sino la nostalgia lo único capaz de atravesar dimensiones. Elizondo lo probó con Farabeuf: no sólo el cuerpo debe cercenarse en mil pedazos, también la memoria. Todo debe reducirse a unos y ceros para disfrutar doloridamente que cambiar un dígito trastorna todo el universo.
Quizás debí doblar en otra esquina para encontrar mi muerte o debí quedarme en la silla porque era seguro que esa mina había de volver. Tal vez no debí abordar ese bus o sí tenía que subir a ese colectivo que me deja en la acera con su rugido de smog.
Ni idea.
Pero no. No es abandonarse (ablandarse) a un hado imbécil. Lo sé porque he resistido y fallado, pero supe encajar (algunas de) esas derrotas: una pata de conejo bajo los postes; aunque, sigo sin entender por qué siempre robo tierra en momentos decisivos.
C’est la vie.
No lo acepto del todo porque la aceptación también es una forma de resignarse, pero es imposible jugar sin mano: ni dios juega a los milagros, además no es mi estilo.
La casualidad es un instinto pero no un recurso renovable: pasa, se va y tal vez no regresa nunca: la colilla del cigarro cae siempre en el recuadro tres pero no cae exactamente en el mismo punto y los únicos que mueren como perros son los incautos que ni se enteran de lo sucedido.
Porque me quejo y no, corazón coraza. Rencor ronquido ahogado bajo la almohada que amanece húmeda y triste todas las mañanas y todos los insomnios.