17/8/15

Soy pésimo jugando Megaman


Soy pésimo jugando Megaman
No puedo evitar caer
una
y otra
y otra
y otra vez
Nunca aprendí a usar un blaster
mucho menos a manipular un robot
Soy pésimo jugando Megaman
y soy un poco malo jugando Mario Bros.
Soy incapaz de salvar una princesa
mucho menos podría salvar un mundo
Por eso me exiliaron del reino 

Aunque Zelda no se me da tan mal
pero sé que ese no soy yo
O en todo caso sí lo soy
pero interviene alguien del pasado
o del futuro
(en esa cronología es casi lo mismo)
soy y no soy el héroe del tiempo
porque me eligieron unos sabios
y porque puedo retroceder para que la luna no descienda
Pero no lo soy
porque no lo escogí
(me escogieron
y al último
como siempre)

Nuca conseguí todas las máscaras
ni encontré las arañas doradas
al menos no por mi cuenta
siempre tuve ayuda
de un amigo
de un primo
de una revista

Muchos de los mayores secretos en la infancia
se podían encontrar después del Game Over
con un Password anotado en el cuaderno
para regresar al mismo nivel
Muchos de los secretos en la infancia
se encontraban en revistas
La vida debería también tener sus passwords y sus glitches
al fin que bugs le sobran

Quizá después del Game Over definitivo
venga la enseñanza final
junto con el arrepentimiento
de no haber agarrado esa vida extra
o tal vez alguien amablemente nos presioné el Retry
mas el respawn siempre es en otra parte
en el último checkpoint
(y uno tiene la obligada suerte de jamás haber guardado la partida)

A veces el truco consistía
en un golpe ligero al cartucho
“tilt”
imagen borrosa y ¡puf!
Lástima que eso no funcione siempre acá
uno golpea espejos, cristales y rostros
y ¡puf!
un ruido seco
antes de la revelación de que nada ha cambiado
salvo unas gotas de sangre en los nudillos.

Los héroes son los únicos idiotas que se manchan el traje
(aunque lo hagan por un buen motivo)
Nosotros lo sudamos diario
y Bowser nos incendia
el Dr. Willy nos derrota
 y Gannon se queda con la princesa
(o la princesa escoge a Gannon, también pasa).

31/7/15

No soy una entrada de blog, soy una nota suelta



Teoría del caos. Si algo aprendí con Cortázar es que Dios sí juega a los dados, pero pocas veces pierde (o eso quiere hacernos creer: por eso inventó al Diablo, para culpar a alguien cuando necesita un número alto y obtiene snake eyes). Es comprensible, a pocas personas (y ficciones) les gusta admitir sus errores.
Naca como un encuentro fortuito para recordar en qué casilla vas y de qué lado metes gol. Me bastó ver unas ojeras sonrientes y una charla-amenaza para saber (recordar) que no estoy donde debiera sino donde necesito. La moraleja es la misma cancioncita con la voz de Yager, la archisabida frase con la que inició Dr. House: “You can’t always get what you want”. Lo bueno es que, al menos ahora si obtengo lo que preciso.
Para salir del Déjà Vu perpetuo basta que una cabra te impacte los ojos contra la cara.
Autoevaluación exprés.
El azar no perdona. Tampoco es justo. Sólo es.
Uno debe jugar la mano que le toca, más si ya se fue a mulligan a cinco.
Interstellar se quedó corto: no es el amor sino la nostalgia lo único capaz de atravesar dimensiones. Elizondo lo probó con Farabeuf: no sólo el cuerpo debe cercenarse en mil pedazos, también la memoria. Todo debe reducirse a unos y ceros para disfrutar doloridamente que cambiar un dígito trastorna todo el universo.
Quizás debí doblar en otra esquina para encontrar mi muerte o debí quedarme en la silla porque era seguro que esa mina había de volver. Tal vez no debí abordar ese bus o sí tenía que subir a ese colectivo que me deja en la acera con su rugido de smog.
Ni idea.
Pero no. No es abandonarse (ablandarse) a un hado imbécil. Lo sé porque he resistido y fallado, pero supe encajar (algunas de) esas derrotas: una pata de conejo bajo los postes; aunque, sigo sin entender por qué siempre robo tierra en momentos decisivos.
C’est la vie.
No lo acepto del todo porque la aceptación también es una forma de resignarse, pero es imposible jugar sin mano: ni dios juega a los milagros, además no es mi estilo.
La casualidad es un instinto pero no un recurso renovable: pasa, se va y tal vez no regresa nunca: la colilla del cigarro cae siempre en el recuadro tres pero no cae exactamente en el mismo punto y los únicos que mueren como perros son los incautos que ni se enteran de lo sucedido.
Porque me quejo y no, corazón coraza. Rencor ronquido ahogado bajo la almohada que amanece húmeda y triste todas las mañanas y todos los insomnios.

