25/9/19

Simulacros: la pasividad


Las señales del fin del mundo siempre se presentan de manera clara y latente, resulta fácil identificarlas en la menor desviación de las costumbres y rutinas; en cambio, las señales de esperanza casi nunca se aprecian, pasan inadvertidas como regularidades o, peor, como lo que en realidad debiera ser. Nunca he sido una persona francamente optimista (o tal vez, sí, pero de clóset, me avergüenza enunciar el advenimiento de buenas nuevas como si creyera en algún mesías o en la salvación definitiva), más bien me reconozco en el ala fatalista de las reuniones, soy el que declara la muerte de la esperanza, incluso convertí un momento crucial en mi vida en un performance de esa creencia absoluta (y me desdije hacia el final, por mera misericordia).
Hace unos meses se me planteó otra encrucijada para definir un poquito el rumbo de mi vida y, honestamente, no supe muy bien qué hacer, porque esto de convertirse en adulto (de ser un adulto) me parece excesivamente complicado. En retrospectiva, la cosa era simple /las cosas siempre son simples en retrospectiva/, bastaba un sí y un no; la revisión de los eventos resulta en esquemas dicotómicos, unos y ceros que se agrupan de cierta manera, puertas que se abren y puertas que permanecen cerradas. Todo el asunto se resumía en eso: elegir una puerta.
Muchas veces he tomado esas decisiones basado en un factor: la cantidad de sufrimiento; según mi estado de ánimo me acerco o me alejo de ello. Otro aspecto es la huida, escapar de algo que me disgusta o de algo que me gusta. Creo que puedo contar con los dedos de mis manos todos los momentos en los que en vez de huir, perseguí algo; pues, resulta inexplicablemente cómodo seguir la corriente, únicamente ver el sendero y seguir los pasos que ya se han trazado para mí. Abrir ruta es lo difícil y lo evitaba como la peste.
En estos días me encuentro en otro escenario y he optado por una solución igualmente cobarde, el estatismo. Quedarse quieto es otra forma de escapar. Aguardar a que llegue un río que ni siquiera se oye o una ventolera que tampoco se anticipa de manera alguna. Permanecer inmóvil también es otro método de esta alienación de la agentividad propia. Sin embargo, la quietud también se relaciona con la estabilidad, con el hecho de estar relativamente bien; si lo contrasto con la montaña rusa en la que a veces se transforma mi vida cuando me abandono a la vanidad de pasiones propias y ajenas, bien puede caber esa acepción, mas lo dudo. En la reacción al estímulo se atisba un deseo (de ser o de no-ser), pero hay movimiento; en la quietud y su resignación obediente, hay una sensación de vacuidad absoluta. Este tipo de existencia no es agotador ni fascinante, resulta trivial y monótono; me gusta pero no me llena.
Regreso al teclado como una resistencia ante este sopor que se ha instalado en mí.
/Al menos eso quiero creerme/

2/9/19

Casa sola

Estoy más solo que solo
Estoy más solo conmigo que cuando estoy sin ti
Mi roomie tuvo una cita hoy
Fue al cine
al antro
a cenar
a un hotel
a ese hotel
[No importa]
Mientras yo intento preparar un poco de café
La soledad es dos palomitas de color gris en una conversación de hace años
una Coca-Cola sin gas
y el recuerdo de dos fotografías que de seguro ya borraste
También
es una actualización de 2 GB que un programa descarga
inicia
crashea
y vuelve a descargar
desde cero
la incapacidad de hacer lo que quieres
la falta de voluntad de hacer lo que debes
Nunca me había molestado estar conmigo mismo
pero hay ausencias voraces y gélidas
que se mitigan con sertralina y terapia

31/7/19

Amores imposibles


Eres la suma de todos mis amores imposibles
Entre nosotros se instala una distancia llena de momentos:
recorridos fantásticos y puestas de sol,
ese último beso del día antes del primero del siguiente
Todo eso es una posibilidad entre nosotros
Una posibilidad tangible y tan cercana
pero que inevitablemente se presiente imposible

