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26/6/17

Ámbar nocturna


     I
Tu cuerpo crepuscular es un abismo
Cada poro tuyo es un precipicio amenazante

Infinita
Infinitos adentros
Insondables huecos exquisitos
Inmortal

     II
Tu silueta mis manos difumina
sacrílegas al tacto de impúdico cristal
que te muestra y que te esconde

Lejana
Ajena
Líquidamente salvaje
Cósmicamente letal

     III
Tu nombre es la calumnia predilecta al borde de mis labios
un vocablo impronunciable para injuriarte/para alabarte
para arrastrar mi cuerpo en los fangos de la culpa y de la dicha
para negarte en cada espasmo
de mis tendones al borde del delirio

     IV
Gitana
Hechicera
Mujer mineral
Ante tus ojos ciegos el idilio de mi sangre se yergue
y busca inútilmente socavarte

Felina
Fugitiva
Fantasmal
Tu noctámbulo insomnio despedaza
con sus garras sombrías mi piel vesperal



     V
Acábame
en cada recoveco de tus cuevas penumbrales
Fulmina con la flama entre tus labios
el incienso de mi dermis
Recúbreme
y mantenme apartado de las manos del tiempo
mientras me desintegro lentamente
y mi esqueleto inasible
sea visible a contraluz dentro de ti

Sepúltame
en tus bálsamos de falsa eternidad
Cumple tu destino de estrella moribunda
y tras la sublime explosión de supernova
no me dejes escapar.

14/2/13

Aquella

Foto tomada de Los deseos siempre se cumplen
I
«El recuerdo de su piel después del dulce deleite; la textura tersa, lisa, pálida, de aquellos poros en conjunto que exhalan la calidez de (no sé si) complacencia... Ya es de noche. Caen las horas sobre los párpados con la pretención de cerrarlos, pero la mayoría de mis miembros se resisten al letargo. Mis manos se desprenden (buscan su cuerpo), mis pies me abandonan (buscan su cuerpo), mi sexo se eleva y el torso se despliega (buscan su cuerpo). El alma no encuentra sosiego, hastío ni saciedad.
El recuerdo de su piel trémula bajo mi mano. La extática visión de verle echada, sobre el lecho, sonriente y aún tibia; con un destello sutil dentro de los ojos. Los míos, adormilados, rompen las cortinas. El cerebro desgarra las paredes. El recuerdo (Su recuerdo) me fulmina.»

II
«No recuerdo su nombre, pero puedo decir cómo era. Caucásica, casi toda su piel cubierta de lunares, la mayoría poco palmarios. Medía aproximadamente un metro sesenta de estatura. Su cara, redonda con un mentón sutilmente afilado. Ojos grandes y rasgados, color café oscuro. Su boca era pequeña con labios visiblemente tersos y rosados. Había un lunar en su mejilla derecha. Su nariz pequeña de aletas circulares colocada milímetros más abajo del centro de su faz. Su cuello delgado y liso poseía otro lunar, justo donde comienza la espalda. Sus orejas redondas se encontraban colocadas alineadamente con sus ojos, cubiertas casi por completo por su cabello largo, hasta la altura de los hombros, color castaño claro. Detrás de su lóbulo derecho había otro lunar más. Sus hombros delgados evidentemente firmes la hacían sostenerse con cierta gallardía. Su espalda menuda, firme y delicada, mostraba dos curvaturas breves justo a la altura de su cintura. Su cadera, bien marcada, no era muy voluminosa y mostraba unas piernas redondas. Sus muslos cilíndricos, uniformes, poco más anchos que sus rodullas huesudas; sus pantorrillas sobresalían ligeramente, con lo que se distinguían de sus espinillas; sus tobillos delgados daban una visión estética de sus pies pequeños.
Vestía ropa casual. Zapatillas deportivas de tela negra, algo deslavada por el uso cotidiano. Pantalones de mezclilla color azul oscuro, ceñidos a sus extremidades inferiores desde el penúltimo disco de la columna vertebral hasta pocos centímetros debajo de las rodillas; el resto de la tela colgaba holgada hasta el suelo. Usaba una blusa negra de mangas cortas, que cubrían solamente el hombro: era varias tallas más grande que la que le correspondía. Los brazos delgados, no huesudos, cubiertos de piel gruesa de la que nacían vellos finos, casi invisibles. Sus manos grandes, de palmas laceradas, marcadas con callosidades mínimas, y dedos alargados y enjutos.
Se encontraba de pie, mirando hacia el frente, con los ojos fijos. Mientras su pie estaba levantado a poca distancia del suelo. Daba un paso hacia delante mientras sonreía».