23/6/15

Fuerza centrípeta

You can check-out any time you like, but you can never leave
“Hotel California”, The Eagles







El plan era sencillo: una sesión de sexo salvaje en la casa de él para dejarlo rendido y obediente a cualquier destino; ella se vestiría lejos de su alcance, le soltaría la frase definitiva justo antes de cerrar la puerta del cuarto y abandonar su casa por la entrada principal, triunfante y con la cabeza erguida. Abandonaba una relación demasiado inestable y demasiado insípida (una nunca busca al ex gratuitamente, ¿o sí?).
Sara no contaba con que ese día Oliver tuviera un apetito casi insaciable ysacara una pantera nebulosa al acecho de cualquier movimiento de su cuerpo para devorarlo; jamás pensó que la culpa se le agolparía en las entrañas a cada embestida. Aún así, siguió paso a paso el manual. Terminada la sesión, se levantó de la cama para vestirse a una distancia prudente. Lo observaba temerosa, como si en cualquier momento fuera a levantarse para arrancarle la ropa y seguir, pero sólo la observaba serio.
Entendió que únicamente esperaba pues ya sabía de qué iba el asunto. Por supuesto: ella le había platicado cómo aplicaba su método a los demás.
«Los dos ya sabemos, ¿no? Esto no puede continuar. Hasta aquí se queda. Chau».
Cerró la puerta casi al mismo tiempo que saliódel cuarto, caminó hacia la entrada principal, abrió la puerta,atravesó el quicio. Se percató del error cuando escuchó el click del picaporte: para salir de esa casa, debía atravesar otra puerta metálica que sólo abriría con la llave. Estaba atrapada en un pasillo entre dos puertas.
Cinco minutos después, él salió por ella. Sonreía.

Caminaban juntos por la calle; él la acompañaba.Se sentía incómoda: él ya no debería estar ahí, debería estar en su cama, pensándola, masturbándose con el recuerdo de lo recién ocurrido, sumido en melancolía; sin embargo, allí estaba con una sonrisa enorme en la cara, como si no lo hubiera mandado al carajo ya.
Ella le advirtió a dónde iría: «Me encontraré con Pato, ¿sí? ¿A eso quieres venir? ¿A llevarme de la manita con ese tipo? Te sentirías mejor si lo haces, ¿verdad, machito taimado? No soy un maldito objeto ni me estás “entregando” voluntariamente. Entiende de una vez que te estoy dejando».
Él no replicó, no bajó la cabeza ni borró la sonrisa de su cara. Le informó que sabía muy bien todo eso, que él no la consideraba un objeto y que sólo quería acompañarla porque se le pegaba la gana; en otras palabras, que no había intenciones ocultas detrás de ese gesto.
Llegaron a un café en el centro de la ciudad. Supo que Pato se encontraba allí al ver su motocicleta aparcada frente al local. Anticipó que ellos dos se encontrarían frente a frente, quizá iniciarían una riña donde los dos idiotas pelearían estúpidamente sin hacerse demasiado daño pero quedando en ridículo (y, por supuesto, la avergonzarían en público). Quiso convencerlo de que nada ganaría ya.
«Tan sólo quiero un café» él dijo sonriente.

