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10/10/25

Disscessum reginae

In memoriam I.P.V. 


1.

Entré a tu habitación recordándote de hace ocho días, ya con la voz casi apagada y esa lágrima contenida al escuchar la voz de Julio Jaramillo. Te puse una playlist que encontré por casualidad pero cada canción nos asestó golpes críticos. Los dos lloramos así, a una sola lágrima acompasada por el bolero; yo recordando cualquier otro mal de amores y tú extrañando entrañablemente a mi abuelo.

Me lo confesaste sin decirlo realmente. Me pediste esas canciones y me dijiste que te acordabas de tu viejo. Y entonces mi dolor cambió. Entró por la puerta grande la memoria de tu esposo, del padre que le tomé prestado a mi madre. Y también contuve una lágrima por él mientras te sostenía la mano.

Después de nuestra justa dosis de nostalgia, nos recluimos al silencio y al tranquilo azar de la casa de mi tía, a la llegada (por fin) de una televisión y a la eterna lucha del ser humano contra las antenas de recepción de señal, para que pudieras distraerte un poco de la vida (que se escapaba) con un show dedicado a esa otra madre a la cual eras tan devota.


2.

Mi madre me llamó en la noche. Ese día me había dormido una buena parte de la tarde, porque sentí un cansancio que me era ajeno pero que me apremiaba a adelantar mi sueño.

Entré a verte. Parecía que en una semana te había recorrido un siglo el cuerpo entero. La vejez aparente, que habías repelido con tanta gracia, se aprovechó de que tenías la guardia baja y se asentó en tus pómulos, en tu boca abierta con la que tratabas de jalar todo el aire que te fuera posible, en tus manos que sentí frágiles por primera vez en mi vida.

Estabas ahí pero casi ya no estabas. Aún pedías agua por ratitos pero tus ojos miraban más allá del techo descarapelado. Aún quitabas la mano cuando te hartabas de la sensación o la sacabas de la cobija cuando te acalorabas, pero era más instinto por buscar una posición menos incómoda que una decisión de estar a gusto.

Le dije a la doctora que de pronto sentí cómo tus manos se pusieron muy frías. Ella no quería alejarse de ti, pero tenía que hacerlo. Sólo pudo meter tu mano bajo la cobija (y aún así la volviste a sacar). Escuché cómo tu respiración agitada se volvía un acompasado batallar por retener oxígeno. Incluso sentí que te habías ido cuando sólo estaba yo contigo un par de veces.

Recuerdo que pedí a mi niña blanca que no me dejara estar solo cuando partieras; sin embargo, al ver tu dolor, le pedí que se apurara, que te recogiera ya para que ese sufrimiento cesara. Creo que te resististe lo más que pudiste, para darle tiempo a tu hijo de recorrer todos esos kilómetros o quizá no querías irte sin tener la certeza de que verías nuevamente a tu viejo.

No te fuiste sola, pero si te fuiste mientras te sostenía para tratar de limpiarte la boca una última vez. Te fuiste mientras tus hijas intentaban sostenerte y acicalarte, como si termináramos de ponerte guapa para el último viaje que ya emprendías.


3.

Mi tío no alcanzó a llegar a verte. Su viaje estaba programado para salir una hora después de la hora de tu muerte. Quizá por algo suceden así las casualidades. Quizá despedirse y verte fallecer hubiera sido demasiado doloroso para él.

Te fuiste y amaneció un solazo de verano precioso, a diferencia de los torrentes que cayeron los dos días anteriores; como si el cielo  también se quebrara con tus dolores y las penas que nunca nadie te conoció. Te fuiste y, ocho horas después, tembló, como si la tierra de antemano se abriera para acogerte y cobijarte.

Te fuiste a las cuatro horas con veintiséis minutos del dos de agosto, el día de Nuestra Señora de los Ángeles y todos los santos, la advocación de la Virgen que se le presentó a San Francisco de Asís. Tu marido se fue un cuatro de octubre, también cerca de las cuatro de la mañana hace siete años, el mero día de ese mismo santo. Tal vez Lupita y Paquito le dieron permiso a mi abuelo de venir a recogerte.

