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7/12/15

De vuelta a Finisterra



Desde que me enteré que Mägo se presentaría con el material completo de Finisterra, no dude en adquirir los boletos. Tras saber que el concierto consistía en presentar el material regrabado del disco, la emoción aumentó; aún no había escuchado la reedición de las canciones, decidí esperar a escuchar el material en vivo antes de comprar el disco, pero Mägo es Mägo.

Indagué un poco en internet tras el concierto: el disco tuvo muchísimas colaboraciones; algunos amigos me dijeron que el disco no valía a pena, que había perdido punch. Recordé lo que escuché una vez sobre la versión de Alice in Wonderland de Tim Burton: yo la había odiado a muerte; una maestra soltó muy atinadamente en la clase (y quizá un poco fangirlmente por Tim y Depp): si vieron la película esperando encontrarse con la misma versión de Alicia, jamás verán bien qué pasa en la visión de Burton. Aunque adapté mi relectura a la peli, siguió sin gustarme.
Intenté hacer lo mismo con el álbum de Mägo. Debo admitirlo, en vivo me fascinó: más veloz, algunas canciones más pesadas, un poco menos folk y más tecnológico. El mismo día del concierto había tenido mi examen profesional, por lo que estaba viciado de posmodernidad, visiones apocalípticas y un pesimismo brutal.
Todo coincidió. El Prólogo cargado de característica misantropía (bien ganada) y el estallido de Satania, con unos tintes de Power Metal, cayeron como anillo al dedo. Ahora sí, ese desprecio por la forma en que la tecnología esclaviza y modifica al ser humano tenía un poco más de sentido. Recuerdo la primera versión de esa canción. Pesada y veloz: heavy; pero le faltaba algo, la melodía no encajaba del todo con el tono, no transportaba en realidad a ese mundo tecnológico del que habla. La nueva versión sí lo hace. El umbral que se atraviesa con esta versión sí parece cargada de elementos electrónicos descompuestos y rotos: atmósfera steampunk que se mantiene en todo el disco.

Más allá de la estética y de los motivos emotivos que tiene Txus para rehacer el disco, cabe decir que ese álbum (justo ese) queda perfecto en la actualidad. Finisterra se adelantó quince años al mundo: el fin de los noventa fue la época donde inició la revolución tecnológica, quince años después se recienten los efectos; quince años después Finisterra tiene otra lectura, evidentemente, más certera (quizá) y más dolorosa: la aldea global es Satania, donde nadie quiere entender la bondad de la diferencia (yihad, machismo, homofobia, racismo y el neo-nazismo de lo políticamente correcto –gracias South Park por dejar un poco más claro qué pasaba con eso– ).
Así como Bolaño lo relata en Amuleto, los habitantes de Satania resisten con fiestas y danzas alrededor del fuego: el canto es nuestro amuleto. Sin embargo, el final del disco es claro: es el fin del camino. Detrás de toda gran esperanza siempre hay un terror profundo al fracaso certero: La Cantata del Diablo apela a la venganza, Atlantia decreta el final de la civilización y Finisterra nos avisa que de aquí no pasaremos.
Detrás de la Super Polla en el concierto, de los brazos enlazados en un frenesí, de la masa empujándose amablemente de un lado a otro, aparecía la última frase de mi tesis: “la esperanza ha muerto”. Quizá por eso vi a más de una decena llorar durante “Es hora de marchar” en el concierto. Durante mi examen me preguntaron si en verdad se había perdido toda posibilidad de futuro: tres veces dije sí. Después intentaron persuadirme al proponer que lo que ocurría no era la muerte de la esperanza sino un cambio en la naturaleza de esta. Vi seis ojos serios, los sentí inquisitivos y suplicantes. En mi cabeza dije que no, que ya no había futuro, pero de mi boca emergió un tal vez. Intenté explicarles con una escena de los Avengers, la conversación entre Tony Stark y Loki: “Puede que no salvemos a la Tierra, pero les juro que la vengaremos”. No lo dije. No fue cobardía sino compasión: en mi texto dejé muy claro que ellos eran los responsables de que nuestra generación y las siguientes ya no tuvieran esperanza alguna; de modo que, si de alguien tendríamos que vengarnos, sería de las generaciones anteriores, de ellos.
Dije que la nueva esperanza podía consistir en sobrevivir a la trampa en que se ha convertido el mundo, pero que a veces no nos queda ni eso. No mencioné venganza alguna.
Todas las generaciones han sido parricidas: cada una se venga de la anterior de alguna forma, aunque la retome: construye un mausoleo para honrar y escupirle. No sé si nosotros haremos lo mismo. Seguramente sí.
Nos dejaron en Satania, el final de la tierra, el “no hay más allá”. Sólo nos queda dar media vuelta y…



