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30/6/18

El amarillo

[Publicado originalmente en Marabunta, el 10 de junio de 2018 en http://www.revistamarabunta.com/2018/06/10/el-amarillo/ [consultado el 30 de junio de 2018]

Puedes preguntarle a cualquier chico de la cuadra, nadie se mete con el Amarillo. Ese tipo está zafado, completamente ajeno a ti o a mí; no dice absolutamente nada, no titubea, sólo se mueve rápido como un rayo y ¡pum! te tumba, directito al suelo o al hospital o a la morgue, depende de qué tan bravo esté ese día o de qué le hayas hecho. Acá ya se ha echado, al menos, a cuatro; todos indigentes, drogadictos que quisieron bajarle unas monedas.

¿El Amarillo? Sí, lo conozco, ¡quién no! El hijo de la chingada es un cabrón en serio. Eso sí, respeta a los vecinos, ¡faltaba más! Nunca se ha metido con nadie de acá, no es que el muchacho busque problemas, pero sabe defenderse (como todos, pues).

Una vez, el Amarillo bajó a un asaltante de un camión. Dice que se levantó de su asiento, lo topó de frente, le quitó la pistola y lo bajó de la micro a punta de cachazos. Ahora, siempre carga la fusca a todos lados por si las dudas. La vecindad lo ve como una especie de héroe, pero a mí me da miedo. La otra vez cachó a su hermanita escondida con un compañero de la escuela, atrás de las bombas, seguro se estaban dando sus arrumacos. El tipo, todo tranquilo agarró al chavito del pescuezo y lo sacó de allí. El morro intentó decir algo para defenderse, aclarar que sí quería a la Rosita, pero el Amarillo lo calló al momento. Sacó la pistola, cortó cartucho y apuntó al chamaco. El pobre Santiago hasta se orinó de miedo, desde entonces le decimos el Chistorra.

No me gustaría vivir en el mismo edificio que ese chaval, ni siquiera en la misma vecindad, ¿sabes? Es un escuincle, pero es de cuidado. Lo puedes ver en los ojos. Tiene ojos malos, con una furia escondida detrás de esa indiferencia. Son túneles cuya única luz al final es la de una explosión y ¡aguas! porque ese fuego sí te alcanza. Yo no sé a qué se dedica, pero siempre trae cosas bonitas, ¿entiendes? Se ve que va de aquí para allá, peinado, bañado y arregladito, pero no lo ves de traje, no lo ves salir temprano, ni regresar tarde. Siempre se ve con la misma pinche cara de maldito. ¿Usted qué hace buscando a ese señor? Mejor no se meta en problemas, ¿sí?

¡Ni me menciones a ese hijo de puta! El pendejo se piensa que puede venir a chingar la madre cada que quiere, pero está muy equivocado. Un día de estos lo van a bajar, igualito que él hace con los nuestros. Se la está buscando y la va a encontrar.

El Amarillo. Lo odio.

1/9/13

Paseo nocturno citadino

Agua, algo que es aceptable
Neon Genesis Evangelion


So I run to the river
It was bleedin' I run to the sea

It was bleedin' all on that day.
So I run to the river, it was boilin'
So I run to the sea, it was boilin'

Sinner Man.

I
Ninguna violencia es gratuita. La lágrima y la risa se encuentran estrechamente ligadas, pues el orgasmo y la muerte pertenecen a lo mismo: la trilladísima imagen de las dos caras en una moneda. Orgasmo y muerte, doble filo, otra llama doble del placer.
En francés, el eufemismo para ese momento cenit del coito (no importa el número de personas –reales y/o imaginarias– participantes): "pequeña muerte". El dolor y el goce en todo encuentro sensual no consiste sólo en el sadismo, el masoquismo o el sadomasoquismo, sino en una inevitabilidad.

