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28/10/12

Caperucita y el lobo

Imagen: "Red riding hood" de silvestru
–Quítate la ropa, no la necesitarás.

Obediente, se despojó de sus prendas.

Observa. Rasguña. Muerde. Ladra. Muerde. Jadea. Muerde. Ladra. Jadea/Jadea. Muerde. Jadea/Jadea/Ja-de-a/Ja... de... a... Ja... a... a... ¡Aulla!

"C'est tout" anunció la niña tras su orquesta bestial mientras metía la paga en su abrigo rojo.

9/9/12

Alebrijes

Entre tifones ardientes, que atraviesan insomnios furtivos de tiempos distantes, el fénix despliega sus inmensas alas entre los pliegues de un lienzo delicado. Aquellos ojos enormes, casi de águila, casi de halcón, le permiten contemplar unas estructuras óseas colocadas sutilmente por todo el salón-galería donde se le expone como una obra más.
Aquellos descarnados mantienen posiciones inverosímiles: las extremidades torcidas y abiertas en toda su extensión, algunos torsos doblados hacia el frente con el cuello completamente estirado hacia arriba, otras espaldas curvadas hacia atrás mientras el rostro se negaba a cambiar de dirección. Durante toda la noche, las figuras permanecieron así.

A la mañana siguiente, el artista irrumpió el silencio absoluto con el cloqueo de sus zapatos. Llevaba un maletín de piel. Lo depositó sobre el suelo para extraer algunos instrumentos conocidos por todas sus creaciones: pinceles, cinceles, madera, barro, pinturas, papeles, lápices. Cuando observó las nuevas adquisiciones, una sonrisa maliciosa deformó su cara.
Sin dejar de ver los esqueletos, caminó hacia la pintura carmesí del ave inmortal. Los nuevos tiritaron, los viejos desearon cerrar sus ojos y oídos. La boca del hombre profirió una oración precisa. El óleo se tornó tinta. Descendió por la pared hasta formar un charco rojo. La tinta perforó lentamente el suelo mientras que el pájaro de fuego observaba la carencia de vórtices incandescentes con las alas pegadas al parvo cuerpo.
Un hedor cálido surgía del líquido. Los humos soporíferos aarticulaban pesadillas tremebundas de horribles y dolorosas mutilaciones. Los ojos del fénix lloraban lágrimas que nutrían al cuerpo de agua hasta llenarlo completamente, asemejándolo a un estanque cuya profundidad se antojaba infinita.
Los descarnados castañeaban por los escalofríos que estremecían sus huesos. Su alma temía otro tormento insufrible: ya les bastaba con los nervios pegados a los despojos de su cuerpo asaeteado por el frío durante las noches.
Aquellos olores penetraron la nariz del artista, quien gustoso abrió la boca para proferir la última maldición sobre aquellos presuntos demonios encerrados en lo que alguna vez fue carne humana; les aseguró que la vida eterna estaba más próxima que nunca y que la gloria divina la obtendrían mediante un último sacrificio.
Tomó una pluma del ave deforme para ponerla sobre la superficie del estanque. Ésta flotó unos segundos, luego se consumió en una leve flama.
"Listo" susurró el hombre.
Algo crujió con pánico durante la ausencia de los múltiples gritos suplicantes por falta de labios, lengua, faringe, cuerdas vocales, diafragma, etcétera. El ave rememoró el recuerdo de su creación. Lo mismo le ocurrió a él: Aquel pintor-escultor lo había mirado a los ojos antes de tocar su antigua cabeza recién decapitada: "Tienes unos lindos ojos y una nariz perfecta. Serías una hermosa ave". Al día siguiente despertó en la galería.

Un esqueleto se hundía lentamente. Pasaron varios minutos antes que del agua color sangre emergiera la tosca quimera de cuerpos variados: caballos, elefantes y serpientes combinados. Su piel, una mezcla de texturas parecidas a escamas, moluscos y coraza de armadillo. Su cabeza, de lagarto; tres pares de patas, unas de felino, otras de reptil y las últimas con pezuñas; la cola de dragón. Despedía un aroma semejante al incienso. La mantícora extravagante rugió guturalmente, pero su voz petrificóse a la par con su cuerpo. La piedra otorgó vida eterna a la figura y a los colores que la teñían.
Repitió lo mismo para los seis restantes. Cada uno quedó diferente al anterior. Todos, únicos en su especie y maravillosamente abrumadores.