No podemos reprocharte nada. Entraste con el carnicero a que te arrancara un pedazo de tus entrañas con la cual pagar una prórroga para la renta de tus huesos en este mundo. Pero, como siempre, el casero egoísta e idiota no cumplió su parte del trato o la cumplió mal.

No podemos reprocharte nada. Diste todo lo que podías a tu familia, a tus padres, a tu esposo, a tus hijos, a tus nietos, a tus hermanos. A tu manera, medio tosca, sí, pero con todo el amor de tu ser.

Al menos ya nada te duele. Al menos ya no te cuesta jalar aire. Al menos todas tus hijas y tus nietos estuvimos sosteniéndote mientras terminabas de irte.


4.

Quizá no fue la mejor, pero fue una de los nuestros. Quizá no fue la esposa ideal de telenovelas y películas. Pero fue una gran madre, una gran esposa, una gran mujer, una gran señora.

Ella era de pocas palabras, algo bruscas y a veces altisonantes, pero siempre honradas y precisas. Tenía una mirada endurecida con los años que sabía poner en una balanza estricta el corazón de a quienes trataba; aunque su juicio fuera duro, su alma siempre se mostró amable para los que la necesitaron.

Tengo memorias fragmentadas de verla platicar con sus vecinas, de las consultas a la baraja y las limpias de hierbas con las que ayudaba a otras mujeres (y con las que se granjeaba lo faltante del gasto), de verla sentada en el sillón bajo la ventana con el pie en alto, sobre uno de los bancos del comedor, porque ya tenía problemas de circulación.

Ella me contó las primeras leyendas mexicanas que escuché y me enseñó los rezos indispensables y necesarios para cualquier niño católico; me llevaba al catecismo y se alegraba de ver cómo poco a poco cumplía el listado de sacramentos (quizá le rompí un poco la ilusión cuando me decanté al ateísmo, pero percibí un resquicio en su mirada que delataba que ya sabía el desenlace de ese camino).

Sin proponérselo, ella también me enseñó mis primeros hechizos y rituales. Ella me despertó la magia, el gusto por la adivinación y la rudimentaria elaboración de protecciones y antimaleficios. Miré muchas veces su forma de limpiar con un huevo y hacer las lecturas correspondientes. Siempre me dio curiosidad su baraja española, que guardaba bajo llave y que ya nunca volvió a utilizar. Como buena hechicera, guardaste el secreto de tus mejores trucos y te negaste a enseñarme el arte de entrometerse en el destino de los demás. Lamento decirte que otra vez te desobedecí: lo aprendí por mi cuenta.

A la distancia pienso en su silencio. En que, cuando llegaba de la escuela, sólo sonaba el radio y la olla exprés. Hablábamos poco y escuchábamos mucho. Sin decirme nada, me cedió poco a poco el control de la programación diaria de entretenimiento; me dejaba poner las caricaturas toda la tarde, me dejaba poner mis discos compactos y me dejaba bailar en la sala, mientras ella preparaba el hígado encebollado y me decía que era bistec.

Alguna vez me regañó por gritar en la casa mientras jugaba o por recargarme peligrosamente en la ventana de ese segundo piso o por asustarla porque no me encontraba pues yo estaba escondido debajo de la mesa. Pero me dejaba hurgar en los cajones del clóset y en los de la máquina de coser; creo que sólo se sorprendió la vez que, sin querer, encontré la pistola que mi abuelo había escondido entre los trajes.

No supimos mucho de su infancia, hasta que se decidió a viajar al extranjero. El trámite del pasaporte obligó a remover la tierra echada sobre una historia resguardada por ese silencio incólume. La vi derramar lágrimas involuntarias al recordar un atisbo de su infancia, al develar su secreto más celosamente guardado. Una historia que ella misma se empeñó en reescribir para dejar atrás dolores aciagos y poner sobre ello nuevas letras con su preciosísima letra cursiva.