II
Ninguna violencia es gratuita; ahora lo sabes, puedes pensarlo mientras caminas por las noches a través de los barrios desconocidos donde eres un fantasma más, donde nadie nota tu aura que apenas va marchitándose poco a poco a poco a poco, como una gotera de esa llave mal cerrada que interrumpe el sueño o alimenta el insomnio según las tazas de café, el nivel de cansancio, la programación de la pantalla chica y la comodidad (siempre variable) del lecho.
Poco a poco el sonido de las zuelas retumba. Poco a poco tus pasos chocan con eco repetido. Poco a poco sientes la humedad del ambiente que anuncia "pronto lloverá".
Los faroles solitarios crean la ilusión de que hay otras personas que caminan, como tú, a esas horas de la noche, por las mismas calles, con la misma pausa y precaución de prudencia suficiente para disfrutar el paseo y para no tener pinta de presa-fácil.

III
Has leído los periódicos –siempre los amarillistas– por lo que  tienes una idea franca de lo que acontece a tu alrededor no tan inmediato. No importa. Nunca importa.
Incluso los periódicos y las noticias televisivas poseen los ecos devastadores de ríos de sangre, los mismos que cada noche inundan la ciudad, como si una femoral hubiera sido rasgada: las calles son arroyos que se tornan ríos, mares rojos (según las balas perdidas, los objetivos del día, los imprudenciales y los "daños colaterales").
No lo advertiste. Lo dijeron, pero no lo advertiste. Ya algún loco había dicho que el Antiguo Testamento se estaba escenificando en las ciudades, en los campos; dijo que Dios consideraba como otra Sodoma o Gomorra tu territorio nacional. No estaba tan lejos de la verdad; pero, no, no era Dios el enfurecido. Las olas carmesí no lavaban culpas; nunca la sangre lava nada.
Era castigo (sí) divino (no), ejemplar (sí), brutal, para callar, por afán del trono (sí, sí, sí).
Gritaron "¡Cuidado!", "¡Basta!", "¡Ya no!", muy tarde. Siempre muy tarde. Perpetuamente tarde.

IV
La mayoría de la comunicación entre dos personas es no-verbal; las palabras dicen cosas, pero no se utilizan para enunciarlo todo. Sin embargo, existen mensajes que deben entregarse de cualquier forma, con cualquier tinta, sobre cualquier papel, de la forma estéticamente más advertible y llamativa: el cadáver (torturado antes y después de la muerte) con heridas en el pecho que forman letras unidas en palabras de amenaza-advertencia.

V
Muchos reaccionarían de otra forma, pero no tú. Tú eres quien puede aguantar. Estóicamente imbécil. Sigues el precepto de la normalidad cotidiana: una persona común evita los conflictos. Total, estás al borde del hastío por la violencia; quizá allí está el problema: estar siempre al borde.
Toda la urbe está poblada por gente normal, como tú; gente que evita las peleas pues opta por la paz ante los espesos tsunamis escarlatas.
Lo pillas. Entiendes que no debe ser así. ¡Por fin!
Pero la normalidad te atrapa. Recuerdas también que es la quinta vez en la semana en que te da esa epifanía del cambio brusco y necesario.
Por ese segundo de lucidez abres tus sentidos a los otros. Todos, como tú, caminando en la noche, solos, con la vista clavada al vacío en algún punto al frente. Sus pasos, idénticos, lentos, torpes, pesados. Las arrugas en la cara demuestran el malcomer, el maldormir, el malvivir, el malser.

VI
El eco de antes suena ensordecido. Miras al suelo. Hay charcos rojos por doquier. Entiendes. No eres la única persona culpable y víctima de lo que ocurre. Los pasos se dificultan, el nivel del líquido carmesí crece.
Al mismo tiempo, aquella lluvia arrecia su caída verdemente. Te baña, los baña a todos. Los adormece como un cigarrillo merecido, como un té de tila tras el susto del atraco.