Eres el mejor de mis amores imposibles
No hay necesidad de una despedida dolorosa
/Todas las despedidas siempre son dolorosas/
Ni la obligada certidumbre de verse nuevamente
En cambio cada día es un (re)encuentro
Y cada instante es extrañarte un poco

16/1/19

Infernáculo. Casilla 6

Otro año ha pasado. Debo admitir que el 2018 fue uno de los peorcitos que me han tocado hasta ahora y que inicio el 2019 con la triste superstición de que el hecho de que se repita el calendario funja como acontecimiento místico que permita la ruptura de un viejo ciclo e inicie uno nuevo (si no mejor, al menos distinto -a qué mentir, por supuesto que quiero que este bodrio mejore).

En resumen, podría decirse que el año pasado fue el de los fantasmas al acecho y de las nostalgias asesinas. Se me frustraron todos los proyectos que quise iniciar, algunos por autosabotaje, otros por friendly fire y la gran mayoría porque precisamente ahora estoy anclado en un puerto que ya quiero abandonar. De hecho me ofrecieron una oportunidad relativamente estable para abandonar la nave, pero no sé si tengo el talante para hacerlo. Francamente me da miedo dejar mi zona de confort y tener que afrontar, encima de todo, una situación económica más austera. Por ahora debo ser la piedra que resiste, debo ser la muralla y el pilar. Mi propósito de año nuevo es dejar de posponer mi vida. Al menos eso pienso ahora y espero que eso se mantenga.

Crecer apesta, nunca lo hagan.

25/11/18

Sin perdón, pero el olvido

Publicado originalmente en Marabunta, el 8 de noviembre de 2018, disponible en http://www.revistamarabunta.com/2018/11/08/sin-perdon-pero-el-olvido/ [consulta: noviembre 2018]

El pasado es arcilla que el presente labra a su antojo. Interminablemente
–Jorge Luis Borges

I
No hay pretexto: es obligatorio recordar. Se debe recordar los eventos importantes en la vida personal y colectiva, porque ello conforma nuestra identidad (directa e indirectamente). Aunque uno no lo quiera, el mundo también nos determina, pero no se vale siempre recurrir a la frase fácil: “Soy víctima de mis circunstancias”.

II
La importancia de la memoria puede verse desde muchas perspectivas, Elizondo, en Farabeuf insiste tercamente en que debemos recordar el preciso momento y hacer un inventario minucioso de los detalles que componen ese minúsculo instante, en el que eros y tánatos se funden para culminar en la propia muerte. Pues el ser humano es escencialmente un ser histórico, de allí que necesite de datos concretos, acontecimientos y (¿por qué no?) predestinaciones para expresar quién es. Sin embargo, Pacheco, al final de Las batallas en el desierto, nos advierte que la memoria nos traiciona (Carlos visita nuevamente el edificio donde vivía Mariana y alguien le asegura que allí jamás ha vivido alguien con ese nombre). A final de cuentas, la historia que nos contamos a nosotros mismos sobre quiénes somos y de dónde venimos, también es una ficción, un minirelato fundacional que nos justifica la persistencia en la tierra, de otra forma sólo nos quedaría el suicidio como única alternativa. Irónicamente, al tratar de anclar mejor todos los sucesos, embelleciéndolos un poco para que el relato no carezca de atractivo, estos se trastocan y se diluyen hasta ser completamente otros.