1/12/13

Sweet Dreams byMarilyn Manson (Cover)


Este año logré una proeza: asistir a tres conciertos. Generalmente, con uno al año basta (a veces no se puede ninguno); sin embargo, ahora ocurrió el milagro.

            Luca Turilli’s Rhapsody
Unos amigos me habían dicho que fuera al concierto. Ya tenía rato de no ver a esos muchachos que se sentaban juntos en una de las escuelas fresas del distrito. El grupito de chavales que se sentaban a escuchar metal entre clases. De los cinco que eran, sólo asisten dos: los que no han claudicado en el estilo aunque la vida los tironeó hacia lares diversos.
Ellos crecieron (yo no). Siguieron el camino que les gustaba, sí (como yo), pero su jornada tuvo más recompensas y logros desbloqueados. C’est la vie, supongo.
Comienza “Emerald Sword”. Los pocos asistentes del salón cuervo explotan y saltan con el primer acorde de la guitarra.  La leyenda dice que sólo un guerrero de corazón puro puede ser digno de la espada.
El siguiente verso suena como un rugido profundo: “Yes, I am that warrior, I followed my way!”. Mis dos colegas lo entonan igual desde sus lugares. “Yes, I am that warrior”. Como si tuviésemos quince años nuevamente y estuviéramos preparándonos para una quest. Escuchamos al bardo relatar sus leyendas para que nos incendien un poco el alma. Y lo logran (tal vez).

           


           Black Sabbath

Dos viejos rockeros están en pista, en medio de los jóvenes. Ya no van al slam, pero la música se apodera de ellos como si aún se encontrasen en sus años mozos.
“Es una buena señal” dice otro chavo atrás de mí mientras los señala. En efecto, es una muy buena señal.
Me pregunto ¿así me veré yo en varios años? Canas largas, rodillas cansadas y el vigor, que ya no tendré, naciendo de las notas que se incrustasen en mi tímpano.
Toda la banda se ve en las mismas. Los años nunca perdonan, especialmente si se fueron con excesos (Ozzy es la prueba viviente).


            Mägo de Oz. 25 Años.

Suena la Cantata del Diablo en el salón Cuervo. Dieciocho minutos de frenesí. Al terminar, la parte instrumental da pauta al “Salmo de los desheredados”. Los asistentes recitan (mos) con ira, dolor, tristeza (y, quizá, algo similar a la fe) los versos de esa plegaria. Ni en misa, ni en un rosario escuché entonar una oración tan devotamente.
Las últimas palabras del rezo perforan los muros; son un mazo golpeando las puertas que el cielo (nos) ha cerrado:

“Padre nuestro,
de todos nosotros,
¿por qué nos has olvidado?
Padre nuestro,
ciego, sordo y desocupado
¿por qué nos has abandonado?”

¿Será que nos quedamos atascados en el romanticismo? Nos lamentamos que “el fundamento” se nos haya marchado, que la utopía prometida fuese tan sólo un buen negocio en el que no nos tocaban ganancias.
Sí, antes de la Cantata todo el concierto fue una orgía de brujas y duendes, pero esos veinte minutos fungieron de fin de carnaval: Estamos hasta el puto carajo con eso llamado Dios. Entender aquí que el concepto rebasa lo religioso: Dios es la promesa que permanentemente decepciona y que persiste en la mentira; la ceguera autoinducida y autocomplaciente (trasladarlo al plano humano que más guste).

