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19/11/14

Cotidiano

Me despierto medianamente temprano por la luz que se filtra a través de las cortinas y me encuentro enredado entre sábanas y cobijas. Es la época fría del año. Como puedo, me desenvuelvo y pongo los pies en el suelo; está helado, pero poco importa. Enciendo la computadora para enterarme del resumen de sucesos del día anterior y los que transcurren actualmente. Veo rostros jóvenes, sonrientes y serios, en carteles con leyendas y consignas en las que se exige justicia. Reviso notificaciones, correo electrónico, activo el reproductor para escuchar algo de música y preparo un poco de café.
   Mi madre ya se ha ido de casa, pero me deja un sandwich (a pesar de mi insistencia en que no lo haga, de cierta forma sigue sin creer que yo puedo atenderme o lo hace como un gesto de costumbre; de cualquier forma, hoy lo agradezco más que otros días porque no tenía la más mínima intención de preparar algo). Desayuno lentamente, mastico con pereza y trago sin hacer ruido.
   Preparo las cosas del día: ropa, mochila con las fichas de trabajo, los cuadernos de las clases, plumas, un lápiz, un par de libros por si el camino lo permite. Lo acomodo descuidadamente en la mochila y entro a la ducha.
    Salgo del baño, que he dejado lleno de vapor y humedad. Procuro vestirme lo más rápido posible. Una serie de estornudos me indica que me puedo resfriar pronto. Tanteo el clima e imagino que lloverá, que hará frío, mucho. Meto un paraguas a una mochila ya excesivamente pesada y tomo una chamarra gruesa; la examino un poco: está rota, quizá no sobreviva un aguacero.
   Enciendo una vez más el monitor: caras distintas con las mismas consignas. Un escalofrío me recorre, no puedo ignorarlo. Miro mi habitación una última vez, la ropa en el suelo, los zapatos desordenados, la cama sin hacer. Agacho la cabeza, cierro los ojos y camino hacia la puerta de la casa.
    Abro sutilmente, me asomo por una rendija que dejo: calle soleada y vacía.
   Salgo con la intención de quitarme la chamarra, pero una ráfaga de aire congelado me obliga a cambiar de opinión.
   Escondo las manos en los bolsillos, calculo mentalmente el gasto del pasaje y la comida, resto esa cantidad al dinero que traigo en la cartera; sonrío: es suficiente, incluso puedo darme el lujo de un café bueno hoy.
   El sonido de los autos incrementa conforme avanzo hacia la avenida, el frío también. Buscó monedas para el pesero.
   Un vehículo me rebasa y frena en seco. Lo ignoro para proseguir mi camino, pero él no me ignora a mí. Escupe a dos individuos altos, con botas y chalecos antibalas. Se acercan hacia mí mientras ordenan que me suba. No puedo más que detenerme y preguntar por qué. Se molestan conmigo, dicen que si no me subo me van a partir la madre, que haga lo que más me conviene si no quiero problemas.
   Digo que se equivocan, que yo no he hecho nada malo, que ni siquiera voy a marchas ni plantones, que sólo me dedico a mis asuntos. Uno desenfunda su pistola mientras el otro me exige la mochila. Quita el seguro al arma y corta cartucho. Entrego mis cosas. Abren el cierre, revisan el interior: una sombrilla, cuadernos desgastados, plumas lápices, fichas de trabajo y dos libros. Los sacan, los examinan minuciosamente, el título, el autor. Me miran con franco odio y una sonrisa de satisfacción.
    Ya sacamos, murmura uno. Llama por teléfono y, con los libros en mano, tiene una conversación con alguien que debió decirle algo muy divertido porque no dejaba de sonreír. Meten los libros a la mochila y la arrojan a la patrulla. Me ordenan subir nuevamente, esta vez a punta de pistola.
     No me muevo. Tengo miedo, estoy paralizado. Con la cacha me da un golpe en la cabeza, todo se nubla. Repite la orden, sigo sin moverme. Un puntapié, un cachazo, un gancho al hígado. Más bulto que persona, entro al vehículo.
     Lloro. Silenciosamente lloro. Impotentemente lloro. En mi cabeza grito por mi madre, por mi padre, por mis abuelos. Pienso que ya no llegaré al examen (a este y a ningún otro), que dejé mi cuarto desordenado. Quiero pedirles que me dejen regresar a casa para limpiar un poco y que después me llevan. Sé cuán inútil sería.
     Hablan en claves. Me insultan. Me regañan por andar cargando esas cosas que no debería. Me dicen que por pendejo y por revoltoso me tocó suelo. Les digo que nunca he estado en una marcha, que nunca he estado en una asamblea, que nunca he ido a una toma de alguna facultad o escuela, que nunca voy a los mítinies, que jamás he gritado consignas en contra de nada ni de nadie. Les digo que yo nunca busco problemas, que busquen en mi historial, que tengo buen promedio y una beca.
      Pero no importa.

