Un
café solo, por favor.– Solo. Sin leche, azucar, ni nada
parecido.– No, sencillo.– Americano, como siempre.– Ya me
conoces, ¿no?.– ¿Entonces?.– Venga, tráelo ya. He visto que
los tienes preparados desde hace rato.– No lo quiero grande, jumbo
o con extrasabor; sólo un café americano sencillo, de esos que
tienes listos ya.– No mientas, sé que no está frío: veo el humo
escaparse por la tapa.– ¿Qué es ese ruido? ¡Otra vez la maldita
campana! ¿Por qué no la quitan? Siempre repite lo mismo: ¡Hora
de la medicina! ¡Hora de la medicina! ¡Personal de enfermería,
favor de dar la medicina a los internos!Blog personal de Gilberto Nava, "Gablot". Aquí puedes encontrar textos literarios, ensayos, críticas y básicamente cualquier cosa que habita en esa cabeza y se escapa entre los dedos.
10/4/13
Cafetería
Un
café solo, por favor.– Solo. Sin leche, azucar, ni nada
parecido.– No, sencillo.– Americano, como siempre.– Ya me
conoces, ¿no?.– ¿Entonces?.– Venga, tráelo ya. He visto que
los tienes preparados desde hace rato.– No lo quiero grande, jumbo
o con extrasabor; sólo un café americano sencillo, de esos que
tienes listos ya.– No mientas, sé que no está frío: veo el humo
escaparse por la tapa.– ¿Qué es ese ruido? ¡Otra vez la maldita
campana! ¿Por qué no la quitan? Siempre repite lo mismo: ¡Hora
de la medicina! ¡Hora de la medicina! ¡Personal de enfermería,
favor de dar la medicina a los internos!4/3/13
El letargo no termina. Sobre “¡Despierta ya!” de Jaime Velasco Estrada
Escritor
joven al frente, sabrá dios si ha encarado a un público exigente.
Al menos, en este salón, todos lo cobijaremos. Somos el nivel
tutorial para escritores novatos; ninguno lanzará un ataque
contundente aunque tenga al imbécil a modo para un one-hit
ko.
Nos
formaremos al final para que el muchacho arroje sus primeras firmas
estelares. Un ave aprendiendo a volar en un ambiente controlado. Los
escritores-estudiantesdeletras son una especie en extinción (eso
dicen), por lo que debemos cuidarlos, colocarlos en zoológicos de
grafistas raros; especialmente si su origen es muy originario, si
pertenece a esa “raza” que a principios del xx
el águila imperial quiso aniquilar: prueba viviente de la
integración cultural del salvaje a la civilización progresista (con
esto no quiero implicar que los jóvenes pertenecientes comunidades
de etnias mexicanas no deban publicar en instituciones
universitarias; sino marcar el carácter discriminatorio que este
tipo de programas plantea: pseudo-oportunidades monetarias en forma
de becas para un número escasísimo de estudiantes de esas
poblaciones para solapar daños a derechos humanos, despojo de
tierras, años de discriminación; y no sólo eso, sino que el nombre
mismo de los programas deviene también en una marca que segrega).
Nivel
cero de crítica: un escritor debiera leer esta situación: si un
público (supuestamente) especializado pregunta sobre la vida
personal, sobre los cómos y los qué de la inspiración (preguntas
legos), seguramente lo hace porque el libro francamente le valió
madres (eso, o el público es realmente idiota).
Libro
sin estructura pensada que “juega” con todo es el inicio del
kitch;
particularmente, si la (auto)crítica le vale verga.
Hablar de consciencia de escritor y responder todas las preguntas con
un “no sé” inicial devela nerviosismo o la simple falta de
planeación del conjunto. No se “juega” ni se “rompe” algo
que no se conoce (una tradición, los recursos, el contenido,
etcétera).
Un
libro que gana un premio, pero que no fue pensado, cuya estructura
proviene de un azar (puramente azar, no como recurso sino como
salvavidas), consiste en simple suerte (amén del archisabido asunto
de los concursos en Siglo xxi);
un experimento mortal de final afortunado, nada más.