VIII
La ciudad deviene en Venecia Sanguinolenta tras el toque de queda. Los edificios, enormes fuentes de algo rojo, espeso y aún tibio. Todo transeúnte queda ahogado por la marea rojísima y la lluvia apática.
Sin embargo, no acaba. Su vida en inmortal asfixia continúa al día siguiente. Y lo sabes. Lo sabes perfectamente. Ves la calle inundarse más y más y más y... te zambulles con la resignación de pez en la red.

(México, 2011) 

2/12/12

Imposición y Resistencia (1a Pte.).

México, 2 de diciembre, 2012.

Prefacio

Casi nunca toco el tema de la política de forma directa: el discurso siempre sabe incendiario, anarquista, repetitivo y burdo; sin embargo, esta vez haré un intento pues, un mentor ya me dijo que cada uno debe movilizarse desde su propia plataforma y por fortuna/desgracia, este blog me sirve.
No sé quiénes lean periódicamente cada texto que escribo pero, si esto llega a alguien y le deja algo ya será ganancia.

I


Ayer, Enrique Peña Nieto (candidato que postuló el PRI) hizo toma de protesta para cumplir el protocolo que lo coloca como presidente de México. Ayer, desde antes de que el priísta realizara el ritual, ya había gente protestando contra la imposición de un presidente. 
En los actos de violencia incurrieron ambas partes, la policía y los manifestantes, hay que admitirlo; sin embargo, ¿quién lanzó la primera piedra?
En realidad, el PRI siempre ha jugado con gente infiltrada: los famosos porros, los perros de ataque que dan el pretexto para las golpizas brutales contra la mayoría de los inconformes que levantan su voz a falta de un fusil. Esos porros son gente fiel al régimen priísta y desde la matanza en Tlatelolco, el 2 de Octubre de 1968 (cuando Díaz Ordaz, presidente también del PRI), lo sabemos. También lo confirmó el Halconazo/la matanza de Corpus (10 de Junio de 1971). Otro violentísimo y cruentísimo acto represivo, nuevamente bajo el régimen de Luis Echeverría Álvarez, también priísta.
 El primer golpe lo dio quien haya puesto ese doble cerco en San Lázaro. Varios días antes (casi una semana antes) de que Peña Nieto se dispusiera a pisar el Congreso de la Unión. Vallas metálicas surgieron como hongos al rededor del edificio para negar el acceso a la cámara de diputados. El radio abarcado por dicho cerco era demasiado amplio. ¿Por qué calificar esa frontera metálica como agresión? Sencillo: alejar sistemáticamente al pueblo de un suceso completamente nacional, que incumbe tanto a la cúpula económica como a la base de la pirámide social, ya incurre en un acto de violencia: el gobierno aleja a todos los interesados en su Nación de modo que no puedan intervenir: simbólicamente anulan la democracia; sin mencionar la imposición (ya harto demostrada y conocida). Hay un mensaje claro por parte de los que ostentan el poder político: No hay democracia en México.

La respuesta del pueblo mexicano: destrozar la muralla de caricatura, golpear las paredes que le imponen. El cerco delimitaba un centro y una periferia: el pueblo del cual vive el gobierno era el centro único e inamovible: el pueblo que le da de comer y le permite existir, la periferia prescindible. Error.
Violencia comprensible: después de tanto ser abusado, la víctima acomete contra su victimario. Mencioné en la nota, que el PRI tiene fama de alborotador contra sí mismo, de modo que pueda ejercer en nombre del orden una violencia desmedida contra sujetos desarmados, civiles sin entrenamiento militar, cuyo único deseo consiste en sufrir un poquito menos las inclemencias del planeta, lo único que piden, los derechos humanos más elementales: vida libre, vida justa, vida digna.
El gobierno atacó con la policía, su brazo armado, uniformada, con escudos, con balas de goma, con gas lacrimógeno lanzado directamente a los civiles, con botas sobre jóvenes y ancianos, golpizas desenfrenadas: el fantasma del Halconazo y del '68 se presentan.
¿Los medios? ¿Los medios televisivos que impulsaron la campaña de EPN aún antes del tiempo asignado (¿o creen que la boda con la Gaviota fue por amor?)? Esos medios calificaron de anarquistas, agitadores, vándalos. Un profesor mencionó que, durante el '68 mexicano, los policías detenían a estudiantes por el simple hecho de portar un libro bajo el brazo. “Este es un tipo peligroso” le dijeron los del retén de aquellos días al ver un libro sobre comunismo entre sus pertenencias. Ahora corre un video sobre una situación similar: un anciano regalando libros a los policías que luego lo golpearían por ser un vándalo y agitador y violentador del orden: intentó que un policía leyera.
Puñetazos y patadas a todo aquel que cayera entre las fauces de esos perros malbaratados. Tanto que por un segundo se pensó que Valdivia había muerto (afortunadamente, según dicen los medios tanto televisivos como de internet, no) y se supo de lo que sufrió Uriel: pérdida del ojo derecho. Lo que debe decirnos algo: ambas situaciones no resultan improbables bajo los regímenes del PRI: la represión es su pastor, creen que nada les falta.