 El cenit, el final, para confirmar todo lo anterior: “Fiesta pagana”. Todos levantamos el puño y gritamos que “en la hoguera hay de beber”. A esas alturas ya uno prefiere morir de pie que vivir enculado. Quién sabe si, al terminar el concierto, el furor no se disipe. Es lo más seguro. El sudor y la rabia se quedan en esas cuatro paredes, se diluyen junto con el eco con el paso de las horas.

7/11/12

La última cena

Para Roulette

Ahora entras al bar. Este viaje inesperado para los dos causa tales distorciones en nuestros universos que nuestras respectivas órbitas desvían su trayectoria habitual. Durante la última charla, acordamos por fin llegar al tabú establecido implícitamente en nuestras pláticas pues los dos, víctimas de conversaciones inapropiadas e inocentes, compadecíamos lo mismo uno en el otro.
Ordenas la comida mientras mis ojos divagan distraidamente por tu cuerpo. Traes ropa negra encima. Aún no lo sabes, pero ese color me pierde completamente, por lo que piensas que cínicamente miro tu pecho. Un rubor discreto aparece en tus mejillas morenas. Te enfadas un poco. Comprensible, la última imagen que te di fue de un príncipe infante, no la de un mirón desvergonzado. Tu ira comienza a manifestarse cuando prestas atención a mis ojos. Ves que no hay lascivia, ni siquiera un intento mínimo de observar a través de tu blusa. Asumes: “Está pensando”. Pero no, sólo miro el vacío infinito en la ausencia de colores que repentinamente se transforma en dos pechos redondos, delicados, firmes, recubiertos por una tela de suave algodón.

Levanto discretamente los ojos. Pienso que el rubor te lo has puesto mientras miraba hacia otra parte mas se esfuma súbitamente. Muevo los labios en una palabra inaudiblemente inteligible: “PERDÓN”. Sonríes negando con la cabeza. Nuestra depresión llega hasta límites insospechados, importaría un bledo vernos desnudos ahora, sin lujuria por tristeza. Llegan los platillos. Carne asada en compañía de verduras al vapor, aún humeantes, recién sacadas de la olla.
– Mira, creo que el brócoli aún respira – comentario desesperado para romper el silencio.
Risas.

Al fondo hay una rocola. La miro con esperanza de encontrar música adecuada. Hoy no me importa el presupuesto monetario. Podría gastarme todos los ahorros, morir de hambre en tres meses, ir preso, cualquier evento pasaría inadvertido siempre que precediera al irremediable fin de mi existencia.
Después de hacerte el amor esta noche moriría tan tranquilo como ese olor de plantas nocturnas que nos inundó mientras podábamos manualmente tu jardín esa noche de verano. Me retiro tras decir “Espera, no tardo”. El macroreproductor contiene gran variedad, grupos de “música” mexicana norteña, pop conocido, una sección para inadaptados (boleros, trova y algunos tangos), elijo las tres canciones justas: dos boleros y un tango. Después de asegurarme que mi selección comenzaba inmediatamente, regreso a la mesa.

“No había buen rock, pensé que era lo menos sugestivo del repertorio” miento con pésima dicción. La letra te indica otra cosa, por ende me observas minuciosamente. Mando todo al diablo. Bebo la copa de licor con un solo sorbo y te invito a bailar.
– Pero no sé bailar boleros.
– Yo tampoco.


Tomas la mano ofrecida. Esa melodía insulsa dibuja una sonrisa breve entre tus labios. No me fijé cuándo cerraste los ojos, ni cómo llegamos al centro de la pista de baile. Con poca precisión seguimos el compás. Improvisamos pasos provinientes de una mezcolansa extraña entre ritmos tropicales y un andar cotidiano. A nadie interesa lo que nos pasa, si tropezamos o equivocamos el camino de nuestros pies.
Ya nos acoplamos casi totalmente. Igual que hace varios años danzando entre luces borrosas mirándonos a los ojos.

