9/10/14

Laberintos


“Relax” said the night-man
“We’re programmed to recieve.
You can check-out anytime you like
but you can never leave” 
“Hotel California”, The Eagles


La miró de frente, callada y pensativa. Su cuerpo delgado era una estatua plateada que lo juzgaba con el silencio, lo sentenciaba a la penitencia tortuosa de no saber qué hacer.
“Tirarse por la ventana sería sensato”
Sí, esa vocecilla tenía razón, pero para llegar a la ventana habría que pasar al lado de ella, mirar nuevamente su boca rígida, el lunar discreto en la mejilla, las manos tersas y delgadas; habría que ignorar su magnetismo absurdo.
Bajó la cabeza sin dejar de mirarla. Ella permanecía inmóvil, como una esfinge esperando a que se acercase y soltar el acertijo que le causaría la muerte segura.
Un zumbido tenue rompió el silencio. La aguja del fonógrafo rasgaba un disco, tan sólo provocaba ruido blanco.
Esos ojos cafés parecieron dejar de mirarlo y se enfocaron en algún punto detrás de él; lo atravesaron como si no existiese. Entonces la observó como nunca: vulnerable y tímida, temerosa de algún fantasma, inmóvil pero casi llena de vida.
Él dio un paso hacia ella. Ella volvió a fijar su mirada en ese cuerpo menudo que había logrado aterrorizar. Antes, hubiera querido recuperar así el control sobre los nervios de esa anatomía desconocida, había implorado con todas sus fuerzas que no avanzara más, pero él seguía avanzando lentamente. Ahora, ambos sumidos en quietud.
Sin estar completamente seguro de lo que hacía la abrazó. Ella no opuso resistencia. Sin saber qué más hacer, la dejó tendida y salió por la puerta.
Los pasillos del hotel le parecían enormes en longitud e infinitos en número. Caminó hacia la izquierda, las paredes iluminadas por lámparas amarillas parecían ser copias de sí mismas. Las puertas lo seguían con la mirada desde su ojo de buey, el susurro de la madera y aquel olor a ébano inundaba la atmósfera. Llegó a unas escaleras y miró el número de la última habitación: 309. Bajó corriendo las escaleras, cogió el primer pasillo al que llegó buscando desesperadamente otras que le llevaran a la planta baja. No había escalinata alguna, simplemente puertas a derecha e izquierda del nuevo pasillo, tan parecido al anterior. Miró el número de la puerta más cercana: 402.
Comenzó a recorrer ese pasillo lentamente. Después de andar por unos metros llegó a una pared, de la cual colgaba un cuadro que enmarcaba un lienzo escarlata donde aparecían siluetas deformadas, sombras amorfas que parecían luchar por no fusionarse en una sola.
Miró hacia ambos extremos del corredor. No había otra escalinata. Regresó corriendo. Nuevamente subió por las escaleras y reconoció el pasillo que había dejado minutos atrás. La numeración descendiendo desde el 309. Quizá habría sido mejor irse a la derecha. Así lo hizo.
Al cruzar por la habitación en donde había dejado a aquella mujer, escuchó un murmullo, como si alguien estuviese sollozando con el puño metido en la boca para que no le escuchasen lamentarse. Sintió la tentación de entrar en nuevamente en el cuarto, pero se contuvo. Echó a correr, encontró otra escalera. Bajó velozmente. En cuanto llegó al siguiente piso, quiso verificar cuál era. Buscó alguna puerta. Extrañamente sólo había una al final del corredor. Se dirigió hacia allá. No había número y parecía entreabierta. La empujó suavemente.
Ella estaba dentro, llorando mientras mordía la almohada. Había sacado la ropa de los cajones para arrojarla por todos lados, los espejos estaban hechos trizas. De sus puños manaban hilillos de sangre. Cuando la luz amarillenta le dio en la cara, sus ojos se tornaron furia y lo golpearon de lleno. La mirada lo arrojó nuevamente a ese corredor apergaminado. Corrió tratando de alejarse de aquella puerta.
Llegó a las escaleras y subió por ellas. Miró las puertas y trató de reconocer el número de habitación: 509. Avanzó trémulo y llegó nuevamente al cuadro que vio en el cuarto piso, las siluetas seguían sin querer fusionarse mientras que el carmesí del lienzo parecía quemarlas fuertemente.
De súbito todas las puertas se abrieron de golpe. El aroma a madera lo asfixiaba. Echó a correr nuevamente. Sudor frío le recorría el cuerpo. Bajó los peldaños, buscó los siguientes, volvió a bajar, continuó corriendo, encontró otra escalera más y bajó por ella. Al ver las puertas quiso cerciorarse de estar en el segundo piso, pero el letrero imponía: 302.
Giró sobre sus talones y apareció el cuadro escarlata. Las siluetas al fin fundidas, reducidas a cenizas y unificadas en un líquido espeso.
Abrió la puerta de la habitación 306. Otro pasillo se materializaba detrás; largo, infinito como esos ojos cafés, lleno de una luz paralizante como esa mirada, con el tapiz retocado de hilillos color sangre que parecían moverse siguiendo las pulsaciones de algún corazón desfalleciente.
Se adentró en el corredor. No tardó mucho en dar con la puerta. No tenía número. Entró con cautela.
Ella estaba en el suelo, pálida, con los ojos fijos y los puños cerrados. Su rostro de muerte imperturbable, mientras la sangre manaba aún lentamente fuera de sus venas y la boca rígida que había dictado la sentencia silenciosa de no escapar jamás.

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