Quizá no fue la mejor pero ella era muy fuerte. Tuvo seis hijos, cuidó a tres nietos, procuró devotamente a su marido y resistió la vorágine de la aceleración del tiempo.


5.

El sueño nos venció a casi todos pasadas las 4 de la mañana. Mi primo se ha mantenido en vela, incluso se paró frente a tu ataúd a verte fijamente. No percibí si lloraba pero su tristeza solitaria abarcó casi todo el lugar. 

Yo dormí cerca de dos horas. Desperté con el canto dolorido de mis tías que te dedicaban “Hermoso cariño”, la versión de tu adorado Chente.

No te mentiré. Esta vez estuve más entero que cuando se fue tu marido. Tal vez, después de todo, sí puedo aprender algunas cosas; quizá haya sido que el tarot me advirtió el golpe (aunque fui medio miope en la interpretación del presagio).

Tus hijos repiten una y otra vez que se han quedado solos. Sólo atino a decirles que están huérfanos, pero que aún se tienen los unos a los otros. En parte los comprendo. También sentí el mazazo al percatarme de cómo se habían recorrido los escalones del edificio de la estirpe: mi madre y mis tíos ya no son hijos y yo ya no soy nieto.


6.

Fuiste mi instructora y mi guardián. Me enseñaste a andar en el mercado y a no remilgar la comida. Me inculcaste el temor de dios como brújula moral y a vigilar mis cartas en el burro castigado. Me dejaste convertir tu departamento en mi universo de juegos, siempre que hiciera mi tarea y mantuviera las cosas en su lugar. Me dejaste usar cualquier cama cuando empecé a devorar libros y, ahora lo sé, fuiste mi vigía cuando salía al patio a jugar.

Extrañaré tu comida. El arroz rojo y el espagueti blanco, la mortadela y los rollos de jamón con piña, el ejote con huevo, las albóndigas y todo lo que preparabas con salsa y que mi frágil paladar nunca supo bien apreciar.

No tienes idea de lo agradecido que estoy de que haber podido ser tu nieto y de que hayas sido mi abuelita.


27/4/18

Entrevista de trabajo


Llena la solicitud. El perfil preciso no es relevante, sólo importa cuán capaz es de poder variarse en un mismo entorno, de encajar en la zona asignada, de estar completamente seguro de la logística para la movilidad del cuerpo junto con todos aquellos armatostes que deban ser trasladados. Sin embargo, si llegas a contrariar el platonismo lacónico del arquetipo solicitado posiblemente termines en las calderas como leña –de ser así tu familia recibirá tu sueldo, incluso aquella paga vacacional, hasta que piel, cabello, órganos y huesos no sean más que energía, humo, cenizas y recuerdos– pero aún es pronto para concientizar acerca del tema: no error, no hoguera, ¿entiendes?
¿Qué pasa? Veo temor en tus pupilas. ¡No tiembles! Yo no me encargo de corregir los desperfectos, sólo recluto personal, informo a los interesados de las políticas de trabajo, firmo algunos documentos, puro papeleo. ¿Qué ves? ¡Oh! ¡El látigo! No te preocupes. Es mero fetiche coleccionista: vale millones acá arriba. Sí, es ese mismo látigo que piensas. No tengas miedo. No somos tan primitivos. No lastimamos inocentes. Se han empezado a mover las cadenas de tu silla. Será mejor que calmes tu ritmo cardiaco, esa cosa es como un animal, percibe las emociones que destrozan tus nervios; las deglute como bocadillo, luego te despoja de todo recuerdo y, nuevamente, sólo quedan piel, cabello, órganos y huesos, que van a parar al fuego para quedar reducidos en... bueno, ya sabes –por cierto, no hay paga si no has firmado el contrato; por el color de tu cara, además del ligero goteo de tu sangre sobre el suelo debido a la contracción de los eslabones, te recomendaría que, aunque fuese con la boca, hagas algún garabato sobre el papel; eso o calmarte– .