Foto tomada de Transitando

III
Las ensoñaciones son crueles. Te embelezas en la noche anterior, rememoras aquella juerga, la mina, todo lo que se pueda. Mientras la resaca lo permita, seguirás evocando esos recuerdos. Tratarás de pronunciar la palabra con que llamaste a aquella mujer, pero el nombre se esfuma junto con las sensaciones, la misericordia y el ahora insoportable olor a sexo.
Ayer lo disfrutabas. Paseabas tus dedos como dos gatos simpáticos sobre el tejado de su piel. Rozabas tenuemente sus poros. En las llemas podías sentir surgir un enigmático vaho, como si toda ella se evaporara con sólo tocarla. «Mujer etérea de alucinantes fulgores (no, ese no era su nombre, inténtalo de nuevo)». Así la llamaste después de haber bebido de su sexo. Bajaste por su abdomen besándola hasta llegar a su vientre, entonces sin preámbulo alguno llevaste tu boca a su vulva. Tus labios se unieron a los de ella. La besabas con suavidad. Sentías tu boca húmeda, las ansías te acribillaban por acariciarle con el gusto. Comenzaste a lamer, al principio con movimientos largos y prolongados, los labios, los muslos; después la lengua ligera, liviana, enloquecida, se arremolinaba, se endurecía, subía, bajaba, entraba, salía.
No pudiste soportar la curiosidad. Alzaste la mirada. Te encontraste con un rostro sonriente de un brillo casi extático, que te clavaba los ojos en la frente con la insinuación de continuar. Entonces te elevaste monolito obtuso erecto.
Encarcelaste con una de tus manos su cuello, deslizaste la palma hacia su boca, recorriste su nariz, sus ojos y la sumergiste entre su pelo. Ella abrió un poco más las piernas. Con una mano colocó tu falo en la posición adecuada. La penetraste en un sólo movimiento. Ella cerró los ojos, contorcionó su espalda, sus cejas te confundieron, ¿aquello era dolor o placer? Toda su piel te envolvió. No tenías salida.
Los sudores se confundieron con la saliva y los fluidos. Su aroma se incrustó en las sábanas, en tu nariz, en tu cerebro. No la escuchaste gemir ni una sola vez; sólo apretaba la boca mientras pretendía conseguir permanecer con los ojos abiertos, indagar qué fantasmas abrasaban tu alma, qué memorias infestaban tu cuerpo. No lo soportabas. Menuda incoherencia. En el bar habías pagado los tragos, mentiste con un par de anécdotas, jugaste el papel de indefenso abandonado, habías logrado llevarla a tu casa, meterla en tu cama.
Te apoderabas de su cuerpo, pero algo no encajaba. «Sus ojos no eran familiares, el pavor me inundó hasta desbordarme, provocó que desfalleciese sobre ella». Sus brazos no se inmutaron. No te besó la frente ni acarició tu espalda. Estaba muy ocupada mirando cómo temblabas y besabas su pecho. La llamaste por su nombre, la casualidad te hizo dar con la combinación correcta de letras y acentos. Pero no era la misma. No era Ella a quien llamabas. Pobre, te encontrabas en un espacio distinto. La física te hacía jugarretas ingratas.

IV
Foto de José Antonio Duce
Por fin te has levantado de la cama. Caminas hacia la ducha. En el camino echas un vistazo a la contestadora. El número cero se ríe de ti. Ahora las alucinaciones, ¿será acaso culpa? («No importa»). Sabes que es culpa, ¿por qué pretendes lo contrario? Culpa por no acordarte de su nombre, por haber evocado todas esas amantes que se te escabulleron en los años. Una chica nueva, sólo el maniquí-espejo de tu absurdo pasado.
Abres el grifo. Agua caliente. Quema (Idiota). Ducha rápida. Los ojos a la contestadora. «El cero sigue riendo».