Una semana después, el museo-casa invitaba a una exposición jamás antes vista: animales fabulosos provenientes del más oscuro abismo. Los padres entusiasmados llevaron a sus hijos, otros más indiferentes simplemente les proporcionaron el dinero para la entrada. Las fauces abiertas de esas bestias, sus cuerpos compuestos por diferentes materias, las curiosas poses que adoptaron –cuerpos retorcidos como lagartijas– y los ojos, aunque brillantes, parecían estar ciegos. Aquellos entes asombraron al público en general, algunos incluso comenzaron a tener pesadillas al respecto. Hubo muchos casos en los hospitales psiquiátricos de pacientes que no cesaban de evocar, durante los terrores nocturnos, su infancia corrompida por aquellas figuras. El sueño más recurrente consistía en que, el sujeto en turno, veía cómo aquella combinación de bestiaros mitológicos y reales tomaba sus recuerdos de la niñez, los devoraba tan atrozmente que los objetos materiales sangraban y gemían. Todos terminaban el relato de su delirio con la siguiente frase: "Y cuando desperté, olía a azufre". Lo que callaban era que, el recuerdo de su infancia no sólo era mutilado en el sueño, después de algunas semanas apenas lograban acordarse de su último juguete o de la mascota con la que jugaban en casa.
La epidemia de amnesia empeoró exponencialmente.

Pronto comenzaron los temores del infernal castigo. Incluso los sacerdotes anunciaban con seguridad el juicio final y la verdadera vida junto a Dios. Incluso cada vez que una persona asistía nuevamente a la exposición decía: "cada vez se ven más fieros", "nos miran como si nos conocieran"; otros, bromistas, vociferaban "me parece recordar a aquel de tu sueño, la otra vez". El propietario del museo hacía nada al respecto, en cambio alentaba esas frases, a pesar del precario estado de salud que presentaba, porque cada noche le costaba más trabajo mantener quietas a sus bestias ansiosas.

Una tarde el artífice apareció sin vida, deshuesado, en frente de su casa. La policía indagó quién podría ser el culpable de tal atrocidad, pero no hallaron pista alguna. La casa estaba intacta, salvo una nueva tinta roja (que nadie percibió) en las garras de las terroríficas esculturas, diversos cuadros –en los que todos reconocieron algo de sus pesadillas, puesto que las escenas eran idénticas; aunque, tal vez el parecido lo causaba la superstición– y una nueva alimaña en la exposición.

25/3/12

All you (do not) need is love by Insect Killers


I'm ready for everything but that scent

Sin City


I. Turbo Lover by Judas Priest

Uno debe comenzar por admitir los vicios personales; por ejemplo, el mío recae invariablemente en el voyerismo”.

Ese idiota había sacado la carta indispensable. Salimos tarde hoy, viernes, y decidimos beber hasta la guacareada y más allá. Después de dos cervezas, mi amigo se me antojaba imbecilísimo: dos minas buenas (en toda la extensión de la palabra) habían insistido en acompañarnos, a nosotros, los Poetas del instituto. No cabe duda: la moda hipster beneficia a los nerdos. Para ser atractivo en estos lares no se requiere demasiado: llevar la bandera de izquierda, decir que uno escribe (aunque uno no publique ni en blogspot), que a uno le encanta el jazz y la pintura, despotricar contra el mal sistema educativo, dejarse el cabello largo y usar gafas (mejor aún si la miopía no es fingida). Por fortuna, los dos reuníamos las características precisas.

... voyerismo”.

Voyerismo, ¡qué raro suena esa palabra! Vo-ye-ris-mo (decila con acento argentino, che, suena mucho más delicioso ese “ye” y la ese aspirada hasta parece un breve ahogo, como si decirla ocasionara inevitablemente un orcasmo en el paladar, una palabra que te hace terminar y trae breve charla postcoital en la última sílaba: “mo”, “mo”re? Yes, more and more and more and...).

Ya sé lo que esa frase significa: terminaré en otro video haciendo un cuarteto. «Material de análisis para relaciones interpersonales entre dos o más personas completamente ellas mismas, como las echaron al mundo pues, para ver cómo se relacionan en esto que dicen que es lo que nos quedó tras perder el paraíso». Sí, che, te lo compro (dame dos); como sea, pasalo que según vos debemos admitir los vicios, ¿no? Ambos sabemos que en realidad es material para otros análisis de índole táctil para no perder la costumbre ni la certeza de que uno mismo se basta para estos menesteres en urgencias extremas.