III
Hay una lista de Spotify llamada “Himnos de resistencia latinoamericana”, que contiene varias canciones sobre la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco, Amazon produjo una serie llamada Un extraño enemigo y aborda el mismo tema (no la he visto, pero el video promocional promete hacer señalamientos claros sobre los responsables) y desde 1989 la película Rojo amanecer hizo alusión a ese crimen de Estado. La sublimación de la tragedia sirve como memoria sensitiva de los acontecimientos, igual de útil que la memoria documentada, pero –desde mi perspectiva– más útil, porque se recuerda desde la catarsis, lo cual queda más marcado que el simple dato duro en la memoria.
Sin embargo, como advierte Baudrillard en La ilusión del fin, la viralización de los acontecimientos puede proyectarlos fuera de la historia y anular su trascendencia; particularmente, en un mundo que considera al arte como mero objeto ornamental, los sucesos, que pretenden inmortalizarse así, terminan encontrando una entrada al olvido masivo, quedan sepultados bajo una montaña de likes, reacciones y otro montón de situaciones urgentes y hashtags.
No quiero decir que las redes sociales sean el principal problema, al contrario, me parece que han servido para solventar otras carencias de comunicación y de organización social que antes se desatendían; sólo menciono el riesgo que corre cualquier suceso histórico en la actualidad: perecer antes de realizarse.

V
Hay una fascinación extraña por los ciclos. A posta o sin querer, los eventos terminan repitiéndose en algún momento. Quizá no se repitan exactamente, eso parece imposible, pero ocurren casi idénticos, más similares que a sí mismos, y despiertan fantasmas que rondan todo, menos su propia tumba. Recién había pasado el sismo del 19 de septiembre de 2018 y el recuerdo de 1985 inundó las redes sociales con fotografías que parecen calcas. Lo mismo ocurrió el 3 de septiembre, cuando porros atacaron a estudiantes del CCH enfrente de la rectoría de la UNAM y se repitió la imagen de un delincuente blandiendo un palo en actitud amenazante; como si el espectro del 68 pisara CU nuevamente.
Fácilmente se puede recurrir a ese lugar común (que jamás ha perdido el grado de sentencia): “Un pueblo que desconoce su historia, está condenado a repetirla”. Sí y no. No se trata sólo de conocer la historia (porque uno puede saberse de memoria las fechas y los nombres sin entender un carajo), sino que a veces el mundo está configurado precisamente para que no haya otra salida.
Durante las marchas y las protestas por el ataque de los porros a estudiantes en Rectoría, se publicaron varías infografías y minicápsulas que trataban de explicar qué es un “porro” y el ciclo de marginación en el que debe de encontrarse para convertirse en eso. Amén de la deshumanización que se hace con cada delincuente y de las posturas altamente clasistas reflejadas en esos (quiero pensar) bien intencionados textos, me interesa más ese otro ciclo de cúpula intocable que tiene Ciudad Universitaria.
Desde que uno atraviesa cualquiera de las puertas que separan a CU del resto de la CDMX, el aire es distinto, la mayoría de los conductores ceden el paso a los peatones e incluso manejan con más precaución, Las Islas son un lugar de recreación y parece que todo el tiempo se discute algo trascendental en las aulas, en las conversaciones casuales que uno llega a escuchar de pasada. La verdad, nos gusta nutrir ese aire de superioridad intelectual que forma parte del mito de ser universitario.
Pero se nos olvida algo: CU también es México. Recuerdo bien el video en el que levantan a Sandino Bucio (eso no fue un arresto, como debio hacerse, sino un “levantón”), el feminicidio de Lesvy cerca del Instituto de Ingeniería, los constantes asaltos debajo del puente que conecta a Las Islas con el Estadio Olímpico e incluso el robo de vehículos de los estacionamientos y la ceguera y huevonería de los vigilantes que sólo están allí para estorbar o para babosear a las compañeras.
Lo que más me recordó esa fotografía, tan similar a la del 68, del porro con el palo entre las manos, fue que hace cincuenta años, a la máxima casa de estudios, militares mexicanos entraron con tanques.

VII
Alguna vez, la persona más pesimista que conozco me soltó que hablar conmigo o leerme le deprimía. En otra ocasión, un profesor me dijo que soy el tipo de persona que ve un librero y, en vez de alegrarse por todos los libros que tiene, únicamente ve las colecciones incompletas y los espacios vacíos. En mi trabajo, a veces me siento como Casandra. No importa. Sin pesimistas, todos flotarían en el vacío.

24/10/18

Flashpoint. I'm (not) a hero pt. 5.