Bien, comienzas hoy mismo, si la silla te suelta. Por cierto, te recomendaría apresurarte, porque al jefe no le gustan los holgazanes ni los pretextos, por eso él mismo aplica los correctivos, da las pláticas motivacionales, todas aquellas pantomimas útiles para mantenerlos trabajando felices.

15/12/17

Como en la escuela

Seguramente te acuerdas cuando en la escuela había un chico grande, robusto, con suficiente fuerza para poner a cualquiera en su lugar.  Quizá, generalmente lo veías con sus juguetes bonitos, esos que tú no tenías y que decías que no querías, pero que envidiabas secretamente. Si te llevabas bien con él, le hacías segunda en todo y dejabas que te echara la culpa de vez en cuando, a veces te iba de maravilla, te medio cuidaba y hasta te prestaba tantito las cosas que él ya no quería. Pero, si te llevabas mal con él o si por alguna extraña razón resultaba que te odiaba, la escuela podía ser un verdadero tormento.

Si estuviste alguna vez en la segunda situación, seguro sabes de lo que hablo: esconderte de vez en cuando para que aquel niño no te pegara, cuidar celosamente tus cosas o de plano no tener ninguna para que no te quitara nada. Soportar insultos y chismes que divulgaba sobre ti. Acusarlo con los profesores resultaba inútil, porque se escudarían con frases como “habla con él”, “ahorita no lo está haciendo”, “tienes que aprender a cuidarte” o “acúsalo con sus papás”. Nada de eso servía, porque en algún punto ya lo habías hecho. Incluso te fue peor por intentar solucionar así las cosas en vez de irte directo a los golpes.

Nunca te gustó tratar las cosas con violencia, porque así no es como se debe hacer. Pero un día fue demasiado. Un empujón o un simple comentario fue la gota que derramó el brazo y te lanzaste contra él: lo golpeaste o lo tiraste o le dijiste algo sumamente horrible, pero que merecía. Por desgracia y por falta de colmillo, un profesor te vio. Aquel se hizo el ofendido, hasta lloró; te acusó con los maestros y hasta con tus papás. Te tocó una regañiza, miles de preguntas de por qué te cae mal si él no le hace nada a nadie, es más, todos lo quieren, que has cambiado y que les preocupa tu comportamiento violento. Intentas reclamar, defenderte, explicar, pero no: el hecho es que los profesores dicen lo que vieron y sobre eso actúan tus papás. Te echaron castigos y castigos por sencillamente querer un poquito de justicia en el mundo.

Y sí, aunque es una anécdota de bullying, también es lo que está pasando en estos momentos con la dichosa #LeydeSeguridadInterior y la ahora #LeyMordaza. El pretexto de “dar a las fuerzas armadas un marco legal de acción” es simplemente dar un justificante al bully para que pueda seguir abusando de su estatura y de su fuerza con los más pequeños, sin que nadie le pueda decir que está haciendo las cosas mal. Políticamente se prepara el campo para tener argumentos legales, que sirvan de pretexto reivindicador de cualquier acto represivo por parte de las autoridades, actos que pueden ir desde un “sencillo” arresto durante una manifestación (si es que dejan hacer marcha alguna), hasta una desaparición forzada, enterrada en una montaña de burocracia, porque se trataba de “un peligro para el país” (y todavía falta ver qué definen como peligro o quién tiene la jurisdicción para definirlo).


Lo que resulta asombrosamente espeluznante es la sordera de los diputados y senadores. Uno está (tristemente) acostumbrado a que muestren un desprecio total por los intereses del pueblo, pero su actitud ante este tema es alarmante: se dieron el privilegio (como si no tuvieran suficientes ya) de ignorar recomendaciones de organismos internacionales en materia de derechos humanos; también, ignoraron todos los movimientos que rechazan dicha propuesta de ley, ignoraron (y pidieron “amablemente”) que se callara a un mexicano que opinó de política, porque su trabajo es hacer películas y no tiene por qué involucrarse en las decisiones del país. Parece ser que ese tuit reveló lo que piensa cada político: la sociedad está para servirles, no viceversa.