Cogiste la bocina del teléfono. Marcaste el número, no el de la mina de anoche.

...
A veces quiero matarte. Es en serio. A veces quiero masacrarte con reproches, burlarme de tu fingida madurez –de tu no fingida madurez– , de tu irremediable inocencia. De vez en vez, me sobrás un poco en la vida.
A veces, llegas a ser mi peor pesadilla. No logro entenderlo. Me haces tan feliz y de nada me pones enfermo. Mi niña (minina), ¿qué gato colérico buscas en mis andrajos?
«Soy gato sin listón ni cascabel, sin embargo iba al tejado, a acercarme a tu luna, a maullar(te) dulcemente, pero tu astro se volvía lunallena y devoraba el firmamento. Cierras los ojos y(,) gatos(,) nos volvemos. Este (tu) cielo, no quiere (mis) despojos. La esperanza plausible bajo las hojas se aplasta».
A veces (pero MUY a veces) quiero devolverte Todo lo que me has dado; porque pasan tantas cosas que pillas poco de lo que acontece. «Aquella noche, por ejemplo, me hacías algo de falta... Te echo de menos. Sé que estás ocupada...
Sé que eres delicada, tu piel y tu humor requieren afecto, sé que eres delicada y yo soy un cretino perfecto».

A veces quiero matarte. Es en serio. «Pero me relamo los bigotes y pienso... Siempre culmino con un asesinato que no es ni el de tu alma ni el de tu cuerpo: esta noche tengo ganas de matarme. Salir a la lluvia y dejar que las gotas me atraviesen azarosa y ardorosamente la piel. Quiero lanzarme de espaldas a un arrollo no muy profundo; mirarme en el espejo las ojeras, las canas para desear maquillarlas.
Hay cierto apetito de engullir tres kilogramos de sopa instantánea, sentarse frente al televisor y ver toda la programación de Salinas y Azcárraga. Parece necesario ver los titulares de los periódicos en boga y (relativamente) económicos, observar a los decapitados, las fotografías catastróficas; entonces afirmar "esas sí son noticias".
Tiene el sabor de indispensable el beber dos litros de laxante y no defecar en semanas, o pujar con sutileza para conseguirse una hernia.

Esta noche tengo ganas de matarme, de sentarme en el sofa a observar los deportes a través de la pantalla, mientras rocío los libros y papeles con combustible; entonces darían ganas –una especie de picazón en las manos– de coger los fósforos, pasar uno por la lija, encenderlo y, cuando la llama apenas va naciendo, dejarla caer sobre los edificios de papel y pastas (blandas o) duras».
...

Llamaste para acordar una cita mientras tu mente divagaba en la homónima. Descuidado.

Dejaste la bocina en su lugar antes de salir por la comida, bebida y condones.

VI
Ella regresó. Dentro de algunos instantes cenarán; charlaran de sus pasados, de aquellas vidas lejanas. Luego, apagarán las luces, reptarán hacia la alcoba. Se echarán en la cama para hacerla trizas. Terminarás temblando sobre ella una vez más. Esperando ver una piel morena, el color plata te cegará antes de recordar que en la mañana habías olvidado su nombre.

28/10/12

Caperucita y el lobo

Imagen: "Red riding hood" de silvestru
–Quítate la ropa, no la necesitarás.

Obediente, se despojó de sus prendas.

Observa. Rasguña. Muerde. Ladra. Muerde. Jadea. Muerde. Ladra. Jadea/Jadea. Muerde. Jadea/Jadea/Ja-de-a/Ja... de... a... Ja... a... a... ¡Aulla!

"C'est tout" anunció la niña tras su orquesta bestial mientras metía la paga en su abrigo rojo.