Los tres se encontraban sentados en la misma mesa. Pato no sabía bien qué hacer pues ella le había dicho que lo botaría en su casa y se encontrarían allí para reanudar una (no tan) vieja historia; en cambio, allí estaban juntos, como si se tratara de una reunión de viejos amigos. Buscaba la mirada de ella sin éxito; se encontraba absorta en la ventana, movía los pies y se mordía las uñas. Entendió que no era su decisión. Lo miró a él sumergido en el café y con esa sonrisa idiota y cínica.
El bullicio del café no penetraba el silencio que se instaló entre ellos. Ella pateó los pies de Pato, un claro gesto para hacerlo decir algo que largara al apéndice que no quiso quedarse en su cuarto. Nada. Intentó correr a Oliver con la mirada, con golpecitos de su tacón en la espinilla. Nada.
Cuando notaron que él se había terminado su taza de café, sonrieron. Pato abrió la boca pero él llamó a un mesero para pedir un sándwich y otro café. Fue el colmo.
«¿Qué demonios haces aquí?» dijo Pato furioso.
«Como un bocadillo y bebo café, ¿algún problema?»
«Sí, que sobras en la mesa» increpó ella.
«Lo siento» Oliver no se movió «platiquen si quieren, hagan como si no existiera, incluso pueden irse si gustan, aunque sería de mala educación dejarme comer solo».
Ella no le daría la satisfacción. Ella lo había abandonado, no al revés, no dejaría que le ganara ésta: «Pues no nos vamos, ¿cómo ves?»
«¿Qué?» Pato quedó atónito.

Oliver levantó la mirada justo cuando ella lo observaba rabiosa. Reconoció los ojos de pantera nebulosa al acecho de su cuerpo. Un súbito golpe eléctrico le recorrió el cuerpo entero. Él la miraba mientras comía. Su boca mordiendo el emparedado, los labios separados que dejan descubiertos los dientes; incisivos y colmillos afilados encajándose en el pan, perforándolo lentamente hasta juntarse y arrancar un pedazo; ese leve arrugar la nariz con que concluía el movimiento y unos ojos famélicos clavados en los suyos. Reconoció la sonrisa previa al mordisco. Cada bocado que Oliver arrancaba del emparedado se reduplicaba en las piernas de Sara; revivía la sensación de sus pantorrillas heridas por las dentelladas furiosas que le encajaba aleatoriamente en el oleaje de su cuerpo hasta hacerla gritar que parara, aunque su mente suplicaba porque el diente se encajara y la hiciera sangrar. La lengua relamiéndose los labios para quitarse las moronas de pan o los residuos del café, el mismo gesto que hacía antes de atacar su vulva, de recorrerla y barnizarla con saliva como preámbulo del latigueosin piedad a su clítoris. Su cuerpo la traicionaba. Incluso la espuma del capuccino que le quedaba en las comisuras de los labios y la manera de ocupar los dedos para limpiarse y llevárselos a la boca le remitieron a la manera en que vulgarmente se quitó sus fluidos de ese mismo lugar para chuparlos de la yema de sus dedos.
Sintió humedad en las bragas.
Pato notó esa mirada, el terror y la ansiedad en el cuerpo de ella; entonces, percibió el olor a sexo; ambos olían a sexo. Pasaban las horas y el cuerpo de los dos olía más intensamente, seguramente se habían acostado antes de llegar con él. Pato sabía de las costumbres sádicos que tenía ella a la hora de abandonar a su pareja en turno (él mismo había pasado por el protocolo) pero siempre había una discreción al respecto, una ducha, una disculpa, perfume, lo que fuera. Comprendió que esa pantomima en el café era un juego, una burla hacia él, que ambos se la estaban pasando fantástico con su cara de idiota.
Oliver notó cómo lo miraba ella; supo de inmediato hacia dónde se había ido su memoria y por eso sonreía. Miró a Pato sólo por mirar, sin nada en la cabeza, con la mente lo más en paz y en blanco posible.