¿Será demasiado cinismo seducirte, cometer aquella dulce locura con alucinante sincronía de reloj suizo o equipo de fútbol holandés? Si abandonase la idea volveríamos a las trilladas charlas en ordenador. No concibo la idea de un beso electrónico enviado a través de mensajería instantánea por internet, ¿coito cibernético? ¿Orgasmo cibertrónico? Sé que los impulsos del cerebro son electricos, pero eso ya parece una parodia ridícula.
Aquel deseo colegial entre árboles que danzaban al rededor nuestro cuando recorríamos el jardín botánico ya forma parte de un pasado pasado; como lata de atún que caducó hace doce días, la cual no quieres ni abrir por miedo a la peste. Todo consiste en un pretérito decadente que ya no recuerdas o intentas desechar.

Mi lengua incontenible delata intenciones nada honorables. “Te propongo lo que una vez me rechazaste, cuando te invité a pasar al cuarto en que yo dormía”. Sería lindo escuchar cuán ruín suena el gruñido trepidante de mis palabras afrodisiacas en tu boca.
– Estas loco.
Beso robado.

Mañana quisiera imaginar tu voz nuevamente, saborear cada entonación que colocas a las frases de desprecio que ahora vociferas. Por el momento no me interesa si odio o deseo inundan tu ansioso sistema motriz, sólo importa el sabor del vino en tu boca, ese sorbo que resbala de la garganta a las entrañas.

Pareces gato asustado. Tiemblas horrorosamente, como si te hubiese caído un balde de agua helada. Ya no besamos como antes, ahora los labios buscan tibiesas extremas, intranquilas, mares carnosos donde ahogarse. Aunque reprochas mi alevosía, jamás intentaste apartar nuestras lenguas; de hecho, la mordías, no fieramente para sacarla de tu cavidad oral, sino con dulzura inextricable, idiosincrática.
– Te estás sobrepasando.
– ¿No te gusta?
No hay respuesta.

Pagamos la cuenta sin terminar de comer. Vamos a cualquier hotel que nos convenza. Ignoramos las advertencias, el televisor apagado o los muros de opacada madreperla pues las sábanas estorban sobre el colchón casi en ruinas y deben retirarse. Algún par de manos interviene en la encomienda. Entre bofetadas y blasfemias desgarramos almohadas, músculos, piel, entrañas y la cama entera. Maldices mi nombre/beso tu frente, mis manos/beso tu mejilla, mi cuerpo/beso tus senos/, mis ojos/beso tu vientre, mi boca/beso tu sexo. Aprietas las piernas, luego retas a que resista. Uso la lengua de una forma convincente. Aflojas tus muslos, los relajas sobre mis hombros. Regreso a tu cara. Veo ese éxtasis inmemorial de capricho cumplido junto a la culpa inherente. “Espera” susurras. Espero.

Me envuelves absolutamente, ni un centímetro de alma queda excento. La sangre nos incendia hasta colapsarnos como estrellas que implosionan una dentro de la otra.

Nos despedimos antes de dormir. Volverás a tu casa. ¿Pretenderás que nada de esto ha ocurrido? ¿O pensarás sólo en reencontrarnos nuevamente, con los mismos menesteres dentro de la cabeza, de modo que repitamos la velada? Yo me quedaré en la habitación desolada, con el deseo de un accidente fortuito que me fulmine de una buena vez. Ya sea tu regreso (imposible) o mi muerte (¿improbable?).

México, 08 de Agosto de 2010.

17/4/12

Please, never ever die

Finish him!

