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18/5/13

Shadow Link 2

 
Encender la consola. Pantalla en negro: Logo //Nintendo 64// que se desvanece tenuemente. Ocarina de fondo: melodía de cuna. Presionar Start.

Fiesta de cumpleaños. Medio día. Un grupo de geeks parlotean sentados en el suelo mientras lanzan spells desde sus manos. Todo muy sano, miopemente sano.

Seleccionar partida. Tres minutos para llegar al único lago en el mapa de bits. Calzas tus botas de acero y cambias de indumentaria: una linda túnica azul que combina con el detalle de tus ojos.
Saltas al lago. Puerta cerrada. Switch activado. Las rejas ceden. Entras.
//Water Temple//

Noche. Ya se fueron dos insuficientes caguamas. “Hay que salir por más”. Otras dos botellas de cerveza que no alcanzan.

Te enteraste de ese calabozo por una revista y muchos comentarios emocionados y enfurecidos de tu primo:
//subir el nivel del agua// //bajar el nivel del agua//
emplear una ocarina (también azul) con una canción de cuna para manipular el líquido mortal.

La sala toma una consistencia espesa; su densidad desciende trago a trago.
Nuevamente sin alcohol. Añadir la falta de dinero.
“Un mezcal”
//Presionar Botón A: Aceptar//

Calabozo infinito. Faltan llaves. Sobran llaves. Los corazones no aguantan, laten apresurados y un beep en tu cabeza resuena.
Cuando por fin resuelves un par de puzles y una batalla de pacotilla, llegas a una cascada con escalones descendentes (bajan por fuerza de la corriente y caen a un precipicio). Consigues subir más por un error en la programación que por pericia con el mando (piensas). //Menú de pausa: Botella de poción roja a la mitad: sabe a sangre: sangre que recuperas//

Te acomodas en la silla y te ves preparar las bebidas. Una voz ajena (y tan parecida a la tuya) explica que el refresco de naranja que un Tang que salud que otra que la chingada.

La siguiente habitación tiene un espejo de agua. No sabes qué tan profundo es. Avanzas. Las botas de piel apenas se hunden: un charco espejo de agua cubre todo el suelo. Una islita en medio del blanco cegador que abarrota la pantalla. Tu reflejo sigue tus pasos en perfecta sincronía. Tocas tierra: sólo el espejo acuoso se interpone entre la puerta y tú. Avanzas.

A partir del quinto vaso de mezcal (a treinta pesos en un Seven), perder la cuenta. La jarra nuevamente está llena y esa voz ajena (y propia) entona un brindis más por cualquier estupidez.

Si miras bien la pantalla, verás que tu reflejo se fugó.  «Bug» (piensas). Puerta cerrada: debes indagar, en ese cuarto vacío, por un interruptor. Das media vuelta y colocas la cámara detrás de ti.
¿Otro vasito? Salud, wey, salud”. En la isla hay otra silueta. Corres hacia allá. Sorbo al mezcal –antes dulce, ahora amargo– «ya valió madres». Terminar de un trago el resto del fluido.

Tu sombra te confronta: ojos en rojo encendido; y su cuerpo: una silueta ceniza. Viste como tú, se mueve como tú. Desenvainas la espada/desenvaina la espada. Golpeas/golpea: choque metálico.