23/11/17

Sin título (Remastered)

De vuelta a ver papelitos viejos, me encontré con este esbozo. Una piececita de rompecabezas que no cabe en ningún lado, pero que no quiero que se pierda, como seguramente perdí ese nombre.
Pero el amor, esa palabra
Julio Cortázar

¿Qué nombre buscás? ¿Cuáles son sus verdaderas letras? ¿Qué idioma es el tuyo? Si la expresión en (la) lengua no basta, ¿cómo he de nombrarte? ¿Con cuál de todos los apelativos posibles advertirías que mi mano busca la tuya? Si me quedo sin palabras, no sabré cómo llamarte. ¿Con qué vocablo he de anunciar(me) tu presencia? ¿Con qué combinación de sonidos clamaré cuando estés ausente? Entonces sólo quedaría «//silencio//». De ese país soy un completo extranjero. Si únicamente me quedo con eso, seré invisible. No asistirías a mi llamado. Los ojos que te anhelan se mimetizarían con el ambiente, volviéndose otro par de globos oculares, espectadores ciegos. Es más. La lejanía por tu nombre se haría infinita; serías inalcanzable, ina(l)udible. Te destierras de mi voz. Me envías al exilio silente de ver tu imagen destilada sobre el horizonte, sin poder hablarte, ni con la boca ni con la mirada.

17/10/17

El (último) vuelo del halcón


Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas
por eso es que este hachazo nos sacude 
Jaime Sabines










In memoriam G.R.S.

1.
Anoche tuve una pesadilla. No la recuerdo bien, tan sólo tengo presente la atmósfera azul y un sentimiento de persecución. Desperté agitado. No me quise mover. No fue necesario levantarme para mojarme el rostro y tranquilizarme, como durante mi niñez. Volví a dormir. Un par de horas más tarde recibí la llamada de una de mis tías informándome que mi abuelo había fallecido.

Siguiendo la costumbre del barrio, hago el cartel que anuncia discretamente el deceso. Él y yo tenemos el mismo nombre. Se siente raro trazar las letras sabiendo que no hago autorreferencia. Escribo dónde será su velorio. Por un segundo, antes de colocar su apellido, se siente como una invitación a mi sepelio. Tal vez, porque también me estoy muriendo de a poquito con todo esto.


2.
Quizá no fue el mejor pero fue uno de los nuestros. Quizá no fue el padre modelo de revistas y TV, ni el marido ideal de las películas, pero fue un gran padre, un gran marido y un gran mentor.

Por años escuché anécdotas de la infancia de mis tías y de mi madre, cómo jugaban y cómo mis abuelos (sus padres) se enojaban con ellas. La manera en que mi abuelo les exigía un buen comportamiento y la forma en que les retribuía con cariño. También las historias exageradas, como la del perro que salvó a mi abuelo de un asalto.

3.
No conocí de la juventud de mi abuelo más que sus historias, pero vi de cerca sus triunfos y derrotas de la madurez. Vi cómo convirtió a un grupito de pillos de barriada en un equipo campeón de fútbol. Lo vi sonreír con los logros de sus hijos y nietos, aunque no siempre estuvo de acuerdo con ellos y lo vi enojarse cuando perdía y fingir modestia cuando ganaba en el ajedrez.
Vi lo que podía hacer y lo vi abrazar sus vicios también como compañeros. Él siempre fue una persona equilibrada con la vida, al menos dentro de sus términos, aunque de lejos se antojaba un caos. No fue un santo, nunca quiso serlo; fue un hombre, el mejor que pudo.

Vivió como quiso, cuando quiso y cuanto quiso. Tenía la fuerza de mil siglos y un espíritu de recién nacido. Muchas veces también lo vi entrar a hospitales y salir como si el insertarse una prótesis fuera un simple chequeo de rutina. Hacía deporte y fumaba como chacoaco. Bebía y no. Terco, desobediente de las órdenes del médico y perfectamente sano.