4/10/12

E-pístola

México D.F., a 30 de Junio del 2009

Prisma Y, Quivera,

¿Te importa si lloro un momento? No, no ha pasado nada grave, sólo la absurda melancolía que me es innata. Miraba un par de fotografías, leía algunos textos, en fin, revisaba el pasado común que compartimos con los elementos del universo. Me he dado cuenta de que, a pesar del tiempo y las pretensiones, de los momentos y las reacciones, de las peleas y las conversaciones (¿de los zumbidos y emoticones?), nunca (pero jamás) dije lo que alguna vez pensé en concreto –si es que a eso se le puede llamar pensar– .
Siempre me he fijado en las mujeres de ojos rasgados; han sido causa y efecto de mis fascinaciones abstractas, llanas (obtusas, agudas, de cualquier tipo de ángulo). Vos tenés esos ojos. Café claro –no miel, café claro– , como una oblea de cajeta: dulce con un toque de licor embriagante. Alguna vez te acercaste demasiado. Alguna vez pensé que (¿en serio se le llama pensar a eso?) nosotros...
Muchos creían tantas cosas, como se cree en Dios (un dios o el hasta pronto al decir adiós), yo mismo creí algo, pero alguien me confesó una de tus confesiones que me sacó de mi absurdo. Entonces comprendí tantas cosas (quizá no 'tantas' como da a entender la palabra, pero comprendí cosas). Yo mismo me he tratado de idiota por ello.

Me remitiré a lo necesario (espero).

Te vi por primera vez y supe que no eras lo que yo buscaba, supe también que te idealizaba y que posiblemente cometería un grave error si me acercaba peligrosamente a vos.
Te pensé, te miré, te observé, comencé a conocerte y comprendí que eramos seres distintos (¿primos relativos?), que yo era una quimera con más letras y vos una católimatématica. Vos creías en Dios, yo lo negaba. Vos sabías hallar deltas y épsilons, yo indagaba acerca del ser, la existencia y alguno que otro escritor –estando ambos en una carrera que concernía más a matemáticas que al nobel de Literatura– .
Invierno. Te conocí en invierno. Como ráfaga de nieve tu piel se acercaba a la mía a través de las ropas. Alguna vez te acercaste a mí para cobijarte del frío, alguna vez me consideré absurdamente en Paraíso y no hice más que disfrutar el momento fortuito.
Las veces que os acompañé a la avenida, para que vos cogieses el bus fueron fatales, pero me agradaba hacerlo. Era poder estar con vos, a tu lado, charlando un poco de filosofía y cálculo. Yo era dichoso. Con vos me sentía terriblemente bien. Era jodidamente genial. Extrañaré en verdad todo eso. En fin, luego la despedida, primero la confesión, que esta noche me siento obligado –más por el deseo de escribir y hablar con vos, que por el llamar tu atención– a relatar.

La maravilla consistió en que, conforme te iba conociendo, comprendía que no eras para mí. Que vos buscabas algo más y que yo no era más que un niñato, tu hermano menor – por decirlo de alguna manera – , un buen amigo o, simplemente, el chico que pronto se iría de esa facultad: un turista en el planeta Adm_PQuivera.

Lo que intento decir FL lo sabe, Koala lo sabe, Bbq lo sabe (la Santanera lo sabe): de algún modo extraño, aún sabiendo cómo sos, quién sos, qué sos, de dónde sos (y a dónde vas), te metiste en mí. Te adueñaste de un pedazo profundo. Al principio lo atribuí a tu belleza. No lo niego –ni vos lo negués– , sos increíblemente hermosa. Tenes una piel nácar, lechosa, como luna nueva; boca pequeña con labios delgados y rosados, apetecibles (¡cuántas veces tuve que contenerme! ¿Qué besos oculta esa curvatura de tus sonrisa?), tus brazos delgados, pero no huesudos; cubiertos con una piel firme y tersa. ¿Cuántas veces mis ojos divagaron en tu cintura, en tus caderas, habrán resbalado por tu vientre y volado rápidamente sobre tu sexo para resbalar por tus muslos, tus rodillas, tus espinillas y tus pantorrillas, hasta llegar a tus pies de pasos ligeros, casi infantiles? ¿Qué misterios envuelve tu cuerpo? ¿Qué aroma se oculta en tu cuello, en ese lunar donde nace tu espalda? ¿Qué susurro delata tu cabello? ¿Qué contacto tendrá tu mejilla en mis labios? ¿A qué “hora me dirás que te amo, esto es urgente que la eternidad se nos acaba”* (y se nos acabó, che, se nos acabó)?