26/8/12

Saber pelear

This day we fight!
Megadeth

Hace poco me encontré cara a cara con un sujeto que tenía ganas tremebundas de partirme la cara. Debo admitirlo, cuando me llegó la noticia de las ganas asesinas que me traían, me dio risa. Se me levantaron unas ganas de violencia absolutas, de ir a buscarlo para no posponer el asunto; convenir la arena del combate o iniciarlo allí mismo. Reí discretamente para no herir a la mensajera.

Yo sí sé pelear.

No tengo certeza de a quién temerle más: a un peleador callejero o a uno con entrenamiento académico.
El primero se desarrolla a base de instintos puros, aprende a evitar los golpes porque en realidad lo aproximan a la muerte; su cuerpo aprende a reaccionar con el tiempo ante los indicios del golpe/la patada/el cabezazo/la rodilla dirigida al cuerpo/el codo con intención de fracturar la nariz y a esquivarlos en el último segundo; su cuerpo aprende a resistir los embates del enemigo: se curte su propia coraza; a veces, un sujeto que no ha peleado en su vida demuestra que el puro instinto de supervivencia y el pánico conforman la dupla perfecta para derrotar a la mole de nudillos que le quiere resquebrajar la quijada: a veces un sujeto que no ha peleado en su vida confirma su papel de carne de cañón. En cambio, el segundo tiene cierta especialización: sabe dónde pegar porque en algún punto llevó algo de anatomía básica (al menos en artes marciales es así); tiene más seguridad –una suerte de exceso de confianza– porque no está en riesgo su vida (rara vez lo ha estado), porque tiene plena consciencia de que sabe pelear, porque combate por puntos (la mayoría de las veces, aunque en ocasiones uno pelea por otra cosa y el marcador pierde interés); ha recibido acondicionamiento físico para aguantar largos rounds y mentalmente resulta más equilibrado debido al estrés mismo de los entrenamientos y los combates donde debe rebasar su instinto asesino para no aniquilar al contrincante a puñetazos en algún punto de la pelea; sin embargo carece de esa sensación de final inminente, donde el golpe recibido no implica una pausa sino un paso más cerca al otro mundo.
Hay una tercera clase de combatiente: aquel que inició peleando con el instinto y después decidió entrar a un lugar para recibir adiestramiento técnico. Por lo general se tornan por completo peleadores académicos; raro es aquel que conserva los instintos primarios de sus comienzos.

Pero yo sé pelear.