14/2/13
Aquella
| Foto tomada de Los deseos siempre se cumplen |
I
«El
recuerdo de su piel después del dulce deleite; la textura tersa,
lisa, pálida, de aquellos poros en conjunto que exhalan la calidez
de (no sé si) complacencia... Ya es de noche. Caen las horas sobre
los párpados con la pretención de cerrarlos, pero la mayoría de
mis miembros se resisten al letargo. Mis manos se desprenden (buscan
su cuerpo), mis pies me abandonan (buscan su cuerpo), mi sexo se
eleva y el torso se despliega (buscan su cuerpo). El alma no
encuentra sosiego, hastío ni saciedad.
El recuerdo de su piel
trémula bajo mi mano. La extática visión de verle echada, sobre el
lecho, sonriente y aún tibia; con un destello sutil dentro de los
ojos. Los míos, adormilados, rompen las cortinas. El cerebro
desgarra las paredes. El recuerdo (Su recuerdo) me fulmina.»
II
«No
recuerdo su nombre, pero puedo decir cómo era. Caucásica, casi toda
su piel cubierta de lunares, la mayoría poco palmarios. Medía
aproximadamente un metro sesenta de estatura. Su cara, redonda con un
mentón sutilmente afilado. Ojos grandes y rasgados, color café
oscuro. Su boca era pequeña con labios visiblemente tersos y
rosados. Había un lunar en su mejilla derecha. Su nariz pequeña de
aletas circulares colocada milímetros más abajo del centro de su
faz. Su cuello delgado y liso poseía otro lunar, justo donde
comienza la espalda. Sus orejas redondas se encontraban colocadas
alineadamente con sus ojos, cubiertas casi por completo por su
cabello largo, hasta la altura de los hombros, color castaño claro.
Detrás de su lóbulo derecho había otro lunar más. Sus hombros
delgados evidentemente firmes la hacían sostenerse con cierta
gallardía. Su espalda menuda, firme y delicada, mostraba dos
curvaturas breves justo a la altura de su cintura. Su cadera, bien
marcada, no era muy voluminosa y mostraba unas piernas redondas. Sus
muslos cilíndricos, uniformes, poco más anchos que sus rodullas
huesudas; sus pantorrillas sobresalían ligeramente, con lo que se
distinguían de sus espinillas; sus tobillos delgados daban una
visión estética de sus pies pequeños.
Vestía ropa casual.
Zapatillas deportivas de tela negra, algo deslavada por el uso
cotidiano. Pantalones de mezclilla color azul oscuro, ceñidos a sus
extremidades inferiores desde el penúltimo disco de la columna
vertebral hasta pocos centímetros debajo de las rodillas; el resto
de la tela colgaba holgada hasta el suelo. Usaba una blusa negra de
mangas cortas, que cubrían solamente el hombro: era varias tallas
más grande que la que le correspondía. Los brazos delgados, no
huesudos, cubiertos de piel gruesa de la que nacían vellos finos,
casi invisibles. Sus manos grandes, de palmas laceradas, marcadas con
callosidades mínimas, y dedos alargados y enjutos.
Se encontraba de pie,
mirando hacia el frente, con los ojos fijos. Mientras su pie estaba
levantado a poca distancia del suelo. Daba un paso hacia delante
mientras sonreía».
![]() |
| Foto tomada de Transitando |
III
Las
ensoñaciones son crueles. Te embelezas en la noche anterior,
rememoras aquella juerga, la mina, todo lo que se pueda. Mientras la
resaca lo permita, seguirás evocando esos recuerdos. Tratarás de
pronunciar la palabra con que llamaste a aquella mujer, pero el
nombre se esfuma junto con las sensaciones, la misericordia y el
ahora insoportable olor a sexo.
Ayer lo disfrutabas.