4.
Quizá, si hubiera pasado más tiempo con él y si mi madre le hubiera permitido enseñarme levantar los puños, jamás habría recibido un golpe. Pero qué bueno que no fue así, porque justamente todos esos madrazos encajados en mi cuerpo me enseñan a resistir este gancho al alma.


5.
Llevo tu nombre, al igual que tu hijo. Sin planearlo, también fuiste en parte mi padre. Para mí, eres el primero de mi estirpe, por fortuna no estás atado a un árbol, pero tu partida sí se siente como si nos estuvieran comiendo las hormigas.

Nunca había llorado en un funeral.

Ahora entiendo por qué se reza el rosario. No se puede articular ese dolor, pero es necesario expresarlo y es más fácil hacerlo cuando algo o alguien nos pone las palabras en la boca. Sólo las repetimos con la entonación precisa para exponer la herida recién abierta. La oración convierte al doliente en un instrumento que afina su sufrimiento.

Observo los rostros de mis tías. Por ratos se calman. La melodía del murmullo es tranquilizante y majestuosa en estos primeros momentos; permite una catarsis inconsciente: enuncia lo inombrable al tiempo que no dice nada. Días más tarde me parecerá ingrata y excesiva, me parecerá insuficiente para sanarme siquiera un poco, porque esas palabras para mí no representan ya nada. Las escucharé y querré gritar a todo el mundo que estás muerto, que estás bien muerto y que ese Dios a quien le rezan le vale un pito que tu carne ahora sea cenizas. Me encabronaré con el sacerdote que no me dejó despedirme y que en medio de los llantos, además de cobrar la misa, pidió "sagrada" limosna. Me emputaré con todo el mundo por no haberte hecho cambiar de opinión. Y terminaré admirando la forma en que te fuiste, porque te despediste de todos, porque alcanzaste a ver a tu familia entera reunida, como yo nunca pensé que podría ser posible, de nuevo. Incluso en los albores de tu partida, lograste una última proesa.

6.
Al día siguiente todos somos animales somnolientos. Memoria feral que sólo busca un hueco cómodo para cerrar los ojos un rato. Apenas pienso que no quiero ver cerrado el ataúd, que seguramente me desplomaré al escuchar los seguros ponerse.

7.
Hubo un tiempo en el que realmente pensé que mis palabras dichas a la carrera harían algún bien. Mi familia es creyente, yo no. Ellos pueden llevar bien la idea de que ahora has trascendido. Yo no me puedo quitar de la cabeza la idea de que estamos a horas de que te conviertas en polvo, en nada. Entrarás al horno a convertirte en cenizas, porque la familia prefirió tenerte cerca a abandonar la tumba en un cementerio lejos de casa. Esto sólo es la negación prolongada. La resistencia a dejarte ir de la mano de la muerte, aunque tú mismo te entregaste de forma voluntaria, sin reproches ni deudas. Son ellos//somos nosotros// los que no quieren//queremos que te vayas.

8.
Quiero pensar en tu ausencia y me bloqueo. El ánimo se colapsa cuando pienso en que un día llegaré a casa de mi abuela y ya no será necesario entrar hasta la última habitación para agacharme a saludarte y preguntarte si el Cruz Azul va perdiendo otra vez. 

9.
Estamos destrozados. Estamos rotos. Somos muñecos deshilachados que se quieren guardar definitivamente en un desván. Tu nieto más joven dice que no le afectó en nada, que lo que pasa es natural. Repite lo que seguramente leyó en un libro de la escuela. Pero no puede dormir bien. Pobre, le tocó soportar dos terremotos y tu sepelio, casi todo junto.

Mamá no quiere levantarse, aunque tratamos de que se aferre a tus palabras que le advertían que los jefes pueden ser unos culeros a quienes no les importa si estás enfermo o hecho pedacitos: te corren porque no sirves.

Tú siempre trabajaste. Estoy seguro de que la jubilación fue la que te mató. Esa pinche asesina de ancianos y ociosos. El retiro y la jubilación, perros desvergonzados, hijos de la chingada. Y nosotros, pendejos, porque jamás se nos ocurrió una buena forma de mantenerte entretenido, más cerca de nosotros. Confiamos en que lo solucionarías a tu manera y lo estabas haciendo, accidentándote de vez en vez en el Chevy o jugando Dominó con tus compadres.

