Otro año ha pasado. Debo admitir que el 2018 fue uno de los peorcitos que me han tocado hasta ahora y que inicio el 2019 con la triste superstición de que el hecho de que se repita el calendario funja como acontecimiento místico que permita la ruptura de un viejo ciclo e inicie uno nuevo (si no mejor, al menos distinto -a qué mentir, por supuesto que quiero que este bodrio mejore).
En resumen, podría decirse que el año pasado fue el de los fantasmas al acecho y de las nostalgias asesinas. Se me frustraron todos los proyectos que quise iniciar, algunos por autosabotaje, otros por friendly fire y la gran mayoría porque precisamente ahora estoy anclado en un puerto que ya quiero abandonar. De hecho me ofrecieron una oportunidad relativamente estable para abandonar la nave, pero no sé si tengo el talante para hacerlo. Francamente me da miedo dejar mi zona de confort y tener que afrontar, encima de todo, una situación económica más austera. Por ahora debo ser la piedra que resiste, debo ser la muralla y el pilar. Mi propósito de año nuevo es dejar de posponer mi vida. Al menos eso pienso ahora y espero que eso se mantenga.
Crecer apesta, nunca lo hagan.
Blog personal de Gilberto Nava, "Gablot". Aquí puedes encontrar textos literarios, ensayos, críticas y básicamente cualquier cosa que habita en esa cabeza y se escapa entre los dedos.
16/1/19
25/11/18
Sin perdón, pero el olvido
Publicado originalmente en Marabunta, el 8 de noviembre de 2018, disponible en http://www.revistamarabunta.com/2018/11/08/sin-perdon-pero-el-olvido/ [consulta: noviembre 2018]
Sin embargo, como advierte Baudrillard en La ilusión del fin, la viralización de los acontecimientos puede proyectarlos fuera de la historia y anular su trascendencia; particularmente, en un mundo que considera al arte como mero objeto ornamental, los sucesos, que pretenden inmortalizarse así, terminan encontrando una entrada al olvido masivo, quedan sepultados bajo una montaña de likes, reacciones y otro montón de situaciones urgentes y hashtags.
No quiero decir que las redes sociales sean el principal problema, al contrario, me parece que han servido para solventar otras carencias de comunicación y de organización social que antes se desatendían; sólo menciono el riesgo que corre cualquier suceso histórico en la actualidad: perecer antes de realizarse.
Fácilmente se puede recurrir a ese lugar común (que jamás ha perdido el grado de sentencia): “Un pueblo que desconoce su historia, está condenado a repetirla”. Sí y no. No se trata sólo de conocer la historia (porque uno puede saberse de memoria las fechas y los nombres sin entender un carajo), sino que a veces el mundo está configurado precisamente para que no haya otra salida.
Durante las marchas y las protestas por el ataque de los porros a estudiantes en Rectoría, se publicaron varías infografías y minicápsulas que trataban de explicar qué es un “porro” y el ciclo de marginación en el que debe de encontrarse para convertirse en eso. Amén de la deshumanización que se hace con cada delincuente y de las posturas altamente clasistas reflejadas en esos (quiero pensar) bien intencionados textos, me interesa más ese otro ciclo de cúpula intocable que tiene Ciudad Universitaria.
Desde que uno atraviesa cualquiera de las puertas que separan a CU del resto de la CDMX, el aire es distinto, la mayoría de los conductores ceden el paso a los peatones e incluso manejan con más precaución, Las Islas son un lugar de recreación y parece que todo el tiempo se discute algo trascendental en las aulas, en las conversaciones casuales que uno llega a escuchar de pasada. La verdad, nos gusta nutrir ese aire de superioridad intelectual que forma parte del mito de ser universitario.
Pero se nos olvida algo: CU también es México. Recuerdo bien el video en el que levantan a Sandino Bucio (eso no fue un arresto, como debio hacerse, sino un “levantón”), el feminicidio de Lesvy cerca del Instituto de Ingeniería, los constantes asaltos debajo del puente que conecta a Las Islas con el Estadio Olímpico e incluso el robo de vehículos de los estacionamientos y la ceguera y huevonería de los vigilantes que sólo están allí para estorbar o para babosear a las compañeras.
Lo que más me recordó esa fotografía, tan similar a la del 68, del porro con el palo entre las manos, fue que hace cincuenta años, a la máxima casa de estudios, militares mexicanos entraron con tanques.