«Después de esto, estamos condenados, niña» le había dicho una vez; cuando ellapreguntó por qué, él respondió «Ahora estamos calcados con fuego en el otro, ¿no lo ves?». Ella estaba segura de que blufeaba, que se le había subido el ego por el concierto de gemidos que le arrancó en el cuarto de hotel, que se le había subido lo machito y lo poeta a la cabeza porque le había dejado hacer y deshacer ese día. Pero entendió, en el café, sentada con Pato y con él, lo que había querido decir. Tenía todos los gestos de él asociados a una acción en el coito, cualquier pequeña seña le marcaba una petición, una exigencia o una anticipación al placer, al dolor o a ambos. Después de tantas veces juntos, (semi)desnudos y penetrados habían desarrollado un lenguaje particular.
«Pero esto no es amor, ¿eh? No te confundas» trató de devolverlo a la realidad esa vez.
«Lo sé, pero también sé que estamos condenados» ella pensó que le había dado una crisis anticipatoria de la ruptura sumada al éxtasis del orgasmo, pero no era así. Él se había dedicado a entrenarla en ese otro sistema de símbolos intercambiables que culminaban invariablemente con ella suplicándole o exigiéndole penetrarla o lamerla o cualquier otro contacto que le hiciera sentirse atada a él. Su braga estaba más mojada y notó también que olían a sexo.
Pato notó un par de ademanes raros que Oliver hacía al comer o beber, pero no entendía, también se percató de que ese horrible aroma se intensificaba, sin embargodominaba una esencia de sexo femenino, ¿el sexo de ella? ¿Se estaba excitando? ¿Por qué? Dejó de mirarla para observar a Oliver: sonreía.

Él accedió a la propuesta de Pato: salir a caminar. Ya llevaban hora y media en el café y los últimos veinte minutos habían sido un cínico coqueteo entre ella y él. Pato se sintió excluido, pensó que era una infantil venganza de Oliver hacia los dos y le dejó desahogarse; la experiencia le decía que después del berrinche vendría la calma y una disculpa formal.
Recorrieron el centro sin quererlo; recorrían calles que ni Sara ni Pato habrían elegido para pasear, pero era ridículo que él marcara la marcha si se encontraba detrás de ambos. Llegaron a una zona de sex shops y entraron. Observaban calladamente los artículos en exhibición mientras él los agarraba para inspeccionarlos, preguntaba por precios y miraba hacia donde se encontraban ella y Pato.
Pato notó que ella movía las piernas insistentemente, apretaba sus muslos una y otra vez cada que él tomaba un nuevo utensilio. Ella rememoraba la vez que le cubrió los ojos y la ató a la cama; sin tocarla le insertó varios artefactos prismáticos en su vagina y en su ano. Esa vez él no hizo un solo ruido. Ella se esforzó infructuosamente por quedarse en silencio, falló en la primer penetración doble; se forzó a no llegar al orgasmo, pero lo alcanzó: Oliver le susurró «Te dije que te metería el infinito entre las piernas» mientras tenía un caleidoscopio penetrándola y le descubrió los ojos; su cuerpo estaba al borde de un apocalipsis: el espejo en el techo le permitió verse empapada en sudor y temblando; entonces, él le ordenó “Orínate”. Sin dudarlo vació su vejiga entre las manos de él.