10.
Setenta y dos años: siete y dos nueve. Puro número cabalístico. Te fuiste casi en fiesta grande, junto con los tambores de la procesión de San Francisco. Te fuiste y nuevamente se movió la tierra. Te fuiste y esa noche hubo una luna llena preciosa de octubre. Te fuiste y salió el sol en un día nublado. Te fuiste y parecía que todo el universo te recibía de cierta forma. Moriste en un día muy bonito para pasear y para encerrarse en una funeraria. Nos entregaron tus cenizas a las seis de la tarde: tardaron tres horas en la cremación. Cifras y cifras simbólicas. En ningún momento faltaron. Toda tu muerte estuvo rodeada de elementos místicos y mágicos; incluso las veladoras que te prendieron, se acabaron despacio y parejitas, con una llama tan quieta que parecían mentira. Todo consistió en una especie de certeza de que estabas bien y en paz.

11.
Honestamente, es lo único que me tranquiliza, lo que me permite bloquear las lágrimas cuando se amotinan en mis ojos: te fuiste tranquilo y a tu paso. Sufriste, sí, porque la muerte debe sufrirse; porque cuando el cuerpo se apaga algo nos duele, a ti y a todos. Pero te fuiste sin asuntos pendientes, al menos eso dijiste (y te creo).

Me miraste a los ojos cuando te pregunté si estabas bien con ello, y respondiste un rotundo "Sí". Desde ese momento respeté tu decisión y abogué para que te dejaran en paz. Ahora, por fin descansas y ya nada te duele. Ahora, por fin podrás comer lo que te gusta (y con un montón de chile o salsa) y echarte tus tragos sin preocuparte. Ahora esos diagnósticos infinitamente inútiles te los pasas por el arco del triunfo mientras prendes un Boots o un Malboro y echas el humo en medio de una sonrisa.

Si me equivoco, en medio siglo (poco más, poco menos) nos estaremos viendo.

19/9/17

19S (Ana)Crónica. Revisión a destiempo

Escribo esta entrada el 03 de octubre de 2017, pero pongo la fecha de publicación del 19 de septiembre por muchas razones; la más importante: para asentar la fecha que parece tomar forma de cábala.

Escribo como una purga, porque justo ahora se me ha juntado demasiado en la cabeza. Escribo como penitencia, para obligarme a no claudicar. Escribo porque estuve ahí y lo vi, pero no vi nada en ese momento. Escribo por culpa y necesidad. Ya hice una "confesión" en un blog que quiso dedicarse a recopilar anécdotas del sismo para la reconstrucción social: Cuéntanos tu historia

//Revisito ese blog de vez en vez y me descubro reconociendo el nombre de varios amigos y colegas. Quiero leerlos. Necesito leerlos//

En 1985, un terremoto convirtió a la Ciudad de México en escombros; treinta y dos años después, el fantasma de este acontecimiento hace eco. Tengo la hora grabada en la memoria. 13:15 hrs. Pensé que ya había hecho catarsis del asunto, pero no. Aún no logro ver la magnitud de lo ocurrido. Soy de los afortunados que sólo tienen ligeras reminiscencias del susto. He escuchado de gente que no puede volver a su departamento porque tiene miedo de subir escaleras. Personas que a la menor provocación se levantan en plena histeria creyendo que suena la alarma sísimica. Gente que está pendiente del menor movimiento en la tierra para saber si ocurrirá nuevamente.

He visto los videos que colgaron en redes sociales. La catástrofe también debe documentarse. Hay uno en particular que me parece que salvará más psiques de las que podría imaginarse. Ese video del niño repitiendo todo el tiempo "su puta madre". El video resultó gracioso porque al final, un amigo de ese niño no puede articular la fecha del sismo pasado y dice "el mismo año que hace 100 años" y el otro lo corrije y lo pendejea. Yo mismo he visto ese video para sacarme una sonrisa, porque la reacción del niño ante la catástrofe fue de miedo y sorpresa, pero todo salió bien, todo terminó en una risa. Aunque no haya sido así para muchos. Otros tantos que perdieron todo, incluso la vida, entre muros mal construidos.