El pasado es arcilla que el presente labra a su antojo. Interminablemente
–Jorge Luis Borges
I
No hay pretexto: es obligatorio recordar. Se debe recordar los
eventos importantes en la vida personal y colectiva, porque ello
conforma nuestra identidad (directa e indirectamente). Aunque uno no lo
quiera, el mundo también nos determina, pero no se vale siempre recurrir
a la frase fácil: “Soy víctima de mis circunstancias”.
II
La importancia de la memoria puede verse desde muchas perspectivas, Elizondo, en Farabeuf
insiste tercamente en que debemos recordar el preciso momento y hacer
un inventario minucioso de los detalles que componen ese minúsculo
instante, en el que eros y tánatos se funden para culminar en la propia
muerte. Pues el ser humano es escencialmente un ser histórico, de allí
que necesite de datos concretos, acontecimientos y (¿por qué
no?) predestinaciones para expresar quién es. Sin embargo, Pacheco, al
final de Las batallas en el desierto, nos advierte que la
memoria nos traiciona (Carlos visita nuevamente el edificio donde vivía
Mariana y alguien le asegura que allí jamás ha vivido alguien con ese
nombre). A final de cuentas, la historia que nos contamos a nosotros
mismos sobre quiénes somos y de dónde venimos, también es una ficción,
un minirelato fundacional que nos justifica la persistencia en la
tierra, de otra forma sólo nos quedaría el suicidio como única
alternativa. Irónicamente, al tratar de anclar mejor todos los sucesos,
embelleciéndolos un poco para que el relato no carezca de atractivo,
estos se trastocan y se diluyen hasta ser completamente otros.
III
Hay una lista de Spotify llamada “Himnos de resistencia
latinoamericana”, que contiene varias canciones sobre la masacre del 2
de octubre en Tlatelolco, Amazon produjo una serie llamada Un extraño enemigo
y aborda el mismo tema (no la he visto, pero el video promocional
promete hacer señalamientos claros sobre los responsables) y desde 1989
la película Rojo amanecer hizo alusión a ese crimen de Estado.
La sublimación de la tragedia sirve como memoria sensitiva de los
acontecimientos, igual de útil que la memoria documentada, pero –desde
mi perspectiva– más útil, porque se recuerda desde la catarsis, lo cual
queda más marcado que el simple dato duro en la memoria.Sin embargo, como advierte Baudrillard en La ilusión del fin, la viralización de los acontecimientos puede proyectarlos fuera de la historia y anular su trascendencia; particularmente, en un mundo que considera al arte como mero objeto ornamental, los sucesos, que pretenden inmortalizarse así, terminan encontrando una entrada al olvido masivo, quedan sepultados bajo una montaña de likes, reacciones y otro montón de situaciones urgentes y hashtags.
No quiero decir que las redes sociales sean el principal problema, al contrario, me parece que han servido para solventar otras carencias de comunicación y de organización social que antes se desatendían; sólo menciono el riesgo que corre cualquier suceso histórico en la actualidad: perecer antes de realizarse.
V
Hay una fascinación extraña por los ciclos. A posta o sin querer, los
eventos terminan repitiéndose en algún momento. Quizá no se repitan
exactamente, eso parece imposible, pero ocurren casi idénticos, más
similares que a sí mismos, y despiertan fantasmas que rondan todo, menos
su propia tumba. Recién había pasado el sismo del 19 de septiembre de
2018 y el recuerdo de 1985 inundó las redes sociales con fotografías que
parecen calcas. Lo mismo ocurrió el 3 de septiembre, cuando porros
atacaron a estudiantes del CCH enfrente de la rectoría de la UNAM y se
repitió la imagen de un delincuente blandiendo un palo en actitud
amenazante; como si el espectro del 68 pisara CU nuevamente.Fácilmente se puede recurrir a ese lugar común (que jamás ha perdido el grado de sentencia): “Un pueblo que desconoce su historia, está condenado a repetirla”. Sí y no. No se trata sólo de conocer la historia (porque uno puede saberse de memoria las fechas y los nombres sin entender un carajo), sino que a veces el mundo está configurado precisamente para que no haya otra salida.
Durante las marchas y las protestas por el ataque de los porros a estudiantes en Rectoría, se publicaron varías infografías y minicápsulas que trataban de explicar qué es un “porro” y el ciclo de marginación en el que debe de encontrarse para convertirse en eso. Amén de la deshumanización que se hace con cada delincuente y de las posturas altamente clasistas reflejadas en esos (quiero pensar) bien intencionados textos, me interesa más ese otro ciclo de cúpula intocable que tiene Ciudad Universitaria.