Pato se acercó a Oliver para decirle que se sentía incómodo allí, que quería irse. Él accedió. Deambularon otro rato por calles aleatorias. El clima húmedo los obligó a buscar agua y un sitio fresco. Entraron a un minisúper para aprovechar el aire acondicionado y conseguir bebidas.
Él se acercó a Pato; lo miró como la vez que se habían conocido en una biblioteca con un tablero de ajedrez de por medio. Oliver lo recibió con una mirada cálida y amenazante. Pato sabía que todos los animales adoptan una postura agresiva cuando se sienten amenazados. Él le propuso una partida rápida. Accedió.
Había algo raro en sus movimientos. Parecía que perdía piezas importantes a propósito. Primero cedió un alfil que amenazaba con jaque, luego una torre, luego un caballo. A la reina la defendía como si de eso dependiera su vida. Incluso dejó descubierto al rey cuando se lanzaba al ataque; eso lo obligaba a defender y le daba un movimiento para recomponer la defensa, pero aún así era demasiado arriesgado.
Hacia el final de la partida, los dos estaban demasiado arrinconados, a un solo error. Entonces él hizo un movimiento que sacó a Pato de concentración: Ella llegó a la mesa donde jugaban y él le lanzó una sonrisa de penumbra y ceniza. Entonces acomodó una pieza con la que obviamente atacaría al rey y dejó descubierta a la reina. Pato, temeroso de que la reina le pudiera dar el juego a su adversario, mordió el anzuelo: capturó a la reina y olvidó proteger al rey.
Oliver le anunció que ya debía irse, que tomaría un bus en una calle cercana y se largaba. Pato agradeció en silencio.
Lo acompañaron a la parada del autobús. Se despidieron de él educadamente. Ella sentía que había logrado su cometido al orillarlo a aceptar que lo acompañaran a esa esquina para abandonarlo allí como una mascota inútil.
Pato tan sólo sentía alivio de que eso hubiera acabado. Irían a un hotel, se ducharían y reanudarían la historia dejada recientemente en stand by.

Notaron que él los miraba a la distancia. «Si quiere torturarse allá, él». Entraron a un hotel, pagaron el cuarto y se apresuraron. Se desnudaron torpemente y con prisa. Pato no se preocupó de que el cuerpo de ella oliera aún a sexo y de que su humedad, que comenzaba a secarse un poco, hubiera sido provocada por alguien más: la necesitaba ya.
«Vamos a jugar un poco» propuso Sara. Le pidió a Pato que la amarrara o que, mínimo le cubriera los ojos con algo, que no fuera inmediatamente a penetrarla. Él intentó complacerla. Improvisó una atadura con su cinturón, pero no encontró con qué cubrirle los ojos. Ella notó que la erección de Pato variaba, entre la concentración por no herirla y la tentación de disponer de un cuerpo vulnerable que acrecentaba su ansiedad por entrar en ella, el cuerpo de su amante vacilaba frustrantemente.
«Ahórcame» le pidió a Pato cuando comenzó a penetrarla.Accedió temeroso. Era inútil, no apretaba lo suficiente su cuello, no le cortaba la respiración de forma adecuada y perdía el ritmo al momento de hacerlo. Tenía la necesidad de sentirse al borde de la muerte, para ello requería quien la guiara perfectamentea esa frontera, que no la dejara en el otro lado pero que no la guardara mucho en éste.
Media hora más tarde, abrió los ojos todo lo que pudo, se le notaban acuosos y desesperados. «No puedo. No lo siento. No».

Empujó a Pato y corrió al baño a llorar. Abrió la ducha y se puso en cuclillas bajo el chorro de agua. Después de probar el gozo del abismo, lo demás devenía insípido.


20/3/15

Lo que vendrá


Después del affair de la casa blanca de Enrique Peña Nieto, MVS despidió a los reporteros que encontraron la noticia que apuntaba con todas miras a un caso de corrupción donde estaban coludidos, básicamente, todo el PRI. Días después, se anuncia que no despedirán a Gutiérrez de la Torre, el “rey de la basura”, quien además de sobresalir por su obesidad mórbida, mantenía una red de prostitución dentro de las oficinas del PRI.