Vamos hacia “el depa”, un piso rentado que amueblamos antiminimalístamente (para vernos nada mainstream); una especie de galería. Todas las piezas exhibidas consistían en “arte reciclado”: chatarra que se sueña/finge arte. El colmo del ornamento: colillas de cigarros desperdigadas por doquier «Es un performance doiéstico, tío». ¿No me digás? «Somos los nuevos psicólogos de conducta social, boludo, no te pongás así».

Las dos chicas hablan con él. Yo camino detrás del grupo como un espectro al que jalan; un íncubo, juguete de Caín y anexadas para su ritual de fertilidad. No miré el calendario por pavor de ver la fecha 30 de Abril y confirmar otros temores: ser realmente un diablo vulgar que (según la tibia labia de la RAE) tiene comercio con mujer. (Hasta los demonios tenían limitado su accionar, ¿por qué no súcubos lésbicos? ¿Por qué no íncubos gays? Hasta de los ínferos se hizo un lugar sexista).

Llegamos”.

¡Ya era hora!

Después de esta caminada tendrás que volver a convencernos.

Tranquilas, niñas, tengo un par de ideas”.

Ya me sabía la rutina: a la más agotada le daría un masaje de pies (fetiche ineludible tanto para quien lo da como para quien lo recibe) mientras la otra observaría disimuladamente entre trago y trago de vino tinto (tiene que ser vino tinto, del barato, pero tinto). En realidad, no había que reconvencer: cuando se llega a la puerta con intenciones de cruzarla, se ha llegado al punto sin retorno; si lo cruzan, lo demás será coreografía, afán lúdico.

Los condones” dice y pienso al unísono que mi colega. Los malditos condones. Nos gastamos la guita en las bebidas, pagamos cuentas hace poco y la despensa necesitaba un refill. Rezamos (los cuatro) porque haya un par en alguna alcoba.

¡Bendito Dios!” (aunque uno sea ateo). Hallé una caja de doce a la mitad. Al menos para tres horas bastarían. Aunque, seamos honestos (recuerden, hay que admitir nuestros vicios): con las copas encima y con el cuerpo que se cargan estas dos, será un milagro no tener que recurrir (al unísono para no romper costumbre) a la frase “Juro que es la primera vez que me pasa, dame un par de minutos”. Hasta Night Owl y Silk Spectre se reirían.


II. Lover Man by Charlie Parker

No. Carajo, no. No me quités la camisa aún. Mierda. ¿Por qué ese jodido afán de lamer mi oreja? ¿Qué pitos te ha hecho mi oreja para que la tratés así?

Leves gimoteos al oído. Mi soundtrack es una mala película porno.

Tengo la mala costumbre de ver la videograbadora cada quince minutos (está documentado en nuestra in-ves-ti-ga-ción).

Toco su boca, con dos dedos toco el borde de su boca voy dibujándola hasta que... abre su boca y de a poco engulle las uñas... No. Simplemente no. No en escala Farenheit. No en escala Kelvin.

«Los humanos son sencillos. Mirá. Hoy invitamos a un par de tíos y nos los tiramos frente a la cam. Mañana levantamos a dos minas (una colega y la otra no). Pasado mañana pillamos a dos primas (completas desconocidas para nosotros). Al día siguiente a una pareja curiosa (hetero o bisexual). Este es un país de malcogidos, ¿no lo ves? Todos y cada uno de ellos son unos malcogidos; por ende (aunque no necesariamente) son malcogedores». ¿Cuánta razón tiene ese hijo de puta? «El sexo se equipara a la muerte desde Freud y, diga lo que digan sus detractores, eso es inegable. Bataille lo confirma: el inicio de la vida y su final poseen la misma característica básica, el dolor suprahumano. Nosotros aún no somos malcogedores aunque nos han tocado malas experiencias, ¿que no? Pero así, de a poco en poquito se va cambiando el universo: una pareja de cópula (mínimo) por día». No pugna por la liberación sexual: este hippie quiere la revolución como ETS.


III. Pequeñas cosas by Willie González

Quiere un cunnilingus. Accedo. En realidad me encanta esa parte: nunca lo esperan, nunca lo piden, sólo miran con ojos encendidos que reclaman la misma atención que ellas han tenido minutos antes; además tiene ventajas fisiológicas y sensitivas: ellas llegan múltiples veces y uno puede volverse Ulises regresando a Ítaca infinitamente.

Su vientre sabe a pan (ya había probado uno así antes), pero su sexo... No. No puede ser. Nunca.