Nunca he sido tan veloz como quisiera
Jamás he ganado una carrera de atletismo
aunque lo intenté hace muchos años.
Todos me decían que tengo la complexión
y la altura necesaria
pero me falta la fuerza en las piernas.
Siempre me encuentro en una carrera interminable
en la que no tengo oportunidad alguna
persigo a la sombra de mi sombra
y mi mejor chance es hacerle no ganar
para reiniciar el mundo y evitar la catástrofe
Pero me falta la fuerza en las piernas.
Nunca he sido tan veloz como quisiera
ni siquiera ahora que es indispensable
No tengo de dónde sacar un esfuerzo extra
y tal vez ni quiero
Dejo que la sombra de mi sombra huya ligera
Me quedo parado a la mitad
entre el reboot y el apocalipsis
en la hebra orzuelada del loop
Aguardo mi destino de pie
quiero al menos recibirlo con un poco de honor
pero me falta la fuerza en las piernas.

23/9/18

Tiempo transcurrido


Broken Clock by ifsantang disponible en https://www.deviantart.com/ifsantag/art/Broken-Clock-326434806

Soy menos persona de lo que imaginé hace diez años
Apenas soy la huella de mi sombra
No me reconozco ni en mi cuerpo ni en mi casa
Afortunadamente aún no soy lo que juré erradicar
Pero día a día me acerco peligrosamente a ello
Estoy a pocos instantes de la fuga y su derrota
Sucumbo lentamente a la tentación del vacío
Resisto más por costumbre que por agallas
Últimamente todo es costumbre
Cada vez todo más hastío
Si hace quince años me hubieran advertido
que me convertiría en el reflejo exacto de mi padre
con una sonrisa los habría mandado a la chingada
Los oráculos me escupen la cara
escupen verdades como maldiciones
profecías como venganzas
No quieren advertirme de nada
sólo le dan un toque irónico al asunto
Un socarrón “te lo dije”

7/8/18

(Re)capitulación


Tengo el alma llena de difuntos
Pero no de los que uno entierra
sino de esos otros
//homúnculos idiotas//
que uno resucita aunque no quieran

Soy una bestia de pretéritos,
un salvaje de la memoria.
Isla marchita en el centro de la ciénaga
Promesa que se sabe rota apenas se formula

Debías tener otro nombre
                                          cumplir otro destino
                      lejos
                                             siempre lejos

Supongo que aún así te portaste con decencia
Los dos jugamos a lo mismo
con muñecos rotos
       trompos sin punta
       carritos sin ruedas
 

Jamás supimos qué nos retenía
Qué extraña gravedad nos ata(ca)ba
¿El amor? ¿Esa palabra tan rota?
¿El sexo de animal herido?
¿Una terquedad enfurecida?

Ahora (lo sé) no importa

30/7/18

La culpa la tiene el pasto

Publicación original en "Infernáculo" en la Revista Marabunta, disponible en http://www.revistamarabunta.com/2018/07/04/la-culpa-la-tiene-el-pasto/ [consulta: 30 de junio de 2018]



El fútbol es como ajedrez, pero sin dados
Lukas Podolski
In memoriam G. R. S.


1
Si te contara… A mí me decían “Estrella”, ¿sabes? Yo corría rapidísimo y jugaba por la banda derecha. El Tito, en cuanto recibía el balón y veía el espacio vacío, me gritaba “¡Estrella!” y pateaba hacia el hueco. Yo corría como demonio hacia allá para recibir la pelota, casi nunca perdí un pase, ¿eh? Y casi siempre las jugadas así terminaban en gol. Eran unos partidazos brutos.