Está(s) en el baño. Ir a buscar(lo). De espaldas a la puerta, frente a la superficie reflejante, quizá lavándose las manos mientras observa las pupilas de sus ojos. Charlando con aquel del cristal.
“No hay bronca, pásale”
Tomar asiento en el frío azulejo y confesar que tienen una charla pendiente. Accede.
//¿Por qué?//
¿Por qué qué?”
Choque metálico simultáneo. Tratas de rodearlo inútilmente: emula tu carrera. Estocada/estocada. Choque de aceros: gemido propio, mano herida. El oscuro doble: intacto.
«¿Por qué ella? ¿por qué ahora? ¿por qué seguir?»
Tres golpes seguidos que fallas pero el reflejo, a fuerza de evasión y silencio, encaja.
“Por algo te eligió
Zoom-in al inodoro: ruido gutural: oscuridad: ardor: flush.
//Dos corazones para aguantar//
//Ce izquierdo para un ítem: arco con flecha: tiro fallido. Ce izquierdo otra vez: lo mismo//
Estocada. La figura negra: equilibrista sobre tu espada. Mira hacia abajo: estás completamente indefenso:
“Lo estás haciendo bien, wey. Todo lo estás tirando en el excusado, no estás haciendo batidero, muy decente. Tú sácalo”.
Recompones posición. Lo miras a sus ojos rubí.
«No entiendo, ¿por qué? ¿para qué? ¿cómo?»
//Presionar Start para poner pausa//
Cambias de utensilios: el arco, la ocarina y el gancho quedan resguardados y tomas el fuego de Din, las bombas y un martillo enorme. Sigues el consejo que algunos años atrás leíste en la misma pantalla, pero con imágenes en dos dimensiones y de menor calidad: //Si todo lo demás falla, usa fuego//.
//Presionar Start para reanudar//
//Fuego de Din// La cúpula de fuego que te rodea y se expande no toca al oponente. «Idiota».
Tu sombra ya no te emula, ahora lucha libremente. Aprovecha cualquier descuido para clavar su espada en tu cuerpo. “Por algo te eligió/Por algo te eligió/Por algo te eligió”. Medio corazón y ese beep intermitente.
La última llamarada que te permite tu barra de magia: aciertas: la silueta se va y regresa más lista, más rápida, más hábil. Medio corazón de resistencia.
«Bombas». Quedan apenas cinco (según indica el subíndice de la imagen). Las desperdicias todas torpemente.
//«No basta y lo sabés. Esas respuestas de manual no bastan, lo sabés. No las necesito, no me sirven. ¿Por qué, mierda, por qué?»//
Sacas el martillo dispuesto a destrozar. No podrás usar el escudo. No importa: a estas alturas, la muerte está más cerca y sólo queda atacar, ir al frente, aunque la cara siga pegada a la cerámica y esos grumos de ardor, provenientes de tus entrañas, no hayan terminado su evacuación.

Golpes acrobáticos. Ahora tú imitas al esgrimista circense, pero no puedes. Cada giro/brinco/voltereta te coloca en una posición de blanco fácil; apenas esquivas el asesinato.
Martillazo
«Imbécil». Tu cuerpo queda completamente expuesto. Nuevamente lo miras desde abajo.
“Esto es por tu bien”. Los ojos encendidos te dicen que no estás listo, te falta entrenamiento, recursos, aguante para la bebida y las nostalgias. Un par de dedos se encajan hasta tu campanilla para provocarte las arcadas necesarias que te quiten lo pálido y el alcohol inmetabolizable por tu hígado. Es inútil. Los músculos de la garganta, el abdomen, etcétera, ya están demasiado agotados (lo sabrás al día siguiente, cuando intentes reír y duela).

El algoritmo designa que, al morir, caigas de rodillas emitiendo un quejido gutural. Así te desplomas en medio de la sala. Te desmayas sobre tu pecho y cara. Suelo frío y líquido. La pantalla se oscurece.
//Game Over//


23/9/12

Lo mono y lo sublime

Dibujo hecho por Suzette/Farizada En su dA
Mirá lo que se pone en el cuadro, es algo poco amorfo, tiene pinta rara, pero trae puesto un moño. No importa lo que sea, ¡trae un moño! Eso torna la cosa en hermosa y sin importar qué sea, se ve tan mona.
Le reconocés como algo femenino, por ese lindo adorno, pero seguís sin verle forma, te concentrás en el moño que no tiene color, lo imaginás rosa, rojo, azul, amarillo, hasta verde; es un moño multicolor que engrandece la ternura de aquel bichito que mirás en el recuadro. De pronto ves que tiene antenas, unas antenitas simpáticas, receptoras de quiénsabequé mensajes o visiones; unas pequeñas antenitas que salen de lo que debe ser la cabeza y que sostienen al pequeño moño multicolor.

Con cautela te alejás un poco del moño para ver la totalidad de la imagen, ves tres patas flexionadas un poco, el cuerpo quieto e incoloro y un ojo negro con un destello de luz rebotando en él, hasta el pequeño orificio nasal por el cuál respira. Parece tener vida, es como si posase para el dibujo, como si se hubiese quedado muy quietecita para que le colocaran ese brillo en el ojo y, sobre todo (lo más importante), ese bello moño.
De pronto pillás, ¡es una cucaracha lo que está dibujado en el recuadro! El moño la mimetiza con perfección en los linderos de lo más tierno jamás creado. Comprendés lo sublime del asunto, pillás que la patafísica sirve de algo y que la cucaracha de bello ojo y tierno moño es lo que ha cautivado a tu sensibilidad. La mirás en éxtasis evocando su ternura en distintos lenguajes, «kawai!, ¡cómo mola! ¡jo, que está muy mona! ¡Sí, sí, quiero una para mí, con ese moño rosa (azul, amarillo, etcétera)».

Le das un click en la imagen, le ponés en guardar y la cucaracha con su moño queda guardada en la memoria para la posteridad, mientras en la pantalla, después de la descarga aparece un mensaje con letras rosa «¿quien decia que las cucarachas no podian ser monas?».