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| Broken Clock by ifsantang disponible en https://www.deviantart.com/ifsantag/art/Broken-Clock-326434806 |
Blog personal de Gilberto Nava, "Gablot". Aquí puedes encontrar textos literarios, ensayos, críticas y básicamente cualquier cosa que habita en esa cabeza y se escapa entre los dedos.
23/9/18
Tiempo transcurrido
16/5/16
Bitácora aérea III
Dos vuelos con turbulencia. Bastante turbulencia. Escribo mientras la gravedad mueve mis brazos como una marioneta en caída libre. Ahora no tengo pantallas que me indiquen mi posición en el planeta. Viajo adelante del ala pero lo suficientemente cerca para escuchar el rugido de las turbinas. Ese ruido es lo único que me permite tener una reminiscencia de la velocidad a la que viajo.
Mi lugar favorito está entre las nubes, entre esos pechos madreperla donde habitan colibríes. Mi lugar favorito es el simulacro de la caída libre de mi cuerpo mientras la voz de Tom Yorke dice que quemen a la bruja.
La visión más vívida de Monterrey visto desde arriba es ¿una refinería? Dos torres que escupen fuego. Vistas a través de esta nube parecen la fábrica de orcos, de Saruman.
Mucha turbulencia. Demasiada. Protejo mi trago (una Cuba libre; es lo más libre que esa isla estará nunca, en un vaso con hielitos diluyendo el alcohol).
He perdido la noción de las distancias. Si hago una hora de la capital a Monterrey, es lo mismo que ir de casa al trabajo, es incluso menos. Es lo mismo que viajar la línea 3 del metro, completa.
Me juré nunca viajar al norte y aquí estoy, de vuelta al sur para volver a casa.
Apenas anuncian la zona de turbulencia, un poco tarde (como siempre). El planeta gira más rápido de lo que pueden responder, el mundo siempre nos ha dejado atrás. El universo entero nos recuerda ya como una fotografía a punto de borrarse en Marte, pero apenas nos damos cuenta.
Ahora entiendo Fight Club. Una salida de emergencia a putecientosmil pies de altura sirve para un pito. Si uno se quiere bajar de esta montaña rusa, sorry baby, te chingas. Pasa en los aviones, pasa en la vida real.
La turbulencia prolongada amerita otro trago, pero no; todo indica que no.
Así no puedo jugar Hyrule Warriors; estoy seguro de que vomitaría en un par de minutos. Es más fácil (más correcto) seguir escuchando el último disco de Radiohead con lo que queda de un ron barato (lo que quedaba de un ron barato).
Creo que ahora entiendo un poco más esa cancioncita. Alto total/tonto absoluto. La imposibilidad de detenerse (el autocorrector me juega chueco y pone "detenerla", así no se puede; eso es jugar sucio, a traición (y pone "tradición") hashtag noesdedios). Uno no puede bajarse de un avión en turbulencia solo porque se siente mal; uno debe apechugar, resignarse a llegar después de medianoche, mediodormir y largarse al trabajo (de buena gana falto, que me descuenten el día).
Pero no (tal vez).
[A la mañana siguiente]
Y cuando despertó, la oficina ya estaba ahí.
15/1/12
Cronomorfosis
De nada sirve anotar las horas o los minutos. Los relojes resultan perfectamente inútiles cuando se puede medir el tiempo en tragos de licor, canciones escuchadas, programas de televisión, páginas leídas o cualquier otro sistema de medición alternativo.
Supongamos que uno ve los números o las flechas del cronógrafo más cercano en turno. Su veracidad es dudosa, puede estar adelantado, retrasado o sincronizado con los de otro país u otro planeta. Honestamente, ¿uno cae en esa triquiñuela pícara de llegar a tiempo? El tiempo así es una idea idiota e insuficiente.
¿Por qué no medirlo por las galletas devoradas en el transcurso del día? ¿O por los cafés deseados, pero que jamás serán servidos ni bebidos? ¿Para qué cumplir años? Los números sólo incrementan las cosas, las parecen serias, rígidas, inamovibles. Por ejemplo, puedo decir francamente con horror “hace tres días que sé nada de ella”; no suena tan terrible, tan copioso ni tan dramático como decir “hace doce paquetes de galletas con cinco tazas de café y dos cigarrillos que no sé de ella”.
Incluso, contabilizar los momentos por otros medios resulta más interesante en sí mismo: se pueden contar por el número de chicas pelirrojas, musas de pensamientos poco decentes; por los lunares indiscretos sobre espaldas o cuellos que se asoman desde escotes (des)afortunados de féminas; por los besos deseados, los besos concedidos; igualmente con los abrazos y las miradas cruzadas/chocadas con desconocidos/desconocidas.
La vida parecería más divertida al decir “el viaje en tren dura de doce a veinte lunares en diez o quince minas pelirrojas, rubias o morenas (el color del cabello es variable, así como la localización de dichos puntos cutáneos)”.
Además, medir tan aburridamente el paso de aquello permite creer que no pasará nada extraordinario, despoja todo aquello maravilloso (capaz de ocurrir u ocurrido) de esa sustancia grata de las improbabilidades posibles. Los eventos cotidianos quedan reducidos a todo lo excesivamente común, al grado de colocar a la física cuántica como un elemento fantástico más del imaginario popular.
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