Desde que uno atraviesa cualquiera de las puertas que separan a CU del resto de la CDMX, el aire es distinto, la mayoría de los conductores ceden el paso a los peatones e incluso manejan con más precaución, Las Islas son un lugar de recreación y parece que todo el tiempo se discute algo trascendental en las aulas, en las conversaciones casuales que uno llega a escuchar de pasada. La verdad, nos gusta nutrir ese aire de superioridad intelectual que forma parte del mito de ser universitario.
Pero se nos olvida algo: CU también es México. Recuerdo bien el video en el que levantan a Sandino Bucio (eso no fue un arresto, como debio hacerse, sino un “levantón”), el feminicidio de Lesvy cerca del Instituto de Ingeniería, los constantes asaltos debajo del puente que conecta a Las Islas con el Estadio Olímpico e incluso el robo de vehículos de los estacionamientos y la ceguera y huevonería de los vigilantes que sólo están allí para estorbar o para babosear a las compañeras.
Lo que más me recordó esa fotografía, tan similar a la del 68, del porro con el palo entre las manos, fue que hace cincuenta años, a la máxima casa de estudios, militares mexicanos entraron con tanques.
VII
Alguna vez, la persona más pesimista que conozco me soltó que hablar
conmigo o leerme le deprimía. En otra ocasión, un profesor me dijo que
soy el tipo de persona que ve un librero y, en vez de alegrarse por
todos los libros que tiene, únicamente ve las colecciones incompletas y
los espacios vacíos. En mi trabajo, a veces me siento como Casandra. No
importa. Sin pesimistas, todos flotarían en el vacío.
24/10/18
Flashpoint. I'm (not) a hero pt. 5.
Nunca he sido tan veloz como quisiera
Jamás he ganado una carrera de atletismo
aunque lo intenté hace muchos años.
Todos me decían que tengo la complexión
y la altura necesaria
pero me falta la fuerza en las piernas.
Siempre me encuentro en una carrera interminable
en la que no tengo oportunidad alguna
persigo a la sombra de mi sombra
y mi mejor chance es hacerle no ganar
para reiniciar el mundo y evitar la catástrofe
Pero me falta la fuerza en las piernas.
Nunca he sido tan veloz como quisiera
ni siquiera ahora que es indispensable
No tengo de dónde sacar un esfuerzo extra
y tal vez ni quiero
Dejo que la sombra de mi sombra huya ligera
Me quedo parado a la mitad
entre el reboot y el apocalipsis
en la hebra orzuelada del loop
Aguardo mi destino de pie
quiero al menos recibirlo con un poco de honor
pero me falta la fuerza en las
piernas.
23/9/18
Tiempo transcurrido
![]() |
| Broken Clock by ifsantang disponible en https://www.deviantart.com/ifsantag/art/Broken-Clock-326434806 |
Soy
menos persona de lo que imaginé hace diez años
Apenas
soy la huella de mi sombra
No me
reconozco ni en mi cuerpo ni en mi casa
Afortunadamente
aún no soy lo que juré erradicar
Pero día
a día me acerco peligrosamente a ello
Estoy a
pocos instantes de la fuga y su derrota
Sucumbo
lentamente a la tentación del vacío
Resisto
más por costumbre que por agallas
Últimamente
todo es costumbre
Cada vez
todo más hastío
Si hace
quince años me hubieran advertido
que me
convertiría en el reflejo exacto de mi padre
con una
sonrisa los habría mandado a la chingada
Los
oráculos me escupen la cara
escupen
verdades como maldiciones
profecías
como venganzas
No
quieren advertirme de nada
sólo le
dan un toque irónico al asunto
Un
socarrón “te lo dije”
7/8/18
(Re)capitulación
Tengo el alma llena de difuntos
Pero no de los que uno entierra
sino de esos otros
//homúnculos idiotas//
que uno resucita aunque no quieran
Soy una bestia de pretéritos,
un salvaje de la memoria.
Isla marchita en el centro de la ciénaga
Promesa que se sabe rota apenas se formula
Debías tener otro nombre
cumplir otro destino
lejos
siempre lejos
Supongo que aún así te portaste con decencia
Los dos jugamos a lo mismo
con muñecos rotos
trompos sin punta
carritos sin ruedas
Jamás supimos qué nos retenía
Qué extraña gravedad nos ata(ca)ba
¿El amor? ¿Esa palabra tan rota?
¿El sexo de animal herido?
¿Una terquedad enfurecida?
Ahora (lo sé) no importa
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