Paseabas tus dedos como dos gatos simpáticos sobre el tejado de su
piel. Rozabas tenuemente sus poros. En las llemas podías sentir
surgir un enigmático vaho, como si toda ella se evaporara con sólo
tocarla. «Mujer etérea de alucinantes fulgores (no, ese no era
su nombre, inténtalo de nuevo)». Así la llamaste después de
haber bebido de su sexo. Bajaste por su abdomen besándola hasta
llegar a su vientre, entonces sin preámbulo alguno llevaste tu boca
a su vulva. Tus labios se unieron a los de ella. La besabas con
suavidad. Sentías tu boca húmeda, las ansías te acribillaban por
acariciarle con el gusto. Comenzaste a lamer, al principio con
movimientos largos y prolongados, los labios, los muslos; después la
lengua ligera, liviana, enloquecida, se arremolinaba, se endurecía,
subía, bajaba, entraba, salía.
No pudiste soportar la
curiosidad. Alzaste la mirada. Te encontraste con un rostro sonriente
de un brillo casi extático, que te clavaba los ojos en la frente con
la insinuación de continuar. Entonces te elevaste monolito obtuso
erecto.
Encarcelaste con una de
tus manos su cuello, deslizaste la palma hacia su boca, recorriste su
nariz, sus ojos y la sumergiste entre su pelo. Ella abrió un poco
más las piernas. Con una mano colocó tu falo en la posición
adecuada. La penetraste en un sólo movimiento. Ella cerró los ojos,
contorcionó su espalda, sus cejas te confundieron, ¿aquello era
dolor o placer? Toda su piel te envolvió. No tenías salida.
Los sudores se
confundieron con la saliva y los fluidos. Su aroma se incrustó en
las sábanas, en tu nariz, en tu cerebro. No la escuchaste gemir ni
una sola vez; sólo apretaba la boca mientras pretendía conseguir
permanecer con los ojos abiertos, indagar qué fantasmas abrasaban tu
alma, qué memorias infestaban tu cuerpo. No lo soportabas. Menuda
incoherencia. En el bar habías pagado los tragos, mentiste con un
par de anécdotas, jugaste el papel de indefenso abandonado, habías
logrado llevarla a tu casa, meterla en tu cama.
Te apoderabas de su
cuerpo, pero algo no encajaba. «Sus ojos no eran familiares, el
pavor me inundó hasta desbordarme, provocó que desfalleciese sobre
ella». Sus brazos no se inmutaron. No te besó la frente ni acarició
tu espalda. Estaba muy ocupada mirando cómo temblabas y besabas su
pecho. La llamaste por su nombre, la casualidad te hizo dar con la
combinación correcta de letras y acentos. Pero no era la misma.
No era Ella a quien llamabas. Pobre, te encontrabas en un espacio
distinto. La física te hacía jugarretas ingratas.
IV
| Foto de José Antonio Duce |
Abres el grifo. Agua
caliente. Quema (Idiota). Ducha rápida. Los ojos a la
contestadora. «El cero sigue riendo».
Cogiste la bocina del
teléfono. Marcaste el número, no el de la mina de anoche.
...
A veces quiero
matarte. Es en serio. A veces quiero masacrarte con reproches,
burlarme de tu fingida madurez –de tu no fingida madurez– , de tu
irremediable inocencia. De vez en vez, me sobrás un poco en la vida.
A veces, llegas a ser
mi peor pesadilla. No logro entenderlo. Me haces tan feliz y de nada
me pones enfermo. Mi niña (minina), ¿qué gato colérico buscas en
mis andrajos?
«Soy gato sin listón ni
cascabel, sin embargo iba al tejado, a acercarme a tu luna, a
maullar(te) dulcemente, pero tu astro se volvía lunallena y devoraba
el firmamento. Cierras los ojos y(,) gatos(,) nos volvemos. Este (tu)
cielo, no quiere (mis) despojos. La esperanza plausible bajo las
hojas se aplasta».
A veces (pero MUY
a veces) quiero devolverte Todo
lo que me has dado; porque pasan tantas cosas que pillas poco de lo
que acontece. «Aquella noche, por ejemplo, me hacías algo de
falta... Te echo de menos. Sé que estás ocupada...
Sé que eres delicada, tu
piel y tu humor requieren afecto, sé que eres delicada y yo soy un
cretino perfecto».