5/11/14

Last stand




“Remember, remember, the fifth of november, the gunpowder treason and plot. I know of no reason why the gunpowder treason should ever be forgot”
V for Vendetta

“We can’t control enemies who have no regard for their own survival.”
–Arrester Lavinia, Tenth Precinct.
Flavour text de “Havoc Festival” (MTG)

La táctica era la misma cada ocasión: esperaban a que un grupo infiltrado comenzara el alboroto en el centro de la multitud; esperaban las botellas de alcohol con una mecha improvisada de alguna tela, las inútiles piedras contra los cascos y los escudos, los gritos y su cansancio. En ese momento se lanzaban contra ellos; evitaban a los infiltrados (que para entonces ya habrían escapado o cambiado ropas de civil por el uniforme) y golpeaban al resto. Localizaban algunos objetivos clave, los subían a las patrullas, aprovechaban la bulla para meter mano a algunas (casi todas las) muchachas que se encontraban allí. Si había problemas, el gas lacrimógeno y las balas de goma harían lo suyo; sabían a dónde dispararlas (el manual dice a una zona despejada, pero el torso y la cara siempre resultan más efectivos).
La coreografía ya estaba plantada y aprehendida. Inició sin ningún problema, en medio del fervor la violencia deviene fácil. La lluvia de bombas y piedras comenzó. Los gritos y el cansancio llegaron: ahora, su turno. Avanzaron con las botas firmes en el pavimento, los escudos listos, las macanas dispuestas. Puño contra cuerpo. Bota sobre cuello. Empeine incrustado en las costillas.
Ya con el grupo abatido, iniciaron los arrestos por alterar el orden público y ofender a los defensores de la ley. Hubo un sujeto en particular, cabello largo, prendas de mezclilla rasgadas, una playera blanca con hoyos. Se resistía como una maldita bestia. Había cuatro elementos tratando de contenerlo y cargarlo a la patrulla. Cuando cada uno lo tuvo sujeto de las extremidades, soltó una carcajada. Pensaron que la histeria lo había vencido, pero palparon en sus piernas y muñecas algo rectangular. Un rugido y un destello acompañado de una lluvia de vísceras sangrantes. El cuerpo del muchacho les había explotado en las manos.
Pocos instantes después, patrullas incinerándose y explosiones a lo largo de la avenida. Todo el contingente que asistió ardía en llamas. Las patrullas, las camionetas atascadas de levantados y custodiadas por elementos de seguridad, volcadas y a merced de las llamas.
La segunda vez que ocurrió lo mismo, los uniformados optaron por permanecer al margen la siguiente vez. Fue inútil. En cuanto los vieron presentes, los jóvenes se abalanzaron contra ellos, en cuanto lograban colarse entre varios elementos, estallaban. Se lanzaban a los vehículos para incinerarse con ellos; los abrazaban, se aferraban al uniforme antes de explotar.


9/10/14

Laberintos


“Relax” said the night-man
“We’re programmed to recieve.
You can check-out anytime you like
but you can never leave” 
“Hotel California”, The Eagles