2
El abuelo me habla de sus partidos llaneros como si se tratara de copas mundiales, me dibuja las canchas del barrio como si se trataran del Maracaná y traza con la mano los recorridos que realizaba, siempre pegadito a la línea de saque lateral para asegurar la retención del balón. Él me cuenta todo eso mientras su mano mueve el alfil hacia mi reina para dejarme con la tentación de un intercambio de piezas que me libre de un jaque. Miro el tablero mientras menciona cómo el Tito le pasaba el balón y él recortaba hacia el centro.
Hay diferencias muy marcadas entre nosotros y similitudes inverosímiles. Llevamos el mismo nombre (mi madre así lo quiso), tenemos el mismo carácter e hinchamos por el mismo equipo (aunque ahora él diga que su corazón su corazón siempre ha sido del Necaxa, yo sé que cargamos la misma cruz celeste, esa que cuesta tantos años de segundones en liguilla), los dos tenemos historias de finales cerradísimas que se disputaron en el último momento y de juegos en los que cometimos un error tras otro hasta hundirnos; ambos pateamos con el pie derecho, pero yo siempre recorto hacia el área para tirar a gol, él lo hacía para lanzar un centro con una parábola fina; ambos jugamos para escuadras campeonas, imbatibles, pero él siempre portó el gafete de capitán, mientras que a mí me tocó verlas desde la banca; los dos siempre tuvimos una visión precisa del juego, él desde dentro (por eso nos entrenaba y nos dirigió cada partido), yo desde afuera (por eso siempre, desde mi asiento, le daba consejos y las piernas me temblaban como gelatina desde el primer instante en que pisaba el terreno de juego).
Observo el alfil, en realidad es tentador; hace un lustro quizá hubiera caído en esa trampa, ahora, con varios años más, sé lo que viene. Me he aprendido su repertorio de jugadas. Primero se va mi reina, él recularía hasta organizar una defensa sólida y yo, como buen principiante atrabancado, me lanzaría de lleno al ataque para intentar quebrarlo. Comenzaría un asedio en el que yo terminaría perdiendo la mitad de mis recursos y, a la larga, el juego entero. Sonrío mientras comento nuevamente lo increíble que suena su relato y cómo entendía ahora sus métodos de entrenamiento. Tomo mi rey y lo coloco en otra posición, lejos del peligro.

3
Mi padre y mis tíos también jugaron futbol de la mano de mi abuelo, como si hubiera querido armar su propio club deportivo: tres generaciones de futbolistas amateur que portaron la misma camiseta con el mismo nombre. Recuerdo mi primer contacto con un balón durante esos días. Jugaban futbol de salón con esas pelotas diminutas y pesadas. Nuestro equipo iniciaba su calentamiento realizando pases en círculo. Yo, como un niño tonto, corrí hacia el balón para intentar quitárselos. Acababa de ver por primera vez un episodio de Súper Campeones y me sentía Oliver Atom. Cuando mi pie hizo contacto con la pelota en movimiento, me venció la fuerza y tropecé. Lloré. Lloré mucho pues la inercia me hizo resbalar un tramo sobre la duela y me quemé un poco los brazos. Desde ese día me nació una contradicción que pocos entienden: me encanta el futbol pero me da cierta fobia el balón. Te fallé, capitán Oliver, la pelota no es mi amiga.

4
El abuelo ya no sigue su historia. El movimiento del rey lo ha desconcertado, me mira y sonríe. Sabe que ya no puede ganarme en el ajedrez sin tener que sacarse de la manga alguna jugada. Yo sonrío porque ahora sé que en el tablero a cuadros bicolor somos iguales.