A veces quiero
matarte. Es en serio. «Pero me relamo los bigotes y pienso...
Siempre culmino con un asesinato que no es ni el de tu alma ni el de
tu cuerpo: esta noche tengo ganas de matarme. Salir a la lluvia y
dejar que las gotas me atraviesen azarosa y ardorosamente la piel.
Quiero lanzarme de espaldas a un arrollo no muy profundo; mirarme en
el espejo las ojeras, las canas para desear maquillarlas.
Hay cierto apetito de
engullir tres kilogramos de sopa instantánea, sentarse frente al
televisor y ver toda la programación de Salinas y Azcárraga. Parece
necesario ver los titulares de los periódicos en boga y
(relativamente) económicos, observar a los decapitados, las
fotografías catastróficas; entonces afirmar "esas sí son
noticias".
Tiene el sabor de
indispensable el beber dos litros de laxante y no defecar en semanas,
o pujar con sutileza para conseguirse una hernia.
Esta noche tengo ganas de
matarme, de sentarme en el sofa a observar los deportes a través de
la pantalla, mientras rocío los libros y papeles con combustible;
entonces darían ganas –una especie de picazón en las manos– de
coger los fósforos, pasar uno por la lija, encenderlo y, cuando la
llama apenas va naciendo, dejarla caer sobre los edificios de papel y
pastas (blandas o) duras».
...
Llamaste para acordar
una cita mientras tu mente divagaba en la homónima. Descuidado.
Dejaste la bocina en su
lugar antes de salir por la comida, bebida y condones.
VI
Ella
regresó. Dentro de algunos instantes cenarán; charlaran de sus
pasados, de aquellas vidas lejanas. Luego, apagarán las luces,
reptarán hacia la alcoba. Se echarán en la cama para hacerla
trizas. Terminarás temblando sobre ella una vez más. Esperando ver
una piel morena, el color plata te cegará antes de recordar que en
la mañana habías olvidado su nombre.
12/2/13
Mozilla* Experience
Nocilla
Experience,
una novela compuesta por viñetas, breves saltos gigantes de
continentes a épocas a lugares a vehículos... La relativa brevedad
de los capítulos que narran historias aparentemente inconexas se
asemeja a los textos integrados en los ciclos cuentísticos1.
El
texto no se compone de minificciones, quizá de brevedades
interrelacionadas (todas y cada una, a veces por el detalle más
insignificante, como los presos de los nazis que jugaban parchís
–ese lugar consagrado a tal juego, Jota y Sandra– con unos dados
cuyos números se veían borrosos –Ernesto que los recoje y los
mete junto con unas tapas de una biblia2–
); diferentes historias simultáneas y, de algún modo (casi
cósmico), entrelazadas no sólo temáticamente sino (dentro del
universo ficcional) físicamente3.
La
visión del narrador permite ver un mundo fragmentado-unificado. El
lector, como si fuera el Dr. Manhattan4,
puede ver todo lo que pasa en el globo, aunque de manera seccionada y
sin la certeza de poder observar todo lo que pasa (y no sólo lo que
nos incumbe)5.
No sólo este medio permite ver la vida así. La televisión, las
redes sociales consisten en microscopios (microcosmos) que develan
los nuevos mecanismos de interacción humana (igual que la relación
lector-mundo narrado): por partes. El ego
se secciona y libera al estar en las redes sociales; no mostrar la
cara, cierto anonimato, permite al usuario darse rienda suelta al
momento de comunicarse. El televisor genera un sentimiento de lejanía
con la realidad (todavía mostrada por breves espacios sincrónicos)6.
En internet, el ejemplo preciso (considero que) sería Twitter. No
más de ciento cuarenta caracteres para decir algo (cualquier cosa).
Obliga al usuario dar una sección breve de su realidad inmediata; lo
cual provoca que el lector todavía tenga otra concepción aún más
fracturada de lo que el primero quiso decir. Pero así parece la
existencia ahora (un perpetuo zapping, con música de fondo a más de
250 bpm, sin cortes comerciales); donde televisión e internet, vida
artificial/virtual, como mímesis y la literatura como la
deconstrucción de la realidad; de todos los espejos que permiten ver
el proceso vital fraccionado, el libro parece una película en stop
motion.