La miró de frente, callada y pensativa. Su cuerpo delgado era una estatua plateada que lo juzgaba con el silencio, lo sentenciaba a la penitencia tortuosa de no saber qué hacer.
“Tirarse por la ventana sería sensato”
Sí, esa vocecilla tenía razón, pero para llegar a la ventana habría que pasar al lado de ella, mirar nuevamente su boca rígida, el lunar discreto en la mejilla, las manos tersas y delgadas; habría que ignorar su magnetismo absurdo.
Bajó la cabeza sin dejar de mirarla. Ella permanecía inmóvil, como una esfinge esperando a que se acercase y soltar el acertijo que le causaría la muerte segura.
Un zumbido tenue rompió el silencio. La aguja del fonógrafo rasgaba un disco, tan sólo provocaba ruido blanco.
Esos ojos cafés parecieron dejar de mirarlo y se enfocaron en algún punto detrás de él; lo atravesaron como si no existiese. Entonces la observó como nunca: vulnerable y tímida, temerosa de algún fantasma, inmóvil pero casi llena de vida.
Él dio un paso hacia ella. Ella volvió a fijar su mirada en ese cuerpo menudo que había logrado aterrorizar. Antes, hubiera querido recuperar así el control sobre los nervios de esa anatomía desconocida, había implorado con todas sus fuerzas que no avanzara más, pero él seguía avanzando lentamente. Ahora, ambos sumidos en quietud.
Sin estar completamente seguro de lo que hacía la abrazó. Ella no opuso resistencia. Sin saber qué más hacer, la dejó tendida y salió por la puerta.
Los pasillos del hotel le parecían enormes en longitud e infinitos en número. Caminó hacia la izquierda, las paredes iluminadas por lámparas amarillas parecían ser copias de sí mismas. Las puertas lo seguían con la mirada desde su ojo de buey, el susurro de la madera y aquel olor a ébano inundaba la atmósfera. Llegó a unas escaleras y miró el número de la última habitación: 309. Bajó corriendo las escaleras, cogió el primer pasillo al que llegó buscando desesperadamente otras que le llevaran a la planta baja. No había escalinata alguna, simplemente puertas a derecha e izquierda del nuevo pasillo, tan parecido al anterior. Miró el número de la puerta más cercana: 402.
Comenzó a recorrer ese pasillo lentamente. Después de andar por unos metros llegó a una pared, de la cual colgaba un cuadro que enmarcaba un lienzo escarlata donde aparecían siluetas deformadas, sombras amorfas que parecían luchar por no fusionarse en una sola.
Miró hacia ambos extremos del corredor. No había otra escalinata. Regresó corriendo. Nuevamente subió por las escaleras y reconoció el pasillo que había dejado minutos atrás. La numeración descendiendo desde el 309. Quizá habría sido mejor irse a la derecha. Así lo hizo.
Al cruzar por la habitación en donde había dejado a aquella mujer, escuchó un murmullo, como si alguien estuviese sollozando con el puño metido en la boca para que no le escuchasen lamentarse. Sintió la tentación de entrar en nuevamente en el cuarto, pero se contuvo. Echó a correr, encontró otra escalera. Bajó velozmente. En cuanto llegó al siguiente piso, quiso verificar cuál era. Buscó alguna puerta. Extrañamente sólo había una al final del corredor. Se dirigió hacia allá. No había número y parecía entreabierta. La empujó suavemente.
Ella estaba dentro, llorando mientras mordía la almohada. Había sacado la ropa de los cajones para arrojarla por todos lados, los espejos estaban hechos trizas. De sus puños manaban hilillos de sangre. Cuando la luz amarillenta le dio en la cara, sus ojos se tornaron furia y lo golpearon de lleno. La mirada lo arrojó nuevamente a ese corredor apergaminado. Corrió tratando de alejarse de aquella puerta.
Llegó a las escaleras y subió por ellas. Miró las puertas y trató de reconocer el número de habitación: 509. Avanzó trémulo y llegó nuevamente al cuadro que vio en el cuarto piso, las siluetas seguían sin querer fusionarse mientras que el carmesí del lienzo parecía quemarlas fuertemente.
De súbito todas las puertas se abrieron de golpe. El aroma a madera lo asfixiaba. Echó a correr nuevamente. Sudor frío le recorría el cuerpo. Bajó los peldaños, buscó los siguientes, volvió a bajar, continuó corriendo, encontró otra escalera más y bajó por ella. Al ver las puertas quiso cerciorarse de estar en el segundo piso, pero el letrero imponía: 302.
Giró sobre sus talones y apareció el cuadro escarlata. Las siluetas al fin fundidas, reducidas a cenizas y unificadas en un líquido espeso.
Abrió la puerta de la habitación 306. Otro pasillo se materializaba detrás; largo, infinito como esos ojos cafés, lleno de una luz paralizante como esa mirada, con el tapiz retocado de hilillos color sangre que parecían moverse siguiendo las pulsaciones de algún corazón desfalleciente.
Se adentró en el corredor. No tardó mucho en dar con la puerta. No tenía número. Entró con cautela.
Ella estaba en el suelo, pálida, con los ojos fijos y los puños cerrados. Su rostro de muerte imperturbable, mientras la sangre manaba aún lentamente fuera de sus venas y la boca rígida que había dictado la sentencia silenciosa de no escapar jamás.