Después del temblor, después de lo urgente, pude pensar en el barrio. Cuando me aventuré hacia el norte para reunirme con familiares, pregunté si necesitaban algo más. Sólo me dijeron que el muro de la secundaria se había caído pero no necesitaban nada. Hace un par de días pasé por allí, aún hay restos de lo ocurrido: un muro ausente que deja al descubierto las canchas de básquet, apenas custodiadas por una cinta amarilla y un policía. Estacionados frente a esa secundaria, varios coches que quedaron aplastados y seguramente allí serán abandonados.

Apenas han pasado dos semanas y se sienten como dos años. La ciudad vuelve a ser el mismo monstruo que se devora a sí mismo mientras en la calle vagan los huérfanos y las víctimas de los mismos de siempre.

16/5/16

Bitácora aérea III



Dos vuelos retrasados. El primero, media hora; el segundo, más de una hora. Karma's a bitch, huh?

Dos vuelos con turbulencia. Bastante turbulencia. Escribo mientras la gravedad mueve mis brazos como una marioneta en caída libre. Ahora no tengo pantallas que me indiquen mi posición en el planeta. Viajo adelante del ala pero lo suficientemente cerca para escuchar el rugido de las turbinas. Ese ruido es lo único que me permite tener una reminiscencia de la velocidad a la que viajo.

Mi lugar favorito está entre las nubes, entre esos pechos madreperla donde habitan colibríes. Mi lugar favorito es el simulacro de la caída libre de mi cuerpo mientras la voz de Tom Yorke dice que quemen a la bruja.

La visión más vívida de Monterrey visto desde arriba es ¿una refinería? Dos torres que escupen fuego. Vistas a través de esta nube parecen la fábrica de orcos, de Saruman.

Mucha turbulencia. Demasiada. Protejo mi trago (una Cuba libre; es lo más libre que esa isla estará nunca, en un vaso con hielitos diluyendo el alcohol).

He perdido la noción de las distancias. Si hago una hora de la capital a Monterrey, es lo mismo que ir de casa al trabajo, es incluso menos. Es lo mismo que viajar la línea 3 del metro, completa.

Me juré nunca viajar al norte y aquí estoy, de vuelta al sur para volver a casa.

Apenas anuncian la zona de turbulencia, un poco tarde (como siempre). El planeta gira más rápido de lo que pueden responder, el mundo siempre nos ha dejado atrás. El universo entero nos recuerda ya como una fotografía a punto de borrarse en Marte, pero apenas nos damos cuenta.

Ahora entiendo Fight Club. Una salida de emergencia a putecientosmil pies de altura sirve para un pito. Si uno se quiere bajar de esta montaña rusa, sorry baby, te chingas. Pasa en los aviones, pasa en la vida real.

La turbulencia prolongada amerita otro trago, pero no; todo indica que no.

Así no puedo jugar Hyrule Warriors; estoy seguro de que vomitaría en un par de minutos. Es más fácil (más correcto) seguir escuchando el último disco de Radiohead con lo que queda de un ron barato (lo que quedaba de un ron barato).

Creo que ahora entiendo un poco más esa cancioncita. Alto total/tonto absoluto. La imposibilidad de detenerse (el autocorrector me juega chueco y pone "detenerla", así no se puede; eso es jugar sucio, a traición (y pone "tradición") hashtag noesdedios). Uno no puede bajarse de un avión en turbulencia solo porque se siente mal; uno debe apechugar, resignarse a llegar después de medianoche, mediodormir y largarse al trabajo (de buena gana falto, que me descuenten el día).

Pero no (tal vez).

[A la mañana siguiente]
Y cuando despertó, la oficina ya estaba ahí.