Frase de la saga de videojuegos Mortal Kombat


Come on, get down with the sickness

Disturbed


Everything up until the killing, well that'll be a gas

Marv en Sin City


Espasmo estomacal. Cúmulo sanguíneo amortiguado de manera súbita en el unguento de la bilis. Mi romance químico suena: “Give'em Hell, Kid”. Es una señal (¡debe serlo!). Metallica me da bandera verde: “Searching, seek and destroy! SEEK AND DES TROY!!!” Luego: Hammer Smashed Face Cadáver caníbal soy. ¿Sigue vivo? ¡Qué mejor!

13/3/12

Bitácora aérea

Vista desde arriba, la ciudad parece un microchip. A mayor altura, las partes oscuras se tornan un lago poblado de pequeñas islas-microchip. Uno pensaría que desde más alto se pueden ver mejor las estrellas. No es cierto.

Viajo hacia el sur.
Estoy seguro que si las turbinas no hicieran ruido podría escuchar el bullicio citadino, como Superman orbitando la tierra. But I'm not a hero.

Sé que voy a cientos de kilómetros por hora. Quiero ir más rápido, viajar a velocidad supersónica, luego ir más rápido. Llegar a velocidad luz, entonces ir más rápido. Atravesar las eras que faltan en un segundo, después ir más rápido... Los dispositivos de presión, el material del vehículo, impiden que uno sienta la velocidad.
Recuerdo que una vez me subí a una Caribe, me abuelo pisó el pedal hasta llegar a noventa por hora; yo me sujeté del asiento temeroso por la velocidad. Hoy puedo conducir un auto a ciento veinte y no hay problema, puedo viajar en un avión a más de trescientos y no hay problema, puedo dirigir una nave a velocidad interestelar y no hay problema. No siento la velocidad y quiero/necesito sentirla para que en verdad no haya ningún problema.
Aprieto repetidamente el shuffle. Suena "Aces High" cover de Iron Maiden por Arch Enemy

Esto de viajar por las noches solo es muy curioso. Después de cierto tiempo uno deja de ver las luces; el único universo que existe reside dentro del avión. Afuera es un limbo, una negrura indefinible. Las luces parpadeantes de las alas forman la única frontera que delimita el aeroplano.

Me ofrecen algo de tomar. No sé si tenga que pagarlo después, no me han dado carta de precios ni me han pedido guita. Si no pago, será la primera cerveza que me invita una desconocida.

Una pantalla me indica que volamos sobre el Golfo de México, esa necesidad de saber dónde estamos e ignorar nuestro aquí y ahora. Me pregunto si seré el único que ha visto la nada a través de las ventanas y se siente en una adaptación del Infierno sartreano. Pongo "Ave Fénix" de Saratoga.

La pantalla muestra que la trayectoria del vuelo consiste en una simple línea recta. Así de fácil. Hasta las estaciones del metro tienen al menos una curva. Esa sensación de que a uno le mienten/Eso demuestra que las vías subterráneas del de efe son otra cosa, otro cosmos. Suena "Assassin" de Muse. El sujeto a mi lado juega en su tablet un shooter en primera persona. Se inclina hacia adelante: el asunto va en serio. Es un gamer, sin duda. Apenas logro hacer la relación entre la Roma de Muse y el sujeto: he's an assassin.

Mi novia fue a despedirme al aeropuerto. Ella lloraba, yo lloré. Las despedidas en vivo aún conservan todo su aplastamiento; la vida todavía no tiene su botón de reset ni disco para la reinstalación del sistema operativo. No es bueno ni malo, tiene sus pros y sus contras, sólo es.
Doy un trago, el olor de su sexo sigue pegado a mis manos. Lo disfruto. Dejo la mano pegada a mi nariz aun mientras escribo esto. Doy otro trago, el dolor de cabeza empieza a desaparecer. Pienso en si será mi primera vez que consumo alcohol en martes. Lo es. Hace siete años consumí licor en lunes e hice un examen perfecto; pero, era lunes, hoy es martes.

¿Habrá Wi-Fi en el infierno?

El epilogo: "Don't stop me now" de Queen. Tengo un buen presentimiento.