27/8/14

LAS I JORNADAS DE VIOLENCIA Y LITERATURA…TODAVÍA

El Seminario universitario de Estudios del discurso forense y el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM organizan las I Jornadas de Violencia y Literatura…todavía que tendrán lugar el miércoles 10 de septiembre en el Aula Magna del Instituto de Investigaciones Filológicas y el jueves 11 de septiembre en el Auditorio Jorge Carpizo de la Coordinación de Humanidades (Circuito Mario de la Cueva. Zona cultural. Ciudad Universitaria). Las mesas y los diálogos tendrán lugar de las 10 a las 20 horas de acuerdo con el programa adjunto.
     Contamos con la participación de destacados investigadores, creadores y estudiosos del proceso de violencia social. Los doctores Fernando Castaños, Alberto Vital, Enrique Cáceres y Jorge Linares explorarán las posibilidades que ofrecen el discurso, la ética y la deliberación para reducir la violencia social. La Fiscal Nelly Montealegre y la Dra. Dolores Muñozcano dialogarán sobre las consecuencias de la violencia y la trata de personas, especialmente, en relación con grupos vulnerables como los niños y las mujeres. La Mtra. Teresa Ponce y la Dra. Azucena Montes conversarán sobre las resistencias que la sociedad mexicana desarrolla en discursos científicos y literarios. Los doctores Vivette García, Carlos López Beltrán y la poetisa María Rivera expondrán el conflicto que existe, en el México contemporáneo, entre la genérica, la vida y la muerte. La doctora Sandra Lorenzano y el escritor Sergio González Rodríguez debatirán sobre el vértice de violencia que se produce en la frontera y se manifiesta en la literatura. Finalmente, los escritores Paco Ignacio Taibo II y Javier Sicilia expondrán experiencias, conocimientos y opiniones sobre el conflicto y sus consecuencias violentas en México.
     En el quehacer cotidiano del Seminario universitario de Estudios del discurso forense reflexionamos sobre estas disputas públicas y los conflictos sociales en nuestro país. Consideramos que el conflicto propicia el diálogo y, cuando logra construir acuerdos, anida cambios benéficos para la comunidad. Sin embargo, cuando el conflicto se reitera y se reitera sin modificación alguna, termina, lamentablemente, en actos de violencia que lastiman a la sociedad. El escritor, observador sensible, identifica los conflictos y sus consecuencias, los mitifica y recrea para devolverlos a la sociedad en actos estéticos de denuncia y reflexión. En este importante vértice se inscriben LAS I JORNADAS DE VIOLENCIA Y LITERATURA…TODAVÍA
Dra. Margarita Palacios Sierra

5/8/14

Reincidencias



No terminarán la angustia ni lo angosto.
La finitud no se vislumbra próxima o eximia.
Tampoco mi platino sempiterno
oscurecerá al final de la yesca calcinada.
Con ausencia de albur, carencia de efecto,
el defecto verbal que traspasa ojos y miembros
sacudirá esa piel de porcelana fina.

Esta noche no pregunto.
Pasmado, miro los anillos trastocados.
Cotejo similitudes, intersecciones, constantes.
Resultan en lo mismo una y otra y otra y otra
y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra

Lo mismo daría arrojar piedras
a un lago recién muerto
incapaz de parir lástima
o penitencia por la vida.

Todos y cada uno de los elementos
se desmemoran entre agudas estridencias,
que vienen de cuerdas tensadísimas y húmedas,
lenguas tan finas, tan delgadas, tan blancas.
Inútiles.

No estallaré un alba.
Permaneceré atosigado con torpes obsesiones
mi aire

mi asfixia.

27/6/14

Te esperaré des(p)ierto...


Te esperaré des(p)ierto, lo sé.
Horas y horas.

Obedezco a mi sino
de soportar con los brazos vencidos
la ceniza del volcán.

Aguardaré tu aparición
para tener la certeza de la rabia
del ciego incorregible

Soy la persistencia innecesaria,
el veterano que debió retirarse meses atrás
por pie propio
(conferencia de prensa, una fiesta discreta)
sin un último partido de exhibición.