Willie González resuena en mi cabeza: “No es casualidad que tú y yo nos encontremos”. “Dios no juega a los dados”. Y quiero morir en su piel, quiero morir en su piel que no es la piel que debería ser, pero huele igual (¿Por qué no volverse Jean Baptiste Grenouille?). Su cuerpo (no el que tengo debajo, sino el otro) me dice “no podrás escapar de mi”. Yo digo que no importa mientras tenga ese cuerpo de seda. Su boca en mi boca, su pecho en mi pecho, amarnos sin freno. Veo su cara (por primera vez desde que nos desnudamos). “Hazme olvidarla, por favor, hazme olvidarla” susurro “hazme sentir que no es la única mujer”. Ella no entiende. Pobre. Nunca entendería, ¿para qué explicarle? Si Eddie Santiago ya pone en mi boca la frase definitiva: “devórame otra vez”. – ¿Qué? “Ven, devórame otra vez, que la boca me sabe a tu cuerpo”. Ella no entiende pero hace. Y la dejo hacer.

Quiero saciarme otra vez de ella. “Déjame saciarme de ti” susurro sin querer. Ella entiende otra cosa. (No pilla, pobre, no puede). Acomoda su cuerpo. Somos el signo de cáncer.


IV. Fields Of Desolation (Outro) by Arch Enemy

Tenemos más material de filmación, digo, de investigación. Me agradecen la velada. Detesto eso: una vez leí que dar las gracias era como pagar con tarjeta de crédito por prostitución. I don't feel cheap.

Ella me mira. Nos volvemos a preguntar nombres. Doy mi pseudónimo de potencia sexual latinoamericana. Ella me responde aquel que pone en su credencial. Mariela.

El nombre lo explica todo. Mariela. Explica las ansías. Me permite saber por qué mi orgasmo supo a inconclusión perfecta. Por qué ese vientre sabía tan nuevo y tan conocido y especialmente explica el aroma tan suave (casi imperceptible) como era/como seguramente debió ser. Estúpidos amores pasados remotos y no tanto. Todos inconclusos, aún si se llegó a la alcoba. Siempre quedan inconclusos, perpetuamente inconclu...

Tenés razón, loco pervertido, claro que la tenés. Tras esta noche algo cambia: algo muere inevitablemente (y esperemos que nada nazca).

Che, me voy. Tengo cosas que hacer. Ahí nos vemos”.

Tenés razón, loco pervertido, claro que la tenés.

15/1/12

Cronomorfosis

De nada sirve anotar las horas o los minutos. Los relojes resultan perfectamente inútiles cuando se puede medir el tiempo en tragos de licor, canciones escuchadas, programas de televisión, páginas leídas o cualquier otro sistema de medición alternativo.

Supongamos que uno ve los números o las flechas del cronógrafo más cercano en turno. Su veracidad es dudosa, puede estar adelantado, retrasado o sincronizado con los de otro país u otro planeta. Honestamente, ¿uno cae en esa triquiñuela pícara de llegar a tiempo? El tiempo así es una idea idiota e insuficiente.

¿Por qué no medirlo por las galletas devoradas en el transcurso del día? ¿O por los cafés deseados, pero que jamás serán servidos ni bebidos? ¿Para qué cumplir años? Los números sólo incrementan las cosas, las parecen serias, rígidas, inamovibles. Por ejemplo, puedo decir francamente con horror “hace tres días que sé nada de ella”; no suena tan terrible, tan copioso ni tan dramático como decir “hace doce paquetes de galletas con cinco tazas de café y dos cigarrillos que no sé de ella”.

Incluso, contabilizar los momentos por otros medios resulta más interesante en sí mismo: se pueden contar por el número de chicas pelirrojas, musas de pensamientos poco decentes; por los lunares indiscretos sobre espaldas o cuellos que se asoman desde escotes (des)afortunados de féminas; por los besos deseados, los besos concedidos; igualmente con los abrazos y las miradas cruzadas/chocadas con desconocidos/desconocidas.

La vida parecería más divertida al decir “el viaje en tren dura de doce a veinte lunares en diez o quince minas pelirrojas, rubias o morenas (el color del cabello es variable, así como la localización de dichos puntos cutáneos)”.

Además, medir tan aburridamente el paso de aquello permite creer que no pasará nada extraordinario, despoja todo aquello maravilloso (capaz de ocurrir u ocurrido) de esa sustancia grata de las improbabilidades posibles. Los eventos cotidianos quedan reducidos a todo lo excesivamente común, al grado de colocar a la física cuántica como un elemento fantástico más del imaginario popular.


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