5
Ahora le hablo de un partido de la liga en el que jugamos sin suplentes. Todos sabíamos que ese juego era importante, porque se trataba de uno de los clásicos del deportivo del barrio; además, el equipo contrario se jugaba su clasificación. Nosotros ya teníamos asegurada la entrada a la fase de eliminatorias directas, pero ellos necesitaban ganar o empatar para poder entrar en el último puesto disponible. La estrategia era sencilla: si ellos no entraban, dos juegos de eliminatoria resultarían fáciles (habían entrado cuatro conjuntos que ya traíamos de clientes en cada partido y a los que arrasamos en la fase de liga), básicamente sólo nos quedaría una final reñida antes de hacernos nuevamente con la copa.
Sin embargo, conforme al reglamento que había puesto mi abuelo, los tres mejores jugadores y el portero no podían asistir, pues habían reprobado materias en la escuela y otro más estaba enfermo.
Mi abuelo sabía que yo tenía la técnica mas no el temple. Todo el equipo sabía que mi abuelo era objetivo cuando se trataba de la alineación y que casi no me daba tiempo en la cancha, porque siempre mis errores costaban un gol. Para colmo, el único elemento del equipo titular iba a jugar de portero.
“Ese día tuve que quemar mi as bajo la manga” me confiesa “pensaba colocar a Alan en la portería durante la final contra el Imperio para ver la cara de don Gaby, pero estos chamacos mensos que no se pusieron al tiro en la escuela me lo echaron a perder”.
Recuerdo que yo estaba desconcertado cuando lo decidió porque en la escuela siempre se va a la portería el que menos sabe jugar con los pies. Cuando me dijo que yo reemplazaría al chaval que se iba de cancerbero, se me vino el mundo abajo: yo no tenía gol y era demasiado goloso con el balón.
Pero ese día fue un descubrimiento para todos: por primera vez lució el once en mi espalda. Corrí como nunca por las dos bandas, retuve el balón e incluso me mandé un par de pases venenosos al centro del área que culminaron en gol. Me barrí, cometí un par de faltas, mandé a volar a un gordito que intentó chocar hombro con hombro cuando me enfilaba al área; el mocoso que siempre se volteaba cuando veía que alguien iba a patear la pelota se había plantado con los dos pies bien firmes a detener un trallazo que de otra forma hubiera sido gol.
Pero creo que el mérito fue del capitán, Alan. Todos agarramos confianza después de la primera atajada que se mandó cuando estábamos engarrotados a la defensiva y casi pegados a nuestra área, así habíamos iniciado el partido y el escenario parecía no moverse. Le mandaron un cañonazo al ángulo derecho y el desgraciado lo sacó a mano cambiada. Después de eso nos dimos cuenta de que no estábamos improvisando, que el DT sabía exactamente lo que hacía. Nos lanzamos al frente, como en los entrenamientos, abriendo la cancha y tocando por nota. Sí, era un equipo incompleto y lleno de suplentes, pero traíamos más juego que los de en frente. En la primera llegada cayó el primer gol.
Yo dejé de escuchar a mi abuelo después de eso. Ahora sé que él sólo gritaba a veces un par de indicaciones que atendíamos al momento, por inercia. El entrenador del equipo contrario estaba muy enojado: no podía creer que ese grupito de la reserva se la pasó corriendo los cuatro tiempos como si nada mientras que sus diez muchachos se ahogaban en cada recorrido.
“Vaya pena que los partidos siguientes no jugaras igual, hasta la fecha no sé qué te dio ese día, hijo” me responde mi abuelo mientras enroca el rey. Yo tampoco lo sé.