Te esperaré des(p)ierto, lo sé.
Horas y horas.

Acribillado por dudas como metralletas.
Atado al paredón.
De pie.
Inútilmente de pie.

Mantendré los ojos y las llagas
bien abiertos
para cuando llegues
(si es que llegas)
callada
inamovible.

Te esperaré des(p)ierto
entre las dunas madreperla
de tu piel embadurnada por la luna.

Horas y horas
de quietud
estremecidas por tu aliento tibio
contra mi boca.

Y estaré ahí
esperando
des(p)ierto,
lo sé,

horas y horas.


24/6/14

Coito, ergo sum


 

¿Si de pronto todo es irrelevante? Todo se torna humo. Nebulosas alucinaciones en constante vaivén –como tus pechos erguidos y suaves– , no se detienen, chocan entre sí, como cada poro de tu cristalino cuerpo, cada célula muerta que cae en las colchas (no sabemos si) recién lavadas en aquella habitación de hotel.
La cama se mueve”
¿En serio?”
Cuando pasan los autos, la cama se mueve”
No lo siento”

Quizá me he excedido con los analgésicos, tal vez el alcohol estaba adulterado. Sólo siento el vaivén de tu cuerpo. Tu aroma desprendido que me ultraja la nariz. El reflejo en el efecto vacío de los espejos contrapuestos, que muestran la misma cara extasiada y desvergonzada, deleitada por tus gemidos y gritos. El hipotálamo en epifanía orgiástica.
Sexo, luego existo.”

Todo se torna humo. Alucinación nebulosa estática, como tus ojos fijos en los míos, no se mueven, me revientan las pupilas; cierro los párpados pero destrozan la piel, me siguen viendo directo a los ojos sin importar cuántos muros y pasillos ponga en medio.
El hotel se mueve”
¿Qué dices?”
Mira las lámparas, el hotel se mueve”
No, lo siento”

Quizá nos hemos excedido con los analgésicos, tal vez el licor fue demasiado. Sólo siento tu respiración agitada. El efecto de espejos infinitos al contraponerlos me atrapa. Tu aroma traspasa los cristales, se bifurca y multiplica. Algún ojo nos observa. La televisión está encendida: arde en llamas. Una explosión nos arrebata del sí mismo.
A la mierda.
Sólo importa este instante en el que tus garras destrozan mi coraza, tus fauces me devoran completamente en un segundo, dejando huellas bestiales de un extático suceso. Irreverentes blasfemias pasan por mi mente. Tus oídos no creerían lo que el ovillo, que nace de entre tus piernas y se enrosca sobre tu cuerpo, piensa mientras colapsa sobre ti cuando te retuerces en contorsiones que lo laceran un poco, pero que lo llevan a un sitio que debe ser el vacío absoluto.
Sexo, existo.”

Todo es irrelevante. Alucinación de amor/estática que permanece nebulosa. Un constante vaivén.
¿En qué momento perdimos las prendas? ¿Cuándo entré en ti? ¿Por qué esa necesidad de afecto, del beso, el abrazo donde nuestros cuerpos chocan? Las carnes se aplastan contra sí sonoramente. Tu boca cerrada deseosa de permanecer en silencio. Mis ojos desorbitados buscando frenéticamente un orgasmo o un grito tuyo.
Detente”
¿Por qué?”
Está temblando”
Es la cama”

Un ruido sordo. No abres los ojos. Estás tan quieta como las sábanas inmaculadas. La alfombra húmeda por el sudor mezclado con otros fluidos. Huele a sangre tibia. Te avergüenzas. No me importa, aún no hemos terminado. Te tomo de las manos y beso tu cuello. Abres la boca a la par de las piernas. Reanudo las embestidas. La sangre acumulada en tu interior se mueve en un oleaje incómodo. Gemidos de dolor orgásmico inundan la habitación, el pasillo, el piso entero. Una marea roja diluida se desborda.
«Sexo.»

Todo es quietud. Ahora te encuentras recostada sobre mi pecho, al otro lado de la cama, encerrada en el baño, dormida mientras observas con desprecio mi cuerpo y de reojo ves entretenida alguna película en la televisión. Con tus párpados cerrados revisas mi corazón. Aún late agitado. Te incita cierta curiosidad por probar cuántas veces más puedo complacerte antes de morir en un paro cardiaco
«.»