El mensaje del partido tricolor es claro: la cúpula de poder no se toca; la cúpula de poder puede y debe hacer lo que quiera mientras que los de abajo no pueden ni quejarse. ¿Será?
Muchas veces he dicho que el pueblo mexicano tiene el gobierno que merece. Algunos adjudican a que ya se vivió un periodo de violencia durante doscientos años y que se prefiere una paz de rodillas a una vida mejor (porque ya no se quiere derramar sangre).
Sin embargo, tal paz no existe. La llamada guerra contra el narco removió las aguas turbias de algo que pasaba pero que nadie decidía ver: asesinatos y ejecuciones de cárteles entre sí y de ciudadanos que simplemente no cooperaban con las cuotas impuestas; un narcogobierno en el interior de la república que convirtió el territorio nacional en una actualización de lo que ya acontecía durante los tiempos de la Revolución. Mejores armas (importadas desde Alemania), nuevos mecanismos de tortura y la transmisión de las masacres en Youtube no como un documental sino como amenaza.
Diariamente aparecen fotos de niñas secuestradas en Edomex (estado del que fuera gobernador el actual presidente) y alrededores; para todos es conocido el negocio de la trata sexual de menores, el Río de los Remedios como fosa común de cadáveres femeninos y Ciudad Juárez como un panteón infinito de cruces rosas.

Primero, el petróleo y los empleos, luego el agua, ahora las mujeres y los niños. Somos ciegos o cobardes, o acaso pensamos que ingenuamente todo estará bien mientras la mierda no toque a la familia (aún cuando ya haya salpicado a algún amigo). Si ante los claros avisos de lo que viene, si durante el momento cenit aún se mira hacia otra parte, se confirmará lo dicho: cada pueblo tiene el gobierno que merece.
Si somos menos los que vemos y predicamos en desiertos, quizá sería mejor iniciar un éxodo: abandonar la nave porque este barco se hunde con todo y ratas.

10/3/15

Crónica de un fracaso anunciado

En menos de la mitad del sexenio, las reformas que implican el uso de recursos naturales y de trabajo humano, han pasado por el H. Congreso de la unión sin mayor oposición que un grito inútilmente desesperado desde un moreno y marchito sol amarillo. Las reformas laboral y energética desataron revuelo y protestas por doquier; el chispazo más alto del fuego  desatado ahí vino con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, protesta que, como la del EZNL, sigue en pie pero ya no cala al cuerpo administrativo del Estado.
Recientemente se anunció la reforma respecto al agua. Otra propuesta más disfrazada de un cambio necesario que impulsará una mejor vida para todos, pero que da más concesiones al sector privado para hacer uso del recurso natural.
Quizá en otro contexto, este tipo de cambios resultaran efectios pues son consistentes con el afán modernizador que impulsó la revolución industrial y que permitió el crecimiento de Estados Unidos y de Europa. Sin embargo, el mundo del siglo XXI no es el mismo de aquel entonces. El planeta ha sufrido una devastación en aras del progreso tecnológico (cultural) bajo la consigna de reparar los daños en cuanto el proyecto de la modernidad terminase. Evidentemente, el programa industrial del avance es interminable, pero el planeta aún podía soportarlo (en ese momento). Actualmente, los ecosistemas parecen estar al límite de sus condiciones habitables (de ahí el auge por los proyectos amigables con el ambiente; mantener limpias las calles y los parques, huertos caseros, programas de reforestación, combustibles alternativos, etcétera) y México no está excluido del deterioro ambiental global.
México se une demasiado tarde a la carrera modernizadora cuya mecánica consiste en sacrificar los recursos naturales para obtener una mejor calidad de vida en las ciudades. Sin embargo, desde las primeras reformas quedó claro que lo puesto en venta, al servicio de una promesa de réditos amplios, no ha funcionado: la calidad de vida simplemente no mejora, ni lo hará. Como un mal inversionista, pone sus esperanzas en una empresa que ha funcionado durante años pero ya está en su peor momento, en su declive.
Nunca hubo una preocupación real por utilizar eficientemente dichos recursos ni por cuidarlos por lo que pone en rebaja sus últimos años de vida útil.