Prepotentemente dije que yo ganaría el potencial encuentro. Ella asintió, “Él no sabe pelear” dijo. Lo conocí nuevamente, me pareció más alto, más fornido. Su saludo fue firme, un poco más de lo usual. A ambos el nerviosismo nos ganaba, supongo (debido a que, la despedida fue menos efusiva, su agarre fue menos fuerte, quizá más tranquilo por el hecho de...).
Lo analicé fisiológicamente, tal como aprendí con el paso de mis peleas personales: alto (aproximadamente mi estatura, tal vez poco más/poco menos), delgado pero fornido: se notaba trabajo de ejercicio en brazos, abdomen, hombros, pecho y espalda; por el pantalón no se notaban casi las piernas; sin embargo hay una sentencia que rara vez falla: este tipo de sujetos sólo usa las piernas para sostenerse. En conclusión: capaz de soltar puñetazos fuertes, inclusive algo rápidos (evadir o bloquear para abrir guardia). Largo alcance de brazo, pero poco juego de piernas, patadas lentas, débiles o simplemente inexistentes (bloquearlas o sujetarlas para derribarlo). Seguramente sería lento para desplazarse. La musculatura si bien ayuda a golpear, rara vez ayuda a evitar golpes: cuellos y espaldas fuertes permiten resistir, pero si son muy rígidos hacen de la cabeza una pera de boxeo. Estrategia: atacar con barridas, su propio peso causaría caídas dolorosas; ataques al hígado y los costados con patadas; en corta distancia usar rodillas al estómago (y a la cara si se da la oportunidad), codazos a los brazos y al rostro; golpes al cuello también son útiles. Si las piernas no pueden sostener al cuerpo, éste se desplomará solo (y el asesino diría golpear en el suelo, puñetazos a la cara, pero no, así es demasiado riesgoso: la ira por la vergüenza a veces genera “el segundo aire”): ahorcarlo, una llave al brazo, colocar todo mi peso sobre su cuello hasta que se rinda o pierda el conocimiento (cuidado de no matarlo, aunque es poco probable).

Aunque sé pelear

Nunca fui peleador callejero. Sólo un par de veces tuve episodios fuera de un ring oficial. Pocas veces he recibido un golpe en la cara, algunas veces lesioné a mis contrincantes y no soy contendiente invicto (personalmente, creo que mi récord no anda mal). En definitiva, si estuviera en mis mejores condiciones sería un combate excesivamente sencillo. Así, enfermo, con varias decenas de cajetillas en mis pulmones, con un par de años fuera de la arena y lejos de los entrenamientos, quizá esto se vuelva más interesante.


25/3/12

X ENELL


Décimo encuentro nacional de estudiantes de lengua y literatura. Será realizado en Tijuana, México. Tijuana. Ciudad fronteriza que colinda con el norte. Ciudad con mala reputación en estas fechas (Marzo de 2012). Hace un par de años se declaró la guerra contra el narcotráfico en este país; una guerra que ya ha dejado más de 50,000 muertos (y esta cifra sólo es simbólica, es como decir los 300 conejos o los 700 samurais: en realidad quiere decir “un chingo, un putemadral, cantidad incontabilizada e incontable). Gran parte de esos cadáveres que a nadie interesan eran jóvenes, estudiantes o trabajadores; algunos culpables (no lo dudo), otros inocentes que corrieron con la mala fortuna de estar en el momento y lugar menos adecuados.

Un congreso de estudiantes parece más un letrero de “comida gratis para lobos aquí”. Lo sé. Cada congreso en cada lugar de la república tiene ese matiz de espectacular trampa, de meterse uno mismo estúpidamente en la jaula para ser devorado.

Pero, los puntos extra: Tijuana, ciudad fronteriza, ciudad al norte, ciudad conocida por los índices de violencia; perteneciente a la región donde uno ubica los pleitos más graves entre los carteles de la droga y el régimen que despilfarra su violencia mal administrada. Dicen que hay seguridad buena para el congreso (ajá, ¿y los hoteles, hostales y demás?): nunca faltan las crónicas de aquellos que duermen bajo la cama y con el colchón cubriéndoles por si alguna bala perdida encuentra rumbo por la ventana, nunca faltan las denuncias por violaciones, por secuestro, por trata de blancas, por esclavización, por... por la hydra ansiosa de plata, de violencia y de sexo.