No, en verdad no te amo. No llegué a amarte. Me transtornaba la idealización que hacía de vos, pero no puedo negar que sentía una cruel (sí, cruel), enigmática y gigante atracción por vos –aún la siento de vez en vez, cuando miro las fotos, cuando reviso el historial o cuando simplemente recuerdo algunas cosas– . Sé que no tengo derecho ni decencia al deciros esto. Sé que quizá con esto arruine lo que hemos vivido juntos y la amistad (o el pedazo de amistad) que hasta ahora hemos forjado.

(Por ahora viene el cinismo, dentro de poco comenzaré a llorar, supongo).

Supongo que ya te habías hecho alguna idea de todo esto. Quizá lo desechaste o posiblemente nunca transgredí la frontera de Amistad (aunque en mi mente naufragaba en Deseo con Teseo, Perseo, Orfeo y otros eos en un Liceo bastante feo). Esto fue un romance macabro. El delirio de una flauta pereciendo nocturnos, odas al amor, exhalando delirios de faunos y vomitando notas a lo imbécil.

¿Alguna vez mencioné que me gustaba tu nombre? No el segundo, el primero.
Una vez me preguntaron cómo le haría el amor a una figura geométrica, respondí un sin fin de imágenes y metáforas y culminé con: en Rn. ¿Haríamos el amor en la infinita dimensión? ¿Te atreverías a recorrer este cuerpo esquelético con tus manos delgadas y suaves? ¿Complacerías mi hambre con tu aliento, con el sabor de tu hambre, con la sed de tu sed? ¿Corresponderías la mirada que se lanza suicida a tus ojos, a tu cuerpo, a tu alma?
Vos no sos una figura plana. Sos más uno de esos fractales que no abundan por aquí.

Algo que siempre me hechizó fue tu voz. Esa voz dulce y no-cantarina. En el volumen exacto, con la entonación precisa y el matiz adecuado. Una nota no muy aguda –pero aguda– que escapaba de las aves come-jamón.

Descubriste la poesía. Descubriste Teoremas importantes y descubriste –quizá sin saber (hasta ahora)– la entrada a un lugar –llamado por muchos– : El Laberinto. Vos sos un laberinto que descubrió (y atrapó) mí Laberinto.
Tenés mi caja de Pandora, (re)presentás todo lo que mi carne –y espíritu– pudo desear y, sin embargo, sólo en la imagen que me creé de vos. Musa idealizada de mis deseos, de mis entrañas. Base de mis sueños, un anhelo de mis (des)esperanzas.

Atentamente:
El conde y agregado.

PS. Perdona tan burda confesión, pero creo que te debo sinceridad. En estos precisos momentos no estoy mal. No necesito compasión o respuesta alguna, estoy perfectamente feliz y bien, es sólo que yo necesitaba que vos lo supieses. Sos la primer mujer que me ha cautivado y a la que, hasta después de pasado el efecto sustancioso llamado “enamora-miento” le confieso los sentimientos que alguna vez albergó mi corazón.
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*Jaime Sabines

29/2/12

Inmor(t)al


Nada como verte en un video porno (amateur)

un espejo gesticulando con total fidelidad (en HD)

eso que uno pensaba irrepetible

Reproducción en masa

de ardores trepidantes en alcoba/cuarto de hotel/automóvil/baño público: estudio de filmación

Chaquetas

que uno disfruta más viéndose a sí mismo

erguido (perdido) como un Dios ciego

¿Quién dice que algo muere si puedo verlo en las caps y fotos extra

si lo puedo adelantar/rebobinar a(l) placer.


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*Foto tomada de: http://27.media.tumblr.com/tumblr_kqbbtsa4Nk1qzepcwo1_500.jpg Perteneciente a la película La insoportable levedad del ser, basada en la novela de Kundera.