El
mundo (así, globalizado), irónicamente, está más roto que nunca.
Por ejemplo, los juegos on-line; uno puede tener una partida de
videojuego a las doce de la noche contra alguien en Japón, China,
Alemania, Ucranía o algún otro país más recóndito, más
desconocido, y la diferencia con jugar contra la I.A. de la consola
sólo consiste en un acto de fe de pensar que hay alguien al otro
lado de la conexión inalámbrica; la temática del juego no cambia:
alguien debe ganar, el otro debe perder y yo soy quien debe derrotar
al otro sea quien/lo que sea. Asimismo, las partidas son breves,
tenemos un tiempo límite y el resultado queda registrado “para
siempre” en la memoria de los archivos del servidor. Se acaba la
partida e inmediatamente se inicia otra: gamers en serio, gamers en
serie7.
Todo
va tan rápido. Todo debe ser corto para poder pasar a lo que sigue;
y, de lo que hay en esos momentos, nada queda (ni el horizonte), todo
se pierde: “El single perfecto dura menos de tres minutos y al día
siguiente no se vuelve hit”, incluso el mismo día se olvida por
otro (también perfecto,
de casi tres minutos). No queda nada. La cultura del reciclaje nos
llega demasiado tarde, cuando la vida convertida en producto
desechable ya la tiramos, con todo y empaque, sin haber comido
siquiera la mitad. No hay segundas oportunidades (Maleva que no abre
la puerta y esa oportúnidad con ella, la primera y la última; mejor
no ver el horizonte para evitar el segundo aire de vida).
_____________________________
* Mozilla Firefox: Navegador de internet
de licencia freeware (gratuita).
1 Vid
“Estrategias para leer textos integrados” de Pablo Brescia y
Evelia Romano en El ojo en el caleidoscopio.
Difusión cultural UNAM. pp. 7-43. Se refiere, en este caso, a
textos de narrativa breve (cuentos cortos, minificciones, etcétera)
que mediante algunos detalles muestran intertextualidad o pueden
ellos mismos contar una historia juntos (aunque fungen también como
historias independientes una de otra); el caso más próximo que se
me ocurre es La frontera de cristal. Una novela en nueve
cuentos de Carlos Fuentes.
2 Que
también permite pensar esa frase de Einsten “Dios no juega a los
dados”.
3 Miniobjetos-Delorean
(Back To The Future) que llevan al lector (no a quien toma el
objeto) a un pasado o futuro, a otro lugar a años luz o en la
esquina de su casa.
4 Watchmen.
5 Mejor
dicho, con la certeza de ver sólo lo que nos incumbe y no todo lo
que pasa.
6 Lástima
que ellos sean realmente el simulacro de visión del personaje de la
novela gráfica Watchmen (el
Dr. Manhattan): vemos lo que otros creen que nos debe importar sin
siquiera preguntarnos y nosotros lo aceptamos como un pacto de
lectura para inerpretar una realidad cuyo centro más desgarrado
(ese que sí nos importa) no nos dejan ver porque ¿no estamos
listos para ello? ¿Porque no es algo que deba preocuparnos pues se
solucionará solo? ¿Porque temen perder público cautivo y por lo
tanto rating, ventas, dinero? ¿Porque ellos mismos lo ignoran o
creen que en verdad carece de relevancia?
7 Pero
en este videojuego no hay vidas extra. En esta arcade
depositamos nuestra única moneda y, de traer más, seguro la
pantalla pintaría “Game Over. Credit(s) 0. Please, don't insert
coin” (Juego terminado, Crédito(s) 0. Por favor, no inserte una
moneda) [En las máquinas de arcade,
cuando la partida termina, genralmente aparece la leyenda “Game
Over. Credit(s) 0. Insert Coin (Juego terminado, Crédito(s) 0.
Inserte moneda. La traducción es mía].