6
Hace unos años intentamos volver al campo de juego. Le dije a mi abuelo que quería regresar a los partidos. Él no había dejado de asistir, como espectador, pero al borde de la cancha. Convencí a un amigo para que fuera conmigo a buscar colocación en alguna escuadra. El señor me reconoció de inmediato, preguntó por mi viejo y se disculpó conmigo porque no había espacio. Me dijo que hablaría con los directores para ver si alguno me aceptaba.
Una semana más tarde, ya nos habíamos apalabrado con un viejo colega y rival de mi abuelo para que me dejara probar. Su equipo se llamaba River Plate, pero los chavales no jugaban un carajo.
Me dejó entrar de sustituto durante el tercer cuarto. Perdían el juego tres a cero. En cuanto entré, me regresaron las piernas temblorosas y una adrenalina desenfrenada que nunca he podido controlar. Me mandaron un despeje larguísimo porque querían aprovechar que la puerta de entrada estaba cerca de la portería rival. Recibí el pase y controlé el balón como dios, pero la pelota tocó tierra unos centímetros después de la línea de shoot-out y el árbitro pitó la infracción.
Mi abuelo se comprometió con la idea de volver. Consiguió nuevos y mejores uniformes, como los que le gustaban, pero me mandó la camiseta con un tres en la espalda: me mandaban a la defensa y como central, para colmo. El nombre del equipo cambió a una combinación de la vieja escuadra de mi abuelo y del equipo nuevo. Se supo en toda la deportiva que la vieja leyenda de los Halcones volvía, como un fénix, a quitarle lo invicto a Imperio (otra vez). Incluso regresó el Kid, un muchacho chaparrito que movía el balón contra las leyes de la física. Ese chico se probó en el Atlas, pero lo rechazaron por la estatura y le dijeron que ni lo intentara, porque medía mucho menos de lo que necesitaba para entrar siquiera a tercera división.
Hicimos todo lo posible, pero ya nunca fue lo mismo. Mis nuevos compañeros de equipo eran los jugadores de antaño de barriada, las estrellas fugaces de los colegios que se sienten habilidosos (y algo de eso tienen) pero juegan con más garra que estilo y se desploman al primer error. Nunca nos acoplamos con ellos ni mi abuelo, ni Kid, ni yo.
Renunciamos definitivamente después de un partido, al que mi abuelo no fue, en el que mis compañeros perdieron la cabeza cuando otro chico los driblaba fácilmente e incluso se mandó un par de caños de fantasía. Hasta el portero la tomó contra él y le llovieron barridas, empujones, pisotones, patadas descaradas, escupitajos… el trato regular de los envidiosos hacia el verdadero talento que apenas despunta para que “aprenda”.
En una jugada en que dos muchachos se le barrieron al mismo tiempo y el árbitro no se dignó a expulsar a ninguno de ellos, me salí de la cancha, agarré mi maleta, le menté la madre a todo mi equipo, les dije que por eso están en el fondo de la tabla y jamás saldrán ni de ahí ni de la mierda de vida que llevan y me largué. Le conté todo a mi viejo, le dije lo que había pasado y me metí a bañar.
Creo que esa fue la segunda y última vez que él se sintió orgulloso de mí como jugador.

7
“Hiciste bien, hijo, yo no los entrenaba para que jugaran como esos, por eso nos odiaban y admiraban, nieto, porque les enseñé a jugar con colmillo y recio, pero siempre limpio”. No mentía. Nos enseñó a meter el cuerpo, a como agarrar descolocado al oponente al momento del choque para tirarlo sin cometer falta; nos enseñó a cubrir el balón, a no achicarse al momento del encontronazo, a barrernos desde atrás y sacar la pelota sin tocar al jugador. Nos legó todos sus años de experiencia de partidos llaneros, sólo nos pedía anotar un gol más que el rival en todos los partidos.
Mi mano mueve un peón para obligar a romper la barrera del enroque. Mi abuelo no cede. Ahora él me sorprende a mí y se lanza al ataque. Ahora comenzará una masacre de piezas. Intercambiaremos casi todo nuestro ejército buscando dejar al oponente mal parado. Eso no es usual en él, por lo regular sus movimientos tienen más cautela. Accedo. Primero se van un par de peones, luego intercambiamos alfiles y caballos, por último pierdo la reina pero capturo sus dos torres. Le quedan apenas unos peones y la reina contra mis peones y mis dos torres. Generalmente, la situación resultaba a la inversa, pero sabe que soy un inútil sin mi reina, que casi todo mi juego se basa en ella. Yo sé que él casi no juega a la reina, al menos casi no la ha jugado conmigo.
Entonces caigo en cuenta, yo le di la idea de cómo vencerme. Sonríe sin dejar de ver el tablero. Entre asombrado y temeroso, miro a mi abuelo con la boca abierta. “Ya lo viste, ¿verdad?”. Estoy perdido. “Me había quebrado el coco desde hace dos años para tratar de ganarte, hijo; hiciste que me pusiera a leer tus libritos de ajedrez para tratar de entenderte, pero piensas de otra forma”. Siempre se guarda un truco para el último momento.