Conozco a una poeta que va a la frontera a alfabetizar: ella sabe mejor que yo de lo que hablo. Pero también, ella es una estúpida: ¡arriesgarse así!

Una conejita linda quiere ir para allá. Seguramente todos le dirán que será una gran experiencia. Of course, if she's back alive. Yo soy un cobarde. Sí. Lo soy. No iría a TJ sin mi arma (soy un buen latinoamericano y necesito mi arma para afrontar los peligros): lástima que en el avión y en el bus a uno le impidan subir su arsenal (porque eso sí, somos legales, no tenemos otro medio que jodernos a la desprotección, la interperie del Dios Azar y que no nos toque chingarnos).


Yo fui a Mérida hace tiempo, igualmente un congreso. Poco después me enteré que la propaganda turística era para no perder ese mercado internacional, aunque la cosa estaba bien pinche fea. Aún sin saberlo, no caminaba por las calles confiado, no me sentía a salvo, me sentía peor aún: exhibido como un fuereño (con mi ropa, mi acento o su ausencia según me han dicho varias veces); la presa fácil, la perpetua presa fácil.

Un sujeto, durante un recorrido hacia Progreso, se nos pegó en el camino. Nunca entendimos muy bien de qué hablaba; al parecer sólo buscaba la terminal. Lo encaminamos por no-sé-qué-motivo. Yo me quedé charlando con él durante el recorrido. Frases ininteligibles. Seguramente no hablaba español o su dicción era pésima. Soltó una frase; mi “buena fe” me hace dudar de lo dicho, pero lo que captó mi cebero tensó todo mi cuerpo. “Soy Zeta”.

Quizá quiso decir otra cosa. Espero que hubiera querido decir otra cosa. Que esa frase fuera sólo parte de mi imaginación, de mi maldita paranoia. Tensé mis manos, mi primer instinto era golpearlo hasta la muerte, hacerlo desertar a fuerza de chingadasos, hacerlo añicos y hacerle un bien a la sociedad: otro idiota menos. Estoy consciente que la gente de escasísimos/nulos recursos se ve en la necesidad de adquirir para la comida de cualquier forma, que por eso el crimen organizado tiene tanta fuerza: un país sin oportunidades orilla su población a la ilegalidad. Sin embargo, el lavado cerebral funciona. Sin embargo, uno no piensa eso. La otredad es secundaria cuando uno siente en peligro su vida, sus intereses, a los suyos.

Me contuve: tampoco tenía la certeza de ganarle en una pelea ni de que realmente hubiesen sido esas dos palabras las que su boca profirió. Llegamos a la terminal, nos deshicimos de él con ciertas dificultades (una especie de insistencia para aferrarse a nosotros) y rechazamos un dinero que sólo él sabe cómo quedó empanizado de arena.


Cierta conejita tierna quiere ir para Tijuana. No puedo detenerla. Si quiere dar ese salto, lo dará. Pero lloro de angustia. Por primera vez en mucho tiempo siento pánico. Miedo aberrante, sí, a no volver a verla, a descubrir pocos días después que ha desaparecido, a que no conteste su celular durante un día y pensar ya lo peor. Tiene sus tours turísticos acomodados con cada amigo en el interior de la república. ¡Genial! ¡Yo quisiera ser tan sociable! Pero si saldré a un viaje con la certeza de que existe un 70% de probabilidad es de morir... ¡Perfecto! Soy suicida, pero eso mismo “suicida”, carajo: no pienso morir a manos de otro imbécil; además, no me certifican que realmente moriré y no terminaré en otra vida peor.

Pues eso mismo le digo: hay cosas peores que regresar sin un brazo, sin una pierna o en el ataud. Hay cosas por mucho peores que esa (más, cuando se trata de violentos apoderados de ideología ultramachista).

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Imagen tomada de http://codinghorror.typepad.com/.a/6a0120a85dcdae970b0120a86dd099970b-pi