14/1/13
Tiempo(s) extra
I
Peseros
jugando a las carreritas. Interior de uno de los vehículos que se
cae a pedazos en cada enfrenón. Asientos de adelante ocupados por
ancianos, dos jovencitas cuchicheando en el largo asiento de atrás,
otra chica de la misma edad, en el extremo opuesto de ese asiento,
mira por la ventana. Sujeto de veintitantos años toma asiento
cerca de la estrecha puerta (abierta) plegable. El viento le golpea
la cabellera, se la arroja de lleno a la cara. Mira hacia el suelo,
hace calor pero no le importa, usa una chamarra negra y algo gruesa.
Sus labios murmuran una canción “eternidad/que a este demonio no
deja salir/encadenado en oscura prisión/y condenado por siempre a
morir”.
II
Parque
en Eduardo Molina. Dos niños sentados a la mitad de la cancha de
basquetbol. Los dos tienen un azul profundo e inmenso en las pupilas.
Sonríen.
III
Pareja
joven en autobús. Viajan por Calzada de Guadalupe hacia la Villa.
Suena la voz de Búnbury en alguna radio entrometida. «La peor
canción que te pueden dedicar es la “Chispa adecuada”». Él
hizo caso de la advertencia, pero no entendió a qué se refería
(hasta después). No dijo nada. Años más tarde escucharía esa
canción por accidente.
IV
Pasillo
de escuela. Él se encuentra sentado afuera del aula que le
corresponde a ella, la espera. Ella llega jugando y riendo con
Kruguer. Él cierra los puños con todas sus fuerzas, hace tiempo que
ella no juega así con él, que ella no ríe así con él.
Mismo salón. Noche. Ambos charlan. Ella
pide que no la espere al salir, que se vaya solo ese día y los que
vengan, que necesita espacio y tiempo. Él rompe en llanto, aún así
le dice que si eso necesita, está bien, lo hace. Y lo hace.
Al día siguiente él buscó un pretexto
para verla. La charla le resulta una grata sorpresa. Soledad
pospuesta.
V
Medio
día. Cancha de futbol rápido. Sólo un individuo entra al campo.
Deja botar el balón un par de veces para probar la cantidad de aire
en el esférico. Patea desde medio campo en dirección a portería.
Falla. Corre a recoger el bólido. Conecta otro golpe de primera. La
pelota describe una sutil curva y se incrusta en el ángulo. Ha hecho
el tiro de su vida en balde: un gol de práctica y que sólo él
ha visto.
VI
Una
pareja caminando por un entramado de jardincitos, cerca de la casa de
ella. Sueltan un “te amo” al mismo tiempo. Ella rompe en
entusiasmo: coincidieron.
VII
Dos
niños jugando a ser grandes rememoran sus años de la primer
infancia. En los labios de él se puede leer “Dragon Ball GT”.
Ambos hacen una mueca de disgusto. Él levanta el dedo índice y
menciona algo sobre la canción de intro. Ambos sonríen.
Él la abraza por la espalda y le canta en
susurro “voy a amarte para toda la vida, no me importa si aún no te
intereso, ven toma mi mano para huir de esta infinita oscuridad”
VIII
Cita
en el lugar de siempre. Día soleado. Él se encuentra recargado en
una columna afuera de la clínica veintiseis. Fuma un Zamba. Revisa
su reloj, indica que ella llegará tarde (como siempre). No nota el
carro negro pasar en frente de él. Se asoma a lo largo de la calle.
La ve caminar con un costal de libros, no viene sola. Finge no
verlos. Sostiene trémulo una bolsa con apenas un par de libros y
algunas películas que nunca vió. Cumplen el protocolo del saludo y
del inventario. Su cara lo dice todo: no sabe cómo llevará ese
costal inmenso en un transporte público a casa.
Se despiden. (//Una voz rasposa// “Llegó
un extraño y se llevó mi corazón prendido a tu cuerpo; vete con
él, sé feliz, no sufras más...”//le ayuda a mentirse//“Tu
recuerdo a mí me bastará”)
Cruza San Juan de Aragón por el puente
casi nuevo. Lleva el costal y una sarta de maldiciones a cuestas.
Pedirá un taxi para recorrer unos miserables quinientos metros a
casa.
IX
Él
teoriza ternuras en su oído. El bolero como sino:
Pacheco con sus Batallas
y ellos mismos con los Panchos. Él le canta “no hace falta que te
diga que me muero por tener algo contigo...”. A ella poco le
importan las palabras en esa ocasión: la melodía de la voz basta y,
en efecto, no hace falta que le diga, porque tampoco ella necesita
decírselo: los dos lo sabían de antemano.
X
Cancha
de futbol rápido. Medio día. Situación rara: hay retas. Diez
jugadores entran al campo y cierran las puertas. Se juega a dos
goles. Esta modalidad resulta masoquista: el equipo ganador no puede
obtener un descanso, vieja y vigente muestra de la ideología del
súper-hombre: el ganador debe vencer infinitas veces a sus
contrincantes, no se cansa, no pide tiempo, no falla.
Hay un portero que alinea, pero nadie lo
sabe. El portero es un suicida y el delantero un asesino. Él juega
ambas posiciones; tiene un once tatuado en la espalda sin ser zurdo,
aún así la banda izquierda le resulta comodísima.
Baja hasta el área a defender. Recupera
el balón, toque al primer compañero que ve. Corre al centro. Recibe
de vuelta. Pase a la banda. Rebasa por la espalda. Nuevamente tiene
el balón //Primer jugada que arma desde hace seis años// Imprime
velocidad, mano a mano con el portero por un par de segundos. Otro
chico le muerde los talones y presiona para tirar mal. Disparo
cruzado con toda la fuerza de su empeine. El portero contrario, con
un simple gesto firme de la mano, desvía y salva.
Una hora después, nadie puede sacar a
esos cinco chavales del campo. Por fin han descubierto que hay un
portero entre ellos.
Tiro de esquina. Partido empatado uno a
uno. //Sol y cansancio ya merman físico// El portero emprende una
carrera hasta el área enemiga. Todo el equipo lo mira azorado.
Brinca, vuela, impacta el balón con la cabeza. Su némesis lo ve
impactado: hay nueve espectadores en el pasto sintético. La pelota
choca en la parte inferior del arguero. No entra.
Despeje largo a la portería huérfana.
No le importa al resto del equipo perder, ya
querían un descanso. Felicitan al suicida por la hazaña (fallida).
Premio de consolación
XI
Un
correo trae recuerdos, diciembre trae recuerdos, el frío trae
recuerdos, las rolas traen recuerdos. Bien visto, muchas cosas
parecen un estúpido Delorean.
XII
Ella
canta “Yo soy María de Buenos Aires”. Él apenas y entiende la
letra, pero Piazzolla le sabe hermoso en su voz.
“Tengo atorada tanta ternura”.
XIII
El
sujeto de cabello largo en la micro murmura “No hay esperanzas en
tu corazón, ya no existe el camino al perdón...”.
Baja súbitamente del vehículo. Camina
por la avenida. Enciende un cigarrillo. Saca el humo por la boca
mientras mueve los labios “... pero sé y entiendo que amor
necesitas tú y el valor para pelear en mí lo hallarás...” otra
fumada “voy a...”
XIV
Mujer
caminando por la Alameda. El sol cae de lleno sobre edificios,
árboles, asfalto, tierra, autos, personas. El viento juega con su
cabello.
Sujeto con mochila al hombro caminando por
Bellas Artes. Parece perdido, en realidad no tiene idea de a dónde
dirigirse. Mira hacia Madero, le parece estúpido intentar cruzar la
marabunta humana; mira hacia la Torre Latinoamericana, piensa que un
museo sería mejor opción. Revisa cuánta guita trae encima: poca,
ya gastó en un boleto de cine.
La mujer lo observa, parece reconocerlo.
Se acerca a una distancia prudente, como si él fuera un animal
nervioso que escapase ante la presencia sorpresiva de alguien en su
entorno. Se saludan, charlan sobre sirenas, se despiden.
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